Página personal del médico y escritor colombiano Emilio Alberto Restrepo. Aquí se recopilan sus artículos, notas de prensa, entrevistas, conferencias, reseñas, producción literaria, etc. Si tienen comentarios, aportes, sugerencias, favor escribir a:
emiliorestrepo@gmail.com
En esta antología de cuento colombiano fue incluido mi cuento "UN TELEVISOR FULL COLOR". El comité editorial está compuesto por Elkin Restrepo, Lucía Donadio y Claudia Ivonne Giraldo.
Agradezco a dicho comité la inclusión y participo a ustedes de una lectura que hice del cuento en el evento Lectio Finale, al cual fui invitado por la facultad de medicina de la Fundación Universitaria San Martín en el grado de la promoción de médicos de 2014. Al final encuentran el video. A continuación, el cartel de presentación de Sílaba editores.
Presentación del libro
El pozo y el péndulo. Cuentos colombianos
antología de
Odradek, el cuento
en la
Fiesta del Libro y la Cultura
El pozo y el péndulo. Cuentos Colombianos
Antología de Odradek, el cuento
Con este libro aspiramos a ampliar el marco de referencia y a mostrar el estado de un género literario cuyo interés siempre creciente por parte de autores y lectores es una muy buena noticia para la literatura de nuestro país. Para la muestra, dentro de las circunstancias que la han hecho posible, hemos seguido un criterio muy sencillo, reuniendo en un mismo orden, a modo de diálogo plural, a autores de una trayectoria larga con aquellos otros que recién empiezan a publicar su obra.
Un diálogo, pues, que a la vez que constituye una continuidad, posibilita también un juego de identidad con sus afinidades y rupturas; es decir, una manera cambiante y feliz de entender el hecho literario. En el conjunto prevalece la riqueza y la diversidad; por lo tanto, una noción de las cosas que ni se jerarquiza ni se pierde en su particularidad. Ya el lector, sirviéndose de su arbitrio, elegirá a su gusto y a su gusto enriquecerá o no el texto.
Lo importante, como dicta el canon moderno, es que sea el placer el que rija esa cercanía, el lazo entre el yo y la fantasía. La magia de un buen cuento quizá resida en la forma como la imaginación nos conduce de lo que sabemos a lo que desconocemos. De lo cierto a la fascinación de lo que nos espera al otro lado del espejo. Que lo disfruten.
Autores participantes:
Mario Escobar Velásquez – Rocío Vélez de Piedrahíta – Amílkar Osorio – Esther Fleisacher – Ramón Illán Bacca – J.J. Junieles – Gabriel Uribe Carreño – Rubén Vélez – Óscar Castro García – Juan Diego Mejía – Karim Quiroga – Emperatriz Muñoz Pérez – Janeth Posada – Emilio Alberto Restrepo – David Betancourt -Campo Ricardo Burgos López – Alejandra Arcila Yepes – José Andrés Ardila – Luis Miguel Rivas – Róbinson Grajales
Este cuento se basa en una leyenda urbana muy difundida en varios países. En el artículo respectivo se cita:
"-Una muy común, de aire picaresco, es la que cuenta la desaparición accidental, o más comúnmente por robo, de un cadáver de alguien allegado que se murió en la mitad de un paseo y las peripecias por traerlo de nuevo al sitio de origen, en medio de graves limitaciones económicas. Es así como hemos oído de la abuelita que se murió en la costa y el traslado costaba una fortuna, entonces decidieron meterla en un baúl, o en la caja de un televisor enorme, o envuelta en una alfombra. Lo gracioso es que en la mitad del camino, generalmente durante una parada para almorzar o para ir al baño, no falta quién se la robe, creyendo que es una mercancía y no un fiambre camuflado. Oh problema descubrir que se robaron la abuelita y tratar de imaginar la cara de sorpresa de los malandrines al destapar el supuesto botín. Otros pintan la anécdota como que montaron al muertico en un taxi, sentado entre dos como si estuviera borracho o dormido. Siempre hay algún reten o una varada en mitad de trayecto o un derrumbe y una patrulla rondando."
A propósito del cuento, Orlando Ramírez Casas (Orcasas), escribió:
Hola, jóvenes:
Un hombre hacía una larga fila frente a una taquilla
bancaria para cobrar un cheque en Cartagena, cuando lo acometió una apremiante
necesidad de ir al inodoro. Pidió permiso al vigilante, pero éste le dijo que
el banco no tenía baños públicos, y debía esperar a salir del establecimiento
para buscar alguna solución. La necesidad del hombre no daba espera.
El vigilante fue donde el Gerente para plantearle la
inquietud, y el hombre vio como el jefe tras del escritorio ponía cara de malas
pulgas. Volvió el vigilante con la razón, en el momento en que el cajero le
entregaba al cliente una bolsa plástica de color negro y un sobre de manila con
la seguramente gruesa suma de dinero. Los otros clientes en fila ya se daban
cuenta de que algo ocurría con el cliente de la taquilla, en el momento en
que el vigilante llega para comunicarle la razón: “*Que
entre, pues, porque haremos una excepción, pero que no vaya a dejar sucia la
taza porque es sólo para uso de los empleados*”.
El cliente recibió con alivio la autorización, pero se
encontró con que el mecanismo de la taza estaba dañado y el producto por él
dejado se atascó.
Optó, entonces, por sacar el dinero de la bolsa plástica y
acomodarse los fajos entre la pretina del pantalón, y usando la bolsa plástica
como guante, tomó el objeto y lo envolvió, metiéndolo todo en el sobre de
manila; con lo que dio rápidamente las gracias y salió a la calle con la
intención de poner el paquete en el primer recipiente de basura que se
encontrara.
En ese momento hicieron su aparición dos hombres en una
motocicleta que amenazándolo con un arma
lo apremiaron: “¡Preste la bolsa, rápido, preste la bolsa!”. El hombre les
entregó la bolsa, y los dos hombres desaparecieron con presteza al voltear la
esquina, llevándose el producto de su atraco.
He recordado ese episodio por cuenta del médico Emilio
Alberto Restrepo Baena cuyo cuento “Un televisor full color” fue seleccionado
para incluir en el libro de la antología de cuentos de la revista Odradek que
ha sido presentado por Sílaba Editores durante la Fiesta del Libro y la Cultura
de Medellín 2014. En este video, que les recomiendo, dicho cuento es leído por
el autor.
¡¡¡¡DESTACADO!!!! Cuentos propios, leídos por el autor:
Odio esta maldita ciudad, me hieren los recuerdos que me trae. Detesto respirar en ella, caminar sus calles, sentir cómo la cruel e irreversible melancolía de su maldad me impregna los días.
Aquí he hecho toda mi vida. Estudié. Me gradué. Trabajé. Quedé desempleado. Pero no me preocupo por ello: mis padres tienen demasiado dinero, no tengo problema, siempre me han sostenido. Aquí conocí las falsas ilusiones del amor, sus engañosas expectativas.
En esta maldita ciudad me enamoré, su catedralfue testigo de mi matrimonio.
Esta ciudad me respira en la nuca, la transpiro en cada gota de mi sudor. Su asfalto me ha visto hacerme adulto, sus vías me han ablandado los pasos. Lo único bueno que conservo es el matrimonio con mi mujer, que me cuida y no tengo ninguna duda queme quiere con todo su corazón. Es lo único que rescato de esta maldita ciudad. Aunque no todo es perfecto, es difícil lograr la felicidad completa: Llevamos casi seis meses sin tener relaciones porque estas le causan cistitis y a mí no me gusta que sufra por mi culpa. Ahora estoy preocupado porque nuevamente tiene cistitis. Debe ser el clima y el ambiente de esta maldita ciudad.
UN ASUNTO SORPRENDENTE (Cuento)
Emilio Alberto Restrepo Baena
Publicado en "ANTOLOGIA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO VOL II" recopilado por Mario Escobar Velásquez y publicado por la Universidad de Antioquia, 2007. Este cuento tambien aparece como capítulo de la novela EL PABELLON DE LA MANDRÁGORA, ganador de de la III beca de creación en Novela del Municipio de Medellín en 2005.
- Necesito que me hagas un favor muy grande. No vayas a negarte. Eres el único que me puede solucionar este problema-La voz de la médica mostraba gran perturbación. Su tono, a mitad de camino, entre autoritario, demandante y ansioso no daba elección.
Muy intrigado, al otro lado del auricular, atiné a preguntarle. -¿ Cuál es la situación? ¿En qué consiste tu problema? - Enseñado como estaba a sortear toda clase de angustias típicamente femeninas en mi calidad de ginecólogo, sabía que no podía dejar manipularme por su expectación. Las mujeres hacen de cualquier llovizna una verdadera tempestad.
- No puedo decírtelo por teléfono. La situación es demasiado delicada. Ya ni duermo y no puedes dejarme sola en esto. – Contestó ella.
- No me vengas a decir que después de la vejez quedaste en embarazo – respondí tratando torpemente de ser gracioso. Me arrepentí de inmediato.
- Por favor, esto es serio. ¿A qué hora me puedes atender en tu consultorio? – más que una pregunta era una orden.
- A las diez de la mañana en el hospital, -respondí avergonzado.
- Allí estaré;- escupió sin cortesía.
No supe qué pensar; preferí seguir leyendo una revista de frivolidades.
II.
A las 9:45 de la mañana estaba puntualmente la médica en la sala de espera del hospital. No quiso permanecer sentada, deambuló varias veces por el pasillo. Me asomé por la ventana del recibo y pude ver que su rostro estaba marcado por dos líneas cruzadas por una vena feroz en su frente. Conociéndola como la conocía, entendí que algo la estaba descomponiendo. Sentí que ella tenía ganas de llorar, o de gritar y decidí que pasara pronto al consultorio. Cuando me vio, me hizo sentir que descansaba, que le quitaba un peso de encima.
Algo cambió en esa fascies marcada por el peso de una extraña fuerza que después pude entender. Entró sin apenas saludar, como queriendo escabullirse de la muchedumbre de tres pacientes que indiferentes leían revistas viejas en la sala. Me pareció que sentía como si mil dedos la señalaran, como si mil ojos la espiaran, como si mil bocas la vituperaran.
En realidad nadie la reparó, cada cual siguió enquistado en su propia coraza. Antes de cerrar la puerta, le hizo una señal a otra persona que estaba en una silla junto a la ventana. Era una religiosa gorda y fea, entrada en años, que al recibir la orden ingresó al consultorio también sin saludar y mirando siempre hacia el suelo. Sin entender nada, las invité a sentarse. La médica aceptó, la monja permaneció de pies. Yo tampoco tenía palabras, era todo oídos.
III.
- Y bien, mis estimadas amigas ¿ A qué tengo el honor de tan amable visita? - No pude reprimir el impulso de ser fastidioso para que supieran que era yo y no ellas quién tenía el control. Esbocé una mueca apenas parecida a una sonrisa.
- Muéstrele hermana -ordenó la médica sin asumir protocolos.
La religiosa obedeció. Parada como estaba se desabotonó un abrigo grueso que le cubría los hábitos y procedió a levantarse la falda del traje talar. Me llamaron la atención esas piernas violáceas e hinchadas que me hicieron pensar en contra de mi querer en un hipopótamo, esa ropa interior despulida por el uso y pasada de moda en forma de unos calzones que le llegaban hasta el tercio superior del muslo, que en mis tiempos llamábamos “ mata-pasiones” o “ bordo de olla” y que eran solo el grotesco preámbulo a una enorme panza que denotaba al menos nueve meses de embarazo.
¡Casi no me repongo a esa imagen tan atosigante, tan impresionante, tan llena de contradicciones, de ver a esa enorme mole de mujer religiosa en gravidez! ¡Una monja preñada!. De súbito se me antojaba repugnante, confuso, antiestético, antiético.
¿Y esto qué es? -Pregunté tratando de mantener la calma. -¿Me quieres explicar qué está pasando aquí?. - Me senté y les hice saber que no movería un solo dedo hasta escuchar todo el relato. La monja nunca habló. La médica lo resumió todo.
IV.
La historia fue como sigue: Al parecer la monja en compañía de otra de su comunidad, estaba haciendo un trabajo pastoral en una vereda del Oriente, zona de conflicto armado, dominado por un frente guerrillero. Una noche cualquiera, unos subversivos que pasaron por la escuela rural en donde se alojaban las religiosas, se tomaron por la fuerza el recinto, tumbaron la puerta y blandiendo el fusil las amenazaron. Estaban bastante ebrios y su actitud era fiestera sin dejar de ser violenta. Con el cuento de “querer probar un virgo, o querer romper un duro”, procedieron a violarla en una y otra vez, a la fuerza, haciendo ningún caso a sus súplicas, abusando de su indefensión. A la compañera no la violaron porque tenía la menstruación y era coja por un defecto de la cadera pero en cambio la golpearon hasta que perdió el conocimiento, dejándole como consecuencia un hematoma y una amnesia permanente. La tuvieron que pensionar.
Al otro día, cuando el comandante del frente se enteró, montó en cólera y ordenó una fuerte retaliación contra la cuadrilla, se cree que con ajusticiamiento de varios de los implicados. Además, dejó a las monjas bajo el cuidado de los moradores de la vereda, hasta que se recuperaran, eso sí, bajo la advertencia de que si decían una sola palabra de lo ocurrido lo lamentarían. Al reestablecerse, la hermana pidió traslado y fue a parar a otro pueblo. Mientras tanto el infierno en su interior apenas comenzaba. Allí, en el nuevo poblado fue donde conoció a la médica y la involucró en su propia tragedia.
V.
De solo pensar en esta situación, me conmoví profundamente. Cómo en sólo una maldita noche se pierden la paz de la conciencia, la estabilidad mental, la convicción religiosa, el don más preciado para ella que era su virginidad y empieza a carcomerle su mundo interior ese parásito que nunca deseó, que nunca añoró, producto del acto brutal sin amor de diez bocas pestilentes de alcohol, de diez cuerpos sudorosos de machos de monte, de diez o más penetraciones de miembros viriles que como barras de acero al rojo vivo le destrozaban una y otra vez su caverna más oculta, su pedestal más venerado, su secreto más cuidado, su último recinto más celosamente preservado.
Me imaginé esas doscientas y punta de noches de insomnio, de desvelo, de amargas dudas, de profundas contradicciones que la ponían entre la espada y la pared de la repugnancia, de la duda, del temor, del pulso del ser que añoraba la vida que se gestaba y el no-ser que la repelía.
Me imaginé las fajas que tallaban su estómago para encubrir lo cada vez más evidente, la náusea constante que le negaba hasta el derecho a alimentarse, la tensión que generaban los cambios impostergables de su cuerpo. Pensaba en la aberración de no saber quién era el padre, de no ubicar una cara ni un semblante que lo identificaran para tratar de darle una vinculación amorosa a ese cangrejo maldito que le atenazó la entraña.
Me llegué a imaginar también que todo era un montaje, al pensar que solo me necesitaban a mí como idiota útil para resolver un problema que no era mío.
Mi cabeza se hizo un ovillo y yo también tuve asco, ansiedad, angustia. Me maldije por dejarme permear por una situación que sin yo propiciar ya me involucraba y se me pegaba a la piel y al espíritu como una babosa.
VI
-Ya lo puedes ver, no es una simple histeria – Dijo la médica. - Te pido el favor de que me ayudes a manejar el problema con la hermana Marina. Su caso es desesperado. En la comunidad no pueden saber nada, sabes que no lo entenderían, ni lo aprobarían nunca. Ella no tiene dinero pues depende completamente de sus superioras. No es capaz de criar al niño, incluso no quiere saber nada de él, dice que no tiene fuerzas ni de mirarlo. y tiene muy claro que no puede renunciar a sus vínculos religiosos; su vocación y su fe son lo único que tiene -
El discurso y los argumentos eran contundentes; la voz de la médica era fría y metálica pero certera. Admiré su carácter y su dialéctica como ya en otras veces lo había hecho; la sentí, sabia y ponderada.
El problema cayó directamente sobre mis hombros. Se convirtió, sin yo pedirlo ni quererlo, en mi responsabilidad. Supe y entendí de inmediato que no tenía otra opción. Entre otras cosas no veía clara la solución. Múltiples interrogantes me atormentaban. ¿Cómo manejar el asunto en una clínica particular con mil testigos, con cientos de protocolos y trámites, sin dinero, sin privacidad? ¿Cómo acudir a una clínica clandestina, sin recursos, sin las mínimas garantías para su salud y con la repugnancia que me generaban por su carácter subrepticio e ilegal? ¿Cómo hacerlo todo con discreción sin bordear peligrosamente los límites de lo legal? ¿Cómo no exponerme al escarnio público y a la maledicencia de las personas que fueran testigos de ocasión? Estaba poniendo en peligro mi prestigio y mi reputación.
Cavilando furiosamente, mi cerebro me palpitaba con un gota a gota de obsesión que me abrasaba las sienes. Les dije que en ese momento no tenía las cosas claras, que al otro día las llamaría, que alguna cosa haríamos.
Nos despedimos. En esa misma noche, con el reloj marcando las once, la médica me llamó a la casa a recordarme el compromiso. Su voz sonaba aguardientosa y se intuía que había estado llorando. Por supuesto no pude volver a conciliar el sueño.
VII .
La noche fue aterradora, por lo lenta y reiterativa. El insomnio es atroz y en ese desvelo estaba más posesionado que nunca. La cabeza me daba vueltas y vueltas en torno a nada, con un sudor pegajoso corriéndome por la nuca, con entresueños que me sumían en pensamientos fantasmagóricos que quise interpretar como pesadillas para convencerme que no estaba bordeando los brumosos senderos de la locura, en esa levedad de pasmo, en esa sinrazón de ideas sin cause.
De pronto, aliviado, organicé un plan. Me acordé de una clínica pequeña dedicada a la cirugía plástica, privada, discreta, con elementos que permitían trabajar con la mínima seguridad y en condiciones dignas. Al amanecer contacté al dueño que oficiaba allí como anestesiólogo y le conté toda la historia. Le pedí que me permitiera operarla en su quirófano, que la íbamos a ingresar como si tuviera un tumor de ovario; diríamos que éste se había torcido y que los dolores eran tan terribles y el riesgo de complicación era tan grande, que tuvo que ser intervenida como una emergencia quirúrgica. Lo tranquilicé por el dinero, pues la comunidad pagaría sus honorarios y los costos totales de la cirugía (ya que estarían convencidos que era por un tumor y no una cesárea, cosa que jamás aceptarían); la médica se encargaría de recibir al niño; el procedimiento se realizaría un domingo para que nadie notara nada, ya que en ese día no se realizaban procedimientos electivos y la clínica permanecía cerrada. Tendría que involucrar a la enfermera jefe y a la auxiliar de más confianza, para que se garantizara la discreción necesaria. El colega aceptó colaborar, no preguntó más y todo se planeó para el fin de semana siguiente, que en forma casual incluía un lunes festivo, lo cual nos daba más margen de maniobra.
El problema del recién nacido también estaba resuelto. La hermana de la médica se encargaría de sacarlo rápidamente del quirófano para evitar el contacto con la monja; se lo llevaría para su casa, lo cuidaría por cerca de dos o tres semanas y luego se lo entregaría a un funcionario de Bienestar Familiar quien tramitaría las gestiones para ser dado en adopción a una pareja de europeos que tenía interés por el niño.
VIII.
Al otro día cité a las atribuladas féminas al consultorio, les expliqué el plan; les dije que yo organizaría lo logístico y que realizaría la cesárea, pero que negaría de entrada y a quién fuera mi participación en el acto; que era la médica quien velaría por el cuidado post -quirúrgico de la grávida madona, que ella se encargaría de la salud del niño, de darle la cara a la madre superiora para explicarle lo del tumor, lo de la urgencia y lo de la cuenta. Ella no reviró, lo aceptó todo, no podía hacer otra cosa. Sólo me pidió el favor de que consiguiera un certificado de nacimiento sin llenar y un informe falso de patología para simular el resultado del estudio del tumor. Sintiéndome el más vil de los rufianes, cometí ambas fechorías: con una habilidad que desconocía en mí, engañé a la jefe de maternidad de mi hospital y le robé un certificado. Por supuesto, estaba numerado y tuvo la pobre ingenua que poner el denuncio y asumir la responsabilidad por la pérdida. La constancia del patólogo, con firma falsa y todo, la conseguí recurriendo a mi más patética caracterización de galán de pacotilla con la secretaria más bigotuda, narizona y contrahecha que hubiera en hospital alguno; todavía me saluda de beso, el cual ella pretende que sea en la boca. Aún me sigo odiando, pero supuse, me explicaba, que era por una buena causa.
IX.
El día de la cirugía todo sucedió como se había previsto. El plan no era malo, no daba espacios para los errores o la improvisación y todo salió a pedir de boca. Yo me escabullí rápidamente, nadie me hizo preguntas, la médica manejó todo lo que seguía según su compromiso. Yo me sentí liberado de un peso enorme, fui a misa luego de varios años de ausencia, invocando en el creador piedad y comprensión por lo que yo reiteraba era una buena labor por una de sus siervas amadas y me desentendí del problema. Todo salió a pedir de boca. Casi no me libro de eso que en el argot de los médicos y de los inspectores de policía se conoce como un verdadero “ chicharrón” .
X .
Pasó el tiempo y algún día tuve curiosidad de saber en qué paró toda la historia de la atribulada monja. Todo funcionó según lo estipulado: el niño fue registrado a nombre de la hermana de la médica; la madre superiora en medio de la desconfianza connatural a las de su especie y a la avaricia ya legendaria entre sus congéneres, pagó cumplida la cuenta cuando se tragó entero el embuste al leer el reporte de patología que confirmaba el tumor y al ver que costó menos de lo presupuestado pues el ginecólogo y el ayudante nunca cobraron honorarios, lo que le restaba un monto considerable a la factura. ¡Almas pías y generosas!, debió pensar la reverenda mientras nos incluía en sus plegarias místicas .
La monja nunca se enfrentó a su engendro, nunca lo vio ni sintió su llanto, esa fue siempre su voluntad. Asumo que elaboró el duelo y se sintió descansada y tranquila en la recuperación de su cirugía y en la liberación del lastre que literalmente la consumía en cuerpo y alma. Fácilmente se reintegró a sus labores pese a ese borbotón de leche que brotaba de sus inmaculados pechos.
La situación se complicó un poco cuando Sonialuz , la hermana de la médica, elaboró un desconocido pero irrefrenable amor maternal que la aferró grandemente al niño. Le parecía imposible desprenderse de él, dejarlo en manos desconocidas después de todo lo que habían pasado juntos, que alguien ajeno pudiera quererlo y cuidarlo como ella lo hacía. Esta actitud alcanzó a tornarse muy conflictiva y traumática pues no era lo que habían diseñado y la médica tenía unos escrúpulos enormes por el niño, por su origen, por esa explosión energética de la que era producto, por tanto sufrimiento y violencia que lo rodeaba y lo estigmatizaba. Sabía que no era culpable, pero era incapaz de quererlo. Sabía que lo había salvado, pero no se sentía capaz de asumirlo ni como propio ni como sobrino y quería sacarlo pronto de su vida y de su casa para cerrar de una vez por todas ese capítulo. Esto generó un cisma en la familia, una dicotomía de sentimientos, decisiones y afectos que fue bastante difícil de superar. Al final en medio de reproches, llantos, depresiones, reclamos y reconciliaciones, decidieron que lo correcto era seguir con el plan inicial, pero apareció otro escollo: El funcionario de Bienestar Familiar empezó a ejercer una presión económica por su silencio, a realizar un vulgar chantaje para tratar de pescar en río revuelto. Además, estaba cobrando comisión en dólares a la pareja europea para agilizar los trámites de entrega del bebé. En su desespero y conociendo la voracidad implacable de los burócratas colombianos, los esposos aceptaron darle el dinero con tal de obtener el hijo que siempre habían anhelado. Pero la médica no toleró ninguna de las dos situaciones. Armada de un carácter a toda prueba, profundamente indignada, sometida a esa presión severa que la tenía a punto de reventarle la paz y la calma por todo lo que había pasado, decidió que ocurriera lo que ocurriera, no iba a permitir semejante abuso. Hizo contactos y habló con el comandante del frente guerrillero local; le explicó todo y éste solícito y diligente, con una rápida visita y un corto cruce de palabras enderezó el entuerto. La sabandija lloró, suplicó de rodillas y se comprometió a que si lo dejaban salir del pueblo vivo, olvidaría el problema y no entorpecería más los trámites.
Así lo hizo y el niño fue entregado a los suizos, quienes felices retornaron al viejo mundo con su familia ya completa. Luego de su escala en París, abordaron el Concorde, el avión más seguro del mundo. Iban pletóricos y realizados. A los pocos minutos de despegar del aeropuerto Charles De Gaulle , la nave estalló en llamas en una tragedia que sacudió al mundo en el año 2000. Aquí en Colombia, a muchos kilómetros de distancia, una monja remota y confinada en un pueblucho olvidado, sintió un corrientazo que la sacudió sin entender que ocurría, sumiéndola en una suerte de nostalgia pasajera muy parecida a la amargura y a la depresión. No comprendía qué le sucedía. Fue a rezar un poco y después de un llanto corto, rápidamente regresó a las actividades propias de su oficio.
En principio, debo confesar que he leído este texto sesgado por la simpatía que siento por el autor, médico ginecólogo Emilio Alberto Restrepo Baena. Eso haría que fuera indulgente con cualquier falla técnica que desde el punto de vista literario pudiera encontrar en su escrito... Pero ¡No encontré ninguna! Parece un cuento, pero mi intuición me dice que no es un cuento sino un relato con todas las de la ley. Posiblemente embellecido desde el punto de vista literario, pero real. Una historia real que el hecho de que en algún lugar hubiera aparecido recientemente el caso de una monja embarazada trae a cuento de actualidad. ¿Quién ha dicho que las monjas no son mujeres, y sienten pasión, y no pueden quedar en embarazo? Casos se habrán visto por montones desde los tiempos enclaustrados de la edad media, y amores clandestinos, y abortos, y cesáreas a porrillo en cualquier cantidad de conventos desde los publicitados amores de Abelardo y Eloísa o de don Juan Tenorio y su "Doña Inés del alma mía". Casos se habrán visto. Mucho me temo que el Dr. Restrepo habrá acudido más a la ayuda de la pluma que a la de la imaginación en este caso cuyos elementos no tienen nada de fantasioso y son perfectamente posibles en la manera de actuar de los personajes protagonistas y secundarios de la historia. El modus operandi de ellos es el pan de cada día y el texto es perfectamente verosímil.