Sunday, May 29, 2005

LOS BACANES Y LA PUCHOLOGIA

LOS BACANES Y LA PUCHOLOGIA
(Semblanza de los marihuaneros del barrio)
Al Raúl
Emilio Alberto Restrepo Baena
El marihuanero era un personaje típico del barrio. Era habitante permanente de la esquina, terror de las madres, obsesión de la policía, líder de la palabra y adalid de la tradición oral de la cuadra. Sin proponernos hacer una apología o exaltación de ellos, debemos reconocer que su presencia era permanente en todos los acontecimientos de la cotidianidad de nuestro barrio.

Eran los que mantenían a raya a los viciosos y ladrones de otros lugares, pues no los dejaban operar en su territorio, no atracaban ni agredían a la gente propia del barrio, montaban unos sancochos terroríficos ( Conocidos como “cochos bifásicos de gumarra y runcho con un buen cate”- entiéndase sancocho de dos carnes, gallina y cerdo con aguacate) hechos con leña en plena calle; molían música a todo volumen en una enorme grabadora callejera, jugaban partidos de fútbol interminables, contaban historias inverosímiles pero divertidísimas que los niños (o pelaos) escuchábamos extasiados. También eran útiles, ayudaban a llevar mercados, a desvarar carros o acarrear trasteos, siempre a cambio de una propina (o la "liga", como decían).

Se tomaban muy en serio su oficio de marihuaneros. A la marihuana le tenían muchos nombres. Le decían La Mona, La María, La Marimba, La Maracachafa, La Cebolla. Ir a comprarla era ir a mercar o al rebusque. Normalmente se iba al “hueco” o al “chispero”, metederos donde con disimulo (con disipeto) hacían la transacción (o el cruce) y conseguían la mercancía (un diez, un cien, un paco, un tamal). Los vendedores (conocidos como jíbaros), la mantenían dentro de los pantaloncillos, en las pilas del radio, o en los rincones de las ventanas. Usualmente vendían bajo la complicidad de la policía, la cual les cobraba la protección (la vacuna). Eran muy celosos para defender el territorio (o el parche) y no dejaban entrar competencia. Al final sólo le proveían a viciosos (llamados güelengues o sopletes) conocidos y de confianza.

El efecto de fumarla era estar trabado, estar turro, estar colino, darse en la cabeza o en la torre o “estar sollado”; armar el cigarrillo (pucho, cacho, porro) era todo un arte. Primero había que conseguir un papel especial, que se llamaba "cuero" y podía ser el papel que traía la cajetilla de cigarrillos Pielroja, (o Marlboro salvaje), junto al papel aluminio. Los más criollos lo armaban con saliva (lo ligaban); los más refinados tenían una maquinita (la machín) que lo compactaba y formaba un tabaco perfecto. Para esto se conseguían cueros americanos, que los más pudientes compraban en Sanandresito o les traían de Estados Unidos ( la USA ). Antes, había que desmenuzar (o "rascar") la hoja pues usualmente traía muchos palitos o semillas. Alguno de ellos, el vigía, el que servía de campanero, miraba a lado y lado pendiente de los policías (cariñosamente llamados tombos, tiras, rayas, peyes); eso se llamaba estar mosca, o estar piloso, para “no dar visaje” y no ser sorprendidos en el acto.

La de mayor calidad era la punto rojo, que no tenía tanta viruta o excedentes. La más ordinaria era la “paja” o el “colchón”, que era de mala calidad y daba trabas enloquecedoras.

Un truco para mejorarla era fermentar la yerba con un vino ordinario llamado Gatonegro; si no lo conseguían, compraban Moscatel o “trespatadas”; la mezclaban, la dejaban remojando por medio día y luego la dejaban secando al fresco (no podía ser al sol); decían que daba una traba reposada o filosófica.

Cuando no conseguían cueros, el papel de globo también servía. Los más varados (o embalados) arrancaban hojas de las biblias de sus casas, para escándalo materno, y con ellas armaban los baretos; decían que daban trabas místicas o viajes celestiales.

Normalmente la marihuana les estimulaba los sentidos y tenían una hipercaptación de la realidad. La música se oía en notas vibrantes, los colores eran vivos e intensos, los olores muy estimulantes. Había tendencia a la hipérbole y a la magnificación de las sensaciones. Los más volados, hablaban en lenguaje que pretendía ser poético o metafórico y hasta metafísico. Decían que veían las notas musicales, mientras imitaban los movimientos de los guitarristas del rock o de los timbaleros salseros mientras sonaba la grabadora a volumen estridente. Cuando había sobredosis, llegaban incluso a alucinar. Rara vez había problemas o peleas (tropeles); generalmente hablaban de temas anecdóticos, bajo un marco de mucho humor, pues era característica que los cogiera un ataque incontrolable de risa conocida como "la risueña". A veces le mezclaban licor, en baja cantidad, pues sostenían que era bueno "emborrachar una traba", pero no lo contrario pues les dada "la pálida", con mareos, malestar, vómito, cólicos. Al final de la traba (o turra) les acometía un apetito voraz (llamado la comilona, la melona o la hambruna). Casi siempre la acompañaban con coca-cola, pan de diez y salchichón (ó coctel “llenabobos”). También la saliva se volvía espesa, la boca se volvía como una polvera, se resecaba y producía una severa sed (llamada la “seca” o la “cometrapo”).

Cuando la traba estaba maluca (pasmosa, casposa), ellos la catalizaban con cigarrillo marca Lucky (o "5 letras"), el cual "se las bajaba".

Los narcotraficantes (“traquetos” o mafiosos) trajeron una costumbre nociva que prostituyó, según ellos, el oficio del vicioso (lo perratió, lo putió o se cagó en él). Era mezclarle coca o bazuco para hacer un "diablito", que daba unas trabas horribles, enloquecedoras, excitadas (colineras demoníacas, las llamaban).

Los viciosos pobres (chichipatos) mantenían las puntas de los dedos índice y pulgar de color amarillo (conocido por los médicos de la Policlínica como el signo del boliqueso) por tratar de fumar hasta lo último lo que quedaba del bareto (la patica o la chicharra); los más curiosos, tenían una pequeña pipa donde lo ponían. La llamaban matachicharra. Podía ser comprada, pero la mayoría era fabricada (hechiza) por viciosos de la cárcel (o caneros, signo supremo de prestigio en el gremio). En la cabeza del aparato les tallaban imágenes de mujeres desnudas, de caras, de demonios. Otro truco era guardar todas las chicharras pues decían que había recogido toda la esencia, toda la miel del pucho, y los juntaban para fabricar un enorme tabaco que llamaban ambil o “hachís de pobre” y que olía a llanta quemada. Dicen que producía unas trabas pavorosas. Lo cogían con una horqueta, pues dejaba mal olor en los dedos.

También era común hacer tortas de marihuana o echarle a los sancochos. ("sancocho callejero sin canabis no es sancocho" sentenciaban).

Bajo los efectos del consumo, su hablar era característico, arrastrado, cadencioso; eran enamorados y piroperos. Sus ojos eran pequeños y rojos en todo momento. Para evitar este efecto, mantenían un frasquito de un descongestionante oftálmico llamado Vicina o Luz Sul. Era tan estigmático, que cuando la policía paraba un muchacho y le encontraban un frasquito de esta marca, lo detenían (lo “encanaban” o lo metían a la guandoca) por sospechas.

Decían que la marihuana fortalecía el corazón, estimulaba la creatividad, agudizaba los sentidos y mejoraba la calidad de las relaciones sexuales.

Cuando estaban muy avanzados en el vicio (cogidos o embalados) le mezclaban pastillas al consumo, todo tipo de estimulantes. Eran ya estados graves de adicción. Se conocían en este momento como Pepizos o Pastizos; vimos a varios caer en la locura. Muy pocos de los marihuaneritos clásicos del barrio usaban drogas duras como el ácido, la heroína o la morfina. En ocasiones se extrovertían comiendo hongos "boñigueros", que revolvían con panela picada o con leche condensada, lo que les ocasionada un viaje sicodélico y delirante, una experiencia alucinante, impredecible, esquizofrénica. Casi nunca quedaban ni con deseos ni con alientos de repetirla.

En fin, estos personajes ocuparon muchos de los espacios de nuestra infancia en los barrios de Medellín; en retrospectiva les miramos con benevolencia y afecto su imagen típica y constante en las esquinas con sus poses características y su discurso lleno de fanfarronería, imaginación y fantasía.