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Thursday, July 31, 2014

JIMI HENDRIX: EL ARTE TOTAL DE SUPERARSE A SI MISMO



Uno de las experiencias más sobrecogedoras cuando se analiza la vertiginosa carrera de Jimi Hendrix  es  apreciar la capacidad que tuvo de superarse a sí mismo, a través de la obsesión por lograr sus metas y  alcanzar  alturas artísticas  cada vez mayores, mediante la imposición de retos que lo llevaron a confrontar los paradigmas de la época para hacer una ruptura de los moldes que lo hubieran encasillado, muy posiblemente condenándolo a  ser un músico más del montón.
Pero no lo fue. Se propuso ser el mejor, luchó tenazmente por ello y al final lo consiguió.
Uno de sus premisas evidentes fue la de no estancarse en el conformismo y  proponerse logros que lo llevarían cada vez más alto, siempre al límite del riesgo con las rupturas, en un concepto claro de “deicidio” o de “parricidio” artístico: el precepto de que hay que superar al maestro, siempre los dioses vigentes y dominantes pueden ser superados, nunca se llega demasiado alto, solo hay que tener la voluntad, la dotación y los ímpetus para tratar de lograrlo. Y a fe que lo intentó y lo consiguió con creces.
Cuando era un músico telonero de apoyo del circuito “negro” de grandes artistas de la época (Ike Turner, Little Richard, Isley Brothers, Chuck Jackson, Slim Harpo, Tommy Tucker, Sam Cooke y Jackie Wilson, etc) sintió que si no se salía de ese ambiente que dominaba la noche de los Night Clubs de segunda categoría, no daría nunca un giro de tuerca acorde con su enorme talento y su energía inatajable. Fue entonces como gracias a la iniciativa de Chas Chandler, el ex bajista de The Animals que estaba iniciando una carrera como agente, entendió que en Estados Unidos no había sitio para sus ambiciones de alto vuelo; en consecuencia, decidieron viajar a Inglaterra para iniciar una carrera, en donde nadie lo conocía. Era una apuesta arriesgada, pero las relaciones de Chandler hicieron lo propio, lo inició en la cofradía de los grandes guitarristas de la época, lo introdujo en la movida de músicos y locales de vanguardia  y fue allí cuando dio su primer golpe de gracia.
Siendo un total desconocido insistió en subirse al escenario del más grande supergrupo de la época, The Cream, y hacer una sesión con ellos en un concierto. Ante su determinación que no admitía un no como respuesta, tocó con la banda y dejó estupefactos a todos, músicos, público y periodistas que veían cómo Eric Clapton se retiraba discretamente tras bastidores al escuchar el solo alucinante y la presencia escénica del recién llegado. Esto es interesante analizarlo en perspectiva y en su contexto, en un momento en que Clapton era considerado el mejor guitarrista del mundo y las calles de Inglaterra estaban pintadas con letreros que recordaban sobre la veneración por el inglés: “Clapton is God”.
Fue su primera gran aparición. Un músico desconocido, para ajustar  negro en un ambiente totalmente blanco, un afroamericano en Londres, sin discos propios grabados y deja con el rabo entre las piernas al más respetado ícono del rock del momento. Ya a partir de  ese momento Hendrix  se iba convirtiendo en  un secreto a voces y las más encopetadas estrellas (Pete Towsend, Jeck Beck, Beatles, Stones, Eric Burdon, el mismo Clapton y muchos más) hacían cola en los antros en que se presentaba, apeñuscándose para ver en directo a una figura que empezaba a hacer historia, volviendo añicos la forma convencional de tocar la guitarra y asumiendo de manera novedosa la pose de rockstar.
Lo que siguió, escalón tras escalón, fue un camino hacia la cúspide: formar un trío a la manera de The Cream, cuando lo normal era un cuarteto o un quinteto y sonar con un voltaje musical poco antes escuchado. Retomar las canciones de gran factura lírica  de Bob Dylan y hacer una puesta en escena con una descarga  que les dio un nuevo aire, atrayendo para sí una horda de admiradores del rock duro que antes las consideraban expresiones dulzonas  de un flower power mas bien poético y filosófico que los tenía sin cuidado y hacer parecer como si esas canciones hubieran sido compuestas por él y para él. Atreverse a robarle protagonismo a The Who, los más potentes y autodestructivos músicos en concierto e ir más allá en salvajismo que ellos, algo impensado. Por la decisión de una moneda hizo su show después de ellos, superando con creces su presentación en el legendario concierto de Monterrey,  llevando el espectáculo a niveles nunca antes vistos por encima de los incontenibles ingleses: destrucción del equipo y de la  guitarra coronando con su incineración, llevando el clímax a niveles apoteósicos. Fue histórico.
Mientras tanto, a diferencia de los otros grandes héroes, demostraba que para él la guitarra no tenía secretos, al tocarla con la lengua, los dientes, de espaldas, contra el micrófono y el amplificador; distorsionándola a niveles hasta entonces desconocidos, haciéndole el amor mientras la descarga de rifs y punteos se sucedían, enloqueciendo a multitudes cada vez crecientes que lo admiraban extasiadas. Hasta entonces no se había visto a ninguno como él. Y se vestía como nadie, con atuendos de un esplendor victoriano o afrancesado que en otros hubieran deslucido por anacrónicos y decadentes, pero en él era claro que no era una postura sino una forma de ser. Disco tras disco, sus producciones eran novedosas, su forma inédita de cantar y el desmadre y la búsqueda de sonidos novedosos en cada tema lo volvieron un referente, alguien que no podía pasar desapercibido.
Y como si fuera poco, se atrevió con los intocables. Al otro día de la aparición del Sergeant Pepper, considerada la obra maestra de The Beatles, ya tenía montada su propia versión de la canción, en su estilo salvaje, haciendo una versión en concierto que para muchos fue superior.  Ni sus propios músicos conocían el arreglo y fueron testigos y cómplices de otro de sus golpes de creación que buscaban “matar al maestro” y superarlo, como fue siempre su premisa, siempre conservando su estilo y rindiendo homenaje a sus predecesores.
Su punto máximo fue en Woodstock, en plena crisis del fracaso norteamericano en Vietnam; abrió su presentación con una interpretación del himno nacional  que abusaba de la distorsión de los acordes, conmoviendo a los asistentes y generando una controversia total en todos los medios, que se dividían entre si considerarlo como una basura o un irrespeto o una de las más sentidas, poéticas y virtuosas críticas al expansionismo imperialista de los Estados Unidos. Esta tendencia ha sido, a partir de entonces, imitada por cientos de artistas que también añoran sus quince minutos de gloria asumiendo un papel de contestatarios un tanto trasnochados.
A partir de allí el descontrol, el exceso de drogas, el hastío de una vida teñida de autodestrucción, lo llevó al panteón de los cadáveres exquisitos y a los 27 años murió ahogado en su propio vómito en la mitad de una sobredosis. Llegó a tales niveles de excelencia que de pronto entendió que solo lo esperaba un amargo camino de regreso que no estaba en condiciones de asumir.
Para a los creativos y para los artistas en general, deja un legado. La búsqueda de su propia expresión. La negación rotunda del conformismo, el compromiso total con el arte, el concepto del “parricidio creativo”, entendiendo que no hay límites cuando se trata de crear,  ni complejos cuando se está a la sombra del que ha abierto camino o  de expandir la mente al momento de hacer arte, o de transformar lo que ya existe buscando cotas de perfección que muchos del montón se niegan a asumir por miedo al ridículo o al fracaso, frases que para Hendrix eran desconocidas.

NOTA: Ver online algunos  documentales en español sobre la vida y obra de Hendrix en:
El día en que Hendrix mató a "Dios": https://www.youtube.com/watch?v=kS6Mlytx5Nc




Monday, June 29, 2009

DE CADAVERES EXQUISITOS Y OTROS FIAMBRES.

DE CADAVERES EXQUISITOS Y OTROS FIAMBRES.
Emilio Alberto Restrepo Baena
Acaba de morir el indefinible Michael Jackson y hoy estamos atiborrados, literalmente acribillados de noticias, recuerdos, especiales y añoranzas que tratan de reivindicar la enorme pérdida que ha representado para la humanidad su partida. Al parecer, quedará difícil continuar la marcha por el mundo sin su presencia, sin su aporte. Ya lo decían los abuelos: “No hay muerto malo ni niño feo”. Parece que el féretro tiene la enorme virtud de diluir los recuerdos, de suavizar la memoria, de pasteurizar la imagen. A partir del colapso todo es ideal, todo es perfecto, todo es inmaculado. Nada de ensuciar la historia con pecados, con debilidades, con aberraciones.

Y es que hay que entender que Jackson es uno más de los cadáveres exquisitos con que cada cinco o diez años el imaginario colectivo se vuelca a la idealización, al reforzamiento masivo de la necesidad perentoria de ídolos, aunque sea con pies de barro. La sociedad necesita íconos. Si no los tiene, los crea. Si tienen talento, los potencia. Si tienen defectos execrables, los matiza. Si caen en la perdición, la perspectiva del tiempo, sobretodo si es más allá de la muerte, los despercude, los llena de brillo, limpia de la superficie de su imagen todo el estiércol, toda la podredumbre, todo lo que se acerque a reconvertirlos en humanos con altas y bajas, con caídas y resbalones, con debilidades y contradicciones. Son demasiado grandes para ser como nosotros. Los necesitamos perfectos para que se diferencien de nosotros, tienen que ser como los ángeles para poder mirarlos en el pedestal de nuestros sueños, ansiedades y frustraciones, porque, qué gracia tiene endiosar a alguien como nosotros, que suda, siente miedo, va al baño, hiede de mediocridad y de inseguridad y patina en el pantano de una vida cotidiana que sabe cruel, difícil y sin ninguna expectativa para afianzar lo que alguna vez moldeamos en nuestros delirios de ciudadanos del montón con ego de superestrellas incomprendidas.

“Vive rápido, muere joven y deja un bello cadáver”, dijo unos de los más representativos entre los cadáveres exquisitos que en el Olimpo son, James Dean. Entendía que sin una carrera de vértigo apenas tan corta para no cometer errores que los hicieran aparentes y los pusieran en evidencia, con una muerte inesperada que truncara una trayectoria en ascenso, se creaba una expectativa sobre lo que pudo ser y no fue, sobre la grandeza que se desperdició por culpa del destino, sobre toda la obra que pudo haber sido y no fue.

Todavía los fanáticos se conduelen de lo que pudo haber hecho Nino Bravo si no se hubiera desportillado contra otro auto a los 27 años en pleno furor de su carrera. No se les ocurre pensar que hubiera podido caer en la decadencia y en el olvido en vida –de lo cual están preservados nuestros cadáveres exquisitos, acaso la más dolorosa de las indiferencias y el peor de los castigos para un artista- y que hoy probablemente andaría viejo y gordo por los pueblos, vendiendo su espectáculo de nostalgia a cambio de centavos como tantos otros dinosaurios de su generación, hoy refugiados en el alcoholismo, en el alzheimer, en la frustración, mientras viven del recuerdo cochambroso de sus prediluvianos días de gloria, olvidados por todos, por no haber cometido la impertinencia de morirse antes de tiempo, en el cenit de su producción. (recomendamos leer: https://emiliorestrepo.blogspot.com/2005/05/medelln-el-paraso-de-los-dinosaurios.html

Y no es sino ver las cifras de ventas póstumas de los discos y películas del gran Elvis Presley, las peregrinaciones a Graceland para entender algo del fenómeno. Ya no es la mole de 150 kilos y multiadicto que se empacaba 100 pastillas diarias, hacía pactos non-santos con la CIA, disparaba a los televisores cuando no le gustaba algún programa y golpeaba a las mujeres –mayores y regordetas que le recordaban a su madre- cuando no lograba consumar el sexo que tan generosamente aún le prodigaban, sino que ya se convirtió en un dios en su propio reino, un arcángel de música celestial, un profeta que hasta secta religiosa tiene, sostenida por admiradores que se niegan a olvidarlo.

Lo mismo con Jackson, ya nadie habla de su apetencia desaforada por los niños, acusado incluso de violación y administración de drogas prohibidas para lograr sus abyectos deseos, ni su odio por las mujeres, ni su asco por el contacto con las personas y sus microbios, ni su negación de su identidad de raza y género, ni su paranoia, ni su dismorfofobia que le obligó a hacerse más de 50 intervenciones en su cuerpo. Hoy sólo hay espacio para la consagración, para el perdón de los pecados, para el despercudido de su aura. Para eso es un cadáver exquisito.

Por eso el gran Cortazar (¿Acaso también él un cadáver exquisito?) fabuló en ese cuento maravilloso “Queremos tanto a Glenda”, que lo mejor que podían hacer un grupo de fanáticos cuando la gran actriz Glenda Garson anunció su regreso a los estudios, luego de que ellos habían limpiado todos los errores, cortado todos los detalles que mancillaran su imagen, luego de que la habían llevado casi al límite de lo perfecto mediante el encubrimiento y eliminación de los errores en las películas. Al regresar a la actuación, más vieja, con necesidad de éxito y reconocimiento, es probable que se desdibujara, que se equivocara y ensuciara lo que ya con un enorme esfuerzo se había conseguido encumbrar a un nivel irrepetible. Entonces tomaron la única decisión, lógica, válida, sensata: la asesinaron. Al convertirla en un cadáver exquisito, la preservaban de todo error y se preservaban ellos mismos de un atentado a su memoria, a su idolatría, a lo que más idealizaban de ella.

Por ello mismo tanta veneración por Carlos Gardel y Javier Solís, después de tantos años de muertos. Su virtud fue que fallecieron relativamente jóvenes, activos, en pleno éxito. No falta el que asegure que todavía están vivos, que en tal y cual parte los vieron con la identidad cambiada. Y siguen saliendo discos y su prestigio con los años es cada vez más grande, más alimentado por los buenos deseos y el gran afecto de sus admiradores.

Esa es la ventaja de morir joven: no hay tiempo de cometer muchos errores, de grabar malas canciones o películas perversas o libros peores. Siempre quedará la especulación de sus fanáticos -siempre benigna y a su favor- para imaginar que la obra iba a ser cada vez más brillante, porque así lo quieren creer.

Y eso lo hemos sentido con las Jotas fatales del rock( Janis Joplin, Jimmi Hendrix, John Lennon, John Boham, Brian Jones, Jim Morrison, Jeff Buckley), con Kurt Cobain, con Michael Hutchence con Sid Vicious y con las súper estrellas que han terminado muertas en forma accidental o trágica como Marilyn Monroe, Montgomery Clift, Heath Ledger, Natalie Wood, Kalet Morales, Bruce Lee y su hijo Brandon, como River Phoenix. Siempre queda la duda de si hubieran seguido siendo grandes y talentosos. En todo caso, queremos pensar que sí. Y como masa, como fanáticos, como consumidores, como compradores de sus productos, como rebaño necesitado de ídolos y figuras de adoración en las cuales creer y becerros de oro a los cuales adorar, preferimos decir que sí y erigirles un pedestal.