Sunday, May 29, 2005

LA ESQUINA, LA CUADRA

LA ESQUINA, LA CUADRA
Emilio Alberto Restrepo Baena
Para nuestra formación de muchachos de barrio, la esquina fue un lugar fundamental. Era el sitio de confluencia, de encuentro, de rituales de gallada. La esquina usualmente estaba coronada por una tienda mixta, donde nuestras madres ajustaban el mercado y los hombres menudeaban cerveza y aguardiente. Era el sitio tácito de reunión, a la salida del colegio, luego de la comida, después de los partidos, a la hora de salida de las peladas del colegio; era el meridiano de la cuadra, otro concepto fundamental dentro de nuestra filosofía de barrio.

En ella se ventilaba todo, se opinaba de todo, se pontificaba, se decidía, se absolvía, se vetaba. Era el termómetro calificador de las muchachas (peladas) que pasaban, pavorosa fuente de todo tipo de piropos. Allí se discutía sobre la alineación de los equipos de fútbol, se descalificaban técnicos y jugadores, se recreaba la película, se mentía sobre nuestras fantasías amatorias, se organizaban acampadas, se quitaban las broncas a golpes. Era el lugar perfecto para perpetuar una de las más hermosas costumbres del barrio: la tradición oral. Todo giraba en torno de la palabra. El discurso era el rey; una y otra vez se repetían las historias, cada vez con más aditamentos, con más sal y pimienta; la hipérbole era la norma. Allí le oímos las historias a los marihuaneros del barrio; entre ellos había jerarquías, sustentadas en el grosor de las mentiras (cañas) y en sus antecedentes; los más duros eran los "caneros", aquellos que en virtud a su oficio de rufianes habían conocido la "cárcel" (cana o guandoca), en ese entonces la Ladera y luego "La Finca" o Bellavista. Nos hablaban del malevaje, del sufrimiento, del abuso de los jefes del patio y de los guardianes, de los sobornos, del tráfico de drogas y armas dentro del penal; nos fanfarroneaban con hipotéticas fugas y con tropeles inverosímiles, adornadas las fantasías (chepas) con una clara influencia de las peores películas. Los que estábamos más jóvenes (sardinos) entonces, conversábamos, o mejor, oíamos boquiabiertos todos estos cuentos a escondidas de nuestros padres que por supuesto, no aprobaban nuestras compañías, pero nunca pudieron hacer nada por impedir que realizáramos lo que nos viniera en gana.

Los "Chachos" o líderes de la esquina eran: "Memo Peinilla", un pobre perdedor que había formado parte del batallón Colombia en la Guerra de Corea y al que la marihuana, el alcohol, el hambre y la frustración lo habían convertido en un costal de huesos con ojitos brillantes y lengua poderosa, todo un varón de la nostalgia, héroe de mil batallas imaginarias, conversador incansable, pedigüeño tenaz. Al principio le oíamos los cuentos entre asombrados, admirados e incrédulos, pero después de mucho repetirlos, cada vez más distintos y adornados, nos reíamos y disfrutábamos, pero no le creíamos. Otro clásico era "Frentepanela", otro vago (pato) divertidísimo y enjuto que decía que había formado parte del Nacional cuando se llamaba Atlético Municipal; mostraba fotos y recortes de periódicos viejos y vivía recluido en la añoranza de días gloriosos que pudieron ser y nunca fueron.

A "El Gordo", "Carechimbo", "Bayo", "Fastidio", "Lunar de Puta", "Armandito", “Carecreisi” y otros pelafustanes típicos del barrio, marihuaneritos mediocres y ladronzuelos aún más malos, les oíamos cientos de historias, miles de chistes, reflexiones en reversa desde su orilla de perdedores, de marginales, de resentidos. Se gastaban su día en la esquina, planeando un futuro lleno de plata y de mujeres, tratando de olvidar un pasado triste y un presente peor; compensaban la falta de acción con exceso de verbo, fumándose los "cachos" de yerba (marimba) con una dignidad que los hacía echar a los niños (pelaos) sanos mientras se trababan, jugando interminables partidos de fútbol (picados o desafíos) con galladas de otras cuadras y otros barrios, de vez en cuando atracando o "colgando" borrachos y viejitas de otros lados. Sistemáticamente caía la policía a "raquetiar" o a requisarlos; se los llevaba por indocumentados, o por tener una bolita (un "diez") de maracachafa o por jugar fútbol en la calle y quebrar vidrios con los balones. Se perdían una semana y siempre volvían a la esquina.

Recuerdo una vez que el hermano de "Papilo" se trajo por charlar un caballo de las mangas de los Medina, que eran los grandes terratenientes de Belén y por hacerse el gracioso le puso un lazo en la boca a manera de freno y lo montó a pelo (sin silla ni freno). Eso fue un espectáculo, todos los amigos le hicimos corrillo y le rogábamos que nos dejara montar. Asustado por la romería, el caballo se desbocó y echó a correr desesperado como un poseído; en el cruce de la 72 con la 27 se le atravesó un bus de Las Playas y el impacto fue espantoso. El caballo murió en el acto. Al hermano de Papilo no le pasó nada, pero desde entonces lo llamamos "el llanero solitario". Ese día se apareció la policía (Los Polochos, o los feos, como les decíamos), nos pillaron a todos aún en la esquina comentando el tropel, nos llevaron a la inspección y nos detuvieron todo el día. En medio del susto, fueron acaso las horas más divertidas de que tengo memoria, eso fue mucho tirar risa y goce en esa encarcelada (encanada). El hecho no pasó a mayores.

La esquina era todo un derroche de melomanía. Allí aprendimos a valorar la música como una expresión sentida y sincera de lo que el alma popular tiene que decir. En las épocas en que no la tenía empeñada en la prendería (o "La Peña"), El "Mexicano" sacaba un enorme armatoste plateado, de 2 bafles en la que molía tango tarde y noche. El tipo se transformaba con Julio Sossa y repetía varias veces las canciones, mientras con los ojos cerrados y la mano empuñada, imitaba los gestos del "Varón del Tango". Una vez puso a "Cambalache" l0 veces seguidas, hasta que don Guillermo el de la tienda le quitó el alambre de extensión que le permitía conectar. Recuerdo que un día lo vi llorar con "Rencor", nunca nos dijo por qué; también Oscar Larroca y Hugo del Carril señoreaban a través de los parlantes; nunca puso a Gardel, pues lo consideraba un marica señoritero.

Por una época la salsa fue la reina; se oía a todo volumen a Richie Ray, Bobbi Cruz, la Negra Celia Cruz, Lavoe, La Fania, la Sonora y Larry Harlow, pero su dominio fue más pasajero. No tuvo la valoración que se le daba en barrios más populares, en cambio se hizo una rápida transición al Rock. Led Zeppelin, Black Sabbath, Sweet, Rolling Stones, fueron muy importantes para nuestro oído de rockeros. Gracias a ellos tuvimos también varias visitas de la policía, alertada por vecinos que no soportaban la estridencia. En esta época íbamos en tumulto a las películas de conciertos que daban en el teatro Tropicana y en el Diana, y que casi siempre terminaban en trifulca.

Con el tiempo, la esquina se fue muriendo. Al principio, cuando conseguimos novias y amigas, gastábamos más tiempo con ellas que con los amigotes del barrio y luego ellas nos exigían que no nos paráramos mucho con "esa manada de vagos". Sus presiones lograron lo que nuestros padres nunca pudieron. Luego con ese desafore hormonal que da el ingreso a la adolescencia, preferíamos irnos para bailes o a darles besitos (piquitos) en las escalas de la casa o detrás de las puertas o nos íbamos para las mangas del barrio La Nubia (aún sin construir) a jugar "chucha americana", "cinco minutos en el cielo" o "botellón" que eran disculpas para poder deslizar nuestras inquietas manos o nos íbamos a tirar heladería en el Parque, al Portal o a Los Sauces, lugares oscurísimos, donde nos encerrábamos en los reservados (o confesionarios) donde dábamos rienda suelta a nuestro furor adolescente.

Muchos de los muchachos cambiaron de barrio. A varios de los patos los encanaron, a otros los mataron, Pablito murió tísico en un vómito de sangre. Varios seguimos estudiando y gastando el tiempo en otras cosas. Algunos empezaron a trabajar. En Belén aparecieron grandes almacenes como El Ley, Comfama, El Cafetero que mataron las tiendas de esquina. Muchas casonas viejas fueron derrumbadas para construir edificios y unidades cerradas que desgastaron y destruyeron el concepto y el espacio de "La cuadra".

La esquina se consumió por sustracción de materia, por inanición. Hoy la esquina es sólo eso. Una esquina, un cruce de 2 calles que confluyen, una arista. Su significado sociológico y antropológico se perdió por el urbanismo, por la violencia, por la transformación de valores, etc. Hoy los muchachos prefieren El Mall, la taberna, los centros comerciales, y eso está bien, los tiempos cambian. Pero nuestra generación mira con nostalgia hacia atrás y evoca la calidez y hospitalidad de las que fueron nuestras esquinas.

La cuadra como aglutinador también perdió su dimensión. Ya sólo existe como línea recta de casas o edificios ubicados uno a continuación del otro, que alberga familias diferentes y constituye manzanas de un barrio determinado.

En el Belén de los años sesenta y setenta manejamos el concepto de cuadra en el sentido que hoy la evocamos. Las familias de la misma cuadra constituían casi que un clan, una cofradía estrecha y solidaria con criterios unificados de pertenencia y una relación muy fraternal.

Todos en la cuadra nos conocíamos, todos nos ayudábamos; las madres se asistían unas a otras con sus enfermedades y las de sus hijos, se prestaban mercado y utensilios; los padres, conversaban de lo humano y lo divino, lavaban el carro juntos, tomaban cerveza y trago en comunidad, iban al estadio en grupo y los muchachos, el verdadero motor de la cuadra, éramos hermanos de padres distintos, cofrades, cómplices, verdaderos y fraternos amigos. Al amparo de la cuadra se gestó el concepto de gallada en su hábitat natural: la esquina.

Las actividades eran comunes, los colegios, casi siempre los mismos, las amigas de unos eran las de todos. Se organizaban severos campeonatos de futbolito callejero que eran el desespero de las beatas de la cuadra, por la algarabía, la palabrería y los balonazos que generaban. Se jugaba también Béisbol con tapas de gaseosa, golosa (o rayuela como le denominaron en otros sitios), vuelta a Colombia, también con tapas de gaseosa parafinadas o con plastilina sobre una ruta pintada con tiza en el pavimento.

Las modas iban y venían. Cíclicamente nos atropellaban con costumbres que hacían furor. Por ejemplo el uso de yoyo, hoy tan pasado de moda. Se organizaban campeonatos en los cuales se competía con florituras y figuras, al que más enredos hiciera con él. Una multinacional de gaseosas traía campeones mundiales que hacían un despliegue de destreza y en todos los colegios se hacían concursos internos. También el trompo hacía su aparición por tiempos; no faltaban los expertos, incluso recuerdo el caso de un pelao de San Bernardo que jugando con una de estos aparatos (que tenía una punta metálica) se accidentó un ojo, se complicó y terminó con una prótesis de vidrio. Otro aparato consumista para envolatar muchachos era el Hula-Hula, que consistía en un aro de tubería plástica con el que uno hacía piruetas, haciéndolo girar en el cuello, en la cintura, en las piernas.

El taqui-taqui también era reencauchado por épocas; eran dos bolas unidas por una pita a un anillo. Se hacían golpear una con la otra haciendo competencia de duración y de efectos. Otro más clásico era el balero, conocido por nosotros también como perinola, que era una esfera de madera, con un huequito, que se introducía o "encholaba" en un palo puntudo, al cual estaba unido por una pita; venía en todos los tamaños, colores y materiales; no fueron pocos los golpes en la cabeza y en la cara por cuenta de este aparatejo. La otra perinola, o tomatodo, era un trompito de plástico para hacer girar y jugar juegos de azar.

La cuadra era todo un polideportivo informal, se hacían competencias de patinaje, deporte que algunos nunca pudimos aprender. Se jugaba “chucha”, también llamada "La lleva", individual o en equipos, donde uno castigado, tenía que alcanzar a los otros y transmitirle la pena; la clave o el tiro era no dejarse alcanzar. Jugábamos “escondidijo” o "cuclí", donde alguno con los ojos tapados contaba hasta l00 mientras el resto se escondía; luego salía a buscar y el plan era que los otros sin dejarse pillar, llegaran hasta el cielo y se liberaran.

Un básquetbol muy rudimentario era un juego llamado "competencia", formado por dos bandos, cada uno de los cuales debía mantener el mayor tiempo posible el balón, pero sin objetivos de puntaje como portería o canasta.

Se competía también con bombas de chicle que se hacían con la boca y con bombas de jabón que se hacían con popos de higuerilla; se jugaba a la 31, tratando de sostener un balón de fútbol en el aire con el muslo, el pie o la cabeza. Además de los campeonatos de eructos se usaba todo tipo de secreciones y expresiones fisiológicas para hacer concursos (léase chorros de orines y otras barbaridades que en honor al pudor y la vergüenza omito).

Los viernes por la noche, en alguna casa se organizaban bailes y en diciembre la calle se llenaba de adornos navideños y pasacalles. En los días claves como 7 y el 8 de diciembre, la cuadra se llenaba de velitas y el 24 y el 31, la cuadra se cerraba, se impedía el acceso de carros, se mataba marrano, se quemaba pólvora y se hacía un tremendo sancocho y fritanga callejera. Había alegría natural, sincera camaradería y verdadera participación de todos los vecinos.

Los domingos nos íbamos todos a un "paseo de olla y pelota de números" dentro del mismo barrio. Teníamos los charcos del Manzanillo, en lo que hoy es Belén Rincón, ya un barrio completamente urbanizado; los bañaderos de Aguas Frías, las caminatas a Tres morros; hoy nadie habla de esos sitios como especiales para un día de campo.

Hoy domina la urbanización, la unidad cerrada, el edificio de apartamentos; hoy los vecinos son extraños, son un accidente circunstancial que nos tocó al lado y del cual ignoramos su nombre y filiación; realmente no nos conocemos; no nos queremos ni nos tenemos confianza.

Nuestros niños tienen que resignarse a crecer con pocos amigos espontáneos. Acaso los de las guarderías o colegios. Si quieren jugar fútbol hay que inscribirlos en una escuela o semillero, nada de partidos callejeros. Es una generación de pronto un poco solitaria, rodeada de artificios, bombardeada por la informática, absorbida por la sociedad de consumo y los medios de comunicación y sin mucho espacio para la espontaneidad y ese aire primitivo y salvaje que nos hizo tan felices.