Wednesday, December 05, 2007

UN ASUNTO SORPRENDENTE (Cuento)

UN ASUNTO SORPRENDENTE (Cuento)
Emilio Alberto Restrepo Baena
Publicado en "ANTOLOGIA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO VOL II" recopilado por Mario Escobar Velásquez y publicado por la Universidad de Antioquia, 2007. Este cuento tambien aparece como capítulo de la novela EL PABELLON DE LA MANDRÁGORA, ganador de de la III beca de creación en Novela del Municipio de Medellín en 2005.

http://books.google.com.co/books?id=t1ctGqaLT9MC&pg=PA339&lpg=PA339&dq=UN+ASUNTO+SORPRENDENTE&source=bl&ots=nk-ssA9ZHz&sig=NX1FChKRDcmEDWaTF-coXrp16p4&hl=es&sa=X&ei=0sxcT6uQMImatwenrJWFDA&sqi=2&ved=0CC8Q6AEwAg#v=onepage&q=UN%20ASUNTO%20SORPRENDENTE&f=false


L2210 - ANTOLOGIA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO - M. Escobar Velasquez - Colombia - NUEVO (Libros de lance (posteriores a 1936) - Literatura - Narrativa - Otros)


I.

- Necesito que me hagas un favor muy grande. No vayas a negarte. Eres el único que me puede solucionar este problema-La voz de la médica mostraba gran perturbación. Su tono, a mitad de camino, entre autoritario, demandante y ansioso no daba elección.

Muy intrigado, al otro lado del auricular, atiné a preguntarle. -¿ Cuál es la situación? ¿En qué consiste tu problema? - Enseñado como estaba a sortear toda clase de angustias típicamente femeninas en mi calidad de ginecólogo, sabía que no podía dejar manipularme por su expectación. Las mujeres hacen de cualquier llovizna una verdadera tempestad.

- No puedo decírtelo por teléfono. La situación es demasiado delicada. Ya ni duermo y no puedes dejarme sola en esto. – Contestó ella.

- No me vengas a decir que después de la vejez quedaste en embarazo – respondí tratando torpemente de ser gracioso. Me arrepentí de inmediato.

- Por favor, esto es serio. ¿A qué hora me puedes atender en tu consultorio? – más que una pregunta era una orden.

- A las diez de la mañana en el hospital, -respondí avergonzado.

- Allí estaré;- escupió sin cortesía.

No supe qué pensar; preferí seguir leyendo una revista de frivolidades.




II.

A las 9:45 de la mañana estaba puntualmente la médica en la sala de espera del hospital. No quiso permanecer sentada, deambuló varias veces por el pasillo. Me asomé por la ventana del recibo y pude ver que su rostro estaba marcado por dos líneas cruzadas por una vena feroz en su frente. Conociéndola como la conocía, entendí que algo la estaba descomponiendo. Sentí que ella tenía ganas de llorar, o de gritar y decidí que pasara pronto al consultorio. Cuando me vio, me hizo sentir que descansaba, que le quitaba un peso de encima.

Algo cambió en esa fascies marcada por el peso de una extraña fuerza que después pude entender. Entró sin apenas saludar, como queriendo escabullirse de la muchedumbre de tres pacientes que indiferentes leían revistas viejas en la sala. Me pareció que sentía como si mil dedos la señalaran, como si mil ojos la espiaran, como si mil bocas la vituperaran.

En realidad nadie la reparó, cada cual siguió enquistado en su propia coraza. Antes de cerrar la puerta, le hizo una señal a otra persona que estaba en una silla junto a la ventana. Era una religiosa gorda y fea, entrada en años, que al recibir la orden ingresó al consultorio también sin saludar y mirando siempre hacia el suelo. Sin entender nada, las invité a sentarse. La médica aceptó, la monja permaneció de pies. Yo tampoco tenía palabras, era todo oídos.


III.

- Y bien, mis estimadas amigas ¿ A qué tengo el honor de tan amable visita? - No pude reprimir el impulso de ser fastidioso para que supieran que era yo y no ellas quién tenía el control. Esbocé una mueca apenas parecida a una sonrisa.

- Muéstrele hermana -ordenó la médica sin asumir protocolos.

La religiosa obedeció. Parada como estaba se desabotonó un abrigo grueso que le cubría los hábitos y procedió a levantarse la falda del traje talar. Me llamaron la atención esas piernas violáceas e hinchadas que me hicieron pensar en contra de mi querer en un hipopótamo, esa ropa interior despulida por el uso y pasada de moda en forma de unos calzones que le llegaban hasta el tercio superior del muslo, que en mis tiempos llamábamos “ mata-pasiones” o “ bordo de olla” y que eran solo el grotesco preámbulo a una enorme panza que denotaba al menos nueve meses de embarazo.

¡Casi no me repongo a esa imagen tan atosigante, tan impresionante, tan llena de contradicciones, de ver a esa enorme mole de mujer religiosa en gravidez! ¡Una monja preñada!. De súbito se me antojaba repugnante, confuso, antiestético, antiético.

¿Y esto qué es? -Pregunté tratando de mantener la calma. -¿Me quieres explicar qué está pasando aquí?. - Me senté y les hice saber que no movería un solo dedo hasta escuchar todo el relato. La monja nunca habló. La médica lo resumió todo.


IV.

La historia fue como sigue: Al parecer la monja en compañía de otra de su comunidad, estaba haciendo un trabajo pastoral en una vereda del Oriente, zona de conflicto armado, dominado por un frente guerrillero. Una noche cualquiera, unos subversivos que pasaron por la escuela rural en donde se alojaban las religiosas, se tomaron por la fuerza el recinto, tumbaron la puerta y blandiendo el fusil las amenazaron. Estaban bastante ebrios y su actitud era fiestera sin dejar de ser violenta. Con el cuento de “querer probar un virgo, o querer romper un duro”, procedieron a violarla en una y otra vez, a la fuerza, haciendo ningún caso a sus súplicas, abusando de su indefensión. A la compañera no la violaron porque tenía la menstruación y era coja por un defecto de la cadera pero en cambio la golpearon hasta que perdió el conocimiento, dejándole como consecuencia un hematoma y una amnesia permanente. La tuvieron que pensionar.

Al otro día, cuando el comandante del frente se enteró, montó en cólera y ordenó una fuerte retaliación contra la cuadrilla, se cree que con ajusticiamiento de varios de los implicados. Además, dejó a las monjas bajo el cuidado de los moradores de la vereda, hasta que se recuperaran, eso sí, bajo la advertencia de que si decían una sola palabra de lo ocurrido lo lamentarían. Al reestablecerse, la hermana pidió traslado y fue a parar a otro pueblo. Mientras tanto el infierno en su interior apenas comenzaba. Allí, en el nuevo poblado fue donde conoció a la médica y la involucró en su propia tragedia.


V.

De solo pensar en esta situación, me conmoví profundamente. Cómo en sólo una maldita noche se pierden la paz de la conciencia, la estabilidad mental, la convicción religiosa, el don más preciado para ella que era su virginidad y empieza a carcomerle su mundo interior ese parásito que nunca deseó, que nunca añoró, producto del acto brutal sin amor de diez bocas pestilentes de alcohol, de diez cuerpos sudorosos de machos de monte, de diez o más penetraciones de miembros viriles que como barras de acero al rojo vivo le destrozaban una y otra vez su caverna más oculta, su pedestal más venerado, su secreto más cuidado, su último recinto más celosamente preservado.

Me imaginé esas doscientas y punta de noches de insomnio, de desvelo, de amargas dudas, de profundas contradicciones que la ponían entre la espada y la pared de la repugnancia, de la duda, del temor, del pulso del ser que añoraba la vida que se gestaba y el no-ser que la repelía.

Me imaginé las fajas que tallaban su estómago para encubrir lo cada vez más evidente, la náusea constante que le negaba hasta el derecho a alimentarse, la tensión que generaban los cambios impostergables de su cuerpo. Pensaba en la aberración de no saber quién era el padre, de no ubicar una cara ni un semblante que lo identificaran para tratar de darle una vinculación amorosa a ese cangrejo maldito que le atenazó la entraña.

Me llegué a imaginar también que todo era un montaje, al pensar que solo me necesitaban a mí como idiota útil para resolver un problema que no era mío.

Mi cabeza se hizo un ovillo y yo también tuve asco, ansiedad, angustia. Me maldije por dejarme permear por una situación que sin yo propiciar ya me involucraba y se me pegaba a la piel y al espíritu como una babosa.


VI

-Ya lo puedes ver, no es una simple histeria – Dijo la médica. - Te pido el favor de que me ayudes a manejar el problema con la hermana Marina. Su caso es desesperado. En la comunidad no pueden saber nada, sabes que no lo entenderían, ni lo aprobarían nunca. Ella no tiene dinero pues depende completamente de sus superioras. No es capaz de criar al niño, incluso no quiere saber nada de él, dice que no tiene fuerzas ni de mirarlo. y tiene muy claro que no puede renunciar a sus vínculos religiosos; su vocación y su fe son lo único que tiene -

El discurso y los argumentos eran contundentes; la voz de la médica era fría y metálica pero certera. Admiré su carácter y su dialéctica como ya en otras veces lo había hecho; la sentí, sabia y ponderada.

El problema cayó directamente sobre mis hombros. Se convirtió, sin yo pedirlo ni quererlo, en mi responsabilidad. Supe y entendí de inmediato que no tenía otra opción. Entre otras cosas no veía clara la solución. Múltiples interrogantes me atormentaban. ¿Cómo manejar el asunto en una clínica particular con mil testigos, con cientos de protocolos y trámites, sin dinero, sin privacidad? ¿Cómo acudir a una clínica clandestina, sin recursos, sin las mínimas garantías para su salud y con la repugnancia que me generaban por su carácter subrepticio e ilegal? ¿Cómo hacerlo todo con discreción sin bordear peligrosamente los límites de lo legal? ¿Cómo no exponerme al escarnio público y a la maledicencia de las personas que fueran testigos de ocasión? Estaba poniendo en peligro mi prestigio y mi reputación.

Cavilando furiosamente, mi cerebro me palpitaba con un gota a gota de obsesión que me abrasaba las sienes. Les dije que en ese momento no tenía las cosas claras, que al otro día las llamaría, que alguna cosa haríamos.

Nos despedimos. En esa misma noche, con el reloj marcando las once, la médica me llamó a la casa a recordarme el compromiso. Su voz sonaba aguardientosa y se intuía que había estado llorando. Por supuesto no pude volver a conciliar el sueño.



VII .

La noche fue aterradora, por lo lenta y reiterativa. El insomnio es atroz y en ese desvelo estaba más posesionado que nunca. La cabeza me daba vueltas y vueltas en torno a nada, con un sudor pegajoso corriéndome por la nuca, con entresueños que me sumían en pensamientos fantasmagóricos que quise interpretar como pesadillas para convencerme que no estaba bordeando los brumosos senderos de la locura, en esa levedad de pasmo, en esa sinrazón de ideas sin cause.

De pronto, aliviado, organicé un plan. Me acordé de una clínica pequeña dedicada a la cirugía plástica, privada, discreta, con elementos que permitían trabajar con la mínima seguridad y en condiciones dignas. Al amanecer contacté al dueño que oficiaba allí como anestesiólogo y le conté toda la historia. Le pedí que me permitiera operarla en su quirófano, que la íbamos a ingresar como si tuviera un tumor de ovario; diríamos que éste se había torcido y que los dolores eran tan terribles y el riesgo de complicación era tan grande, que tuvo que ser intervenida como una emergencia quirúrgica. Lo tranquilicé por el dinero, pues la comunidad pagaría sus honorarios y los costos totales de la cirugía (ya que estarían convencidos que era por un tumor y no una cesárea, cosa que jamás aceptarían); la médica se encargaría de recibir al niño; el procedimiento se realizaría un domingo para que nadie notara nada, ya que en ese día no se realizaban procedimientos electivos y la clínica permanecía cerrada. Tendría que involucrar a la enfermera jefe y a la auxiliar de más confianza, para que se garantizara la discreción necesaria. El colega aceptó colaborar, no preguntó más y todo se planeó para el fin de semana siguiente, que en forma casual incluía un lunes festivo, lo cual nos daba más margen de maniobra.

El problema del recién nacido también estaba resuelto. La hermana de la médica se encargaría de sacarlo rápidamente del quirófano para evitar el contacto con la monja; se lo llevaría para su casa, lo cuidaría por cerca de dos o tres semanas y luego se lo entregaría a un funcionario de Bienestar Familiar quien tramitaría las gestiones para ser dado en adopción a una pareja de europeos que tenía interés por el niño.



VIII.

Al otro día cité a las atribuladas féminas al consultorio, les expliqué el plan; les dije que yo organizaría lo logístico y que realizaría la cesárea, pero que negaría de entrada y a quién fuera mi participación en el acto; que era la médica quien velaría por el cuidado post -quirúrgico de la grávida madona, que ella se encargaría de la salud del niño, de darle la cara a la madre superiora para explicarle lo del tumor, lo de la urgencia y lo de la cuenta. Ella no reviró, lo aceptó todo, no podía hacer otra cosa. Sólo me pidió el favor de que consiguiera un certificado de nacimiento sin llenar y un informe falso de patología para simular el resultado del estudio del tumor. Sintiéndome el más vil de los rufianes, cometí ambas fechorías: con una habilidad que desconocía en mí, engañé a la jefe de maternidad de mi hospital y le robé un certificado. Por supuesto, estaba numerado y tuvo la pobre ingenua que poner el denuncio y asumir la responsabilidad por la pérdida. La constancia del patólogo, con firma falsa y todo, la conseguí recurriendo a mi más patética caracterización de galán de pacotilla con la secretaria más bigotuda, narizona y contrahecha que hubiera en hospital alguno; todavía me saluda de beso, el cual ella pretende que sea en la boca. Aún me sigo odiando, pero supuse, me explicaba, que era por una buena causa.

IX.

El día de la cirugía todo sucedió como se había previsto. El plan no era malo, no daba espacios para los errores o la improvisación y todo salió a pedir de boca. Yo me escabullí rápidamente, nadie me hizo preguntas, la médica manejó todo lo que seguía según su compromiso. Yo me sentí liberado de un peso enorme, fui a misa luego de varios años de ausencia, invocando en el creador piedad y comprensión por lo que yo reiteraba era una buena labor por una de sus siervas amadas y me desentendí del problema. Todo salió a pedir de boca. Casi no me libro de eso que en el argot de los médicos y de los inspectores de policía se conoce como un verdadero “ chicharrón” .


X .

Pasó el tiempo y algún día tuve curiosidad de saber en qué paró toda la historia de la atribulada monja. Todo funcionó según lo estipulado: el niño fue registrado a nombre de la hermana de la médica; la madre superiora en medio de la desconfianza connatural a las de su especie y a la avaricia ya legendaria entre sus congéneres, pagó cumplida la cuenta cuando se tragó entero el embuste al leer el reporte de patología que confirmaba el tumor y al ver que costó menos de lo presupuestado pues el ginecólogo y el ayudante nunca cobraron honorarios, lo que le restaba un monto considerable a la factura. ¡Almas pías y generosas!, debió pensar la reverenda mientras nos incluía en sus plegarias místicas .

La monja nunca se enfrentó a su engendro, nunca lo vio ni sintió su llanto, esa fue siempre su voluntad. Asumo que elaboró el duelo y se sintió descansada y tranquila en la recuperación de su cirugía y en la liberación del lastre que literalmente la consumía en cuerpo y alma. Fácilmente se reintegró a sus labores pese a ese borbotón de leche que brotaba de sus inmaculados pechos.

La situación se complicó un poco cuando Sonialuz , la hermana de la médica, elaboró un desconocido pero irrefrenable amor maternal que la aferró grandemente al niño. Le parecía imposible desprenderse de él, dejarlo en manos desconocidas después de todo lo que habían pasado juntos, que alguien ajeno pudiera quererlo y cuidarlo como ella lo hacía. Esta actitud alcanzó a tornarse muy conflictiva y traumática pues no era lo que habían diseñado y la médica tenía unos escrúpulos enormes por el niño, por su origen, por esa explosión energética de la que era producto, por tanto sufrimiento y violencia que lo rodeaba y lo estigmatizaba. Sabía que no era culpable, pero era incapaz de quererlo. Sabía que lo había salvado, pero no se sentía capaz de asumirlo ni como propio ni como sobrino y quería sacarlo pronto de su vida y de su casa para cerrar de una vez por todas ese capítulo. Esto generó un cisma en la familia, una dicotomía de sentimientos, decisiones y afectos que fue bastante difícil de superar. Al final en medio de reproches, llantos, depresiones, reclamos y reconciliaciones, decidieron que lo correcto era seguir con el plan inicial, pero apareció otro escollo: El funcionario de Bienestar Familiar empezó a ejercer una presión económica por su silencio, a realizar un vulgar chantaje para tratar de pescar en río revuelto. Además, estaba cobrando comisión en dólares a la pareja europea para agilizar los trámites de entrega del bebé. En su desespero y conociendo la voracidad implacable de los burócratas colombianos, los esposos aceptaron darle el dinero con tal de obtener el hijo que siempre habían anhelado. Pero la médica no toleró ninguna de las dos situaciones. Armada de un carácter a toda prueba, profundamente indignada, sometida a esa presión severa que la tenía a punto de reventarle la paz y la calma por todo lo que había pasado, decidió que ocurriera lo que ocurriera, no iba a permitir semejante abuso. Hizo contactos y habló con el comandante del frente guerrillero local; le explicó todo y éste solícito y diligente, con una rápida visita y un corto cruce de palabras enderezó el entuerto. La sabandija lloró, suplicó de rodillas y se comprometió a que si lo dejaban salir del pueblo vivo, olvidaría el problema y no entorpecería más los trámites.

Así lo hizo y el niño fue entregado a los suizos, quienes felices retornaron al viejo mundo con su familia ya completa. Luego de su escala en París, abordaron el Concorde, el avión más seguro del mundo. Iban pletóricos y realizados. A los pocos minutos de despegar del aeropuerto Charles De Gaulle , la nave estalló en llamas en una tragedia que sacudió al mundo en el año 2000. Aquí en Colombia, a muchos kilómetros de distancia, una monja remota y confinada en un pueblucho olvidado, sintió un corrientazo que la sacudió sin entender que ocurría, sumiéndola en una suerte de nostalgia pasajera muy parecida a la amargura y a la depresión. No comprendía qué le sucedía. Fue a rezar un poco y después de un llanto corto, rápidamente regresó a las actividades propias de su oficio.

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Orlando Ramírez Casas orcasas1945@gmail.com

20 de ene.
para Cco:
Hola, jóvenes:

En principio, debo confesar que he leído este texto sesgado por la simpatía que siento por el autor, médico ginecólogo Emilio Alberto Restrepo Baena. Eso haría que fuera indulgente con cualquier falla técnica que desde el punto de vista literario pudiera encontrar en su escrito... Pero ¡No encontré ninguna! Parece un cuento, pero mi intuición me dice que no es un cuento sino un relato con todas las de la ley. Posiblemente embellecido desde el punto de vista literario, pero real. Una historia real que el hecho de que en algún lugar hubiera aparecido recientemente el caso de una monja embarazada trae a cuento de actualidad. ¿Quién ha dicho que las monjas no son mujeres, y sienten pasión, y no pueden quedar en embarazo? Casos se habrán visto por montones desde los tiempos enclaustrados de la edad media, y amores clandestinos, y abortos, y cesáreas a porrillo en cualquier cantidad de conventos desde los publicitados amores de Abelardo y Eloísa o de don Juan Tenorio y su "Doña Inés del alma mía". Casos se habrán visto. Mucho me temo que el Dr. Restrepo habrá acudido más a la ayuda de la pluma que a la de la imaginación en este caso cuyos elementos no tienen nada de fantasioso y son perfectamente posibles en la manera de actuar de los personajes protagonistas y secundarios de la historia. El modus operandi de ellos es el pan de cada día y el texto es perfectamente verosímil.

CODA:
Encuentre una versión leída por mí en: 





HABLANDO A ¡CALZON QUITAO!



HABLANDO A ¡CALZON QUITAO!
Emilio Alberto Restrepo Baena
Al líder Guti

Dentro de las expresiones de la sexualidad, sólo la imaginación humana pone límites a su realización, decía un viejo profesor nuestro y parece ser cierto. Nunca terminamos de asombrarnos cuando descubrimos que alguien siempre encuentra posibilidades distintas e inverosímiles, independiente de si las aprobamos o no, de si las consideramos sanas, éticas o aberrantes. Porque el problema no es la valoración moral que les demos. El asunto es de asombro, de la sorpresa de enfrentarse a una situación que no habíamos concebido, acaso por limitaciones de tipo imaginativo, o por restricciones impuestas por el super yo o la norma.

Y es que en nuestro ejercicio de la medicina a diario encontramos pacientes que ilustran lo que arriba esbozamos. En un tiempo manejando un programa de planificación familiar conocimos varios casos que no por exóticos o excéntricos dejan de ser estrictamente ciertos.

Una señora solicitó con mucha vergüenza que le cambiaran las pastas de planificar marca Microgynon porque "son muy chiquitas y se me salen". ¡Horror! ¡Se les estaba aplicando por vía vaginal y llevaba más de un año con ellas sin quedar en embarazo!.

Los óvulos o tabletas espermicidas que se utilizan por vía vaginal antes de la relación también son causa de equívocos en cuanto a su ruta de administración. "Doctor, es que no puedo acostumbrarme al sabor, son muy difíciles de tragar y me dejan un espumero en la boca".

Otra paciente se aplicaba aspirina en la vagina antes de la relación sexual y otra se tomaba 3 mejorales con limón luego de ésta para evitar el embarazo no deseado.

Un caso patético fue el de una señora que sufría un serio problema cardíaco que le impedía planificar con pastillas o con dispositivo intrauterino. Se le propuso la ligadura de trompas como el medio más adecuado, pero su esposo no la autorizó y decía que el preservativo no les gustaba. Al año en una revisión le preguntamos que cual método utilizaban y respondió:

-El método antinatural, doctor...-

-Ah, el método natural-, interpelé, creyendo que se trataba del método del rítmo o "natural"
-No doctor, el antinatural- repitió y pasó a explicarme que se trataba de utilizar la penetración por la vía anal como método permanente de relación sexual, con el cual se sentirán seguros y al parecer satisfechos ¡No termina uno de aprender!.

Otros casos llamativos son la recuperación de cuerpos extraños, ¡Todo tipo de objetos!, de los genitales tanto de hombres como de mujeres, usados como parte del juego sexual o como método de autoestimulación. Es así como vemos lápices, alambres, muñecos en los genitales y las respectivas lesiones que producen.

Recordamos varios en especial: una señora llegó con una botella de vino dentro de su vagina. Parece que al utilizarla y manipularla, hizo un efecto de "vacío" que la adhirió a sus genitales, y no fue capaz de sacársela por sus propios medios. Coincidencialmente, la marca del vino era "Cariñoso".

Un joven se introdujo un tubo de luz de neon por el recto. Pasó intacto y sin quebrarse. Como no se lo pudo extraer, consultó al Hospital de San Vicente donde fue operado. Una radiografía que aún se conserva en el museo de cirugía lo confirma.

En Apartadó un señor consideró que la mejor forma de calmar su ansiedad sexual era sentarse en un aguacate verde, inmaduro, previamente lubricado; tuvo la mala fortuna de no poder dominar la situación y el aguacate se le introdujo completamente por el recto. Por la inflamación del esfinter, no fue capaz de sacárselo y consultó al hospital. Inicialmente no le creían. Cuando lo examinaron y vieron que era cierto, se intentó sacarlo directamente, pero ni con anestesia fue posible. El paciente terminó con cirugía, se le realizó colostomía (derivación del intestino grueso a la pared abdominal) y hoy todavía, todos en Urabá recuerdan la "cesárea del aguacate".)

Y hablando de colostomías, una paciente que trabajaba en un bar y ejercía la prostitución, recibió una herida por bala en su abdomen por lo que fue operada. Como el colon estaba comprometido, le fue practicada una colostomía. El programa era citarla nuevamente en 2 meses para operarla, cerrarle la colostomía e introducirle nuevamente el intestino grueso al abdomen; como a los 3 meses no aparecía, la trabajadora social del hospital la llamó para programarla y cual no sería la sorpresa cuando la paciente contestó:

-Doctora, yo le agradezco mucho, pero desde que tengo la colostomía, me gané un huequito más y estoy ganando el doble de plata.

Según supimos, muchos de sus clientes le pagaban más dinero por permitirle tener relaciones por la colostomía. Caso similar fue el de un preso de la Cárcel de Bellavista que tenía la colostomía por la misma causa y un día resultó con una infección de la piel circundante. Cuando se le hizo un cultivo de la pus, resultó ser un gonococo, bacteria de transmisión sexual.

-Yo soy todo un varón, doctor. No piense nada malo de mí, pero con la colostomía gano mucho billete, imagínese, me hacen fila..-Pero a mí lo que me gustan son las hembras, si a veces me toca tocarle las pelotas a un fulano, no quiere decir nada porque yo no miro ni siento nada, por que ¡yo soy todo un varón! Y no se la dejaba cerrar. Se ganó varias enfermedades venéreas, y el hombre tranquilo ¡como todo un varón!

Otra vez realizando una visita domiciliaria a unos pacientes del seguro social, nos tocó atender un joven que tenía una fractura del femur, y que mientras esperaba cirugía como tratamiento se le aplicó una tracción del muslo con un dispositivo de poleas y pesas, que lo mantenía reducido a la cama. Cuando llegamos a su casa de Aranjuez, nos dejaron esperando en la sala casi l0 minutos, al cabo de los cuales salió del cuarto un señor todo agitado y apurado; según supimos luego, el paciente se dedicaba a la prostitución y aún en esa penosa situación de salud no dejaba de atender a su selecta clientela.

Otro caso que viene a cuento, aunque se sale un poco del tema, es el de la paciente a quien realizamos su control de embarazo en Urabá, una indiecita de 30 años, que cursaba su ¡décimocuarto! embarazo y a quien le había fracasado, primero la ligadura de trompas y luego la vasectomía a su esposo; nos pidió el favor de que le escogiéramos el nombre de su hijo. Cuando le preguntamos por los nombres de sus anteriores hijos para tener ideas, nos hizo la lista: -Rosa, Roberto, Rosmira, Rogelio, Roque, Rodrigo, Ronaldo, etc. como ven todos los nombres empezaban por Ro, Ro, Ro,... En ese momento yo, presa de un guayabo atroz y con el mamagallismo puntudo me dio por decirle:

-Yo le tengo el nombre para su hijo; pongámoslo Rocanrolemilio, que es el nombre de moda en Medellín-.

-Hágame el favor y me lo escribe, Dotor pa' que no se me olvide, que mi comadre me lo lee- me respondió mi paciente, una pobre campesina, indígena, del último rincón de Urabá.

A los meses supe que la señora me había creído el cañazo, que en realidad había puesto a
la criatura el nombre (nombre?) de Rocanrolemilio. Pobrecito, todavía me debe estar buscando; con esa chapa, si sobrevivió, debe ser epilético el condenado.




Otras lecturas recomendadas en este blog:

CASOS Y CUENTOS DE AUXILIARES DE ENFERMERIA





Y RESULTA QUE SE MURIÓ MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ



TUESDAY, JANUARY 15, 2013


Coloquio en memoria de Mario Escobar Velásquez

Poco después de su muerte, la emisora cultural de la Universidad de Antioquia reunió a los escritores Emilio Alberto Restrepo, Luis Fernando Macías, Lucía Donadío y Angel Galeano para realizar un coloquio en memoria del escritor Mario Escobar Velásquez y hablar de la profunda influencia que había tenido en ellos y en general en el panorama de las letras en Antioquia y su importancia como gestor de talleres literarios en Medellín. Este archivo es un homenaje a tan entrañable personaje. Se recrea su vida y su obra y se rememora la forma como cada uno lo vislumbró y de qué forma influyó en su formación como amante de las letras.

En este enlace se puede escuchar el programa completo(click en la flecha):


Haga click en:

MONDAY, SEPTEMBER 24, 2012








Y RESULTA QUE SE MURIÓ MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ
Emilio Alberto Restrepo Baena

Y resulta que se murió Mario Escobar Velásquez, el profesor, el amigo, el escritor, el maestro del taller y de la vida. Y lo digo con sorpresa y con asombro, pues los que conocimos su reciedumbre y nos chocamos de frente con su carácter y su ego, llegamos a pesar en algún momento que era posible que esa enorme mole de cuerpo y de cerebro fuera inalcanzable por la vejez, la enfermedad, el deterioro o la muerte. Incluso cinco días antes de la cirugía que tenía programada para extraerle el habitante maligno que lo venía consumiendo, ya tenía programadas las actividades con el taller literario para dentro de unas semanas, ya tenía preparada la selección de escritores de ASMEDAS, había entregado a la Universidad de Antioquia el texto revisado y definitivo de la ANTOLOGÍA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO VOL II y hacía revisiones constantes de sus once libros inéditos para enviarlos a concursos o esperando una próxima edición de ellos que no logro obtener en vida.

Y eso que estamos hablando de un hombre joven de 78 años de vida (Támesis, 25 de Noviembre de 1928) que odiaba la vejez y las taras y limitaciones que connaturalmente suelen acompañarle, que nunca perdió la coquetería ni la galanura con el bello género, que cuando asumió en serio el oficio de escribir con sus demonios y compulsiones trató de no estar ocioso sin producir y se condolía cuando le abandonaban temporalmente las musas,(prueba de ello son los 20 libros publicados, con varias reediciones, en una vocación editorial tardía que arrancó cuando tenía cerca de 50 años). Pero de su sólida y formidable trayectoria como escritor ya se han hecho varias semblanzas por algunas respetables plumas del ámbito intelectual (Juan José Hoyos, Luís Fernando Macias, Esteban Carlos Mejía, Nicolás Martínez, Juan Diego Mejía). Hoy rescataremos su otra faceta productiva en la que muchas personas sufrimos y gozamos de su directa influencia y supervisión: Director y guía de los talleres literarios más importantes de la ciudad.

Y llamaba la atención su talante adusto que encubría una gran sensibilidad (le vimos llorar al menos dos veces en el taller, emocionado por un texto vibrante sobre su perra Rufa y otra vez acorralado por la nostalgia incontenible de un viejo amor de juventud) y una enorme generosidad con los alumnos, cosa por lo demás exótica en muchos escritores que sucumben ante la mezquindad y la envidia; la brusquedad con que acometía sus críticas punzantes, en ocasiones interpretadas como hirientes, cuando fustigaba un texto flojo o mal tratado desde el punto de vista de la gramática o del lenguaje, casi nunca desde el estilo, aspecto que trataba siempre de respetar. Porque en este aspecto era insobornable: su obsesión era ser riguroso con la norma gramatical, con el sentido preciso de la palabra, con el uso puntual de las herramientas del lenguaje literario, pues decía que así como un artesano, un artista o un cirujano para ser buenos y competentes en el oficio deben dominar los conocimientos y los instrumentos necesarios para su quehacer cotidiano, un escritor que se precie de serlo debe ser absolutamente comprometido con su arte y debe dominar el instrumento principal: las palabras. Las debe domar y amansar, moldearlas hasta encontrarles el espacio y la forma precisa para darles su verdadero valor, buscar hasta la saciedad la perfección de las figuras que hacen la diferencia entre un texto bueno y uno malo (recuerdo verlo conmovido con una metáfora que lo atropelló: “La tristeza me hizo metástasis”), preservar el estilo y darle una personalidad propia e identificable de autor a las obras; evitar el conformismo, el estancamiento, la pereza, la petulancia, el exhibicionismo que son males crónicos que entorpecen el verdadero sentido del escritor: escribir, independiente de la pantalla y la figuración. ( Se burlaba de los aspirantes a escritores a los que “un poema les alcanzaba para 87 cocteles” o de los que querían ser escritores sin escribir, sin tallarse, sin querer asumir el parto de garrapatear una página en blanco sin aceptar el reto de torcerle el pescuezo a esa fiera burlona que reta a la imaginación).

Era un personaje muy especial. De una cultura general portentosa producto de los cientos de libros de todo tipo que devoró con un sentido crítico sin dar por sentadas sofismas, paradigmas y verdades de a puño que castraban la imaginación. De un rigor conceptual que en ocasiones caía en la obstinación, aunque con la nobleza suficiente para enmendar un error cuando se le demostraba. (No exento de un orgullo burlón que esperaba una pronta revancha con el alumno que le hacía caer en la cuenta de él). Buscador del término exacto en el contexto preciso, interpretándose en ocasiones como “rebuscado” o usuario de arcaísmos en desuso. El lo justificaba diciendo que escribía para él, para su propio deleite, que no era problema suyo si el lector era poco ilustrado o poco dado a resolver las dudas o la ignorancia desentrañando en su inseparable amigo el diccionario de la RAE, en todo esto alumno fiel de su admirado Borges. Usaba con mucha gracia y asombro de sus alumnas, las palabras soeces cuando era preciso y necesario. (Sabía que ninguna palabreja reemplazaba un buen hijueputazo oportunamente escupido.) Odiaba a los deportistas, a los personajes de moda, a los faranduleros en su cuarto de hora; lo desesperaban los lugares comunes, los escritores luminarias fabricantes de bestsellers y de libros de autoayuda. También las reuniones de literatos por considerarlas “unas pasarelas de “besaculos” y una “suciedad de mutuo elogio en las que la sonrisa prefabricada e hipócrita era sólo el preámbulo a la puñalada trapera”. Se burlaba de la fama y hacía un doloroso contraste con el olvido y la ingratitud que son más poderosos y duraderos que cualquier sentimiento de envanecimiento y de gloria que engañan con sus dulces mieles a los desesperados buscadores de reconocimiento y figuración.

Era amante de la poesía amorosa, de los cuentistas clásicos, de los sonetos perfectos, de las canciones populares de factura romántica, de las mujeres bonitas, de las conversaciones inteligentes. Era abierto a los hallazgos de un alumno con un escrito ingenioso; amaba las metáforas eficientes, se derretía con una buena idea, con un tratamiento novedoso para un tema convencional. Se aburría hasta el bostezo irreverente con la falta de talento o de interés y no tenía ningún problema en ubicar con un tono pedagógico, pero que no daba opciones, a un diletante poco dotado para el oficio. Muchos se resintieron por ello con él, pero algunos le agradecieron el haber sido honesto y franco, para evitar seguir perdiendo el tiempo en algo que no era lo suyo. Por el contrario, cuando veía madera en alguien, era el principal entusiasta para apoyarlo, para llevar personalmente artículos para MOMENTO MEDICO, para LA HOJA o para la revista de la U. de A. Acompañaba y hacía personalmente el discurso principal en los lanzamientos de los libros de sus discípulos y era un eficaz multiplicador de sus logros. Y eso para un cachorro de escritor que apenas está empezando no tiene precio, se agradece de por vida y no se olvida nunca. Era uno de los más veteranos directores de talleres literarios del país y posiblemente uno de los más constantes: Cerca de 25 años perseverando en un oficio ingrato en el que empiezan 40 y terminan 5, la mayoría desencantados, en justicia, más por ellos que por él, pues Mario tenía claro que escribir no es para todo el mundo, que se necesita un talento natural que no todo mundo tiene, con un gran sentido del sacrificio y una incansable búsqueda de temas, de correcciones interminables, de trabajo sin descanso. (Retomaba el trillado adagio de “un 5% de inspiración por un 95% de transpiración) Y lo duro es que no todo el mundo lo entiende así, no es fácil aceptarlo sin dolor y por eso cierta fama de brusco, de prepotente, de preferidor, de arrogante, conceptos que en perspectiva no le hacen justicia. Simplemente sabía del arte de escribir y de enseñar a hacerlo y no era muy amigo de lo eufemismos.

Le debemos toda la gratitud, le esculpiremos un perenne espacio en el corazón y en la mente, es mucho lo que lo vamos a extrañar. Finalmente, parafraseando su estilo cuando se refería a los cadáveres exquisitos que le tallaron los recuerdos hasta el punto que se hicieron merecedores de sus crónicas de antología, LOOR A SU MEMORIA, MAESTRO.

P.D. Respetuosamente invitamos a las directivas de ASMEDAS a revivir el último proyecto de Mario, la selección de los mejores cuentos de los talleristas. En esto puso todo el aliento y el entusiasmo de sus días finales. Otra idea bien interesante es sensibilizar a las universidades que lo acogieron, EAFIT y U de A, para publicar póstumamente uno de sus libros inéditos, el de Perfiles Humanos, el poemario o alguna de sus novelas. Ese sí seria un verdadero homenaje a una persona que entregó lo mejor de su talento a nuestra institución gremial.






En esta entrada se recogen algunos de sus conceptos literarios sobre el arte de escribir, recopilados por algunos de sus alumnos:

http://decalogosliterarios.blogspot.com/2015/03/decalogo-de-mario-escobar-v-desde-el.html

Monday, February 12, 2007

ALGO QUE DECIR SOBRE DAMAQUIEL

ALGO QUE DECIR SOBRE DAMAQUIEL


Emilio Alberto Restrepo Baena
A Chucho Vásquez

Por alguna inexplicable razón, en una época empezamos a oír hablar muy frecuentemente de un sitio perdido en el mapa llamado Damaquiel, corregimiento ubicado en la costa de Urabá, al suroccidente de Arboletes. Es un poblado triste y feo, postrado por el calor y el olvido, pero rodeado de una extraña energía que lo hace especial.

La primera vez que se oyó mentar fue durante la bonanza marimbera de los años setenta, pues era un sitio favorito de embarque para los envíos de marihuana de los traficantes que iniciaron el oficio. Poco a poco el negocio se puso complicado (se "calentó") y fue bloqueado por las autoridades que inicialmente se transaban pero que después desarrollaron una insaciable voracidad. Allí había y aún hay vestigios de pistas de aterrizaje demasiado evidentes para su condición de clandestinas.

Pero lo más llamativo de Damaquiel es su isla, un fenómeno impresionante de la naturaleza, pues es una isla fugaz, que aparece y desaparece por épocas, de acuerdo con los desplazamientos de las capas tectónicas y constituye un hermoso espectáculo rodeado de cierto aire mágico. Cíclicamente, 2 veces al año y por períodos de 2 o 3 meses aflora a la superficie esta mole de piedra, rica en metales, con forma de manta raya, a pocos cientos de metros de la playa. La aparición usualmente es de noche, se escuchan ruidos como truenos y en ocasiones se ha sentido algo parecido a un temblor de tierra.

Estos movimientos de las capas tectónicas producen movilización de bloques de piedra y arrecife que han ocasionado accidentes a los barcos y encallamientos inesperados, lo que le confiere al lugar un aire de misterio y un prestigio nefasto entre los navegantes. Se le llegó a comparar por entusiastas narradores criollos con el triángulo de las Bermudas. Era común observar electrodomésticos hundidos y enseres flotando, transportados por embarcaciones repletas de contrabando que chocaban contra las neo-formaciones costeras. Durante el tiempo de aparición de la isla es fama que aumenta dramáticamente la pesca y literalmente hay bancos de pescado.

Esta abundancia genera aumento en el trabajo, en los ingresos y en las celebraciones rumberas del pueblo pues la gente sale a la playa a celebrar con jolgorio el fenómeno, a beber ron en cantidades extravagantes, a bailar con alegría y a obedecer con entusiasmo el mandato bíblico de amarse y multiplicarse.

Desde el punto de vista de salubridad, Damaquiel ostenta el dudoso honor de ser uno de los principales focos de tétanos de la región, dadas las precarias condiciones de higiene, servicios públicos, baja cobertura de vacunación, en fin, variables todas estigmáticas de la pobreza y del abandono. La tuberculosis es muy frecuente, lo mismo que las enfermedades crónicas producidas por hongos. La lepra también tiene allí un comportamiento epidémico. Los casos son muy abundantes y alcanzan estados dramáticamente avanzados. Recordamos el caso de una señora infectada que estando una noche dormida fue mordida en su extremidad afectada de úlcera leprosa por una voraz rata. Como las pacientes tienen los miembros anestesiados por el compromiso del nervio propio de la enfermedad, ella no sintió dolor ante el ataque del roedor y por lo tanto no reaccionó. Esto le produjo una herida de la arteria tibial que la desangró por completo. Cuando los familiares se percataron, ella yacía mortalmente pálida, exangüe en un charco de sangre, mientras varios animales se daban un banquete ¡Realmente escalofriante!.

El folclor del litoral también se hace presente en el lugar. Un hecho típicamente macondiano es el de Don Mateo, un venerable patriarca con una abundante descendencia que ha logrado imponer a todos sus hijos, nietos y bisnietos nombres extraídos de uno de los pocos libros que leyó y releyó hasta que sus cansados ojos le permitieron: Las mil y una noches. Es así como entre sus casi ciento cincuenta familiares hay reyes, príncipes, magos, brujas, esclavas, genios que constituyen una alegre cohorte. Conocimos en carne y hueso a Yunán, Cheresada, Simbad, Hasan, Nuraldin, Cufa, Mojamed, Sulaiman, Jacan, Ibrajim, etc. Curiosamente un perro de la familia, un chandoso criollito y feo se llamaba Jhon Jairo...

Otro hecho muy curioso, es la costumbre de los campesinos de vender las hijas, pues son una pesada carga y no son económicamente productivas.

-Cómpreme la muchachita, dotor- insiste el chilapo -aproveche que está sin estrená...-

Parece mentira oír esto en pleno tercer milenio, pero es culturalmente aceptado en la zona. En su óptica tan particular es un buen negocio cambiar una jovencita por un burro o una cama. Para muchas familias de la costa y de Urabá, es una forma barata de conseguir sirvientas, en la mejor tradición del feudalismo.

El precepto de crecer, amar y multiplicarse es cumplido fielmente y al pie de
la letra por los lugareños en una concepción bastante primitiva de la institución
matrimonial. En cuanto a la conformación de las familias, es típico observar que el
hombre tenga varios hogares constituidos con sus respectivas compañeras e hijos. Una
es la “propia”, la oficial, la permanente y las otras las llaman las “queridas” o
“comprometidas”. Incluso conviven en vecindad, en aparentes condiciones de armonía y tolerancia formando todo un clan familiar pues es común convivir con los padres y abuelos. Lo que no se tolera es la infidelidad femenina, pues cuando se hace evidente, genera el repudio en la población y casi implica el destierro del hogar y del pueblo y abandono hasta de los propios hijos.

También se presentan casos de abierta convivencia incestuosa, donde una muchacha
adolescente tiene hijos con su propio padre, con la pasiva aceptación de la madre y de los hermanos, sin que a nadie del lugar le genere asombro o conflicto existencial.

El despertar sexual de los jóvenes tiene un ritual de iniciación usualmente presidido por
los tíos o los hermanos mayores; consiste en que antes de conocer mujer, tienen
relaciones con burras, en una fiesta donde abunda el licor ( primera borrachera oficial del iniciado), el buen humor con burlas y comentarios alegres, maliciosos y de doble
sentido.

Una vez se ha ingresado al mundo de los adultos reproductores y con licencia sexual, es típico que recurra a los prostíbulos de Arboletes o Necoclí porque las muchachas jóvenes del pueblo son muy protegidas pues la madre las cela estrecha y celosamentemente, ya que el objetivo es que consigan marido fijo porque las que tienen hijos o fama de casquivanas no se consideran buen partido para comprometerse formalmente.


El hombre que adulto sea sorprendido teniendo relaciones con los animales es mal
visto, lo llaman “ burrero” y es mirado como un pervertido. La homosexualidad no es
tolerada, siendo un factor de destierro y los solterones son estigmatizados y aislados,
usualmente relegados a un segundo plano laboral y social.


Definitivamente Damaquiel es un caso especial en nuestra lógica pragmática del siglo 21. Como éste, hay decenas de poblados costeros donde la realidad se confunde
extrañamente con nuestra forma de imaginar la fantasía y donde su cotidiana forma de
vida riñe con nuestros más alocados sueños. Pero allí, aunque lenta, la vida sigue su
extraño curso...

Wednesday, December 27, 2006

CRONICA DEL "MARISCAL", EL TEATRO DEL BARRIO

CRÓNICA DEL "MARISCAL", EL TEATRO DEL BARRIO
Emilio Alberto restrepo Baena

El teatro Mariscal fue toda una institución para los jóvenes de Belén de los años 60 y principios de los 70. Ubicado en toda una esquina del parque, la enorme y antigua construcción llena de un extraño encanto nos vio varias veces por semana como bulliciosos testigos de las funciones de cine continuo que sin ningún pudor mezclaban en severos dobles al "8½" de Fellini, con joyas del western spaguety, como “El Bueno, El Malo y El Feo” o “Los cuatro del Ave María”. Allí desfiló una interminable lista de películas de aventuras, empezando por los pistoleros como Dyango, Sabata, Sartana, Trinity, Ringo; inmortales, imbatibles, fumadores, sucios, con una mirada penetrante llena de desprecio y una barba de 8 días, de certera puntería, que cobraban recompensas, amaban con indiferencia a la reina del cabaret de turno y una madrugada partían por la llanura hasta la película siguiente.

Allí vimos todas las películas de chinos, las buenas, las malas; febriles producciones llenas de puños, gritos y brincos inverosímiles, mortales golpes de héroes que derrotaban sin armas a hordas enteras de enemigos quienes en tropel rodeaban al muchacho, el cual en silencio los batía uno a uno, hasta llegar al enemigo principal, a quien invariablemente derrotaba en el sangriento combate final de la película. Era interesante ver como luego de la función salíamos las docenas de niños del teatro voliando pata a lo Tribilín y chillando como condenados en una extraña posesión que nos duraba varios días. Bruce Lee fue un ícono de nuestra generación y sus afiches empapelaban nuestros cuartos mucho antes de que las imágenes de modelos y actrices en cueros o las grandes estrellas del rock lo destronaran de su pedestal

Nunca pudimos olvidar las películas de cantantes. Era emocionante vivir las simplezas de Rocío Durcal, Marisol, Joselito, Angélica María; la superación de Enrique Guzmán que siempre era el muchacho pobre que con sacrificio enfrentaba al destino, los suplicios de Palito Ortega a quien lleno de ritmo y románticas canciones en todas las películas se le moría la mamá, que casi siempre era Libertad Lamarque. ¡Eran una nota! Sabú, Sandro, Leonardo Fabio, Raphael y hasta Julio Iglesias crearon la ilusión de un mundo lleno de canciones y emociones donde el bueno siempre triunfaba y donde todos los problemas se resolvían con música. También pasaban a los mejicanos cantando sus rancheras a grito herido en unos bodrios insufribles y pésimamente dramatizados, pero pegando con mucha fuerza en el gusto popular.

El humor era vital. Por allí desfilaron Viruta, Capulina, Cantinflas, Borolas, Tin Tan, Abott y Costello, Buster Keaton, Chaplin, Los 3 Chiflados y todos los que con gracia nos arrancaban carcajadas. Mirando hacia atrás, hay muchos que hoy no nos provocarían ni una mueca parecida a una sonrisa, pero que en su momento fueron muy graciosos. En especial, hubo varios que nunca volvimos a oír mencionar, como Pili y Mili, Los 3 Supermen, Los Loquitos, Lando Buzanca, Mauricio Garcés. A estas películas íbamos en gallada, y luego nos sentábamos en la esquina a contarnos una y otra vez los tiros, a imitarlos, a sacarles jugo.

Otro estilo que con el tiempo entró en desuso y cayó en un triste olvido, fue el género de los luchadores. Cuántas horas gastamos haciendo fuerza con las aventuras de Santo "El Enmascarado de Plata", Blue Demon, Milmáscaras y varios macancanes mexicanos que se metían en las historias de acción más endiabladas, en unos cuentos todos retorcidos y peor actuados. Crearon una verdadera devoción entre nosotros, teníamos sus afiches, copiábamos el diseño de sus máscaras, coleccionábamos los álbumes de figuritas. El paso del tiempo acabó con ellos. Hoy sólo son un grato recuerdo. Es mejor tenerlas en la memoria, pues es claro que hoy en día no vale la pena ni siquiera intentar verlas.

Era un teatro sano. Rara vez presentaban películas de pornografía. Recuerdo especialmente una, "Las Masajistas", la primera que vi en la vida, a los 8 años, la cual me proporcionó un complejo de culpa que me costó confesión y amenazas de infierno eterno cuando le conté al ingratamente recordado Padre Villegas de la Parroquia. (En una época en que todavía no se desnudaban los vicios de pedofilia y abuso de los prelados de la santa madre iglesia y hablar mal de los curas era un pecado que condenaba irremediablemente al fuego eterno. Satán lo tenga en sus aposentos)

Cuando crecimos, el vacío de cine rojo lo llenó el teatro el Dorado de Envigado, en donde nos dejaban entrar sin pedirnos documentos y donde desfilaron desnudas todas las actrices y los sueños de entonces.

En el Mariscal o "Metropulgas" de nuestros afectos nunca existió la censura; no había ningún criterio de selección de las películas. Invariablemente en el público predominaban los pelados en manadas. Eran ensordecedores los chillidos y silbidos cuando la película se demoraba para empezar, cuando empezaba, cuando se reventaba el rollo, cuando mochaban una escena, cuando el galán besaba a la muchacha o cuando mostraban senos. Era casi un himno cuando en un coro unánime todos gritábamos "-¡Soltá al pelao!"- cuando por alguna falla técnica se interrumpía la película y el pobre proyeccionista pagaba los platos rotos con insultos que infamaban invariablemente a su madre y cuestionaban su hombría. ( A propósito, nunca he terminado de entender por que todos los encargados de las proyecciones en los teatros de barrio, así como los sacristanes de iglesia tienen irredimiblemente fama de homosexuales vergonzantes y muchacheros, y es en todos los barrios). Cuando la luz se apagaba, nos sofocaba el humo que se levantaba en el "gallinero" o parte baja del teatro, más barata y de más mala fama, pues los gañanes prendían los puchos de marihuana y empezaban a tirar objetos, comida, chitos, pedazos de salchichón etc. Las familias o las parejas de novios, o los pelaos sanos, siempre se sentaban en "Platea" en la parte más alta, o en “Balcón”, donde estaban un poco protegidos de los desmanes de atarvanería de los camajanes del gallinero. Era infaltable e irrepetiblemente gracioso cuando en medio del silencio solemne de un duelo de pistoleros, o de un apasionado beso de la pareja de celuloide, un eructo bárbaro, contundente, atronador, rompía la paz, desencadenaba la carcajada histérica del respetable y el consecuente e imparable desorden. Lo mismo cuando el gracioso de turno tiraba una papeleta explosiva en medio de una escena de suspenso que nos crispaba la tensión y los nervios.

Antes de que lo tumbaran para construir un edificio donde ahora figura una entidad bancaria, vimos por última vez "El Mártir del Calvario" con Enrique Rambal, una lacrimosa versión de la Pasión de Cristo. Recuerdo que era en función continua, la daban una y otra vez. Mientras desocupaban el teatro, nos escondíamos en los baños para volverla a ver, para hacerle nuevamente fuerza a Jesús, conservando la esperanza de que en la siguiente versión prevaleciera el bien sobre el mal, pero no, siempre lo crucificaban. Después de 4 o 5 funciones, llegábamos por la noche a la casa, con los ojos hinchados, no sé si de llorar o de ver tanto cine.

En el Mariscal era fácil colarse, pues tenía un vestíbulo muy amplio, en donde era posible turnarse con los amigos para engañar a los porteros. Era muy barata la entrada, casi a la mitad que en los teatros de La América o del Centro. Casi nunca el teatro estaba vacío; por lo que recuerdo, siempre había filas y se veía lleno de gente.

Al Mariscal lo mató el tiempo. Se lo llevó el progreso pues planeación necesitaba el terreno para un ensanche de la calle. Lo mataron los intereses del gran capital. Todos aún lo extrañamos, como en su momento lo lloramos; cuando empezaron a derrumbarlo nos parecía imposible que nuestra fábrica de sueños fuera demolida. Sentíamos que íbamos a quedar vacíos, impotentes ante la desocupación, el tedio y la falta de oficio. El tiempo ha pasado. Cuando lo perdimos valoramos en su real dimensión la importancia de un teatro de barrio. Aún hablamos de él y lo añoramos con nostalgia y gratitud.



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LA EFERVESCENCIA DE LOS AÑOS PUNTUDOS (En poder de los Arrechocitos)

LA EFERVESCENCIA DE LOS AÑOS PUNTUDOS
(EN PODER DE LOS ARRECHOCITOS) a Migüín


Emilio Alberto Restrepo Baena

En esas épocas de juventud vivíamos un despertar sexual bastante interesante, agitado por una información exhaustiva y muy poco decantada, estimulado por las fantasías y alardes de los amigos mayores, exacerbada por las revistas y películas que circulaban de mano en mano. Esa revolución hormonal fue muy templada en todo el sentido de la palabra. Durante cierto tiempo todos los pensamientos, todas las conversaciones, todos los planes giraban en torno a nuestra naciente sexualidad. Recuerdo que Chumbimbo se aplicaba una pócima que combinaba raspadura de casco de burro con extracto de cuerno de rinoceronte y enjundia de gallo viejo en una mezcla de vaselina en su miembro para aumentar el tamaño de éste y emular al de aquel; ignoro los resultados. Las técnicas de los más avezados nos enseñaban que el secreto infalible para que una mujer cayera en los brazos de uno, era acariciarle el seno izquierdo, (si lo permitía, bien; si no, hacerlo con disimulo) ruta inmediata hacia la entrega total; otra forma era acariciarle el cuello, cerca a la oreja izquierda. Los resultados nunca fueron muy halagadores.

En la revista Pimienta aprendimos sobre las lociones y perfumes afrodisíacos que enviaban por correo y que nunca funcionaban. Entre nosotros circulaba el mentol chino, para prolongarse notablemente en los artes amatorios y luchar contra esa tara de los años mozos: la eyaculación precoz. Esta siguió señoreando por encima de nuestro orgullo y fuera de irritación y rasquiña, nada se prolongó.

Un gran descubrimiento fue el Atinka. Todos los mayores hablaban maravillas de él. Se trataba de un polvo blanco de uso veterinario que se le administraba a las vacas para que entraran en celo y se dejaran montar del toro. Al cabo de los años cuando estába estudiando medicina, aprendimos en el libro de medicina forense del Dr. César Giraldo que producía una dilatación de los vasos sanguíneos, un escozor en los genitales con congestión y deseos de rascarse, que de modo indirecto provocaba excitación femenina. Pues bien, fueron cantidades industriales de Atinka las que repartimos entre nuestras amigas y no recuerdo una sola aventura atribuible al famoso invento. La clave era aplicarle en la gaseosa la punta de la navaja del polvillo cuando la pelada se descuidara, para después echarle el ídem, pero nunca funcionó. Una vez se lo aplicamos a Mariatrapos, una sardinita lo más querida, pero cual no sería nuestro achante cuando la Coca Cola empezó a echar espuma, tuvimos que derramarla para disimular. Como pensamos que la cantidad era muy poca, a Claudia Patricia le duplicamos la dosis; pasó tres días con diarrea y nada de demostraciones de desafore pasional como la que nos cañaban los amigos. Estos contaban incluso anécdotas que se hicieron famosas: que una vez un man le dio la dosis a una muchacha y que mientras el fue a saludar unos amigos y ella lo esperaba en el carro, la encontró sentada en la palanca de cambios presa de una desaforada excitación. Como anécdota no estaba mala, pero en la práctica nunca vimos su resultado. Con más pena que gloria, fue la fama de otro producto para idénticos fines, el bórax, que tampoco nos surtió efecto.

En esa época no manteníamos mucho dinero en los bolsillos; casi no había moteles en Medellín; (Solo recuerdo dos, Candó en Girardota y Amaraje en Robledo) No teníamos carro, sólo cuando lográbamos escaparnos sin permiso, lo que era muy raro o cuando luego de mucho rogar nos lo prestaban para hacer alguna vuelta de la familia. Por todo eso, era difícil tener escapaditas amorosas como lo ordena la santa madre iglesia. Estas eran apresuradas, improvisadas, siempre a escondidas y de afán. Siempre con el objetivo de dar rienda suelta a ese desborde de ardor sexual (conocido como arrechera); se insistía mucho en que había que darle alguna salida a esta congestión hormonal interna porque de lo contrario, si ese furor se le subía a uno a la cabeza, en cualquier momento uno se podía enloquecer o le podía dar una meningitis pues las células concentradas (conocidas como arrechocitos), acumuladas por millones se le iban a uno para el cerebro y le impedían concentrarse, pensar, cumplir los deberes etc. Esto siempre me ha intrigado y estoy en mora de consultarlo con algún neurólogo amigo.

Que los padres se fueron para la finca o a pasear, que organizamos un bailecito a media luz, que todos están dormidos en el segundo piso y uno mirando por el reflejo de la pecera que no lo fueran a pillar, etc. Una opción era irnos en gallada para las mangas de la Nubia, cuando aún no había urbanizaciones, pero, o a las peladas no las dejaban salir de noche, o nos daba miedo por lo peligroso del sitio. Allí jugábamos “chucha americana”, “cinco minutos en el cielo”, a las escondidas por parejas, botellita, que sólo eran disculpas para tener contactos cercanos y mal disimulados con el sexo opuesto. Lo común era encomendarnos al santo patrón del juego amoroso conocido como “encarrete” llamado “San Luis Vergón”, para con suerte terminar emparejados y en el mejor de los casos “rastrojiando” en una manga. Cuando alguna amiguita se excedía en licor, corría el riesgo de terminar como víctima de un “carga-montón” o “vaca-muerta”, con todos los aprendices de galanes encima despresándole la anatomía. Cuando algún "quiebre" lograba cuajar, una opción era irse para las residencias del Centro, pero ¡qué problema para entrar! Que la pena, que nos van a descubrir, que nos van a delatar (sapiar o aventar). La más concurrida era Manhattan, que quedaba en la avenida de Greiff, abajo de las Empresas Públicas. Era el sitio preferido de los estudiantes, por barato y por central; claro que amiga que entraba allí una vez, no lo hacía dos veces. Nosotros le decíamos "urgencias" y durante la época de estudiantes fue realmente útil y sirvió para muchas "desvaradas".

Muchas veces antes del programa, uno se iba para los bailaderos del centro para no ponernos en evidencia (o “banderianos”), pues los de Belén no eran lo suficientemente reservados o discretos. Uno de los favoritos era "Rincón 70", enseguida del teatro Sinfonía, otro de los lugares preferidos por los pelaos de esa época. El sitio se conocía como un “cambiadero de aceite” o “el palacio del dedo” por una de esas analogías prosaicas tan comunes de nuestro lenguaje, y se podía aprovechar para pasar gratos momentos de música, trago y sexo a mediacaña. Luego se volvió muy peligroso y cuando crecimos, casi ninguno de nosotros regresó.

El parque de Belén los sábados y domingos por la noche era un hervidero de muchachas del servicio doméstico que salían a tomar trago y hacer levantes. Todos los pelaos salíamos a dar un vueltón y de paso ver que pescábamos, porque eso sí, para "mantequeros", los muchachos de aquellos años. Como dice un amigo, el que niega la grasa, niega la madre, como se empeñan en hacerlo hoy prestigiosos profesionales que en esa época eran voraces sirvienteros. A la heladería La Soraya, le decíamos el Palacio del Colesterol, pues allí se encontraba la mayor concentración de sirvientas por metro cuadrado del mundo. De sólo entrar allí a uno se le subía la mostaza y los triglicéridos. ¡Había que entrar con una docena de limones, para cortar el grasero!. Eso fue mucho bailar, dar bomba y echar carreta. La mayoría eran coquetonas y generosas; nosotros las conocíamos como "grasas", "coimas", "fámulas", "melegas". Había amigos que tenían directorios enteros llenos de nombres y teléfonos. Por supuesto ahora lo niegan, pero en esa época era una de las mejores formas de matar el tiempo y dar rienda suelta a las volcánicas pasiones que nos atormentaron durante la adolescencia.

Otro aspecto muy común de la época era esquivar el acoso de viejos degenerados o cacorrones, conocidos como caquirris, que siendo muy amables, atentos y generosos, pretendían arrastrar a los muchachos a prácticas homosexuales bajo artimañas casi ingenuas, con trucos muy trillados y repetidos. Casi siempre fundaban un equipo de fútbol o eran líderes activos de un grupo juvenil o era el infaltable sacristán de la parroquia, o atendían en la tienda del barrio. Casi nunca eran agresivos y era muy llamativa la forma como se dejaban explotar de los pelados, quienes de frente y burlándose de ellos, les sacaban plata, bebían gratis a su costa, se iban en grandes grupos para paseos de cuenta del pobre viejo maricón; lograban su cometido con jóvenes que sin ser declarados homosexuales, con novia incluso, los escurrían a cambio de dinero o ropa o electrodomésticos; también caían las loquitas o florecitas, pelados que desde chiquitos ya mostraban su inclinación, aunque lucharan contra ella; cuando estaban eufóricos o tomando licor se hacían evidentes y “botaban la pluma”. A manera de chiste se decía de ellos, “Ese desde chiquito es dañado por el chiquito; hay una foto de los tres meses de vida que lo muestra sentado en el chupo del biberón”.

El tiempo pone todo en su sitio. Con el paso de los años casi todos nuestros contemporáneos (ya muy cincuentones) han superado ese desespero de furor genital, y por el contrario hoy la preocupación es en el otro sentido, cuando el Viagra se convirtió en un aliado incondicional.

ACERCA DE LA CONVERSACION

ACERCA DE LA CONVERSACION



Es deprimente comprobar cómo el pragmatismo pisotea despiadadamente los últimos vestigios del antiquísimo y sutil arte de la buena conversación. Da grima confrontar esa cruel realidad que evidencia que aquellos seres privilegiados que hacían de su parla un brillante y delicioso oficio existencial, sean hoy poco menos que seres en extinción presa de los obtusos dardos del modernismo. Y, ¿qué es lo que ocurre?. Simplemente que las personas en su afán obsesivo de producir, con ese desmesurado sentido práctico que sólo persigue los fines útiles de las cosas, han desplazado al cuarto de San Alejo de sus preferencias ese ritual que antes enriquecía los espíritus y fortalecía los brazos de la relación social.

Varios factores explican dicho estado de cosas.
En primer término, es un problema de disponibilidad de tiempo, dadas las actuales condiciones de jornadas laborales, horas extras, tiempo que se gasta en transporte, multiplicidad de oficios, estudios simultáneos, etc.; todos sabemos que sostener un "nivel socialmente aceptable" de vida requiere un esfuerzo magno que acapara la mayor parte de las horas, consume las energías y disminuye la vocación y la voluntad para cualquier tipo de producción intelectual, emocional, artística o afectiva. Paralelo a lo anterior, pero no necesariamente al margen de él, está esa tensión permanente, ese estrés cotidiano que hace que nuestro equilibrio esté en un permanente devaneo, lo que atenta contra cualquier pretensión de estabilidad interna. ¡Y a quien se le ocurre pensar que en tal estado de caos mental se puede intentar ser cultor del arte de conversar desprevenida y animadamente! Además, somos permanentes depositarios de angustia no canalizada ya que, aunque no lo reconozcamos, la maratón económico-social en que nos debatimos nos convierte lenta e inexorablemente en retenedores de fatiga, impiedad y resentimiento. Cualquier posibilidad de afabilidad y espontaneidad está, por lo tanto, viciada.

Por otro lado, la desmotivación que genera el calificar ese ocio constructivo y exultante, de pérdida de tiempo, de gasto inoficioso o de juego fútil e insustancial, hace que no se le preste la debida y necesaria atención, y que no se invierta en su causa la más mínima porción del tiempo cotidiano.

Recordemos simultáneamente, ciertos estereotipos que crea la sociedad de consumo y que obligan a gastar el tiempo libre en otras actividades menos enriquecedoras del espíritu (si se me permite el término) y no por ello menos respetables, aunque no se comparta la esencia y la forma de algunas de ellas. Ejemplo que ilustra este tópico es el manejo de la televisión como medio de comunicación (léase información, esparcimiento dirigido, alienación, etc.), la introducción masiva de los juegos de video, la informática, los grandes y prefabricados espectáculos deportivos, el cine como vía de evasión (desprendido de su faceta de creador de tesis, aspecto éste que no llega a la gran masa), el consumo etílico desaforado, la drogadicción, etc.
Es de destacar que en varias de dichas actividades el hombre es sólo un ser pasivo en su relación con el medio. No se le impone ningún aporte creativo por parte suya. En otros, la conversación es apenas un vehículo, que no un fin, por lo demás técnico, impuesto o superficial, nunca entendido en su cabal dimensión.

La aversión por la cultura y el conocimiento (no propiamente a ellos, sino al esfuerzo que impone el tratar de embeberse en ellas), la pereza mental, el desdén social, lo estrecho de las mentalidades tecnócratas, la tendencia a lo individual, la hipocresía citadina son, entre otros, algunos de los factores que contribuyen a la pérdida de la afición por la conversación en el hombre del mundo moderno.

Se ha perdido el gusto de la conversación por ella misma. Sólo se usa como pretexto para otros fines diferentes, previamente determinados y de antemano establecidos. Insistimos, nunca como fin. Hoy casi que se limita a personas económicamente no productivas o solventes, o independientes en su relación con el proceso de creación de riqueza, como jubilados, bohemios, intelectuales, presos, ancianos y otros que, a despecho de su condición social, económica, política, cultural o intelectual, la rescatan en toda su magnitud y la valoran en su intrínseca naturaleza.

La conversación (no el lenguaje verbal) no debería ser patrimonio exclusivo de un sector específico de la población. No presupone requisitos intelectuales, menos aún culturales. Una mente no cultivada académicamente puede tener una rica capacidad de anécdota que explote temas vivenciales propios o ajenos en una forma llena de matices agradables y enriquecedores, y, por qué no, reflexivos y autocríticos. Un tema de condición simple puede ser remozado por un parlanchín carismático que complemente con su simpatía y su gracia lo que le falta en profundidad. Un avezado contertulio puede hacer de ciertos detalles cotidianos de su existencia (romances, viajes, deportes, cultura, ciencia, chistes, hechos grotescos, quehacer diario, política, etc.), todo un acontecer de la expresión oral con solo ponerle un poco de espíritu a su retahíla. Evidentemente, un aporte cultural bien entendido refuerza notablemente el arte de conversar. (Señalamos aquí la existencia de aquellos especímenes seudo-culturizados, oscuros artífices del engaño y la banalidad, que pretendiendo ostentar públicamente el estigma de la trascendentalidad, no pasan de ser lo que un filósofo popular calificó de "eruditos de titulares, pontífices del snob y el descreste") No implica lo anterior que sea inherente al culto o al sabio el poder cautivar con la labia. ¿ Cuántos hay que pese a su bagaje se hacen insoportables por su naturaleza tendenciosa, prepotente, inconexa, incoherente o profundamente técnica?.

Y no es únicamente buen conversador aquel que domina a sus interlocutores con la magia de su prosa fácil, fluida, dócil, enigmática o picaresca; no únicamente aquel que obliga a que le escuchemos absorbidos por su gracia o la forma brillante como trata el tema. Lo es también aquel parco individuo que respetando la secuencia y el esquema de su compañero de charla le lanza la pregunta inteligente y precisa en el momento adecuado, lo cual redunda en una renovación de bríos y motivación por parte de aquél y en una confirmación de su interés por parte de éste. Es, como se intuye, un magnífico escucha, lo que nos permite aproximarnos a otra de las características del buen conversador: su capacidad de escuchar, atender y respetar el discurso ajeno.

Precisión, malicia, convicción, sabor, humor, picaresca, emotividad, intriga, actualidad, sarcasmo fino, interés técnico o político son, en conjunto o por separado, algunas de las cartas de la buena conversación, que domina y moldea a su acomodo el que incurre acertadamente en ella. En un nivel similar de importancia a lo atrás esbozado, es también valioso cierta integridad anatómico-fisiológica y presencial por parte del expositor; ya sabemos lo que inoportunan ciertos defectos del aparato fonador o ciertos timbres equívocos de la voz o algunos olores impenitentes e incluso algunos tics desesperantes.

El buen conversador es coherente. Puede ser buen mentiroso, incluso ser buen imitador. Maneja bien la ironía y conoce o descubre los puntos que motivan al compañero y los explota. Utiliza bien los silencios y las pausas para renovarse o dar un viraje a su temática. Usa el chiste rápido y adecuado como recurso práctico de escape ante ciertas situaciones difíciles o comprometedoras. No necesariamente es parlanchín o bufón, suele respetar susceptibilidades y no acostumbra suscitar actitudes de conflicto entre su grupo. En síntesis, reivindica el don de la conversación como algo inmanente a la especie humana y exclusivo (???) de ella. Restablece su utilidad en el campo de la comunicación; revitaliza y devuelve la fe en las relaciones sociales; promueve el entendimiento mutuo, lima asperezas, estimula la curiosidad, fomenta el conocimiento y replantea los lazos de unión entre los hombres.

Hay que ver lo que es sentarse a plantear un mundo de naderías, sin ningún tipo de pretensión definible, al calor de unos afectos tapizados de palabras vigorosas y sentidas. Definitivamente hay que recuperar para el hombre el sublime placer de la buena conversación. Así ganaremos más y mejores conversadores y en consecuencia necesitaremos, (lo siento por ellos), menos psicoanalistas.

ACERCA DEL HUMOR

ACERCA DEL HUMOR

Emilio Albaerto Restrepo Baena

El humor es cosa seria. Es hora de reivindicar su caráter sublimante del espíritu, germen caótico por esencia y por esencia paradójica, pilar del equilibrio, ser amotinador de las conciencias, resquebrajador de las etiquetas, insurrector del orden. Hay que devolverle su majestad. Hay que estimular su naturaleza fundamentalmente subversiva, que parte del revolucionario principio de desbaratar las estructuras aparentes para recrear un nuevo orden interior.

Porque el humor intenta replantear un nuevo mundo, una novedosa forma de asumir las cosas. Se invoca lo ridículo para ver que lo cotidiano es en sí mismo ridículo y ridículos somos en nuestra aparatosa y forzada tendencia de hacer de lo elemental algo trascendental, de envolver con la coraza inflexible de la seriedad el transcurrir de todas las pequeñeces que constituyen nuestra forma diaria de proceder.

Y el humor se merece, se asume, se incorpora a la naturaleza de aquel y sólo de aquel, que está inconforme consigo mismo. No genera humor aquel desgraciado que acepta la norma como principio absoluto e indisoluble de comportamiento. Obliga a tomar partido. Arrastra en su grandeza. A su paso no hay carácter que no se doblegue ni fuerza que no ofrezca tregua.

El humor replantea la naturaleza de las relaciones del hombre consigo mismo y con el mundo. Es el termómetro de sus afectos, el catalizador de sus tensiones. Le imprime un ritmo diferente al hastío. Desenmascara el conformismo como engendro cómplice de la alienación.

Y para los que imponen la necesidad de trascender como contra-argumento a lo que consideran un escape superficial de tontos e inmaduros, el humor se defiende solo en su trascendencia. Porque el humor es trascendente. Trasciende porque le da un viraje distinto a la existencia, libera de tensiones y cargas inútiles a la inteligencia. Trasciende porque estimula en el hombre la necesidad de autocuestionarse en la medida en que se burla de sí mismo y de su entorno. Trasciende cuando socaba las estructuras débiles por su capacidad de horadar las bases endebles de lo aparente. Trasciende porque desenmascara la hipocresía y descorre el velo de la mentira. Trasciende porque por su peso específico es una formidable estrategia de penetración intelectual, un excelente vehículo de ideas y de conceptos.

El humor es un arma política eficaz. No hay contendor que no se doblegue ante su elocuencia arrolladora. La historia ha demostrado que puede más una carcajada masiva y burlesca que el más almidonado de los discursos, cuando se trata de imponer argumentos y crear impacto para llamar a terceros a una línea determinada de pensamiento.

El humor es un elemento tenaz para transmitir afecto, para establecer vínculos inmediatos y sostenidos. Se constituye en un recurso agradable y eficiente para captar y compartir simpatías personales y sociales. El humor se vislumbra como una tercera opción, más vivaz y carismática, cuando nos vemos acosados por la solemnidad y el conformismo.

Cuando la politiquería amenaza con acabar lo poco de dignidad que perdura en un pueblo y cuando la retórica intenta disfrazar vanamente la traición, la deshonestidad y la falacia, el humor se impone como una tabla de salvación para no sucumbir ante fuerzas de tan macabro talante.

El humor es enemigo del rostro adusto y del ceño fruncido. No acepta etiquetas ni formalismos; no comparte encasillamientos, ni acolita continuismos. Está en franca discordancia con la mediocridad, no acepta los dogmas, ni comadrea con el engaño, pasea de la mano con la inteligencia, la risa es su carta de presentación, la paz interior es su aspiración, el equilibrio es su filosofía, el hombre su razón de ser.

Es cierto que el humor se repite, pero es cierto que la vida en sí misma se repite, el oxígeno también se repite, el cielo y el mar son siempre iguales. Generalmente sus temas son las mismos, pero en la vida los temas son los mismos. La política es su adversaria favorita ( ¿es ésto una coincidencia? ¿será también ella una adversaria de la vida?); pero es que si no fuera por la coraza de seriedad que gustan vestir y por los aires que forzozamente asumen, los políticos serían los mejores humoristas aunque no falta quien esté convencido de esa afirmación. El sexo también se repite como tema vital del humor, pero el hombre siempre ha tendido a burlarse de lo que no conoce, de lo que no entiende o de lo que se siente incapaz. En ello mismo, la boca y el cerebro compensan agradablemente lo que otros órganos no alcanzan a culminar en forma satisfactoria.

La caricatura humana y la ridiculización de los caracteres también se acostumbraban. La burla y la exageración de los rasgos físicos y emocionales le permiten al hombre burlarse de sus congéneres y de sí mismo. Es una forma sutil de expresar rebeldía e insatisfacción por la gran imperfección humana, a la vez que propende superarse con sus propios medios a sí mismo y alcanzar niveles óptimos de realización, al mismo tiempo que se pasa un rato agradable.

En todo caso el humor llegó para quedarse. Es el último vestigio del pequeño-hombre-verdaderamente-humano que hay dentro de cada uno de nosotros (Bueno, de la mayoría). Es la última razón para regocijarse con la inteligencia, para tener esperanza, para justificar la tolerancia. Por él aspiramos a vivir en un mundo que nos respete y nos trate seriamente. El es el pasaporte a la verdadera trascendencia del espíritu, al ir más allá de las razones, al estar más acá de la felicidad. La carcajada justifica el humor, la vida lo reclama. No nos resignamos a estar sin él. Exigimos la ironía precisa, el sarcasmo perfecto y oportuno. Extrañamos el comentario fino ante el impertinente de turno, la salida inteligente ante el tirano que trata de asfixiarnos.

Preferimos la risa a la úlcera, el aplauso a las cadenas, el regocijo del espíritu a las imposiciones de los necios, la sal de la vida al almidón del alma.