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Sunday, January 22, 2023

CIAO, MICHAEL (Historia con Banda Sonora)

CIAO, MICHAEL (Historia con Banda Sonora) 
 Emilio Alberto Restrepo                                                                            a Beatriz, la doctora




 Yo creo que ya es hora de ir hablando del asunto, total, han pasado casi diez años. El tiempo se ha encargado de hacer espesos los recuerdos, siempre pasa igual, el paso de los meses va diluyendo la historia, la memoria se va reblandeciendo y uno va diseñando el pasado como quiere conservarlo, como más le conviene. Nada menos riguroso que la nostalgia, va modelando a su antojo las imágenes para darle cuerpo a la forma idealizada como uno prefiere recordar los sucesos. 
 Y vaya si es cierto que no hay muerto malo ni niño feo. Resulta que luego de morirse el Michael, todo eran halagos, perfiles en los que faltaba poco para endiosarlo, repeticiones sin descanso, una tras otra, en los que mostraban los momentos memorables de una carrera artística que fue, por decirlo de una alguna manera que no suene a cliché, sublime, apoteósica, brillante hasta la incandescencia. 
Y créanme que yo sé lo que digo porque estuve allí en el momento que era, lo viví en primera fila y como pocos tengo la autoridad para contarlo. 
 Me llamo Jonas T. y desde que Michael comenzó su carrera como solista, yo hice parte del equipo que lo acompañaba las veinticuatro horas de todos los días del año en su carrera delirante hacia el éxito; estaba a su lado viviendo una estampida de vértigo hacia el delirio total de una gloria rotunda que nunca supo de reposos ni claudicaciones hasta la escalada definitiva. 
 Y si bien es cierto que a partir de un momento que nunca esperamos que fuera posible vivir, las relaciones con los listados de números uno se enfriaron y nunca más repetimos encabezamiento en el ranking, para nosotros el ritmo nunca bajó; el acoso de la gente, de los fanáticos, de los periodistas y de los paparazzi, cada vez se hizo más inmanejable. Cambiamos las canciones de éxito por los escándalos, los aplausos por los hostigamientos, los reflectores y las coreografías por los titulares que no daban tregua en su obsesión por arrancarle al Michael el pellejo a pedacitos, por cierto, bien delicada que tenía la piel. 
 A lo último, más importantes y publicitados que los videos magníficos que cambiaron la historia de la música hecha imagen en una interrelación de un nivel por nadie igualado, se convirtieron las transmisiones de los juicios, de los resbalones, de las debilidades, del deterioro. Porque no me es fácil reconocerlo, pero es cierto que nos fue ganando la decadencia. 
 A mí no me tocó trabajar con él en la época en la que Michael era el niño prodigio que cantaba con sus hermanos y encantaba al mundo entero con su voz, con su carisma, con ese talento que se le resbalaba en cada gota de sudor. Eran una máquina de swing, el ritmo frenético era natural en ellos, era tan fluido como respirar. Barrieron con la competencia; los hermanos Osmond eran acaso un simplón remedo de caras pálidas y muelamentas con forzadas sonrisas de postín que no lograban recuperar la dignidad de la supremacía blanca que se cacareaba en aquellos años. Y yo no lo digo por ser afroamericano, sino por sentido común, por justicia. 
 Y Michael se robaba todas las miradas. Casi ni sabía ir solo al baño y ya era un cantante y bailarín de primera categoría. Era un niño encantador admirado en forma unánime. Era una celebridad y el mundo lo amaba. Nadie podía saber por aquel entonces que detrás se agazapaba una disciplina para perros ejercida por Joseph, su padre, quien en su fundamentalismo religioso, en su cuadriculada concepción de la norma y la disciplina, no admitía desviaciones ni digresión. Ni siquiera las propias de la infancia, y no ahorraba violencia en ello. Nada de escuelas, se contrataba un profesor privado. Nada de juegos callejeros ni amigos de barrio, meses enteros en giras que apenas permitían reposo para descansar y arrancar con una nueva sesión de ensayos y grabaciones en los estudios. Todo por el éxito, todo en nombre del estrellato. Él y sus hermanos eran los únicos niños del entorno. El resto, adultos del mundo de la música, empresarios ambiciosos, capitalistas ávidos, camarillas de artistas y los pajarracos que suelen merodearles. 
Sin darse cuenta, le habían robado la infancia y hasta la afrenta de ver salir una espinilla en un día de show televisivo programado, le hacía merecer una buena zurra de su padre. Michael nunca entendió muy bien este mundo y estos comportamientos, pero sabía que era distinto, que era lo que le había correspondido en suerte y que no tenía derecho a revirar. Desde siempre se vio y se sintió como una súper estrella, siempre fue el centro de atracción, siempre alguien obedecía sus órdenes, cumplía sus deseos, le hacía los deberes que al resto de los humanos nos toca asumir. 
 Hasta aquí todo lo que he relatado lo supe por referencias, nada oculto, es lo que siempre se ha sabido de él. 
 Y pese a lo que él quería que ocurriera, creció, se hizo adolescente, luego adulto y a partir de eso, las cosas se precipitaron y ya nunca más volvieron a tener freno ni sosiego. 
 * 
 Fue por estos tiempos que ingresé a la nómina para estar a su servicio. Yo hacía parte del Magic Team, un grupo de más de cien personas trabajando en todos los frentes para que todo resultara perfecto, para fabricar una vida ideal, para estar al tanto de todos los detalles en lo técnico, en lo empresarial, en lo humano, en lo cotidiano, en lo personal. La idea era que no se presentaran errores. Nada se dejaba al azar, todo era planificado. Hice mil oficios, desde lo más discreto y alejado, hasta ser escolta personal de sus hijos. Fui jardinero, catador de alimentos, esterilizador de sus sábanas. Trabajé en el monitoreo de cámaras de su rancho, conduje su carrito de golf, fui extra en varios videos donde había muchedumbres. Un tiempo trabajé en la casa de huéspedes, conocí todo tipo de estrellas, vigentes y en decadencia y mi cuaderno de registro de autógrafos de celebridades fue la envidia durante mucho tiempo. Estuve en las oficinas de marketing en las que se comercializaban miles de objetos con la imagen de Michael. Al obtener mi diplomado fui asistente de los contables, en fin, siempre estuve adentro del corazón del emporio. 
 Porque Michael era toda una empresa, una fábrica de dinero, una multinacional del espectáculo que movía billones y entretenía a millones. Para entonces era imparable, un éxito tras de otro, cada canción mejor que la anterior, todo el año en gira por todo el mundo. Era el rey absoluto y nadie cuestionaba esta distinción. La gente se engolosinaba con su talento, ya no era tan importante que cantara bien, sino que registrara perfecto; por entonces se le reconocía que sus coreografías eran obras maestras, que sus videoclips se superaran uno tras otro. Nadie bailaba como él. Nadie tan querido, tan aceptado, tan carismático. Este camino duró quince años. En lo público se ascendía al paraíso. En lo privado, en lo personal, casi nadie sabía que el camino conducía inexorablemente a lo más profundo de los infiernos. 



 * 
 Pero tratándose de Michael, la procesión iba por dentro. Mientras estuvo embriagado del éxtasis de la gloria, apenas se daba tiempo para pensar. Prefería refugiarse en el trabajo frenético que implicaban las giras, los ensayos, las grabaciones, las conferencias con la prensa. Miles de entrevistas, cada día un hotel distinto, multitudes enardecidas de admiración sin freno. Cero privacidad, cero concurrencia a lugares públicos, era literalmente imposible. 
 Y era un hombre muy difícil de definir. De movimientos suaves y refinados, era muy distinto a como lo proyectaban sus videos, en los que era dinámico, agresivo y desafiante. En persona era frágil e inseguro. Su vocecilla era delgada, sus ademanes eran una combinación oscilante entre lo masculino y lo femenino, estaba lleno de miedos, odiaba estar solo en un sitio, pero casi no permitía el contacto físico con nadie. 
 En realidad parecía un niño, aunque todos sabíamos que era el patrón, el dueño de una fortuna incalculable. Estaba lleno de dudas acerca de todo, sobre todo sobre sí mismo. Tiraba el dinero de una forma extravagante, no le importaba llenarse de todo tipo de antojos al precio que fuera, aunque nunca más volviera a mirarlos, quedándose empacados inclusive como llegaban. Cientos de amigos y familiares le pedían plata prestada, nunca la escatimaba ni se las negaba, se olvidaba de inmediato de la deuda y casi ninguno le pagaba. Invitaba cientos de conocidos a su finca, todos de su cuenta con familiares y pegajosos incluidos. Odiaba los microbios, los contagios, el cáncer y las infecciones, por lo tanto esterilizaba todo, no tocaba nada, era enfermizo por el aseo, el agua, los desinfectantes. Era cierto que dormía en una cámara de oxigeno hiperbárica porque estaba convencido que regeneraba los tejidos y prevenía el envejecimiento. Odiaba la vejez y la feúra y se hizo más de cincuenta procedimientos estéticos que cuando estaba más viejo lo volvieron más feo y eso lo hizo más inseguro, cayendo en el que fue su eterno círculo vicioso. Con la disculpa del vitíligo que amenazaba con volverlo caratejo, aprovechó para blanquearse la piel y cumplir su viejo anhelo de ser blanco, pues odiaba ser negro; la gran mayoría de sus íntimos era blanca, renegaba en voz baja del color, de la cultura, de la brusquedad y de los modos de ser de los de su raza. Se alisó el cabello, pues quería borrar todo vestigio del afro que lo obligaron a llevar en sus primeros años. A punta de despreciar su nariz chata de negro, y de tanto tratar de respingársela en múltiples cirugías, dañó el cartílago y le tuvieron que aplicar una prótesis que a cada rato le fallaba, para imitar un apéndice que lo hiciera ver un poco menos desfigurado. A lo último, sabiendo quien era, era difícil precisar si era hombre o mujer, blanco o negro, joven o viejo. Y gastó su liquidez económica en el intento. Al final, dueño de múltiples activos valiosísimos de los que no se quería desprender, los administradores no tenían efectivo para pagar la nómina y cumplir las obligaciones. 
 Y conociéndolo de cerca, aunque no puedo decir que intimé con él, la cosa era más compleja. Tenía un acercamiento con venerables matronas que adoraba como Diana Ross y Elizabeth Taylor, en cuyos regazos se dormía mientras le acariciaban el pelo, al parecer sin intimación de ningún tipo sexual, más bien en una especie de afecto edípico. Y cuando se sabía el rey de la música de los setentas, los ochentas y parte de los noventas, entonces quiso poseer el legado de los sesentas, y compró por una astronómica suma los derechos de las canciones de los dueños rotundos de la época, The Beatles, y se quiso apropiar de su espíritu. Y no contento con ello fue a los cincuentas -en los que nació la música pop de la cual era ya el líder vigente absoluto- pero como el prototipo ya había muerto, entonces fue por lo que mas se aproximaba, la hija del rey Elvis, Lisa Marie. Se casó con ella, trató de fusionar sus reinos, Neverland con Graceland, y nosotros los veíamos aburrirse de lo lindo semanas enteras apenas sin hablar, sin nada en común, durmiendo separados, sin ningún contacto, hasta llegar al necesario y natural divorcio dos años después. 
Y cuando le dio por comprar el cadáver del hombre elefante como uno más de sus delirios, para desespero de los contables. Y su no bien recibida y menos aclamada manía de rodearse de muchachitos, gastarse los días enteros con ellos jugando como el niño que nunca dejó de ser, durmiendo con ellos. No puedo asegurar que abusara o no de ellos, lo cierto es que era una manía irrefrenable, muchos de nosotros nunca la pudimos entender ni aceptar ni estar de acuerdo con muchas cosas que veíamos o intuíamos, lo cierto fue que nos tocó callar del todo, ver poco y saber menos y a él le costó el prestigio, millones de dólares, juicios completamente desgastantes a partir de los cuales nunca volvió a ser el mismo, quedando con el prestigio completamente mancillado. Ya era el rey, pero de burlas y nadie daba un peso por su honorabilidad y su orientación sexual. Y ni sus esposas eran sus esposas ni sus hijos eran sus hijos. Vientres en alquiler, inseminaciones artificiales de su médico más admirado -blanco, por supuesto- matrimonios de conveniencia, nuevos escándalos, caída en el más absoluto patetismo, descrédito total, situación económica que amenazaba ruina. En fin, la debacle, y todo tendía a empeorar.
 * 
 Y pensar que llegué a llorar viendo algunos de los momentos apoteósicos de la era dorada de Michael. Se me destemplaban los dientes y se me ponía la carne de gallina –aún me sucede al evocarlo- cuando el mundo entero se rendía a sus pies en presentaciones brillantes como de de MTV de 1995 o la del Superbowl. Era el monarca absoluto. Al recibir los Grammys o al ser declarado el mayor vendedor de discos de la historia, nos henchíamos de orgullo por ser nuestro gran ídolo americano, y de nuestra generación, y de nuestra raza aunque quisiera ser blanco, y ser mi patrón aunque creo que nunca se aprendió mi nombre. Una vez que se dirigió a mí, me dijo James. 
 Basado en su prestigio, en la apuesta de su capacidad para vender discos y DVDs como nadie más y llenar el aforo completo de los estadios en los que se presentaba, además presionado por la iliquidez irreversible de su imperio que amenazaba ruina, fue que tomó la decisión de regresar a los escenarios y hacer una gira inglesa de más de cincuenta conciertos. La locura. Desde adentro, todos nos mirábamos con desconfianza pero nadie decía nada. 
 Las dudas parecían disiparse cuando en la preventa de los boletos, a las pocas horas, ya estaban agotados y los revendedores multiplicando por diez el valor de la oferta. La cosa era en serio. No había marcha atrás. Sería un regreso digno de él, que llevaba casi diez años en el ostracismo musical, que no mediático, con tanto escándalo y tanto que había dado de que hablar, con justicia o sin ella. 
 Michael decía que sí a todo, pero parecía en otro mundo, desconcentrado y débil. Honestamente, varios de nosotros, conociéndolo como lo conocíamos y venerándolo de la forma en que siempre lo hicimos, no estábamos convencidos de que el hombrecito fuera a responder como se esperaba de él. Y es que eran cincuenta conciertos de más de dos horas cada uno, una canción empatada de la otra, banda a todo timbal, coreografías y bailarines como en los mejores tiempos. Y nosotros que lo veíamos hacer el paso del “Moonwalk” con dificultad y ya casi sin gracia. 
 Michael parecía como aletargado y no parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor y lo que amenazaba venírsele encima. Pero nosotros sí. Y la verdad, estábamos bastante preocupados. Y no parecíamos ser los únicos, eso es lo delicado, y es lo que he tratado de contarles desde el principio. 
 * 
 Cincuenta años cumplidos, cincuenta kilos de peso, pastillas para dormir, pastillas para no dormir, pepas para soportar los entrenamientos de su entrenador personal, pastas para los dolores óseos y musculares y de cabeza y hasta del alma, droga para el estrés, medicamentos para la fatiga crónica y para la depresión y para eliminar y para dar del cuerpo. Y bebidas energizantes y cero calorías, qué tal, cero harinas cero grasas, para eso están las píldoras de vitaminas y los suplementos reconstituyentes. 
 Y la gira encima. En poco menos de un mes todo estaría en marcha: las tribunas a reventar, el voltaje de luces, la descarga de decibeles para recibir al rey en su firme propósito de reinventarse. Y él no estaba muy seguro, pero no parecía ni darse cuenta o no le importaba. Sólo le preocupaba no agarrar un resfriado, no aguantar sol, no exponerse a los microbios y tratar de disimular que estaba casi calvo y que su voz no era la misma de antes. 
 Entonces pasó lo que tenía que pasar. Un buen día Michael apareció muerto. Estaba taqueado de morfina y cualquier cantidad de drogas de control y de prescripción médica obligada. A partir de su fallecimiento se convirtió en uno más de los cadáveres exquisitos que en el mundo han sido, más venerado y adorado muerto que vivo. Quizás, uno de los más poderosos, a la altura de Presley, de Marilyn o de Lennon. Como se esperaba que ocurriera, vendió casi tantas copias de sus discos y películas como cuando estaba vivo, los fans se peleaban por adquirir uno cualquiera de los millones de suvenires que ni cuando estaba activo se vendían en esa proporción. En el punto en que estaba, era claro que era más rentable muerto que vivo. Mientras respirara, era más un estorbo, un incómodo mueble que no se acomodaba en ningún sitio. Y creo que alguien –o el mismo, cómo saberlo- así lo entendió y supo lo que tenía que hacer. 
 Por plata, no hubo problema. La gira tenía seguros multimillonarios, dejaría ganancias de todas maneras, ya sin ningún tipo de riesgo; el mismo Michael tenía seguro de vida de ocho ceros, en estos asuntos los empresarios no dejan nada al azar. 
 Con Michael a buena cuenta de la parca, no había peligros de ningún tipo. Ya estaba preservado de la decadencia, del deterioro, de la debilidad, del cansancio, del fracaso. Así no se expondría a riesgos de abucheos, de enfermedad, de cancelación, de traspiés, de notas salidas de tono, de exigencias extravagantes de megaestrella. Ya no cometería más errores, todos sus pecados estarían automáticamente perdonados, sus faltas redimidas. A partir de eso, el cielo estaba garantizado, lo mismo que su merecido lugar en la historia, dejando una profunda huella en la memoria colectiva. Estoy casi seguro que mientras la fanaticada lo lloraba, en alguna cancha de golf de un club privado, unos empresarios barrigones fumaban tabaco mientras brindaban por su buena vida a partir de su buena muerte. 
 Yo ya estoy viejo, cansado y jubilado. Me siento muy solo y aún sigo siendo negro. Toda mi vida giró y sigue gravitando en torno a Michael, lo que hizo, lo que dejó de hacer. Conocí mucho de su vida pública y privada. Escribí un libro con las memorias de mis años en Neverland, vendí una gran cantidad de ejemplares, salí en los programas de Oprah, de Larry King y otros tantos y me gané una buena cantidad de pavos que me permitieron retirarme y vivir una jubilación con gran comodidad, como no me la imaginé ni en mis más locos sueños. Todavía escucho con nostalgia la música de Michael. Pensé que ya era justo contar una parte de la historia, porque ya han pasado diez años. Y era hora de ir hablando del asunto.


Cuento publicado en

Sunday, March 11, 2012

GILDARDO MONTOYA. IN MEMORIAM


A mediados de los años setenta, escuchábamos entre divertidos y asombrados una canción bailable que no sabíamos bien si era seria o jocosa, pero en todo caso, sin entender el significado de la palabra, era nuestra primera aproximación al surrealismo y más tarde a la patafísica. Un ritmo de guitarras rústicas y maracas daban color a una voz montañera que cantaba, mientras un coro arracachero le respondía:

COMO YO SOY TAN RARO
Ahhhhh como yo soy tan raro…
Como yo soy tan raro, a mí me gusta todo al revés
compro la ropa en la cantina y a la farmacia voy a beber
A mí me gusta dormir parado y caminar en un solo pie
me gusta el dulce que sea salado y me gusta el dueto que sea de tres
Duermo soñando que estoy despierto, pero despierto yo estoy dormido
a veces sueño que estoy levantado y voy a ver y estoy acostado
Ahhhhh Como yo soy tan raro, como yo soy tan raro, como yo soy tan raro, como yo soy tan raro…
Me gusta el perro que cacarea y la gallina que sepa ladrar
me gusta el toro cuando relincha y al caballo oír bramar
Me gusta el día cuando es de noche para de día yo trasnochar
admiro al ciego que pueda verme lo mismo al mudo que pueda hablar
Me gusta todo y nada me gusta, no soy miedoso y todo me asusta
soy peleador pero no peleo yo soy muy raro pero no creo
Ahhhhh Como yo soy tan raro, como yo soy tan raro, como yo soy tan raro, como yo soy tan raro…

Una tarde, el 25 de Noviembre de 1976, los habitantes de Belén fuimos sacudidos con la noticia: Gildardo Montoya, el compositor y cantante popular iba manejando su moto y una señora en un carro lo había  atropellado y yacía muerto tirado en pleno pavimento, al frente de Mercados La Placita en la 30 con la 77. Los muchachos no podíamos creerlo. Precisamente en esos días estábamos encantados con las versiones de doble sentido de sus canciones parranderas. Lo sentíamos como propio, orgullosos de saber  que era local y contemporáneo (había nacido en Támesis en 1940) y nos sabíamos muchas de sus canciones y nos reventábamos de la risa con ellas:

El gitano groserónEse español malicioso (ay) que canta en el entejado,  como huele de maluco debe ser que cagad... (ay paren ay) En un tono españolillo gitanillo de pacotilla graciosísimo.

El trovador del Valle: "Soy el trovador del valle y vengo a trovar aquí, vengo buscando mi pava
y traigo los huevos aquí"…Esto está lleno de brujos y yo sé a lo que han venido, pongámonos ya la ropa pa que no sean mal...parece que ya nos vieron vestite con disimulo que la gente se está riendo porque nos vieron el...culpable soy señor y yo vi llorar la muchacha por salir tanto conmigo le quebré la cu...carambola carambola, gritan jugando billar, mi negrita está en la cama y me la voy a...pinchada que es esa vieja, pa saber que en el chumbimbo , me ofreció cincuenta pesos pa que le mostrara el...chiquita de mis amores…

Carrataplán:  (Carrataplán, carrataplan, como es de bueno eso con pan.)  Si yo tuviera la dicha de comer de eso, carrataplan…pero vale 20 pesos y yo no tengo, carrataplán…

Seguro que sí: Hombre yo quiero saber qué es lo que a  me está pasando, cuando veo una mujer a mi se me parand…( seguro que si seguro que si seguro que si que si)
Yo no sé si fue María o la sobrina de lucha, lo cierto fue que un día me botaron la cachuch…( seguro que si seguro que si seguro que si que si)
La mujer que al caminar anda con los pies trabados, eso no que hay que averiguar seguro se lo han clavad…( seguro que si seguro que si seguro que si que si)

Dele por ahí, dele: Ese patrón que yo tengo, ese sí es bastante rico, pero el pa qué tanta plata ese hombre como es de maric…(dele por ahí, dele por ahí, dele por ahí, dele).
Y con la mirada actual, no podemos dejar de evocar  en esas letras al Juanes de La Camisa Negra,  de La paga o del Yerbatero. Es más, el artista nunca la ha negado, porque sabe que son sus raíces, que bebió tanto de él como de Octavio Mesa, de Joaquín Bedoya, de José Muñoz. Lo mismo el Darío Gómez que ha hecho carrera con Los Legendarios. Y así por el estilo cientos de canciones de doble sentido, fiesteras, alegres, juguetonas, maliciosas.
 Pero no todas. Ya había compuesto verdaderos himnos de la música tropical, letras, ritmo, mensaje. Recordemos:

Plegaria Vallenata:   Óyeme diosito santo, tú de aritmética nada sabias, dime por qué la platica tú la repartiste tan mal repartida.
Óyeme diosito santo, en cual colegio era que tu estudiabas, por qué a unos les diste tanto, en cambio a otros no nos diste nada.
Mira tanta gente pobre que vende su sangre para poder vivir, no te das cuenta que el rico
es feliz mirando al pobre sufrir.
Como sé que es imposible que al santo cielo te llegue una carta, pero me estas escuchando
cantando esta plegaria vallenata.

Piel de Luna: Piel de luna piel de luna, piel de luna tienes tu
piel de luna piel de luna, piel de luna tienes tu
Qué lindo es tu cuerpo, como tu ninguna, eres la mujer de la piel de luna.
Se mueren mis penas, ay una por una, ay si tú me vieras, tu amor piel de luna…

La bonita  Soledad: Morena tiene que ser, la bonita soledad, con su cuerpo tan garboso, con ese mirar gitano pa los hombres embrujar…por la virgencita mía, que soy un enamorao, de sus ojos tan bonitos, que parecen en el cielo dos farolitos colgados, morena tenía que ser la bonita soledad, por los ojos de mi madre que no los puedo olvidar…

Y no nos quedemos aquí. Recordemos títulos como MALDITA NAVIDAD, EL ARRUINADO, SE ENRIQUECIÓ EL ARRUINADO, SE ENFERMÓ EL ARRUINADO, EL ENTERRADOR, LA NIÑA DE PIENDAMÓ, SECUETRARON A MI SUEGRA, EL GATO DE AMPARO, SE CASÓ DRÁCULA, COMO YO SOY TAN RARO, LA ROYA, EL PAGANINI, LA BALLENA DE JONÁS, LA PELEA DEL SIGLO, EL HOROSCOPO, EL AJEDREZ, LA BOLITA, EL BESITO DE AÑO NUEVO, QUE PEREZA DICIEMBRE, LAMENTO ARRABALERO, LAS TROVAS DE GIRARDOTA

Y lo hizo como solista, pero también con verdaderos ídolos de la música tropical como Alfredo Gutiérrez, Los Betos, Ismael Rudas, Daniel santos, El Combo de Las Estrellas, Nelson Gutiérrez, Calixto Ochoa, Alejo Durán, Jairo Paternina, Gustavo “el loko” Quintero, Darío Valenzuela, Los Hispanos, Gabriel Romero, Los Graduados. Y es que era cantante, compositor, arreglista, corista. Respiraba música las 24 horas.

Veamos otro par de joyas de ese humor  atravesado, retorcido, lleno de ritmo, inmortalizado en El Arruinado y su secuela, Se enriqueció el arruinado.

EL ARRUIDADO
Si hubieran huevos le fritaba uno, pero como hago si no hay manteca
si hubiera quesito le daba un pedazo, pero pa' que si es que no hay arepa
si hubiera limón le hacía limonada, pero no puedo no hay ni agüita
si tuviera arroz le hacía almuerzo, pero no hay platos ni cucharita
si hubiera plátanos le asaba uno, pero de malas, no hay parrilla
si hubiera buñuelos también le daría, pero pa' que si no hay natilla
si hubiera olla le hacía agua dulce, pero yo que hago si no hay panela
si hubiera fogón le fritaba carne, pero disculpe no hay cazuela
coro: Ah bueno de eso pa comer con esto, como es de bueno eso con esto
si hubiera de eso yo comía con de esto, pero no hay de eso pa comer con de esto (bis)
Si fuera soltero te daba un besito,  pero no puedo yo soy casado
si tuviera parva te daba merienda, pero perdona no hay cacao
si hubiera papas le hacía sancocho, pero no hay yucas ni tengo sal
ah bueno menuda pa darle un peso, pero no hay gruesa para cambiar
que le de 30, usted pa' que 20, si 15 es mucho, que va a hacer con 10
si le doy ,5 usted se los gasta tenga estos 4 y me devuelve 3
si hubiera azúcar le hacía tinto, pero como hago si no hay café
si hubiera vino le daba un trago, pero la copa ya la quebré
a bueno sueño pa' dormir contigo, yo estoy solito no está mi mama
si hubiera almohada con mucho gusto, pero pa' que si no tengo cama

SE ENRIQUECIO EL ARRUINADO
Por fin me llego la suerte, me gane la lotería
Ya salí de aquella ruina tan horrible que tenia
Ya no soy el arruinado pues me gane los 100 millones
Me compre mis 10 carritos, 4 fincas y 5 aviones
Ahora tomo puro whiskey y fumo es americano
Ahora el que me pida carne como soy rico le doy un marrano
Ya cuelgo el novillo entero del garabato de la cocina
Hasta el perro de mi casa se hastió de comer gallina
Y ese gato que yo tengo no volvió a comer ratones
Yo ya le compro jamón, le compro leche y le doy bombones
Y yo comiendo de aquello, de eso que sabe tan bueno
Hacía tiempo que no probaba, diario voy a comer de eso
Ahora si como de eso, bien revueltico con esto
Porque esto sabe muy bueno, cuando se come con esto......
Ahora el que entra a mi  casa se resbala en mantequilla
Cae al cajón de los huevos y lo bañamos con leche tibia
Diario para desayuno yo mato mis 2  marranos ,
10 gallinas para el almuerzo y pa la comida mato 3 pavos
Pero para la merienda son 100 huevos y 15 quesos
el billete más chiquito que cargo es de 500 pesos
Como ya soy millonario cuando quiera como de eso
Me rio de la pobreza ya tengo desto pa comer con eso
Ahora que tengo plata me persiguen las sardinas
y antes ni me miraban cuando yo andaba en la ruina

Este hombre se inventó términos como Ya voy Toño, zapatos de cauchodrilo, tomémonos un aguardientosky, el paganini, ¿Sí?, no Jonás, Porque te quiero, te aporrio. 
Y no es un simple arranque de nostalgia. Nada de eso: A Rey muerto, disco puesto… El muerto al hoyo y el vivo al baile. Nunca mejor expresado.



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Monday, June 29, 2009

DE CADAVERES EXQUISITOS Y OTROS FIAMBRES.

DE CADAVERES EXQUISITOS Y OTROS FIAMBRES.
Emilio Alberto Restrepo Baena
Acaba de morir el indefinible Michael Jackson y hoy estamos atiborrados, literalmente acribillados de noticias, recuerdos, especiales y añoranzas que tratan de reivindicar la enorme pérdida que ha representado para la humanidad su partida. Al parecer, quedará difícil continuar la marcha por el mundo sin su presencia, sin su aporte. Ya lo decían los abuelos: “No hay muerto malo ni niño feo”. Parece que el féretro tiene la enorme virtud de diluir los recuerdos, de suavizar la memoria, de pasteurizar la imagen. A partir del colapso todo es ideal, todo es perfecto, todo es inmaculado. Nada de ensuciar la historia con pecados, con debilidades, con aberraciones.

Y es que hay que entender que Jackson es uno más de los cadáveres exquisitos con que cada cinco o diez años el imaginario colectivo se vuelca a la idealización, al reforzamiento masivo de la necesidad perentoria de ídolos, aunque sea con pies de barro. La sociedad necesita íconos. Si no los tiene, los crea. Si tienen talento, los potencia. Si tienen defectos execrables, los matiza. Si caen en la perdición, la perspectiva del tiempo, sobretodo si es más allá de la muerte, los despercude, los llena de brillo, limpia de la superficie de su imagen todo el estiércol, toda la podredumbre, todo lo que se acerque a reconvertirlos en humanos con altas y bajas, con caídas y resbalones, con debilidades y contradicciones. Son demasiado grandes para ser como nosotros. Los necesitamos perfectos para que se diferencien de nosotros, tienen que ser como los ángeles para poder mirarlos en el pedestal de nuestros sueños, ansiedades y frustraciones, porque, qué gracia tiene endiosar a alguien como nosotros, que suda, siente miedo, va al baño, hiede de mediocridad y de inseguridad y patina en el pantano de una vida cotidiana que sabe cruel, difícil y sin ninguna expectativa para afianzar lo que alguna vez moldeamos en nuestros delirios de ciudadanos del montón con ego de superestrellas incomprendidas.

“Vive rápido, muere joven y deja un bello cadáver”, dijo unos de los más representativos entre los cadáveres exquisitos que en el Olimpo son, James Dean. Entendía que sin una carrera de vértigo apenas tan corta para no cometer errores que los hicieran aparentes y los pusieran en evidencia, con una muerte inesperada que truncara una trayectoria en ascenso, se creaba una expectativa sobre lo que pudo ser y no fue, sobre la grandeza que se desperdició por culpa del destino, sobre toda la obra que pudo haber sido y no fue.

Todavía los fanáticos se conduelen de lo que pudo haber hecho Nino Bravo si no se hubiera desportillado contra otro auto a los 27 años en pleno furor de su carrera. No se les ocurre pensar que hubiera podido caer en la decadencia y en el olvido en vida –de lo cual están preservados nuestros cadáveres exquisitos, acaso la más dolorosa de las indiferencias y el peor de los castigos para un artista- y que hoy probablemente andaría viejo y gordo por los pueblos, vendiendo su espectáculo de nostalgia a cambio de centavos como tantos otros dinosaurios de su generación, hoy refugiados en el alcoholismo, en el alzheimer, en la frustración, mientras viven del recuerdo cochambroso de sus prediluvianos días de gloria, olvidados por todos, por no haber cometido la impertinencia de morirse antes de tiempo, en el cenit de su producción. (recomendamos leer: https://emiliorestrepo.blogspot.com/2005/05/medelln-el-paraso-de-los-dinosaurios.html

Y no es sino ver las cifras de ventas póstumas de los discos y películas del gran Elvis Presley, las peregrinaciones a Graceland para entender algo del fenómeno. Ya no es la mole de 150 kilos y multiadicto que se empacaba 100 pastillas diarias, hacía pactos non-santos con la CIA, disparaba a los televisores cuando no le gustaba algún programa y golpeaba a las mujeres –mayores y regordetas que le recordaban a su madre- cuando no lograba consumar el sexo que tan generosamente aún le prodigaban, sino que ya se convirtió en un dios en su propio reino, un arcángel de música celestial, un profeta que hasta secta religiosa tiene, sostenida por admiradores que se niegan a olvidarlo.

Lo mismo con Jackson, ya nadie habla de su apetencia desaforada por los niños, acusado incluso de violación y administración de drogas prohibidas para lograr sus abyectos deseos, ni su odio por las mujeres, ni su asco por el contacto con las personas y sus microbios, ni su negación de su identidad de raza y género, ni su paranoia, ni su dismorfofobia que le obligó a hacerse más de 50 intervenciones en su cuerpo. Hoy sólo hay espacio para la consagración, para el perdón de los pecados, para el despercudido de su aura. Para eso es un cadáver exquisito.

Por eso el gran Cortazar (¿Acaso también él un cadáver exquisito?) fabuló en ese cuento maravilloso “Queremos tanto a Glenda”, que lo mejor que podían hacer un grupo de fanáticos cuando la gran actriz Glenda Garson anunció su regreso a los estudios, luego de que ellos habían limpiado todos los errores, cortado todos los detalles que mancillaran su imagen, luego de que la habían llevado casi al límite de lo perfecto mediante el encubrimiento y eliminación de los errores en las películas. Al regresar a la actuación, más vieja, con necesidad de éxito y reconocimiento, es probable que se desdibujara, que se equivocara y ensuciara lo que ya con un enorme esfuerzo se había conseguido encumbrar a un nivel irrepetible. Entonces tomaron la única decisión, lógica, válida, sensata: la asesinaron. Al convertirla en un cadáver exquisito, la preservaban de todo error y se preservaban ellos mismos de un atentado a su memoria, a su idolatría, a lo que más idealizaban de ella.

Por ello mismo tanta veneración por Carlos Gardel y Javier Solís, después de tantos años de muertos. Su virtud fue que fallecieron relativamente jóvenes, activos, en pleno éxito. No falta el que asegure que todavía están vivos, que en tal y cual parte los vieron con la identidad cambiada. Y siguen saliendo discos y su prestigio con los años es cada vez más grande, más alimentado por los buenos deseos y el gran afecto de sus admiradores.

Esa es la ventaja de morir joven: no hay tiempo de cometer muchos errores, de grabar malas canciones o películas perversas o libros peores. Siempre quedará la especulación de sus fanáticos -siempre benigna y a su favor- para imaginar que la obra iba a ser cada vez más brillante, porque así lo quieren creer.

Y eso lo hemos sentido con las Jotas fatales del rock( Janis Joplin, Jimmi Hendrix, John Lennon, John Boham, Brian Jones, Jim Morrison, Jeff Buckley), con Kurt Cobain, con Michael Hutchence con Sid Vicious y con las súper estrellas que han terminado muertas en forma accidental o trágica como Marilyn Monroe, Montgomery Clift, Heath Ledger, Natalie Wood, Kalet Morales, Bruce Lee y su hijo Brandon, como River Phoenix. Siempre queda la duda de si hubieran seguido siendo grandes y talentosos. En todo caso, queremos pensar que sí. Y como masa, como fanáticos, como consumidores, como compradores de sus productos, como rebaño necesitado de ídolos y figuras de adoración en las cuales creer y becerros de oro a los cuales adorar, preferimos decir que sí y erigirles un pedestal.

Sunday, May 29, 2005

MEDELLÍN: EL PARAÍSO DE LOS DINOSAURIOS OLVIDADOS

MEDELLÍN: EL PARAÍSO DE LOS DINOSAURIOS OLVIDADOS
Emilio Alberto Restrepo Baena



En cuanto a lo que se refiere a la música popular, Medellín ha sido considerado el paraíso de los dinosaurios olvidados. No es gratuito. Si repasamos las crónicas de los últimos cuarenta años, esta ciudad ha acogido en forma maravillosa, entusiasta, rotunda a muchos artistas que ya reposaban en los fríos cuarteles del ostracismo, artríticos por la nostalgia de aplausos, anquilosados por falta de reconocimiento y admiración.

Como los elefantes viejos que presintiendo su muerte buscan los valles secretos de África, donde después de una peregrinación solitaria se acuestan a esperar la muerte dejando cementerios llenos de huesos y marfil, testigos de antiguas fuerzas y lejanas batallas, muchos artistas vienen a Medellín en donde se encuentran un público que aún los ama y que con generosidad reencaucha los afectos de siempre, reeditando éxitos pretéritos, sacudiendo el pesado lastre del anonimato que tanto duele en el ego.

Y es que el fenómeno desatado por la muerte trágica de Carlos Gardel en la ciudad, disparando por los siglos de los siglos una veneración que raya en la idolatría, un ascenso inmediato al Olimpo de los dioses, un regodeo eterno con la gloria perenne de los inmortales, hace que en el inconsciente colectivo se fije la tradición de Medellín como elixir mágico contra la desmemoria. No en vano, mucho más que en otras ciudades, han terminado su vida artistas como Pepe Aguirre, Orlando Contreras, Edmundo Arias.

Y antes de morirse, ya muy ancianos y en precarias condiciones de salud, vinieron y cosecharon laureles Leo Marini, Daniel Santos, Alfredo Sadel, Lidia Mendoza, Hugo Romani, José Alfredo Jiménez, etc, donde un público complaciente y amable los vitoreó frenético y emocionado.

En los últimos años se presenta una especie de reedición de los cantantes de los años sesenta y setenta. Es común que un empresario junte para un mismo espectáculo a tres o cuatro artistas que forma individual no convocarían a nadie y aprovechando las cinco o seis canciones que a cada uno le dieron cierto reconocimiento y recordación, logra elaborar un repertorio digno y garantizar un aforo del teatro que recupere la inversión y divierta al público. Es por eso que personajes que ya habíamos desterrado de la memoria, o que creíamos muertos o confinados en un ancianato vienen más rejuvenecidos que nunca, embebecidos de nuevos bríos y entusiasmos a refritar sus antiguos temas.

De ahí que nos hayan visitado muchos baladistas en representación del paleolítico inferior y lo sorprendente es que aún diviertan a la masa y la emocionen, que asuman con dignidad la oportunidad para saborear de nuevo un aplauso luego de muchos años de estar cesantes, sin contratos, sin giras, sin temas y hasta sin voz. Este género conocido como “música de peluquería” o música “romanteca” o “música para planchar”, tiene plena acogida en nuestro medio, donde hay gran entusiasmo por estos temas cursis y de dudoso buen gusto, que evocan amores dulzones, con ritmos pegajosos y letra simples que permean rápidamente el oído de un sector muy grande de la población.

No es exclusivo de muchachas del servicio doméstico, ni de policías ni choferes de buses. En realidad gustan en todos los estratos. Y tienen temas para todos los gustos. Desde los virtuosos como Nino Bravo y Raphael hasta los limitados de voz como Cacho Castaña o Juan Ramón. Desde los líricos con alto nivel poético como Alberto Cortez o José Luis Perales, hasta los simples a más no poder como Palito Ortega o Luis Aguilé. Desde los melosos como Julio Iglesias, (recordado como mister arequipe o señor melcocha) hasta los de voz ronca y carrasposa como Alberto Bourbón o Rabito (conocido cariñosamente y en confianza como “culito”). Desde los súper internacionales dueños del jet set europeo y norteamericano como Julio Iglesias o Charles Aznavour o José Luis Rodríguez “el Puma”, hasta los integrantes del proletariado estelar criollo como Galy Galeano (recordado como el rey de las guisas) o Raúl Santi, otro campeón súper favorito de nuestras nunca bien ponderadas sirvientas, o la inefable Vicky, que a toda hora parece convaleciente de una fiebre tifoidea.

También hay temas de gran elaboración literaria y factura poética impecable que se internacionalizan rápidamente y son versionados por múltiples artistas y orquestas , hasta adefesios que solo invitan a la risa y a la burla como esos que impusieron los argentinos cuando la mitad de la canción transcurría hablando por teléfono luego de timbrar varias veces, o ponían a niños a establecer diálogos lacrimosos con supuestos padres irresponsables o en lo más lamentable del melodrama, ponían a sollozar a una amante engañada desarrollando el más insoportable de los culebrones, con llantos descompuestos y deglución llorosa de efusiones nasales.

Definitivamente es un género de contrastes. Fluctúa sin reparos de lo brillante a lo mediocre, de lo original a la burda copia, de altos vuelos líricos y creativos a insufribles bodrios que generan lástima. Y hay público para todos. Y siempre hay quien los admire. Es por eso que en la misma emisora pasan de Juan Gabriel o Miguel Bosé a Charlie Zaa. De Víctor Manuel a los Pasteles Verdes. De Emmanuel a los Terrícolas. Y en la fauna criolla recordemos a los íconos: Billy Pontoni, Oscar Golden, Claudia Ozuna, Claudia de Colombia, Tiziano , etc.

Retomando el tema del papel de Medellín como caja de resonancia de la nostalgia, recordemos a los que han venido a dar con el fardo de sus fósiles a la ciudad. La lista es enorme.

Superestrellas como Camilo Sesto, auténtico ídolo de los años setenta, lleno de pergaminos y de éxitos, vino en plena euforia de su vigencia realizando conciertos inolvidables. Con los años trató de repetir su experiencia con resultados poco menos que lamentables. En el último vino como parte integrante de un multiconcierto de ancianos, uno más entre otros artistas. Ya no era la figura central, sólo uno más. Y el resultado fue desastroso. Su privilegiada voz era ya solo un mal remedo de sí mismo; su cuerpo ya cincuentón lucía anacrónico con su estado actual, pues se negaba a reconocer el paso de los años, sobre todo en él, reconocido como un adonis de belleza gallarda y varonil. Sin embargo, el público fue benigno, por no decir que excesivamente tolerante y lo aplaudió de continuo en forma entusiasta, más como homenaje y reconocimiento a su carrera que a su presentación esa noche. Es sobre todo cuando se oyen las grabaciones que uno siente vergüenza ajena al oír sus aullidos ya carentes de sutileza y tesitura, volcados en unos gritos histéricos más cercanos a la cacofonía que a la armonía.

En esa presentación fue acompañado por otro par de venerables patriarcas: el venezolano Rudy Márquez, conocido cariñosamente como “carequeso”, “el absceso de la canción” o “la espinilla que canta” pues el particular aspecto de su rostro haría las delicias de un esteticista o de un cirujano plástico, y de Leo Dan, el argentino que hizo las delicias de nuestros bisabuelos con mil canciones todas rítmicas, todas parecidas, simples a más no poder, pero llenas de un sonsonete que las hacía pegajosas y con éxito garantizado. El viejo Leo hizo su función con la misma voz de siempre ( no hay riesgo que se le desgaste) obeso como un hipopótamo, casi anciano, lo que hacía un gracioso contraste con sus temas tan livianos y juveniles e irradiando la simpatía de siempre. El público, por supuesto, le dio tratamiento de gran estrella y su ego se enmaletó una gran ovación que aún debe estar añorando.

Otros que circulan en este carrusel del recuerdo fueron el argentino Heleno, recordado como “la rodilla que canta” o “Meleno”, por su cabeza brillante como una bola de billar, quien a falta de una orquesta o una banda pues por cuestiones de presupuesto no la puede pagar, trae una pista grabada, sobre la cual, sin ningún rubor , recrea sus antiquísimas canciones con la voz melosa y acaramelada de los viejos tiempos. Otro argentino ya casi olvidado fue Elio Roca. También vino, cantó y venció. Su voz de tenor permanece intacta y poderosa, en contraste con su imagen de postín decadente, con tumulto de chicas contratadas incluido, las cuales al verlo, gritaban, lo besaban, lo acosaban en tropel. Patético pero divertidísimo deleitarse con este galán de pacotilla, quien no ha podido entender que estos trucos generan más risa compasiva que admiración.

También vino el español Manolo Galván, decrépito y macilento, más ronco que nunca, bebiendo en el escenario, fumando sin pudor entre canción y canción, regañando al público porque fue silbado cuando intentó a las malas cantar sus canciones nuevas mientras el respetable le pedía a gritos los temas de hace treinta años. Cuando se resignó y se concentró, estuvo a la altura de sus mejores días.

El argentino Sabú se debió haber sentido en el cielo cuando salió casi en hombros de su presentación. Tanto en físico como en vitalidad, energía y voz está intacto. El público así lo reconoció y lo aplaudió a rabiar. Quedó un grato sabor con su espectáculo. Lo mismo ocurrió con el español Juan Erasmo Mochi, quien conserva una gran voz, un carisma a toda prueba, una simpatía natural que conecta inmediatamente con la gente; salió aplaudido.

Para no extender más el recuento, simplemente enunciamos a Manolo Otero, Emilio José, José Vélez, Victor Heredia, José José, Leonardo Favio, Tormenta, Los Galos, Los terrícolas, Los Iracundos que también con el sol a sus espaldas han sabido venir a divertir a sus admiradores, ya viejos, ya baratos, ya un poquito en el olvido por no decir en la decadencia.

En fin, hay muchos artistas que han desfilado en el ocaso de sus años idos por nuestros auditorios y los han llenado, recreando glorias y desempolvando las nostalgias de su propia desmemoria y las de un público que los necesita para sentirse un poco más joven, para negar en sí mismo el cruel paso de los años y la evidencia de la pérdida de la juventud, porque no tiene ídolos vigentes a quien admirar, o son muy distantes o son tan costosos que no vienen a nuestras ciudades de provincia, o en el cúlmen de su carrera nos desprecian por pensar que no estamos a la altura de su condición.

Esperemos que envejezcan y terminen arrastrados en el torbellino del olvido, del silencio, del anonimato y aquí vendrán a dar, por unos cuantos dólares, ya sin poses de grandes estrellas, con unas pretensiones mucho más modestas, llenos de kilos y de canas. Aquí los aplaudiremos a rabiar, los haremos sentir más jóvenes y aún exitosos porque ellos nos hicieron un poco más felices, nos acompañaron en el amor y en el desamor, nos hicieron derramar lágrimas de cursilería y risas de encanto en un tiempo en que todo era un poco menos duro.

Comentarios:

Cantores que mueren jóvenes y dinosaurios


Recibidos
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Orlando Ramírez Casas

19:10 (Hace 12 horas.)
para Cco:
Orlando:
El mérito no es de Carlos Gardel sino del accidente aéreo, lo mismo que 
salvó a Pedro Infante. 
Otro accidente, pero automovilístico, salvó a Nino Bravo; aunque es 
cierto que demasiado temprano, pues tenía cuerda para mucho rato. 
Y no haber atendido el sano consejo médico de no ingerir líquido 
después de su operación sino hasta después de pasado cierto tiempo, 
parece que "salvó" al extraordinario Javier Solís de la decrepitud.
¡Qué paradojas tiene la vida!
Gilberto González


​Hola, jóvenes:



En apoyo de mi tesis de que los buenos cantantes deben morirse jóvenes antes 
de que la vida los lleve a la decrepitud, el abogado Gilberto González aporta 
unos ejemplos de cantores que siguen siendo grandes gracias a que la muerte 
se los llevó ligero.


El factor tiempo es el gran diferenciador porque, como se sabe, 

yo desayuno y quedo desocupado. Así, cualquiera. 
Un querido amigo me ha reclamado por afirmar que el Daniel Santos 
de los últimos días no era el mismo de sus tiempos de gloria. 
Lo cortés no quita lo valiente, y amor no quita conocimiento. 
Esa es una realidad de la que yo pongo como ejemplo a Daniel pero es 
común a muchos artistas que no saben determinar cuando es su hora llegada, 
y no se retiran a tiempo. 
El cantor de tangos Alberto Castillo es otro ejemplo por el estilo, 
y creo que el gran mérito de Carlos Gardel fue haberse muerto 
cuando todavía estaba joven y bello, sin dejar que sus fanáticos lo vieran en
 la decrepitud. 
Si Carlos Gardel hubiera llegado a los 90 años, le habría tocado ver 
su declive, y es posible que hasta los empresarios se hubieran animado
 a invitarlo a Medellín al Festival del Tango. 
Aquí son los magos para resucitar viejas momias. 
También te puedo citar ejemplos. A Raphael lo trajeron a 
Medellíndespués del tifo, a Julio Iglesias cuando lo
 trajeron todavía no había aprendido a cantar, trajeron a Juan 
Carlos Godoy a los 89 años y daba grima; trajeron a Tormenta, 
a Miriam Hernández, a Janet, y a otras glorias musicales de los 60, 
los 70 y los 80.
 Han traído a Juan Gabriel y a José José después de que les pasó 
su cuarto de hora. En fin. No nos falta sino habilitar como sala 
de conciertos la capilla de los Jardines de la Resurrección.



Ustedes me han oído decir que Carlos Gardel fue un sabio, 
porque se supo morir a tiempo. Y Nino Bravo. Y James Dean. 
Al morir en la cúspide de su gloria, su obra quedó inmortalizada 
para el recuerdo, lo que no habría pasado si el tiempo y los 
años hubieran caído sobre sus espaldas y llegado al final 
de sus vidas cantando con voz decrépita y deprimente como 
en los casos de Daniel Santos y Alberto Castillo​,​para citar sólo esos 
dos que ya se murieron y no se pueden defender de mi acusación. 
También los hay vivos, que conocieron épocas de gloria, 
pero no han sabido retirarse a tiempo y andan por ahí, como decía mi abuela,
dando lora”; o, como dice mi hija, “haciendo el oso”. Son pobres personas
que no tienen amigos que les digan la verdad sino aduladores que los falsean
con mentiras. Víctimas de empresarios voraces que se escudan en la buena
fama de tiempos pasados para sacarle unos pesos a la decrepitud del artista
que conoció mejores días; y tal vez víctimas ellos mismos, los artistas, de la
necesidad de su bolsillo que los muerde como un perro rabioso obligándolos
a hacer lo que ya no deben hacer. Es el caso del ante​penúltimo festival de 
tango de Medellín, en el 2012, en el que trajeron a Juan Carlos Godoy para
 hacerle un homenaje, lo que me parece bien, pero muy bien, 
extraordinariamente bien… pero lo subieron a un escenario a cantar, 
y un octogenario ya no canta ni puede cantar como cuando tenía 30 años.
 ¡Por favor! Es una falta de respeto con el artista y con el público al que 
engañan ofreciéndoleun producto que fue, pero ya no existe. 
Es eso. Los empresarios se aprovechan de los artistas, como dice 
Luz Marina “Beltango” Gómez de la Corporación Medellín es Tango:

 “En Medellín hay muy buenos cantantes y músicos de 
tango con grandes 
recorridos, pero cuando se presentan en teatros o estaderos

 lo que les pagan es una bicoca o les pagan con aguardiente y plata para
 el taxi…
 Yo, sinceramente, no canto por esa miseria. Medellín dizque es la capital del 
tango en Colombia y uno va a cantar y no le pagan nada, quieren que cante 
gratis. No, señor, eso hay que modificarlo porque el artista merece respeto
 (reseña en el libro Aquí también se canta el tango, del Dr. Alberto
 Burgos Herrera).
 He ahí el secreto de la larga e imprudente permanencia artística de quienes
no saben parar a tiempo: les pagan poco porque se aprovechan de su
necesidad.
Sale más barato un cantor que ya está de salida, que uno que está cotizando
en la plenitud de su carrera. Dos o tres que conozco andan montados en 
ese cuento.
Distinto es que un artista se anime en una reunión de amigos en una finca, o
en una tertulia casera, y cante para sus amigos haciéndolo todavía con buena
voz; pero no que se suba a una tarima pública o frente a los micrófonos de la
televisión, porque ese ya es otro escenario que no admite mediocridades.

El tema de saberse retirar a tiempo es, pues, un tema que he 
ventiladovarias veces, y hace un par de meses cuando estuve 
en Cali.
Como a propósito, me ha llegado esta película que invito a ver 
con paciencia y en un ambiente apropiado porque dura 87 
minutos(1:27). Se trata de la película germano argentina 
dirigida por German Kral en el 2009, que están presentando 
este fin de semana en el Teatro Lido de Medellín dentro de 
un ciclo de películas documentales. Su título, “El último aplauso”. 
Se refiere al café-bar “El Chino” situado en el barrio Pompeya de 
Buenos Aires (Argentina), cuyo propietario Jorge García tenía 
ese apodo. Eran un propietario,y un negocio, muy por el estilo 
del Patio del Tango del gordo Aníbal Moncada. 
Allí llegaban los fines de semana sus amigos artistas que 
tenían 20 y 30 años de llegar hasta allí a cantar, tomarse unas copas,
 y comerse un asado. Se diría que los clientes eran amigos y 
conocidos que buscaban ese ambiente tan parecido al que se vive
en el Homero Manzi de Medellín. De pronto alguno tomaba la 
guitarra y cantaba, y de pronto alguna pareja salía a bailar. Pero 
para el momento algunos han muerto, y los demás han envejecido 
aunque todavía pueden sacar un último provecho a sus voces que 
están a punto de caducar. Cosa difícil porque, como dice Catalina 
de los Ángeles “Yo amo mi profesión y quiero morir cantando. Ojalá
se me dé… la gente merece respeto, y los músicos también, y yo sé 
que ya es hora de pasar a retiro, pero no quiero todavía”.”. Todavía 
canta, pero yo pido al cielo que un piadoso infarto se la lleve antes 
de que conozca la decrepitud que predice Julio César Fernán:
El día en que la gente te aplauda por obligación, ahí sí la embarrás”.
La razón para seguir cantando a pesar del paso de los años la da 
Horacio Acosta: “Sin plata es muy difícil decidir nada. Yo tengo mi 
casa hipotecada, y estoy a punto de perderla”.


Y respecto a los que no se mueren jóvenes y se convierten en dinosaurios, 
el médico Emilio Restrepo escribió un artículo diciendo que "Medellín es el paraíso de
 los dinosaurios olvidados". Que conste que los dos llegamos a la misma conclusión
 por aparte, sin influir el uno en el otro, pero estamos totalmente de acuerdo.


Acabo de leer el artículo del Dr. Emilio y sé que muchos estarán de acuerdo con 
su juicio de valores y muchos estarán en desacuerdo, por aquello de los gustos y los 
disgustos. A ese respecto hago claridad: El Raphael de finales de los 60 y principios 
de los 70 me parece ¡Fabuloso, extraordinario! El que me disgusta es el Raphael 
del siglo XXI que ya no está para esos trotes. 


Dice el médico que estos artistas reencauchados logran sortear la prueba
"con dignidad". Disiento de él. A pesar de los aplausos de su público, sus presentaciones 
son indignas e irrespetuosas, deprimentes, abusivas. Tienen de todo, menos de dignas.





Un abrazo,



ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
LEER MAS ARTICULOS DE "MEDELLIN, ESA DESCONOCIDA" EN:


Crónica de Medellín Esotérico:
http://emiliorestrepo.blogspot.com/2005/05/crnica-esotrica-de-medelln.html

Leyendas Urbanas de Medellín:
http://emiliorestrepo.blogspot.com/2005/05/leyendas-urbanas-de-la-tradicin-oral.html

Crónica de Medellín Underground
http://emiliorestrepo.blogspot.com/2005/05/medelln-underground.html

 Crónica de un infiltrado en la Cabalgata de Feria de Flores
http://emiliorestrepo.blogspot.com/2008/02/un-recien-llegado-la-cabalgata-de-la.html