Página personal del médico y escritor colombiano Emilio Alberto Restrepo. Aquí se recopilan sus artículos, notas de prensa, entrevistas, conferencias, reseñas, producción literaria, etc. Si tienen comentarios, aportes, sugerencias, favor escribir a:
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COLEGA, NO LE SIRVA DE FIADOR A NADIE
Emilio Alberto Restrepo Baena
En tertulia con unos colegas, llegamos a la conclusión que con el paso del tiempo se pierden muchas de las amistades que se venían alimentando a través de los años. ¿Las causas? Tratamos de dilucidar varias: Siendo desleal, traidor, conchudo, chismoso u oportunista; o siendo francote y haciendo uso de una sinceridad poco políticamente correcta, decir cosas desabrochadas que siendo ciertas, tocan los egos.
O sin hacer nada, no ser de los afectos de la mujer del amigo (Por ejemplo cuando se le mete en la cabezota que uno le acolita un romance, o que se volvió borracho o rumbero por mala influencia de uno. O porque no gusta de la esposa de uno por cualquier razón válida o no, vaya usted a tratar de entender a las mujeres, sus competencias, su lógica)
O habiendo partido de un origen común, tener más éxito, dinero, fama o reconocimiento que el compañero y descubrir que no es capaz de alegrarse por uno y contener la envidia, madre de muchas rupturas.
O simple cambio de intereses comunes (Por ejemplo clases de equitación los fines de semana en Oriente, compra de un terreno y su respectivo mantenimiento), aficiones distintas, cambio de barrio o ciudad, exceso de trabajo, algún postgrado, fatiga crónica, enfermedades propias o de familiares, y muchas otras causas más.
Pero hubo una en la cual hubo consenso, por lo recurrente y por lo injusta: Cuando de buena voluntad y siendo solidario, uno le sirve de fiador a un amigo y éste no paga, la deuda recae sobre uno. Se daña la amistad y se pierde el dinero. Y siempre el malo de la película termina siendo uno: el mal amigo, el inconsecuente, el avaro, el poco solidario, el H.P.
Anteriormente, la palabra valía y los compromisos pactados se respetaban hasta las últimas consecuencias. Servirle de fiador a un amigo en problemas, era un honor que honraba la amistad, sellaba un pacto cómplice que creaba vínculos indisolubles, hermanaba por su alto contenido simbólico y práctico. Si había dificultades, en un diálogo sincero, sin pretensión de ocultar oscuros intereses, la gente daba la cara, explicaba el origen de sus atrasos y de alguna manera las cosas se solucionaban. De cualquier forma el compromiso se cumplía, renunciando incluso a bienes apreciados dentro de la familia. Pero quedarle mal a un amigo, nunca, era impensable.
Las cosas han cambiado. En el afán consumista y ostentatorio, la gente se embarca en créditos que no puede asumir, que sabe o intuye que a la larga no va a poder cubrir. Y a sabiendas de eso, engrampa al amigo en un proyecto que sabe que tiene alto riesgo de terminar en fracaso.
Al llegar al momento de la mora, ni forma de pensar en devolver el auto último modelo o el equipote de sonido supermoderno o el apartamento dos estratos por encima de las posibilidades: llamen al codeudor, para qué da papaya, a mí me enseñaron que a papaya servida, papaya comida, ese tipo tiene mucha plata. Y vaya usted que le pase al teléfono, que de la cara, que se comprometa a un plan de pagos.
Y lo más triste, que despotrique de uno con los amigos, que mostró el cobre, que se le vio la miseria por encima, que no estuvo a la altura de las circunstancias, que no supo ser solidario con un amigo caído en desgracia. Y el extremo: Póngala como quiera, arreglemos como sea, por las buenas o por las malas, pero no me vuelva a llamar.
Queda uno por el suelo, todos lo miran con aire de reproche, con la fama y sin el género, sin el amigo y le toca asumir la deuda. Cuando no reportado a las centrales de crédito o en problemas legales con embargos incluidos.
Y ese es el mensaje que se le da a los hijos: Lo importante es el consumo, las marcas, acumular cosas, que se vea el progreso. No importa que un amigo quede tirado en el camino, que la camaradería sea de años, que los hijos ya no puedan jugar o pasear o reunirse porque la mezquindad de sus padres haya dado al traste con conceptos que hoy no parecen tener valor como la amistad.
Y es repetitivo. Se da con mucha frecuencia. No importa el estrato. No hay experiencia que valga. Nadie experimenta por cabeza ajena. No importa las advertencias que desde pequeño le inculquen, en algún momento le toca el turno a uno. Las tiendas de barrio eran muy sabias en esto: “Hoy no fío, mañana sí” “El que fía no está hoy, salió a cobrar desde ayer, venga mañana”, decían los letreros para advertir que sólo vendían de contado, que la gente es mala paga, que para pedir crédito son unos corderitos, pero para pagar son unas fieras.
Y sabiendo todo eso, le pasa varias veces lo mismo, con personas libres de toda sospecha, de una solvencia personal y moral aparentemente intachable. Pero cuando se presenta el conflicto, la cosa revienta por el lado más débil: el pelotudo siempre es uno, pague sin discutir, cuando firmó como fiador (Hoy la palabra técnica es codeudor, mucho más explicita y comprometedora, lo pone a uno de igual a igual con el dueño de la obligación) usted sabía que potencialmente tendría que responder. Y así es, pague por pendejo, no me ponga esos ojitos de ternero huérfano y degollado, usted tiene mucha plata, cual amistad ni que cuentos, bisnes ar bisnes, pague de una vez y no se queje tanto y ruéguele a mi Dios que algún día usted no esté en la perdedora, maldito muerto de hambre, calambre, agonía, cagalástimas, malamigo.
Y la vida sigue. El ritmo de vértigo es imparable. Personas vienen y se van. Tallones en el espíritu, recuerdos, nostalgias, inocencia perdida, confianza duramente golpeada. Y en los otros, la conciencia imperturbable, el sueño plácido, cero reproches, en el mundo estamos. Y cada mes ir a conciliar con los abogados de la entidad financiera, pagos de platas que uno no se gastó. O sí, se la gastó en amistad, en confianza, en consideración y aprecio. Lo que pasa es que el costo es alto. Cero y van cuatro. Tranquilo que no es la última vez, no digas que no te lo dije, para la güevonada no han inventado nada, todavía te falta mucho por aprender, muchas piedras en las cuales tropezar.
Y entonces toca resignarse, recordar que la decencia no la venden en los supermercados, que la honorabilidad se tiene o no se tiene y que a veces una supuesta amistad tiene un alto precio. Y hay que pagar por ello con billete y con tiritas de corazón.
ESCAPEROS EN EL HIPERMERCADO Emilio Alberto Restrepo Baena
Claro que si lo vemos con los ojos del siglo XXI, nos puede parecer fantasía o simplemente anecdótico, cuando no inverosímil. Los robos en los supermercados son el pan nuestro de cada día, explican un porcentaje muy alto de las pérdidas del negocio, mantienen toda una red de bandas conocidos como “Escaperos”, que se dedican a este oficio para luego revender en las tiendas de barrio y es la principal causa de amenazas y muerte para los empleados que a diario se enfrentan a combos supremamente hábiles y entrenados, con sangre fría y sin escrúpulos, con conexiones en la policía y con abogados que los defienden para salir de inmediato incluso cuando son cogidos en el acto, a seguir nuevamente delinquiendo en otro sitio, pues la rotación es la clave para desconcertar y pasar más desapercibidos.
Y este capítulo incluye también desde el tranquilo señor que consume un yogurt o una cerveza mientras hace sus compras, como el que lee una revista y recorta una página para guardar un dato, hasta el niño que destapa un paquete de golosinas o el que saca un disco compacto para ensayarlo en su reproductor portátil y no lo devuelve al salir; todo lo anterior sin pagar, por supuesto. Caso aparte es el de los cleptómanos por compulsión enfermiza, no con motivación delincuencial, pues usualmente son personas prestantes de estrato social superior, profesionales de altos ingresos que no pueden reprimir el vértigo de robar a sabiendas de ser vigilados, ya que necesitan el baño de adrenalina para vivir y llamar de alguna manera la atención. Esto se considera un trastorno de tipo siquiátrico.
Los almacenes se han inventado todo tipo de estrategias. Vigilancia abierta o encubierta. Personas que fingen cuidar el parqueadero, o estar mercando o ser mendigos. Cámaras de circuito cerrado de todo tipo, filmaciones, grupos que actúan de incógnito como autodefensa, abogados que acusan, estoperoles de seguridad pegados a los productos, alarmas y detectores a la salida, marca de las facturas. Pero hecha la ley, hecha la trampa y los rufianes se inventan una estrategia que supere el escollo y siguen coronando y surtiendo a sus reducidores.
Y los vigilantes tienen que sortear a esta peste. Los tienen referenciados en fotos, galerías enteras de toda ralea de alimañas, hombres mujeres, jóvenes y viejos, de todo tipo y condición. Y no se pueden equivocar. Si a un capturado no le encuentran mercancía en su cuerpo, le cuesta al empleado equivocado la expulsión del trabajo y se puede ganar una demanda y todo tipo de amenazas. Y si lo encuentran cargado, hasta peor, pues el pillo nunca está solo, lo intimida y hay muchos casos de homicidio por retaliaciones de este tipo, ya que el implicado a las pocas horas está nuevamente en las calles, a pesar de ser muchas veces reincidente.
Señoras que llegan con pantalón forrado estilo “chicle” y camiseta ancha hasta la mitad del muslo, inmediatamente son seguidas por los vigilantes encubiertos. Lo mismo las señoras embarazadas. Son los principales sospechosos. El modus operandi es sencillo y basado en la velocidad de sus dedos, en lo pequeño y costoso de los artículos seleccionados y en las advertencias de sus cómplices que fingiendo comprar, les hacen cortina y les sirven de “campaneros”, para avisar oportunamente cuando se presenta algún riesgo de ser sorprendidos. En fracción de segundos esconden por debajo de sus camisetas o bajo las faldas anchas, productos como tintas de computador, cuchillas de afeitar, desodorantes finos, licores importados, que usualmente son pequeños, compactos y costosos. Ceñido a sus cuerpos, llevan una especie de faja en la que esconden lo hurtado, sin hacer bultos que los delaten y sin que se les caiga. Luego salen tranquilamente como si nada. Con la aparición de las puntillas de seguridad que tienen muchos de estos productos y que hacen un ruido escandaloso al cruzar las puertas del almacén, ya los pillos se han inventado otra modalidad: tienen el aparato que supuestamente es de uso exclusivo del almacén con el que quitan los pines. ¿Cómo lo consiguieron?, no se sabe. Acaso fue que el fabricante rompió el pacto de confidencialidad y realizó varios de más para venderlo a las bandas, o un empleado infiltrado sustrajo alguno del stock de la compañía o algún genio criollo diseñó un aparato “hechizo” que imita a la perfección al original y cumple todas sus funciones. Lo cierto es que le quitan el sonido delator y el rufián se embolsilla o se encaleta en su cuerpo los productos apetecidos como en los viejos tiempos. Es tan epidémica la situación, que han tenido que implantar una cámara permanente para monitorizar estas secciones. Si hay faltantes en los inventarios, se les cobra a los encargados de la seguridad del turno en el que ocurrió el desfalco.
Cuando logran conseguirse un tiquete de la factura de pago de máquina registradora que no haya sido señalado con marcador para indicar que ya fue sacada la mercancía del almacén, se anotan otro tanto a su favor: Empiezan a llenar los carritos con exactamente los mismos productos que vienen referenciados en la tirilla, disimulan con un niño muy pequeño dentro del carrito y el cómplice, generalmente una anciana o una embarazada va metiendo con toda la cautela y sin ninguna prisa los productos dentro de la bolsa del supermercado. Al finalizar la jornada, tienen varias bolsas en el carrito, dan vueltas cerca de una caja en la que han comprado cualquier chuchería de poco valor, salen por la puerta principal y ahí sí les chequean con marcador el recibo. Si de pronto el portero es cómplice, no pone ninguna marca y la factura queda lista para ser nuevamente utilizada. Para no despertar sospechas, muchas veces se las venden a otras bandas por un precio del 10 % del valor de la compra y un nuevo grupo de payasos vuelve a mercar una o todas las veces que fuera posible, de acuerdo al compinche de la vigilancia en la portería.
Otra modalidad es la de ingresar con bolsas de marca del almacén llenas de papel o trapos o basura; al entrar el vigilante, sobornado o no, les pone el tiquete distintivo de mercancía traída de afuera, un integrante escoge en otra bolsa la mercancía seleccionada, y en una fracción de segundo cogen el tiquete con que lo sellaron a la entrada, se lo ponen a la bolsa con el hurto, le aplican un gancho, esperan tomando un refrigerio mientras ven si la cosa se complica o no y luego salen como si nada. Otros más osados o mejor conectados, tienen a su disposición de una vez las marcas que los porteros le ponen a las bolsas que entran de afuera, sin tener que pasar paquetes por delante de los vigías; una vez adentro, empacan y sellan.
Antes del código de barras obligado para todos los productos, y muchas veces a pesar de él, los escaperos le cambiaban el tiquete con el precio y el código, de un producto para otro, poniéndole a un producto caro, un menor valor. Hay quien incluso tenga una grapadora especial para aplicarlos y retirarlos sin un deterioro que levante sospechas.
En los baños y en los probadores de ropa también se aprovecha para acomodarse cualquier tipo de prendas y no es raro que las “pájaras” se pongan hasta veinte sostenes o prendas de interior, camisillas, chaquetas, todo tipo de indumentaria. Por eso el mayor deshonor para un vigilante de área, es que en su zona aparezcan vestidos raídos o zapatos viejos que denotan que en la calle, alguien está estrenando sin pagar. Para aumentar el compromiso, la administración del local, hace pagar entre el personal que estaba de turno en la jornada del robo, el valor de lo sustraído. Hay supervisores que han comprometido a sus subordinaos a que asuman la vergüenza de ponerse la ropa en jirones y maloliente o los tenis en hilachas dejadas como ingrato recuerdo, cuando han sido víctimas de un escapero más hábil que ellos.
En casos más rebuscados de sofisticación, se ha dado la situación de un muchacho que infiltró el sistema, copió los códigos de seguridad, clonó el formato del área de cambios y devoluciones. Se aparecía muy elegante a la sección de electrodomésticos con el tiquete de compra alterado, con el documento de cambio aparentemente en regla y salía con su televisor nuevo por la puerta principal con uno de los muchachos llevándole el equipo hasta el taxi. Cuando el asunto reventó por el lado de los inventarios, luego de rotar varios almacenes, se le hizo inteligencia y fue capturado. La sorpresa era que también venía defraudando a la empresa de servicios públicos con cuentas millonarias, y en el pasado lo habían relacionado con una banda que estafaba con tarjetas de crédito.
Con las tarjetas de crédito que no necesitan clave a diferencia de las de débito, también se han hecho maravillas. De acuerdo al cupo pagan todo tipo de cuentas, de servicios, de mercado, de electrodomésticos. El cajero no siempre cumple con el requisito de pedir la cédula de identidad del dueño de la tarjeta. Muchas veces cuando el malandrín consigue la tarjeta, llama a su cajero amigo infiltrado, averigua su turno y paga el producto en su caja sin ningún inconveniente. Otras veces, cuando el cupo es grande y el producto caro, justifica mandar a fabricar un documento (en la ciudad hay mucho quien lo haga), o se presenta una falsa denuncia de cédula extraviada a nombre del pobre dueño quien al mes siguiente se encontrará con la mala noticia de la cuenta a su nombre.
Para evitar registrar menos de lo realmente comprado, se les prohíbe a los cajeros que atiendan en sus turnos a sus familiares cuando están comprando, sobre todo mercado y productos comestibles abundantes que no tienen dispositivo de seguridad. Los pillos se las ingenian y en ocasiones hacen compras de incógnito fingiendo no conocerse, o dos cajeros encompinchados se cruzan los respectivos amigos o familiares y el uno le registra al del otro y viceversa. Por eso muchas veces, estos empleados son monitorizados por las cámaras en forma oculta.
Otra modalidad es la de “tirar dedo”, que consiste en señalar a las personas que retiran dinero de las sucursales bancarias o que compran productos costosos o mercados abundantes. Al salir, son perseguidos por integrantes de las bandas conocidos como “fleteros” y atracados en el camino. Hay leyendas urbanas que describen la infiltración de los supermercados por guerrilleros para detectar potenciales víctimas de extorsión y secuestro.
Otro ejecutivo del pillaje se ha hecho célebre por demandar a varias cadenas de hipermercados por perjurio, calumnia, daño moral y todo tipo de leguleyadas hábilmente orquestadas por abogados de dudosa ética. Va con la esposa y los hijos a comprar. Se esconde en el cuerpo productos caros, dejándose pillar a propósito de los vigilantes. En milésimas se descarga y al ser requerido por la policía a la salida del almacén, se descubre con sorpresa que no lleva nada, pese a la certeza de los testigos. En ese momento sus niñas lloran, la esposa se desmaya, la cuñada vocifera que no sabía que era un vulgar ladrón. Al instante, aparece de la nada un amigo suyo, abogado que pasaba por allí a comprar cualquier bisutería y se le pone al frente al caso. Ante la falta de pruebas y el histrionismo de la familia, amenazando un escándalo que convoca a los clientes que en ese momento rodean al pobre ciudadano víctima del abuso del gran capitalista despiadado, no queda más camino que conciliar. Incluso, han ido a juicio, cuando la suma ofrecida no es satisfactoria. Se invoca la constitución, el derecho al buen nombre, la honra mancillada, la pérdida de confianza con impacto emotivo y sexual, impacto laboral, daño sicológico, trauma de los niños y mil cosas más. Este personaje se ha hecho notorio, rota de ciudades y su foto es reconocida por los jefes de seguridad. Se convirtió en una leyenda. Se ha resbalado por escaleras dentro de los locales, ha recibido descargas eléctricas en las ferreterías, se ha cortado al roce de los estantes, ha sufrido dolores de pecho tipo infarto o convulsiones en almacenes que se sabe no tienen unidad médica como lo exige la ley. Siempre su amigote el abogado hace su aparición e invocando la ley infringida, y el derecho a indemnización por responsabilidad civil, han sacado una jugosa tajada. A pesar de ser tan conocidos, siguen propinando golpes certeros. Primero se acaba el helecho que los marrano, se ha dicho siempre.
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Foto tomada de: http://www.noticaballos.com/los-borrachos-y-los-caballos.html
Aquí hago lectura del texto para Teledonmatías, para quien prefiera el video al texto
Hace alrededor de un año, un buen amigo me convenció para integrarme con él y su grupo, todos los jueves en la tarde, a la cabalgata que arrancaba de una caballeriza de Sabaneta y recorría por algunas zonas rurales de este y otros municipios del sur del Valle del Aburrá. Al principio lo hice por algo de curiosidad y esnobismo y no sin cierto temor que asiste al que ha sido urbano a ultranza y citadino desde la más tierna infancia. Se trataba de un grupo de profesionales, jubilados la mayoría, que sacaron de su rutina el espacio para estar en un grupo de hombres solos, inicialmente con la prevención de sus esposas que huelen peligrosos estrógenos circulantes en todas las actividades de sus cónyuges y luego con una amodorrada resignación de ellas, como cuando se les activa el chip del fútbol o de los negocios o de la política que casi todos los machos llevan insertados en su ADN.
Las primeras jornadas fueron sorprendentes. Conversación amena, apuntes divertidísimos, música al gusto y por tandas, sin estridencias, licor en la dosis justa, viandas exquisitas, ambiente, color de naturaleza, senderos ecológicos, cero ostentación, reivindicación de la palabra y del disfrute de las cosas simples de la vida. Estuve muy animado por un tiempo y no veía la hora de que llegara el jueves para departir con mis amigotes, relajarme y olvidarme de tanta obligación y tanto estrés de la vida diaria. Que gente tan agradable, se veía lo honesto, lo decente, lo dignos y educados que eran.
Por asuntos profesionales me ausenté unas semanas de la ciudad y al volver me enteré de que en el fin de semana siguiente sería la famosa cabalgata de la Feria de las Flores. Sin pensarlo mucho, acepté la invitación de unos compañeros del trabajo, distintos al grupo de los jueves, nos entusiasmamos, nos inscribimos, alquilamos los caballos y nos preparamos para lo que sería una velada inolvidable.
Ese sábado fue uno de los peores de mi vida. Durante varias horas traté de avistar a mis colegas de travesía y no me pude encontrar a ninguno. Los celulares tenían las líneas saturadas y no había conexión y cuando esta se lograba, oír era imposible, pues el barullo era insoportable, la estridencia era ensordecedora, todo el mundo estaba a los gritos. El calor del medio día nos golpeaba inmisericorde los hombros y nuestras duras testas parecían a punto de reventar. Había miles, léase bien, miles de caballos con sus respectivos jinetes, todos apeñuscados, en un hacinamiento que no permitía una marcha fluida, cemento y edificios por todos los lados, nada de aire puro ni verde alrededor, caballos resoplando, sudando a cántaros y echando babaza por la boca. Pero lo que más me llamó la atención era los personajes que estaban a mi alrededor. Todos uniformados con sombrero, poncho, lentes oscuros, camisa de cuadros y manga larga y blue jeans. Cadenas y relojes de marca en notoria ostentación. Bebeta compulsiva de licor en todas sus presentaciones y combinaciones, un lenguaje vulgar y ordinario, en berridos ininteligibles y carcajadas sin razón aparente, insultos cuando se presentaban fricciones entre los binomios bestia-bestia, que era cada dos pasos. A su alrededor, la concentración más alta del mundo de mujeres bonitas, pero todas iguales: pelo largo, rubio a la fuerza de las tinturas y recién cepillado, sombrero vaquero puesto por primera vez, tetas descomunales a punto de reventarse muy seguramente de origen siliconudo, pantalón apretado, bota tejana comprada la víspera, lentes negros de marca, casi siempre sobre el sombrero, no en los ojos como uno espera. Casi todas igual de chillonas y ebrias, igual de fanfarronas, igual de mostronas, era casi evidente que la mayoría era la primera vez que montaban. Me llamó poderosamente la atención la ausencia de esposas, que a esa hora deberían de estar viendo el desfile por televisión. Después un amigo me sacó de la ignorancia y me dijo que esos maniquíes reciben el remoquete de “grillas” y suelen acompañar en eventos públicos a los señorones que tanto me asombraron. No lo sabía, pero al verlos juntos me asombré de su volumen, de su cantidad, pero después me hicieron caer en cuenta que a Medellín le dicen “Lobolandia” y que aquí se cuentan por millares.
En todo caso mi faena se tornó en pesadilla. Una vez metido en el torrente de bestias y caballos, era imposible salirme. Me mencionaron mil veces la madre, me ensuciaron de babas, sudor y boñiga de caballo, vómito de borracha; me insolé y todavía me duelen los muslos y la cintura de hacer fuerza. Los hongos que me quedaron en la ingle de tanto sudar parecían champiñones y por poco quedé despellejado. Si me hubieran visto la parte posterior y baja donde termina la espalda, hubieran pensado que estuve en un crucero con un grupo de marineros escandinavos y que se había acabado el lubricante. Hubo amenazas, miradas fieras, alegría por decreto, alboroto artificial, euforia postiza y una de las veladas más desgastantes que me ha tocado vivir, por no decir que decadente y aburridora.
Supe que en otros años se presentaron peleas de borrachos, caballos muertos, desmayos, equinos subidos al metro, grescas, basura por todos los lados, caos vial, atropellados, pero nunca lo había vivido tan de cerca. En el remate de la dichosa cabalgata, se presentó una riña al parecer de carácter pasional-etílica en la plaza mayorista que terminó con varios asesinatos.
No pude por ningún lugar recuperar lo lúdico, lo grato de la naturaleza, la fluidez de una jornada espontánea contemplando paisajes y deleitándome de una buena conversación al calor de unos buenos tragos y una comida agradable. Encontré solo apariencias y vulgaridad, mezquindad y agresión, ebriedad de la mala, vanidad de la fea, poses y artificios, superficialidad y belleza de postín. Creo que dentro de mí, tengo suficientes razones para nunca más volver.
Cuando le pregunté a los del grupo de los jueves que porqué no habían ido, sorprendidos de mí, me contestaron que por todo eso mismo, que los caballistas puros, de años de experiencia, de formación ecuestre por ancestro, abolengo, gusto y convicción, nunca se prestaban para tal desmadre; que eso violaba todas las normas del respeto por los animales y por el prójimo y que el cemento desvirtuaba el sentido real de una cabalgata ecológica en su más pura concepción estética y filosófica. Con indignación me ripostaron que cómo se me ocurría siquiera pensar que ellos iban a ir a semejante adefesio que prostituye el sentido puro y conceptual de la cabalgata como tal, que no contara con ellos para prestarse a semejante aparato de ostentación, arribismo y superficialidad. Que a los jinetes de verdad, a los que amaban el arte ecuestre, jamás los verían en semejante esperpento mediático.
Con la vergüenza de un recién llegado que comete una torpeza por desconocimiento, entendí que me merecía lo que me pasó por embelequero y filipichín y preferí cambiar de tema.
Fotos tomadas de: http://www.gentedecabecera.com/2011/09/bucaramanga-vivio-una-feria-mas/
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COLEGA, NO COMPRE FINCA DE RECREOEmilio Alberto Restrepo Baena
“El cariño verdadero, ni se compra ni se vende…”
No vaya a creer que es charlando. Como en la vieja canción, las fincas de recreo son como el cariño verdadero: ni se compra ni se vende, y entre comprarla y venderla, hay desespero, hastío, úlceras, canas, rabietas, amistades rotas y un severo deterioro del patrimonio. Y como dice el dicho popular, hay sólo dos momentos de felicidad en lo que tiene que ver con tener finca de recreo: El momento de comprarla, en el que uno tiene la ilusión de haber obtenido por fin el terruñito de felicidad para realizar todos los sueños que ha idealizado durante los años en que se ha reventado el lomo trabajando como un buey y el momento de venderla, al borde del desespero, siempre por un valor inferior al inicial a un ingenuo al que no le cierra la boca porque cree que por fin está cumpliendo el sueño de toda su vida. Y así el círculo se repite una y otra y otra vez.
Porque comprar una parcela es dotar a los amigos y a los familiares y a los conocidos de éstos de un lugar bueno, bonito y barato para pasear sin tener que gastar; los fines de semana llegan por docenas sin avisar, a horas del almuerzo o en mitad de la tertulia al calor de unos traguitos o del asado, siempre con la premisa de que “ya que pasaba por aquí cerquita, aproveché para darte un saludito” dice el repentino comensal en un tono empalagosamente simpático mientras baja la comitiva del carro, ya con el vestido de baño puesto y los morrales a punto de reventar la cajuela, no propiamente cargados con mercado, viandas, gaseosas o licor. Luego transcurren tres días
en los que hay que ir varias veces al pueblo para ajustar los víveres, siempre en el carro de uno y con la plata de uno, contando con que la abnegada esposa, sin quererlo ni elegirlo, tuvo que madrugar diario a preparar el desayuno para todos mientras se desarrugaban en las camas, luego de trasnochar bailando y cantando, presa de una resaca feroz. Pasa todo el día en la cocina mantequeando y limpiando, tratando de ser atenta y cortés para no figurar como mala anfitriona, mientras lo fulmina a uno con la mirada y le jura que esta vez si será la última, para recomenzar con la rutina en el fin de semana siguiente.
El día de la partida, los invitados como por arte de magia se esfuman inmediatamente después del almuerzo; nadie pregunta si hay cuota que poner, si hay que asear la casa o el jacuzzi, si hay que cargar las bolsas de basura para el acopio, si hay que limpiar baños. Misteriosamente se desaparecen las pocas cervezas y gaseosas de la nevera, “por si nos da sed en el camino”; la garrafa de aguardiente comprada por el dueño, todavía llena hasta la mitad, termina en el carro del primo hermano de la mujer del mocho invitado por un cuñado que en semana ni nos saluda, “para tomarnos el arranque en la carretera”. Los paquetes sobrantes de pasabocas y mecato que trajimos en nuestro propio mercado, terminan en el carro de la esposa del primo, “por si a la niña de da fatiga en el estómago durante el viaje”. Y no mire el inventario de los discos compactos para que no le de más amargura. Y “préstame una chaqueta para mi novia que está resfriada”, la misma que no volvió a ver jamás.
Y es muy claro que nadie queda completamente contento. Que muy desabridos los fríjoles, que muy pequeña la piscina, que muy estrechos los baños, que le falta pintura al frente de la casa, que muy descuidado el jardín, que se acabó muy pronto el ron, que por tacaños no ponen televisión por cable en todos los cuartos, que si te diste cuenta de que ni siquiera tenían antisolar en el baño para las visitas, que la pobre dueña nunca ha tenido buen gusto para los cuadros que pone en la pared. Y mientras tanto uno es el que tiene que pagar el sueldo y parafiscales del mayordomo, cuentas de servicios públicos, administración, impuestos, lucro cesante del valor de la propiedad, mantenimiento de la piscina. Nadie se solidariza con uno. Nadie le ofrece cuota para ayudarle en estos costos fijos ni cuando piden prestada la finca hasta por quince días. Y si a alguien se le ocurre pedir cuota para pagar entre todos, al dueño lo incluyen como un igual, sin que los gastos anteriormente relatados mitiguen la erogación y le tengan un poco de consideración en vista de lo que tiene que asumir sin ayuda de nadie.
Y vaya y cometa el atrevimiento de no prestársela al compañero de oficina o al sobrino de la esposa con sus amigos del barrio o de universidad. “Usted es un mezquino, un egoísta arribista y trepador que ya no se digna compartir los bienes con los que tienen menos oportunidades, que ya no voltea a mirar a los que crecieron con usted”. Casi que le retiran el saludo y le escupen ironías y sátiras cada que se da la oportunidad. Y si la presta es peor: baños taquiados con papel y toallas higiénicas, pese al aviso en el que se ruega que los echen a la papelera. Comida vieja y mohosa en la cocina. Nevera mala o televisor quemado. Preservativos sucios o papeles de sospechosa viscosidad escondidos en los colchones o bajo las camas. Focos prendidos día y noche hasta que uno regresa para apagarlos si no están fundidos; cuentas de teléfono por llamadas de horas de duración o a larga distancia o a líneas calientes o esotéricas. Bolsas de basura olvidadas o escarbadas por los perros, materas quebradas con las flores y la tierra en el suelo, el paño del billar roto o manchado de huevo y leche por sentar niños a comer en él. Y todo sin la posibilidad de hacer ningún reclamo, pues al hacerlo, únicamente se encuentran negativas, resentimientos, rabias y nada se soluciona.
Si uno humildemente pide que le devuelvan la finca con dos días de adelanto, luego de prestársela gratis por dos semanas, la esposa del amigo de toda la vida decide que no soporta tal humillación y corta de tajo una amistad de veinte años. Si uno considera que en defensa de su intimidad no le parece cómodo prestar el cuarto privado del matrimonio, el amigo de la infancia que la había pedido para ir sólo con la familia y se aparece con veinte amigos, se retuerce de la indignación, poseído de la rabia la abandona en mitad de la noche y acaba con la amistad, olvidando que el dueño siempre lo había invitado gratis considerando su precaria condición económica. Malo porque sí y malo porque no. Se pierde siempre, con cara o con sello. Siempre uno es el villano, el H.P., el maldito rico.
Y la joya de la corona es el mayordomo. Esa sí es una raza aparte. Porque para ventajosos y marrulleros, los campesinos nuestros. A toda hora tramando, tratando de sacar ventaja, creyendo que lo natural es que los pobres traten de sacarle provecho a cualquier precio al que ellos consideran que es rico. Alquilan y prestan sin permiso la finca o la piscina cuando tienen la certeza de que el dueño no va a ir y no rinden cuentas. Hacen llamadas larguísimas por el teléfono y al hacerles el reclamo se enojan, le dicen muerto de hambre a uno y amenazan con irse de inmediato de la finca y dejarla abandonada para no aguantar más humillaciones. Les hacen trabajos a otros vecinos en el horario normal. Si no los están vigilando y marcando a presión, es difícil que cumplan a cabalidad las tareas asignadas. Cuando se aburren o tienen otras ofertas, no tienen escrúpulo en irse sin más, casi sin avisar. Cuando son deshonestos, ocurren robos rarísimos de electrodomésticos, de herramientas, de productos, de animales, de huevos y leche; en casos más delicados, amenazas, extorsiones y secuestros. Casi ninguno es discreto, por el contrario, hablan sin contención hasta por los codos, opinan de todo, saben de todo, se entrometen en todas las conversaciones. Y al finalizar la relación laboral, cuente con la demanda garantizada, siempre con el aval de la oficina del trabajo. Saben más de derecho laboral que los abogados y la ley siempre los protege sin ningún tipo de consideración por el patrón, que siempre es la reencarnación del demonio, no importando lo justo o noble o solidario que haya sido con él y su familia.
Y cuando usted logra sacarle alguna producción a la tierrita, al hacer cuentas descubre que son los huevos, las frutas o la cosecha más cara del mundo, que por el valor de la gallina que logró criar, se hubiera dado un banquete de faisán, que la vaca que se enferma siempre es la de uno, que los peces sembrados en compañía que se mueren son los de uno, no los del mayordomo.
Lo mejor es coger ese capital y en lugar de enterrarlo en una finca que es un embeleco costoso que no genera sino gastos, invertirlo, y con lo producido, puede uno hacer el paseo que quiera, alquilar la finca de otro pobre que ya mordió el anzuelo, ir a hosterías, ir a pueblos, ir a la costa o hasta el extranjero, con los solos intereses, sin las úlceras, las rabias, los amigos explotadores y conchudos, los mayordomos aprovechados y abusivos
UN ASUNTO SORPRENDENTE (Cuento)
Emilio Alberto Restrepo Baena
Publicado en "ANTOLOGIA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO VOL II" recopilado por Mario Escobar Velásquez y publicado por la Universidad de Antioquia, 2007. Este cuento tambien aparece como capítulo de la novela EL PABELLON DE LA MANDRÁGORA, ganador de de la III beca de creación en Novela del Municipio de Medellín en 2005.
- Necesito que me hagas un favor muy grande. No vayas a negarte. Eres el único que me puede solucionar este problema-La voz de la médica mostraba gran perturbación. Su tono, a mitad de camino, entre autoritario, demandante y ansioso no daba elección.
Muy intrigado, al otro lado del auricular, atiné a preguntarle. -¿ Cuál es la situación? ¿En qué consiste tu problema? - Enseñado como estaba a sortear toda clase de angustias típicamente femeninas en mi calidad de ginecólogo, sabía que no podía dejar manipularme por su expectación. Las mujeres hacen de cualquier llovizna una verdadera tempestad.
- No puedo decírtelo por teléfono. La situación es demasiado delicada. Ya ni duermo y no puedes dejarme sola en esto. – Contestó ella.
- No me vengas a decir que después de la vejez quedaste en embarazo – respondí tratando torpemente de ser gracioso. Me arrepentí de inmediato.
- Por favor, esto es serio. ¿A qué hora me puedes atender en tu consultorio? – más que una pregunta era una orden.
- A las diez de la mañana en el hospital, -respondí avergonzado.
- Allí estaré;- escupió sin cortesía.
No supe qué pensar; preferí seguir leyendo una revista de frivolidades.
II.
A las 9:45 de la mañana estaba puntualmente la médica en la sala de espera del hospital. No quiso permanecer sentada, deambuló varias veces por el pasillo. Me asomé por la ventana del recibo y pude ver que su rostro estaba marcado por dos líneas cruzadas por una vena feroz en su frente. Conociéndola como la conocía, entendí que algo la estaba descomponiendo. Sentí que ella tenía ganas de llorar, o de gritar y decidí que pasara pronto al consultorio. Cuando me vio, me hizo sentir que descansaba, que le quitaba un peso de encima.
Algo cambió en esa fascies marcada por el peso de una extraña fuerza que después pude entender. Entró sin apenas saludar, como queriendo escabullirse de la muchedumbre de tres pacientes que indiferentes leían revistas viejas en la sala. Me pareció que sentía como si mil dedos la señalaran, como si mil ojos la espiaran, como si mil bocas la vituperaran.
En realidad nadie la reparó, cada cual siguió enquistado en su propia coraza. Antes de cerrar la puerta, le hizo una señal a otra persona que estaba en una silla junto a la ventana. Era una religiosa gorda y fea, entrada en años, que al recibir la orden ingresó al consultorio también sin saludar y mirando siempre hacia el suelo. Sin entender nada, las invité a sentarse. La médica aceptó, la monja permaneció de pies. Yo tampoco tenía palabras, era todo oídos.
III.
- Y bien, mis estimadas amigas ¿ A qué tengo el honor de tan amable visita? - No pude reprimir el impulso de ser fastidioso para que supieran que era yo y no ellas quién tenía el control. Esbocé una mueca apenas parecida a una sonrisa.
- Muéstrele hermana -ordenó la médica sin asumir protocolos.
La religiosa obedeció. Parada como estaba se desabotonó un abrigo grueso que le cubría los hábitos y procedió a levantarse la falda del traje talar. Me llamaron la atención esas piernas violáceas e hinchadas que me hicieron pensar en contra de mi querer en un hipopótamo, esa ropa interior despulida por el uso y pasada de moda en forma de unos calzones que le llegaban hasta el tercio superior del muslo, que en mis tiempos llamábamos “ mata-pasiones” o “ bordo de olla” y que eran solo el grotesco preámbulo a una enorme panza que denotaba al menos nueve meses de embarazo.
¡Casi no me repongo a esa imagen tan atosigante, tan impresionante, tan llena de contradicciones, de ver a esa enorme mole de mujer religiosa en gravidez! ¡Una monja preñada!. De súbito se me antojaba repugnante, confuso, antiestético, antiético.
¿Y esto qué es? -Pregunté tratando de mantener la calma. -¿Me quieres explicar qué está pasando aquí?. - Me senté y les hice saber que no movería un solo dedo hasta escuchar todo el relato. La monja nunca habló. La médica lo resumió todo.
IV.
La historia fue como sigue: Al parecer la monja en compañía de otra de su comunidad, estaba haciendo un trabajo pastoral en una vereda del Oriente, zona de conflicto armado, dominado por un frente guerrillero. Una noche cualquiera, unos subversivos que pasaron por la escuela rural en donde se alojaban las religiosas, se tomaron por la fuerza el recinto, tumbaron la puerta y blandiendo el fusil las amenazaron. Estaban bastante ebrios y su actitud era fiestera sin dejar de ser violenta. Con el cuento de “querer probar un virgo, o querer romper un duro”, procedieron a violarla en una y otra vez, a la fuerza, haciendo ningún caso a sus súplicas, abusando de su indefensión. A la compañera no la violaron porque tenía la menstruación y era coja por un defecto de la cadera pero en cambio la golpearon hasta que perdió el conocimiento, dejándole como consecuencia un hematoma y una amnesia permanente. La tuvieron que pensionar.
Al otro día, cuando el comandante del frente se enteró, montó en cólera y ordenó una fuerte retaliación contra la cuadrilla, se cree que con ajusticiamiento de varios de los implicados. Además, dejó a las monjas bajo el cuidado de los moradores de la vereda, hasta que se recuperaran, eso sí, bajo la advertencia de que si decían una sola palabra de lo ocurrido lo lamentarían. Al reestablecerse, la hermana pidió traslado y fue a parar a otro pueblo. Mientras tanto el infierno en su interior apenas comenzaba. Allí, en el nuevo poblado fue donde conoció a la médica y la involucró en su propia tragedia.
V.
De solo pensar en esta situación, me conmoví profundamente. Cómo en sólo una maldita noche se pierden la paz de la conciencia, la estabilidad mental, la convicción religiosa, el don más preciado para ella que era su virginidad y empieza a carcomerle su mundo interior ese parásito que nunca deseó, que nunca añoró, producto del acto brutal sin amor de diez bocas pestilentes de alcohol, de diez cuerpos sudorosos de machos de monte, de diez o más penetraciones de miembros viriles que como barras de acero al rojo vivo le destrozaban una y otra vez su caverna más oculta, su pedestal más venerado, su secreto más cuidado, su último recinto más celosamente preservado.
Me imaginé esas doscientas y punta de noches de insomnio, de desvelo, de amargas dudas, de profundas contradicciones que la ponían entre la espada y la pared de la repugnancia, de la duda, del temor, del pulso del ser que añoraba la vida que se gestaba y el no-ser que la repelía.
Me imaginé las fajas que tallaban su estómago para encubrir lo cada vez más evidente, la náusea constante que le negaba hasta el derecho a alimentarse, la tensión que generaban los cambios impostergables de su cuerpo. Pensaba en la aberración de no saber quién era el padre, de no ubicar una cara ni un semblante que lo identificaran para tratar de darle una vinculación amorosa a ese cangrejo maldito que le atenazó la entraña.
Me llegué a imaginar también que todo era un montaje, al pensar que solo me necesitaban a mí como idiota útil para resolver un problema que no era mío.
Mi cabeza se hizo un ovillo y yo también tuve asco, ansiedad, angustia. Me maldije por dejarme permear por una situación que sin yo propiciar ya me involucraba y se me pegaba a la piel y al espíritu como una babosa.
VI
-Ya lo puedes ver, no es una simple histeria – Dijo la médica. - Te pido el favor de que me ayudes a manejar el problema con la hermana Marina. Su caso es desesperado. En la comunidad no pueden saber nada, sabes que no lo entenderían, ni lo aprobarían nunca. Ella no tiene dinero pues depende completamente de sus superioras. No es capaz de criar al niño, incluso no quiere saber nada de él, dice que no tiene fuerzas ni de mirarlo. y tiene muy claro que no puede renunciar a sus vínculos religiosos; su vocación y su fe son lo único que tiene -
El discurso y los argumentos eran contundentes; la voz de la médica era fría y metálica pero certera. Admiré su carácter y su dialéctica como ya en otras veces lo había hecho; la sentí, sabia y ponderada.
El problema cayó directamente sobre mis hombros. Se convirtió, sin yo pedirlo ni quererlo, en mi responsabilidad. Supe y entendí de inmediato que no tenía otra opción. Entre otras cosas no veía clara la solución. Múltiples interrogantes me atormentaban. ¿Cómo manejar el asunto en una clínica particular con mil testigos, con cientos de protocolos y trámites, sin dinero, sin privacidad? ¿Cómo acudir a una clínica clandestina, sin recursos, sin las mínimas garantías para su salud y con la repugnancia que me generaban por su carácter subrepticio e ilegal? ¿Cómo hacerlo todo con discreción sin bordear peligrosamente los límites de lo legal? ¿Cómo no exponerme al escarnio público y a la maledicencia de las personas que fueran testigos de ocasión? Estaba poniendo en peligro mi prestigio y mi reputación.
Cavilando furiosamente, mi cerebro me palpitaba con un gota a gota de obsesión que me abrasaba las sienes. Les dije que en ese momento no tenía las cosas claras, que al otro día las llamaría, que alguna cosa haríamos.
Nos despedimos. En esa misma noche, con el reloj marcando las once, la médica me llamó a la casa a recordarme el compromiso. Su voz sonaba aguardientosa y se intuía que había estado llorando. Por supuesto no pude volver a conciliar el sueño.
VII .
La noche fue aterradora, por lo lenta y reiterativa. El insomnio es atroz y en ese desvelo estaba más posesionado que nunca. La cabeza me daba vueltas y vueltas en torno a nada, con un sudor pegajoso corriéndome por la nuca, con entresueños que me sumían en pensamientos fantasmagóricos que quise interpretar como pesadillas para convencerme que no estaba bordeando los brumosos senderos de la locura, en esa levedad de pasmo, en esa sinrazón de ideas sin cause.
De pronto, aliviado, organicé un plan. Me acordé de una clínica pequeña dedicada a la cirugía plástica, privada, discreta, con elementos que permitían trabajar con la mínima seguridad y en condiciones dignas. Al amanecer contacté al dueño que oficiaba allí como anestesiólogo y le conté toda la historia. Le pedí que me permitiera operarla en su quirófano, que la íbamos a ingresar como si tuviera un tumor de ovario; diríamos que éste se había torcido y que los dolores eran tan terribles y el riesgo de complicación era tan grande, que tuvo que ser intervenida como una emergencia quirúrgica. Lo tranquilicé por el dinero, pues la comunidad pagaría sus honorarios y los costos totales de la cirugía (ya que estarían convencidos que era por un tumor y no una cesárea, cosa que jamás aceptarían); la médica se encargaría de recibir al niño; el procedimiento se realizaría un domingo para que nadie notara nada, ya que en ese día no se realizaban procedimientos electivos y la clínica permanecía cerrada. Tendría que involucrar a la enfermera jefe y a la auxiliar de más confianza, para que se garantizara la discreción necesaria. El colega aceptó colaborar, no preguntó más y todo se planeó para el fin de semana siguiente, que en forma casual incluía un lunes festivo, lo cual nos daba más margen de maniobra.
El problema del recién nacido también estaba resuelto. La hermana de la médica se encargaría de sacarlo rápidamente del quirófano para evitar el contacto con la monja; se lo llevaría para su casa, lo cuidaría por cerca de dos o tres semanas y luego se lo entregaría a un funcionario de Bienestar Familiar quien tramitaría las gestiones para ser dado en adopción a una pareja de europeos que tenía interés por el niño.
VIII.
Al otro día cité a las atribuladas féminas al consultorio, les expliqué el plan; les dije que yo organizaría lo logístico y que realizaría la cesárea, pero que negaría de entrada y a quién fuera mi participación en el acto; que era la médica quien velaría por el cuidado post -quirúrgico de la grávida madona, que ella se encargaría de la salud del niño, de darle la cara a la madre superiora para explicarle lo del tumor, lo de la urgencia y lo de la cuenta. Ella no reviró, lo aceptó todo, no podía hacer otra cosa. Sólo me pidió el favor de que consiguiera un certificado de nacimiento sin llenar y un informe falso de patología para simular el resultado del estudio del tumor. Sintiéndome el más vil de los rufianes, cometí ambas fechorías: con una habilidad que desconocía en mí, engañé a la jefe de maternidad de mi hospital y le robé un certificado. Por supuesto, estaba numerado y tuvo la pobre ingenua que poner el denuncio y asumir la responsabilidad por la pérdida. La constancia del patólogo, con firma falsa y todo, la conseguí recurriendo a mi más patética caracterización de galán de pacotilla con la secretaria más bigotuda, narizona y contrahecha que hubiera en hospital alguno; todavía me saluda de beso, el cual ella pretende que sea en la boca. Aún me sigo odiando, pero supuse, me explicaba, que era por una buena causa.
IX.
El día de la cirugía todo sucedió como se había previsto. El plan no era malo, no daba espacios para los errores o la improvisación y todo salió a pedir de boca. Yo me escabullí rápidamente, nadie me hizo preguntas, la médica manejó todo lo que seguía según su compromiso. Yo me sentí liberado de un peso enorme, fui a misa luego de varios años de ausencia, invocando en el creador piedad y comprensión por lo que yo reiteraba era una buena labor por una de sus siervas amadas y me desentendí del problema. Todo salió a pedir de boca. Casi no me libro de eso que en el argot de los médicos y de los inspectores de policía se conoce como un verdadero “ chicharrón” .
X .
Pasó el tiempo y algún día tuve curiosidad de saber en qué paró toda la historia de la atribulada monja. Todo funcionó según lo estipulado: el niño fue registrado a nombre de la hermana de la médica; la madre superiora en medio de la desconfianza connatural a las de su especie y a la avaricia ya legendaria entre sus congéneres, pagó cumplida la cuenta cuando se tragó entero el embuste al leer el reporte de patología que confirmaba el tumor y al ver que costó menos de lo presupuestado pues el ginecólogo y el ayudante nunca cobraron honorarios, lo que le restaba un monto considerable a la factura. ¡Almas pías y generosas!, debió pensar la reverenda mientras nos incluía en sus plegarias místicas .
La monja nunca se enfrentó a su engendro, nunca lo vio ni sintió su llanto, esa fue siempre su voluntad. Asumo que elaboró el duelo y se sintió descansada y tranquila en la recuperación de su cirugía y en la liberación del lastre que literalmente la consumía en cuerpo y alma. Fácilmente se reintegró a sus labores pese a ese borbotón de leche que brotaba de sus inmaculados pechos.
La situación se complicó un poco cuando Sonialuz , la hermana de la médica, elaboró un desconocido pero irrefrenable amor maternal que la aferró grandemente al niño. Le parecía imposible desprenderse de él, dejarlo en manos desconocidas después de todo lo que habían pasado juntos, que alguien ajeno pudiera quererlo y cuidarlo como ella lo hacía. Esta actitud alcanzó a tornarse muy conflictiva y traumática pues no era lo que habían diseñado y la médica tenía unos escrúpulos enormes por el niño, por su origen, por esa explosión energética de la que era producto, por tanto sufrimiento y violencia que lo rodeaba y lo estigmatizaba. Sabía que no era culpable, pero era incapaz de quererlo. Sabía que lo había salvado, pero no se sentía capaz de asumirlo ni como propio ni como sobrino y quería sacarlo pronto de su vida y de su casa para cerrar de una vez por todas ese capítulo. Esto generó un cisma en la familia, una dicotomía de sentimientos, decisiones y afectos que fue bastante difícil de superar. Al final en medio de reproches, llantos, depresiones, reclamos y reconciliaciones, decidieron que lo correcto era seguir con el plan inicial, pero apareció otro escollo: El funcionario de Bienestar Familiar empezó a ejercer una presión económica por su silencio, a realizar un vulgar chantaje para tratar de pescar en río revuelto. Además, estaba cobrando comisión en dólares a la pareja europea para agilizar los trámites de entrega del bebé. En su desespero y conociendo la voracidad implacable de los burócratas colombianos, los esposos aceptaron darle el dinero con tal de obtener el hijo que siempre habían anhelado. Pero la médica no toleró ninguna de las dos situaciones. Armada de un carácter a toda prueba, profundamente indignada, sometida a esa presión severa que la tenía a punto de reventarle la paz y la calma por todo lo que había pasado, decidió que ocurriera lo que ocurriera, no iba a permitir semejante abuso. Hizo contactos y habló con el comandante del frente guerrillero local; le explicó todo y éste solícito y diligente, con una rápida visita y un corto cruce de palabras enderezó el entuerto. La sabandija lloró, suplicó de rodillas y se comprometió a que si lo dejaban salir del pueblo vivo, olvidaría el problema y no entorpecería más los trámites.
Así lo hizo y el niño fue entregado a los suizos, quienes felices retornaron al viejo mundo con su familia ya completa. Luego de su escala en París, abordaron el Concorde, el avión más seguro del mundo. Iban pletóricos y realizados. A los pocos minutos de despegar del aeropuerto Charles De Gaulle , la nave estalló en llamas en una tragedia que sacudió al mundo en el año 2000. Aquí en Colombia, a muchos kilómetros de distancia, una monja remota y confinada en un pueblucho olvidado, sintió un corrientazo que la sacudió sin entender que ocurría, sumiéndola en una suerte de nostalgia pasajera muy parecida a la amargura y a la depresión. No comprendía qué le sucedía. Fue a rezar un poco y después de un llanto corto, rápidamente regresó a las actividades propias de su oficio.
En principio, debo confesar que he leído este texto sesgado por la simpatía que siento por el autor, médico ginecólogo Emilio Alberto Restrepo Baena. Eso haría que fuera indulgente con cualquier falla técnica que desde el punto de vista literario pudiera encontrar en su escrito... Pero ¡No encontré ninguna! Parece un cuento, pero mi intuición me dice que no es un cuento sino un relato con todas las de la ley. Posiblemente embellecido desde el punto de vista literario, pero real. Una historia real que el hecho de que en algún lugar hubiera aparecido recientemente el caso de una monja embarazada trae a cuento de actualidad. ¿Quién ha dicho que las monjas no son mujeres, y sienten pasión, y no pueden quedar en embarazo? Casos se habrán visto por montones desde los tiempos enclaustrados de la edad media, y amores clandestinos, y abortos, y cesáreas a porrillo en cualquier cantidad de conventos desde los publicitados amores de Abelardo y Eloísa o de don Juan Tenorio y su "Doña Inés del alma mía". Casos se habrán visto. Mucho me temo que el Dr. Restrepo habrá acudido más a la ayuda de la pluma que a la de la imaginación en este caso cuyos elementos no tienen nada de fantasioso y son perfectamente posibles en la manera de actuar de los personajes protagonistas y secundarios de la historia. El modus operandi de ellos es el pan de cada día y el texto es perfectamente verosímil.
HABLANDO A ¡CALZON QUITAO!
Emilio Alberto Restrepo Baena
Al líder Guti
Dentro de las expresiones de la sexualidad, sólo la imaginación humana pone límites a su realización, decía un viejo profesor nuestro y parece ser cierto. Nunca terminamos de asombrarnos cuando descubrimos que alguien siempre encuentra posibilidades distintas e inverosímiles, independiente de si las aprobamos o no, de si las consideramos sanas, éticas o aberrantes. Porque el problema no es la valoración moral que les demos. El asunto es de asombro, de la sorpresa de enfrentarse a una situación que no habíamos concebido, acaso por limitaciones de tipo imaginativo, o por restricciones impuestas por el super yo o la norma.
Y es que en nuestro ejercicio de la medicina a diario encontramos pacientes que ilustran lo que arriba esbozamos. En un tiempo manejando un programa de planificación familiar conocimos varios casos que no por exóticos o excéntricos dejan de ser estrictamente ciertos.
Una señora solicitó con mucha vergüenza que le cambiaran las pastas de planificar marca Microgynon porque "son muy chiquitas y se me salen". ¡Horror! ¡Se les estaba aplicando por vía vaginal y llevaba más de un año con ellas sin quedar en embarazo!.
Los óvulos o tabletas espermicidas que se utilizan por vía vaginal antes de la relación también son causa de equívocos en cuanto a su ruta de administración. "Doctor, es que no puedo acostumbrarme al sabor, son muy difíciles de tragar y me dejan un espumero en la boca".
Otra paciente se aplicaba aspirina en la vagina antes de la relación sexual y otra se tomaba 3 mejorales con limón luego de ésta para evitar el embarazo no deseado.
Un caso patético fue el de una señora que sufría un serio problema cardíaco que le impedía planificar con pastillas o con dispositivo intrauterino. Se le propuso la ligadura de trompas como el medio más adecuado, pero su esposo no la autorizó y decía que el preservativo no les gustaba. Al año en una revisión le preguntamos que cual método utilizaban y respondió:
-El método antinatural, doctor...-
-Ah, el método natural-, interpelé, creyendo que se trataba del método del rítmo o "natural"
-No doctor, el antinatural- repitió y pasó a explicarme que se trataba de utilizar la penetración por la vía anal como método permanente de relación sexual, con el cual se sentirán seguros y al parecer satisfechos ¡No termina uno de aprender!.
Otros casos llamativos son la recuperación de cuerpos extraños, ¡Todo tipo de objetos!, de los genitales tanto de hombres como de mujeres, usados como parte del juego sexual o como método de autoestimulación. Es así como vemos lápices, alambres, muñecos en los genitales y las respectivas lesiones que producen.
Recordamos varios en especial: una señora llegó con una botella de vino dentro de su vagina. Parece que al utilizarla y manipularla, hizo un efecto de "vacío" que la adhirió a sus genitales, y no fue capaz de sacársela por sus propios medios. Coincidencialmente, la marca del vino era "Cariñoso".
Un joven se introdujo un tubo de luz de neon por el recto. Pasó intacto y sin quebrarse. Como no se lo pudo extraer, consultó al Hospital de San Vicente donde fue operado. Una radiografía que aún se conserva en el museo de cirugía lo confirma.
En Apartadó un señor consideró que la mejor forma de calmar su ansiedad sexual era sentarse en un aguacate verde, inmaduro, previamente lubricado; tuvo la mala fortuna de no poder dominar la situación y el aguacate se le introdujo completamente por el recto. Por la inflamación del esfinter, no fue capaz de sacárselo y consultó al hospital. Inicialmente no le creían. Cuando lo examinaron y vieron que era cierto, se intentó sacarlo directamente, pero ni con anestesia fue posible. El paciente terminó con cirugía, se le realizó colostomía (derivación del intestino grueso a la pared abdominal) y hoy todavía, todos en Urabá recuerdan la "cesárea del aguacate".)
Y hablando de colostomías, una paciente que trabajaba en un bar y ejercía la prostitución, recibió una herida por bala en su abdomen por lo que fue operada. Como el colon estaba comprometido, le fue practicada una colostomía. El programa era citarla nuevamente en 2 meses para operarla, cerrarle la colostomía e introducirle nuevamente el intestino grueso al abdomen; como a los 3 meses no aparecía, la trabajadora social del hospital la llamó para programarla y cual no sería la sorpresa cuando la paciente contestó:
-Doctora, yo le agradezco mucho, pero desde que tengo la colostomía, me gané un huequito más y estoy ganando el doble de plata.
Según supimos, muchos de sus clientes le pagaban más dinero por permitirle tener relaciones por la colostomía. Caso similar fue el de un preso de la Cárcel de Bellavista que tenía la colostomía por la misma causa y un día resultó con una infección de la piel circundante. Cuando se le hizo un cultivo de la pus, resultó ser un gonococo, bacteria de transmisión sexual.
-Yo soy todo un varón, doctor. No piense nada malo de mí, pero con la colostomía gano mucho billete, imagínese, me hacen fila..-Pero a mí lo que me gustan son las hembras, si a veces me toca tocarle las pelotas a un fulano, no quiere decir nada porque yo no miro ni siento nada, por que ¡yo soy todo un varón! Y no se la dejaba cerrar. Se ganó varias enfermedades venéreas, y el hombre tranquilo ¡como todo un varón!
Otra vez realizando una visita domiciliaria a unos pacientes del seguro social, nos tocó atender un joven que tenía una fractura del femur, y que mientras esperaba cirugía como tratamiento se le aplicó una tracción del muslo con un dispositivo de poleas y pesas, que lo mantenía reducido a la cama. Cuando llegamos a su casa de Aranjuez, nos dejaron esperando en la sala casi l0 minutos, al cabo de los cuales salió del cuarto un señor todo agitado y apurado; según supimos luego, el paciente se dedicaba a la prostitución y aún en esa penosa situación de salud no dejaba de atender a su selecta clientela.
Otro caso que viene a cuento, aunque se sale un poco del tema, es el de la paciente a quien realizamos su control de embarazo en Urabá, una indiecita de 30 años, que cursaba su ¡décimocuarto! embarazo y a quien le había fracasado, primero la ligadura de trompas y luego la vasectomía a su esposo; nos pidió el favor de que le escogiéramos el nombre de su hijo. Cuando le preguntamos por los nombres de sus anteriores hijos para tener ideas, nos hizo la lista: -Rosa, Roberto, Rosmira, Rogelio, Roque, Rodrigo, Ronaldo, etc. como ven todos los nombres empezaban por Ro, Ro, Ro,... En ese momento yo, presa de un guayabo atroz y con el mamagallismo puntudo me dio por decirle:
-Yo le tengo el nombre para su hijo; pongámoslo Rocanrolemilio, que es el nombre de moda en Medellín-.
-Hágame el favor y me lo escribe, Dotor pa' que no se me olvide, que mi comadre me lo lee- me respondió mi paciente, una pobre campesina, indígena, del último rincón de Urabá.
A los meses supe que la señora me había creído el cañazo, que en realidad había puesto a
la criatura el nombre (nombre?) de Rocanrolemilio. Pobrecito, todavía me debe estar buscando; con esa chapa, si sobrevivió, debe ser epilético el condenado.
Poco después de su muerte, la emisora cultural de la Universidad de Antioquia reunió a los escritores Emilio Alberto Restrepo, Luis Fernando Macías, Lucía Donadío y Angel Galeano para realizar un coloquio en memoria del escritor Mario Escobar Velásquez y hablar de la profunda influencia que había tenido en ellos y en general en el panorama de las letras en Antioquia y su importancia como gestor de talleres literarios en Medellín. Este archivo es un homenaje a tan entrañable personaje. Se recrea su vida y su obra y se rememora la forma como cada uno lo vislumbró y de qué forma influyó en su formación como amante de las letras.
En este enlace se puede escuchar el programa completo(click en la flecha):
Y RESULTA QUE SE MURIÓ MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ Emilio Alberto Restrepo Baena
Y resulta que se murió Mario Escobar Velásquez, el profesor, el amigo, el escritor, el maestro del taller y de la vida. Y lo digo con sorpresa y con asombro, pues los que conocimos su reciedumbre y nos chocamos de frente con su carácter y su ego, llegamos a pesar en algún momento que era posible que esa enorme mole de cuerpo y de cerebro fuera inalcanzable por la vejez, la enfermedad, el deterioro o la muerte. Incluso cinco días antes de la cirugía que tenía programada para extraerle el habitante maligno que lo venía consumiendo, ya tenía programadas las actividades con el taller literario para dentro de unas semanas, ya tenía preparada la selección de escritores de ASMEDAS, había entregado a la Universidad de Antioquia el texto revisado y definitivo de la ANTOLOGÍA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO VOL II y hacía revisiones constantes de sus once libros inéditos para enviarlos a concursos o esperando una próxima edición de ellos que no logro obtener en vida.
Y eso que estamos hablando de un hombre joven de 78 años de vida (Támesis, 25 de Noviembre de 1928) que odiaba la vejez y las taras y limitaciones que connaturalmente suelen acompañarle, que nunca perdió la coquetería ni la galanura con el bello género, que cuando asumió en serio el oficio de escribir con sus demonios y compulsiones trató de no estar ocioso sin producir y se condolía cuando le abandonaban temporalmente las musas,(prueba de ello son los 20 libros publicados, con varias reediciones, en una vocación editorial tardía que arrancó cuando tenía cerca de 50 años). Pero de su sólida y formidable trayectoria como escritor ya se han hecho varias semblanzas por algunas respetables plumas del ámbito intelectual (Juan José Hoyos, Luís Fernando Macias, Esteban Carlos Mejía, Nicolás Martínez, Juan Diego Mejía). Hoy rescataremos su otra faceta productiva en la que muchas personas sufrimos y gozamos de su directa influencia y supervisión: Director y guía de los talleres literarios más importantes de la ciudad.
Y llamaba la atención su talante adusto que encubría una gran sensibilidad (le vimos llorar al menos dos veces en el taller, emocionado por un texto vibrante sobre su perra Rufa y otra vez acorralado por la nostalgia incontenible de un viejo amor de juventud) y una enorme generosidad con los alumnos, cosa por lo demás exótica en muchos escritores que sucumben ante la mezquindad y la envidia; la brusquedad con que acometía sus críticas punzantes, en ocasiones interpretadas como hirientes, cuando fustigaba un texto flojo o mal tratado desde el punto de vista de la gramática o del lenguaje, casi nunca desde el estilo, aspecto que trataba siempre de respetar. Porque en este aspecto era insobornable: su obsesión era ser riguroso con la norma gramatical, con el sentido preciso de la palabra, con el uso puntual de las herramientas del lenguaje literario, pues decía que así como un artesano, un artista o un cirujano para ser buenos y competentes en el oficio deben dominar los conocimientos y los instrumentos necesarios para su quehacer cotidiano, un escritor que se precie de serlo debe ser absolutamente comprometido con su arte y debe dominar el instrumento principal: las palabras. Las debe domar y amansar, moldearlas hasta encontrarles el espacio y la forma precisa para darles su verdadero valor, buscar hasta la saciedad la perfección de las figuras que hacen la diferencia entre un texto bueno y uno malo (recuerdo verlo conmovido con una metáfora que lo atropelló: “La tristeza me hizo metástasis”), preservar el estilo y darle una personalidad propia e identificable de autor a las obras; evitar el conformismo, el estancamiento, la pereza, la petulancia, el exhibicionismo que son males crónicos que entorpecen el verdadero sentido del escritor: escribir, independiente de la pantalla y la figuración. ( Se burlaba de los aspirantes a escritores a los que “un poema les alcanzaba para 87 cocteles” o de los que querían ser escritores sin escribir, sin tallarse, sin querer asumir el parto de garrapatear una página en blanco sin aceptar el reto de torcerle el pescuezo a esa fiera burlona que reta a la imaginación).
Era un personaje muy especial. De una cultura general portentosa producto de los cientos de libros de todo tipo que devoró con un sentido crítico sin dar por sentadas sofismas, paradigmas y verdades de a puño que castraban la imaginación. De un rigor conceptual que en ocasiones caía en la obstinación, aunque con la nobleza suficiente para enmendar un error cuando se le demostraba. (No exento de un orgullo burlón que esperaba una pronta revancha con el alumno que le hacía caer en la cuenta de él). Buscador del término exacto en el contexto preciso, interpretándose en ocasiones como “rebuscado” o usuario de arcaísmos en desuso. El lo justificaba diciendo que escribía para él, para su propio deleite, que no era problema suyo si el lector era poco ilustrado o poco dado a resolver las dudas o la ignorancia desentrañando en su inseparable amigo el diccionario de la RAE, en todo esto alumno fiel de su admirado Borges. Usaba con mucha gracia y asombro de sus alumnas, las palabras soeces cuando era preciso y necesario. (Sabía que ninguna palabreja reemplazaba un buen hijueputazo oportunamente escupido.) Odiaba a los deportistas, a los personajes de moda, a los faranduleros en su cuarto de hora; lo desesperaban los lugares comunes, los escritores luminarias fabricantes de bestsellers y de libros de autoayuda. También las reuniones de literatos por considerarlas “unas pasarelas de “besaculos” y una “suciedad de mutuo elogio en las que la sonrisa prefabricada e hipócrita era sólo el preámbulo a la puñalada trapera”. Se burlaba de la fama y hacía un doloroso contraste con el olvido y la ingratitud que son más poderosos y duraderos que cualquier sentimiento de envanecimiento y de gloria que engañan con sus dulces mieles a los desesperados buscadores de reconocimiento y figuración.
Era amante de la poesía amorosa, de los cuentistas clásicos, de los sonetos perfectos, de las canciones populares de factura romántica, de las mujeres bonitas, de las conversaciones inteligentes. Era abierto a los hallazgos de un alumno con un escrito ingenioso; amaba las metáforas eficientes, se derretía con una buena idea, con un tratamiento novedoso para un tema convencional. Se aburría hasta el bostezo irreverente con la falta de talento o de interés y no tenía ningún problema en ubicar con un tono pedagógico, pero que no daba opciones, a un diletante poco dotado para el oficio. Muchos se resintieron por ello con él, pero algunos le agradecieron el haber sido honesto y franco, para evitar seguir perdiendo el tiempo en algo que no era lo suyo. Por el contrario, cuando veía madera en alguien, era el principal entusiasta para apoyarlo, para llevar personalmente artículos para MOMENTO MEDICO, para LA HOJA o para la revista de la U. de A. Acompañaba y hacía personalmente el discurso principal en los lanzamientos de los libros de sus discípulos y era un eficaz multiplicador de sus logros. Y eso para un cachorro de escritor que apenas está empezando no tiene precio, se agradece de por vida y no se olvida nunca. Era uno de los más veteranos directores de talleres literarios del país y posiblemente uno de los más constantes: Cerca de 25 años perseverando en un oficio ingrato en el que empiezan 40 y terminan 5, la mayoría desencantados, en justicia, más por ellos que por él, pues Mario tenía claro que escribir no es para todo el mundo, que se necesita un talento natural que no todo mundo tiene, con un gran sentido del sacrificio y una incansable búsqueda de temas, de correcciones interminables, de trabajo sin descanso. (Retomaba el trillado adagio de “un 5% de inspiración por un 95% de transpiración) Y lo duro es que no todo el mundo lo entiende así, no es fácil aceptarlo sin dolor y por eso cierta fama de brusco, de prepotente, de preferidor, de arrogante, conceptos que en perspectiva no le hacen justicia. Simplemente sabía del arte de escribir y de enseñar a hacerlo y no era muy amigo de lo eufemismos.
Le debemos toda la gratitud, le esculpiremos un perenne espacio en el corazón y en la mente, es mucho lo que lo vamos a extrañar. Finalmente, parafraseando su estilo cuando se refería a los cadáveres exquisitos que le tallaron los recuerdos hasta el punto que se hicieron merecedores de sus crónicas de antología, LOOR A SU MEMORIA, MAESTRO.
P.D. Respetuosamente invitamos a las directivas de ASMEDAS a revivir el último proyecto de Mario, la selección de los mejores cuentos de los talleristas. En esto puso todo el aliento y el entusiasmo de sus días finales. Otra idea bien interesante es sensibilizar a las universidades que lo acogieron, EAFIT y U de A, para publicar póstumamente uno de sus libros inéditos, el de Perfiles Humanos, el poemario o alguna de sus novelas. Ese sí seria un verdadero homenaje a una persona que entregó lo mejor de su talento a nuestra institución gremial.