Wednesday, December 05, 2007

UN ASUNTO SORPRENDENTE (Cuento)

UN ASUNTO SORPRENDENTE (Cuento)
Emilio Alberto Restrepo Baena
Publicado en "ANTOLOGIA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO VOL II" recopilado por Mario Escobar Velásquez y publicado por la Universidad de Antioquia, 2007. Este cuento tambien aparece como capítulo de la novela EL PABELLON DE LA MANDRÁGORA, ganador de de la III beca de creación en Novela del Municipio de Medellín en 2005.

http://books.google.com.co/books?id=t1ctGqaLT9MC&pg=PA339&lpg=PA339&dq=UN+ASUNTO+SORPRENDENTE&source=bl&ots=nk-ssA9ZHz&sig=NX1FChKRDcmEDWaTF-coXrp16p4&hl=es&sa=X&ei=0sxcT6uQMImatwenrJWFDA&sqi=2&ved=0CC8Q6AEwAg#v=onepage&q=UN%20ASUNTO%20SORPRENDENTE&f=false


L2210 - ANTOLOGIA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO - M. Escobar Velasquez - Colombia - NUEVO (Libros de lance (posteriores a 1936) - Literatura - Narrativa - Otros)


I.

- Necesito que me hagas un favor muy grande. No vayas a negarte. Eres el único que me puede solucionar este problema-La voz de la médica mostraba gran perturbación. Su tono, a mitad de camino, entre autoritario, demandante y ansioso no daba elección.

Muy intrigado, al otro lado del auricular, atiné a preguntarle. -¿ Cuál es la situación? ¿En qué consiste tu problema? - Enseñado como estaba a sortear toda clase de angustias típicamente femeninas en mi calidad de ginecólogo, sabía que no podía dejar manipularme por su expectación. Las mujeres hacen de cualquier llovizna una verdadera tempestad.

- No puedo decírtelo por teléfono. La situación es demasiado delicada. Ya ni duermo y no puedes dejarme sola en esto. – Contestó ella.

- No me vengas a decir que después de la vejez quedaste en embarazo – respondí tratando torpemente de ser gracioso. Me arrepentí de inmediato.

- Por favor, esto es serio. ¿A qué hora me puedes atender en tu consultorio? – más que una pregunta era una orden.

- A las diez de la mañana en el hospital, -respondí avergonzado.

- Allí estaré;- escupió sin cortesía.

No supe qué pensar; preferí seguir leyendo una revista de frivolidades.




II.

A las 9:45 de la mañana estaba puntualmente la médica en la sala de espera del hospital. No quiso permanecer sentada, deambuló varias veces por el pasillo. Me asomé por la ventana del recibo y pude ver que su rostro estaba marcado por dos líneas cruzadas por una vena feroz en su frente. Conociéndola como la conocía, entendí que algo la estaba descomponiendo. Sentí que ella tenía ganas de llorar, o de gritar y decidí que pasara pronto al consultorio. Cuando me vio, me hizo sentir que descansaba, que le quitaba un peso de encima.

Algo cambió en esa fascies marcada por el peso de una extraña fuerza que después pude entender. Entró sin apenas saludar, como queriendo escabullirse de la muchedumbre de tres pacientes que indiferentes leían revistas viejas en la sala. Me pareció que sentía como si mil dedos la señalaran, como si mil ojos la espiaran, como si mil bocas la vituperaran.

En realidad nadie la reparó, cada cual siguió enquistado en su propia coraza. Antes de cerrar la puerta, le hizo una señal a otra persona que estaba en una silla junto a la ventana. Era una religiosa gorda y fea, entrada en años, que al recibir la orden ingresó al consultorio también sin saludar y mirando siempre hacia el suelo. Sin entender nada, las invité a sentarse. La médica aceptó, la monja permaneció de pies. Yo tampoco tenía palabras, era todo oídos.


III.

- Y bien, mis estimadas amigas ¿ A qué tengo el honor de tan amable visita? - No pude reprimir el impulso de ser fastidioso para que supieran que era yo y no ellas quién tenía el control. Esbocé una mueca apenas parecida a una sonrisa.

- Muéstrele hermana -ordenó la médica sin asumir protocolos.

La religiosa obedeció. Parada como estaba se desabotonó un abrigo grueso que le cubría los hábitos y procedió a levantarse la falda del traje talar. Me llamaron la atención esas piernas violáceas e hinchadas que me hicieron pensar en contra de mi querer en un hipopótamo, esa ropa interior despulida por el uso y pasada de moda en forma de unos calzones que le llegaban hasta el tercio superior del muslo, que en mis tiempos llamábamos “ mata-pasiones” o “ bordo de olla” y que eran solo el grotesco preámbulo a una enorme panza que denotaba al menos nueve meses de embarazo.

¡Casi no me repongo a esa imagen tan atosigante, tan impresionante, tan llena de contradicciones, de ver a esa enorme mole de mujer religiosa en gravidez! ¡Una monja preñada!. De súbito se me antojaba repugnante, confuso, antiestético, antiético.

¿Y esto qué es? -Pregunté tratando de mantener la calma. -¿Me quieres explicar qué está pasando aquí?. - Me senté y les hice saber que no movería un solo dedo hasta escuchar todo el relato. La monja nunca habló. La médica lo resumió todo.


IV.

La historia fue como sigue: Al parecer la monja en compañía de otra de su comunidad, estaba haciendo un trabajo pastoral en una vereda del Oriente, zona de conflicto armado, dominado por un frente guerrillero. Una noche cualquiera, unos subversivos que pasaron por la escuela rural en donde se alojaban las religiosas, se tomaron por la fuerza el recinto, tumbaron la puerta y blandiendo el fusil las amenazaron. Estaban bastante ebrios y su actitud era fiestera sin dejar de ser violenta. Con el cuento de “querer probar un virgo, o querer romper un duro”, procedieron a violarla en una y otra vez, a la fuerza, haciendo ningún caso a sus súplicas, abusando de su indefensión. A la compañera no la violaron porque tenía la menstruación y era coja por un defecto de la cadera pero en cambio la golpearon hasta que perdió el conocimiento, dejándole como consecuencia un hematoma y una amnesia permanente. La tuvieron que pensionar.

Al otro día, cuando el comandante del frente se enteró, montó en cólera y ordenó una fuerte retaliación contra la cuadrilla, se cree que con ajusticiamiento de varios de los implicados. Además, dejó a las monjas bajo el cuidado de los moradores de la vereda, hasta que se recuperaran, eso sí, bajo la advertencia de que si decían una sola palabra de lo ocurrido lo lamentarían. Al reestablecerse, la hermana pidió traslado y fue a parar a otro pueblo. Mientras tanto el infierno en su interior apenas comenzaba. Allí, en el nuevo poblado fue donde conoció a la médica y la involucró en su propia tragedia.


V.

De solo pensar en esta situación, me conmoví profundamente. Cómo en sólo una maldita noche se pierden la paz de la conciencia, la estabilidad mental, la convicción religiosa, el don más preciado para ella que era su virginidad y empieza a carcomerle su mundo interior ese parásito que nunca deseó, que nunca añoró, producto del acto brutal sin amor de diez bocas pestilentes de alcohol, de diez cuerpos sudorosos de machos de monte, de diez o más penetraciones de miembros viriles que como barras de acero al rojo vivo le destrozaban una y otra vez su caverna más oculta, su pedestal más venerado, su secreto más cuidado, su último recinto más celosamente preservado.

Me imaginé esas doscientas y punta de noches de insomnio, de desvelo, de amargas dudas, de profundas contradicciones que la ponían entre la espada y la pared de la repugnancia, de la duda, del temor, del pulso del ser que añoraba la vida que se gestaba y el no-ser que la repelía.

Me imaginé las fajas que tallaban su estómago para encubrir lo cada vez más evidente, la náusea constante que le negaba hasta el derecho a alimentarse, la tensión que generaban los cambios impostergables de su cuerpo. Pensaba en la aberración de no saber quién era el padre, de no ubicar una cara ni un semblante que lo identificaran para tratar de darle una vinculación amorosa a ese cangrejo maldito que le atenazó la entraña.

Me llegué a imaginar también que todo era un montaje, al pensar que solo me necesitaban a mí como idiota útil para resolver un problema que no era mío.

Mi cabeza se hizo un ovillo y yo también tuve asco, ansiedad, angustia. Me maldije por dejarme permear por una situación que sin yo propiciar ya me involucraba y se me pegaba a la piel y al espíritu como una babosa.


VI

-Ya lo puedes ver, no es una simple histeria – Dijo la médica. - Te pido el favor de que me ayudes a manejar el problema con la hermana Marina. Su caso es desesperado. En la comunidad no pueden saber nada, sabes que no lo entenderían, ni lo aprobarían nunca. Ella no tiene dinero pues depende completamente de sus superioras. No es capaz de criar al niño, incluso no quiere saber nada de él, dice que no tiene fuerzas ni de mirarlo. y tiene muy claro que no puede renunciar a sus vínculos religiosos; su vocación y su fe son lo único que tiene -

El discurso y los argumentos eran contundentes; la voz de la médica era fría y metálica pero certera. Admiré su carácter y su dialéctica como ya en otras veces lo había hecho; la sentí, sabia y ponderada.

El problema cayó directamente sobre mis hombros. Se convirtió, sin yo pedirlo ni quererlo, en mi responsabilidad. Supe y entendí de inmediato que no tenía otra opción. Entre otras cosas no veía clara la solución. Múltiples interrogantes me atormentaban. ¿Cómo manejar el asunto en una clínica particular con mil testigos, con cientos de protocolos y trámites, sin dinero, sin privacidad? ¿Cómo acudir a una clínica clandestina, sin recursos, sin las mínimas garantías para su salud y con la repugnancia que me generaban por su carácter subrepticio e ilegal? ¿Cómo hacerlo todo con discreción sin bordear peligrosamente los límites de lo legal? ¿Cómo no exponerme al escarnio público y a la maledicencia de las personas que fueran testigos de ocasión? Estaba poniendo en peligro mi prestigio y mi reputación.

Cavilando furiosamente, mi cerebro me palpitaba con un gota a gota de obsesión que me abrasaba las sienes. Les dije que en ese momento no tenía las cosas claras, que al otro día las llamaría, que alguna cosa haríamos.

Nos despedimos. En esa misma noche, con el reloj marcando las once, la médica me llamó a la casa a recordarme el compromiso. Su voz sonaba aguardientosa y se intuía que había estado llorando. Por supuesto no pude volver a conciliar el sueño.



VII .

La noche fue aterradora, por lo lenta y reiterativa. El insomnio es atroz y en ese desvelo estaba más posesionado que nunca. La cabeza me daba vueltas y vueltas en torno a nada, con un sudor pegajoso corriéndome por la nuca, con entresueños que me sumían en pensamientos fantasmagóricos que quise interpretar como pesadillas para convencerme que no estaba bordeando los brumosos senderos de la locura, en esa levedad de pasmo, en esa sinrazón de ideas sin cause.

De pronto, aliviado, organicé un plan. Me acordé de una clínica pequeña dedicada a la cirugía plástica, privada, discreta, con elementos que permitían trabajar con la mínima seguridad y en condiciones dignas. Al amanecer contacté al dueño que oficiaba allí como anestesiólogo y le conté toda la historia. Le pedí que me permitiera operarla en su quirófano, que la íbamos a ingresar como si tuviera un tumor de ovario; diríamos que éste se había torcido y que los dolores eran tan terribles y el riesgo de complicación era tan grande, que tuvo que ser intervenida como una emergencia quirúrgica. Lo tranquilicé por el dinero, pues la comunidad pagaría sus honorarios y los costos totales de la cirugía (ya que estarían convencidos que era por un tumor y no una cesárea, cosa que jamás aceptarían); la médica se encargaría de recibir al niño; el procedimiento se realizaría un domingo para que nadie notara nada, ya que en ese día no se realizaban procedimientos electivos y la clínica permanecía cerrada. Tendría que involucrar a la enfermera jefe y a la auxiliar de más confianza, para que se garantizara la discreción necesaria. El colega aceptó colaborar, no preguntó más y todo se planeó para el fin de semana siguiente, que en forma casual incluía un lunes festivo, lo cual nos daba más margen de maniobra.

El problema del recién nacido también estaba resuelto. La hermana de la médica se encargaría de sacarlo rápidamente del quirófano para evitar el contacto con la monja; se lo llevaría para su casa, lo cuidaría por cerca de dos o tres semanas y luego se lo entregaría a un funcionario de Bienestar Familiar quien tramitaría las gestiones para ser dado en adopción a una pareja de europeos que tenía interés por el niño.



VIII.

Al otro día cité a las atribuladas féminas al consultorio, les expliqué el plan; les dije que yo organizaría lo logístico y que realizaría la cesárea, pero que negaría de entrada y a quién fuera mi participación en el acto; que era la médica quien velaría por el cuidado post -quirúrgico de la grávida madona, que ella se encargaría de la salud del niño, de darle la cara a la madre superiora para explicarle lo del tumor, lo de la urgencia y lo de la cuenta. Ella no reviró, lo aceptó todo, no podía hacer otra cosa. Sólo me pidió el favor de que consiguiera un certificado de nacimiento sin llenar y un informe falso de patología para simular el resultado del estudio del tumor. Sintiéndome el más vil de los rufianes, cometí ambas fechorías: con una habilidad que desconocía en mí, engañé a la jefe de maternidad de mi hospital y le robé un certificado. Por supuesto, estaba numerado y tuvo la pobre ingenua que poner el denuncio y asumir la responsabilidad por la pérdida. La constancia del patólogo, con firma falsa y todo, la conseguí recurriendo a mi más patética caracterización de galán de pacotilla con la secretaria más bigotuda, narizona y contrahecha que hubiera en hospital alguno; todavía me saluda de beso, el cual ella pretende que sea en la boca. Aún me sigo odiando, pero supuse, me explicaba, que era por una buena causa.

IX.

El día de la cirugía todo sucedió como se había previsto. El plan no era malo, no daba espacios para los errores o la improvisación y todo salió a pedir de boca. Yo me escabullí rápidamente, nadie me hizo preguntas, la médica manejó todo lo que seguía según su compromiso. Yo me sentí liberado de un peso enorme, fui a misa luego de varios años de ausencia, invocando en el creador piedad y comprensión por lo que yo reiteraba era una buena labor por una de sus siervas amadas y me desentendí del problema. Todo salió a pedir de boca. Casi no me libro de eso que en el argot de los médicos y de los inspectores de policía se conoce como un verdadero “ chicharrón” .


X .

Pasó el tiempo y algún día tuve curiosidad de saber en qué paró toda la historia de la atribulada monja. Todo funcionó según lo estipulado: el niño fue registrado a nombre de la hermana de la médica; la madre superiora en medio de la desconfianza connatural a las de su especie y a la avaricia ya legendaria entre sus congéneres, pagó cumplida la cuenta cuando se tragó entero el embuste al leer el reporte de patología que confirmaba el tumor y al ver que costó menos de lo presupuestado pues el ginecólogo y el ayudante nunca cobraron honorarios, lo que le restaba un monto considerable a la factura. ¡Almas pías y generosas!, debió pensar la reverenda mientras nos incluía en sus plegarias místicas .

La monja nunca se enfrentó a su engendro, nunca lo vio ni sintió su llanto, esa fue siempre su voluntad. Asumo que elaboró el duelo y se sintió descansada y tranquila en la recuperación de su cirugía y en la liberación del lastre que literalmente la consumía en cuerpo y alma. Fácilmente se reintegró a sus labores pese a ese borbotón de leche que brotaba de sus inmaculados pechos.

La situación se complicó un poco cuando Sonialuz , la hermana de la médica, elaboró un desconocido pero irrefrenable amor maternal que la aferró grandemente al niño. Le parecía imposible desprenderse de él, dejarlo en manos desconocidas después de todo lo que habían pasado juntos, que alguien ajeno pudiera quererlo y cuidarlo como ella lo hacía. Esta actitud alcanzó a tornarse muy conflictiva y traumática pues no era lo que habían diseñado y la médica tenía unos escrúpulos enormes por el niño, por su origen, por esa explosión energética de la que era producto, por tanto sufrimiento y violencia que lo rodeaba y lo estigmatizaba. Sabía que no era culpable, pero era incapaz de quererlo. Sabía que lo había salvado, pero no se sentía capaz de asumirlo ni como propio ni como sobrino y quería sacarlo pronto de su vida y de su casa para cerrar de una vez por todas ese capítulo. Esto generó un cisma en la familia, una dicotomía de sentimientos, decisiones y afectos que fue bastante difícil de superar. Al final en medio de reproches, llantos, depresiones, reclamos y reconciliaciones, decidieron que lo correcto era seguir con el plan inicial, pero apareció otro escollo: El funcionario de Bienestar Familiar empezó a ejercer una presión económica por su silencio, a realizar un vulgar chantaje para tratar de pescar en río revuelto. Además, estaba cobrando comisión en dólares a la pareja europea para agilizar los trámites de entrega del bebé. En su desespero y conociendo la voracidad implacable de los burócratas colombianos, los esposos aceptaron darle el dinero con tal de obtener el hijo que siempre habían anhelado. Pero la médica no toleró ninguna de las dos situaciones. Armada de un carácter a toda prueba, profundamente indignada, sometida a esa presión severa que la tenía a punto de reventarle la paz y la calma por todo lo que había pasado, decidió que ocurriera lo que ocurriera, no iba a permitir semejante abuso. Hizo contactos y habló con el comandante del frente guerrillero local; le explicó todo y éste solícito y diligente, con una rápida visita y un corto cruce de palabras enderezó el entuerto. La sabandija lloró, suplicó de rodillas y se comprometió a que si lo dejaban salir del pueblo vivo, olvidaría el problema y no entorpecería más los trámites.

Así lo hizo y el niño fue entregado a los suizos, quienes felices retornaron al viejo mundo con su familia ya completa. Luego de su escala en París, abordaron el Concorde, el avión más seguro del mundo. Iban pletóricos y realizados. A los pocos minutos de despegar del aeropuerto Charles De Gaulle , la nave estalló en llamas en una tragedia que sacudió al mundo en el año 2000. Aquí en Colombia, a muchos kilómetros de distancia, una monja remota y confinada en un pueblucho olvidado, sintió un corrientazo que la sacudió sin entender que ocurría, sumiéndola en una suerte de nostalgia pasajera muy parecida a la amargura y a la depresión. No comprendía qué le sucedía. Fue a rezar un poco y después de un llanto corto, rápidamente regresó a las actividades propias de su oficio.

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Orlando Ramírez Casas orcasas1945@gmail.com

20 de ene.
para Cco:
Hola, jóvenes:

En principio, debo confesar que he leído este texto sesgado por la simpatía que siento por el autor, médico ginecólogo Emilio Alberto Restrepo Baena. Eso haría que fuera indulgente con cualquier falla técnica que desde el punto de vista literario pudiera encontrar en su escrito... Pero ¡No encontré ninguna! Parece un cuento, pero mi intuición me dice que no es un cuento sino un relato con todas las de la ley. Posiblemente embellecido desde el punto de vista literario, pero real. Una historia real que el hecho de que en algún lugar hubiera aparecido recientemente el caso de una monja embarazada trae a cuento de actualidad. ¿Quién ha dicho que las monjas no son mujeres, y sienten pasión, y no pueden quedar en embarazo? Casos se habrán visto por montones desde los tiempos enclaustrados de la edad media, y amores clandestinos, y abortos, y cesáreas a porrillo en cualquier cantidad de conventos desde los publicitados amores de Abelardo y Eloísa o de don Juan Tenorio y su "Doña Inés del alma mía". Casos se habrán visto. Mucho me temo que el Dr. Restrepo habrá acudido más a la ayuda de la pluma que a la de la imaginación en este caso cuyos elementos no tienen nada de fantasioso y son perfectamente posibles en la manera de actuar de los personajes protagonistas y secundarios de la historia. El modus operandi de ellos es el pan de cada día y el texto es perfectamente verosímil.

CODA:
Encuentre una versión leída por mí en: 





HABLANDO A ¡CALZON QUITAO!



HABLANDO A ¡CALZON QUITAO!
Emilio Alberto Restrepo Baena
Al líder Guti

Dentro de las expresiones de la sexualidad, sólo la imaginación humana pone límites a su realización, decía un viejo profesor nuestro y parece ser cierto. Nunca terminamos de asombrarnos cuando descubrimos que alguien siempre encuentra posibilidades distintas e inverosímiles, independiente de si las aprobamos o no, de si las consideramos sanas, éticas o aberrantes. Porque el problema no es la valoración moral que les demos. El asunto es de asombro, de la sorpresa de enfrentarse a una situación que no habíamos concebido, acaso por limitaciones de tipo imaginativo, o por restricciones impuestas por el super yo o la norma.

Y es que en nuestro ejercicio de la medicina a diario encontramos pacientes que ilustran lo que arriba esbozamos. En un tiempo manejando un programa de planificación familiar conocimos varios casos que no por exóticos o excéntricos dejan de ser estrictamente ciertos.

Una señora solicitó con mucha vergüenza que le cambiaran las pastas de planificar marca Microgynon porque "son muy chiquitas y se me salen". ¡Horror! ¡Se les estaba aplicando por vía vaginal y llevaba más de un año con ellas sin quedar en embarazo!.

Los óvulos o tabletas espermicidas que se utilizan por vía vaginal antes de la relación también son causa de equívocos en cuanto a su ruta de administración. "Doctor, es que no puedo acostumbrarme al sabor, son muy difíciles de tragar y me dejan un espumero en la boca".

Otra paciente se aplicaba aspirina en la vagina antes de la relación sexual y otra se tomaba 3 mejorales con limón luego de ésta para evitar el embarazo no deseado.

Un caso patético fue el de una señora que sufría un serio problema cardíaco que le impedía planificar con pastillas o con dispositivo intrauterino. Se le propuso la ligadura de trompas como el medio más adecuado, pero su esposo no la autorizó y decía que el preservativo no les gustaba. Al año en una revisión le preguntamos que cual método utilizaban y respondió:

-El método antinatural, doctor...-

-Ah, el método natural-, interpelé, creyendo que se trataba del método del rítmo o "natural"
-No doctor, el antinatural- repitió y pasó a explicarme que se trataba de utilizar la penetración por la vía anal como método permanente de relación sexual, con el cual se sentirán seguros y al parecer satisfechos ¡No termina uno de aprender!.

Otros casos llamativos son la recuperación de cuerpos extraños, ¡Todo tipo de objetos!, de los genitales tanto de hombres como de mujeres, usados como parte del juego sexual o como método de autoestimulación. Es así como vemos lápices, alambres, muñecos en los genitales y las respectivas lesiones que producen.

Recordamos varios en especial: una señora llegó con una botella de vino dentro de su vagina. Parece que al utilizarla y manipularla, hizo un efecto de "vacío" que la adhirió a sus genitales, y no fue capaz de sacársela por sus propios medios. Coincidencialmente, la marca del vino era "Cariñoso".

Un joven se introdujo un tubo de luz de neon por el recto. Pasó intacto y sin quebrarse. Como no se lo pudo extraer, consultó al Hospital de San Vicente donde fue operado. Una radiografía que aún se conserva en el museo de cirugía lo confirma.

En Apartadó un señor consideró que la mejor forma de calmar su ansiedad sexual era sentarse en un aguacate verde, inmaduro, previamente lubricado; tuvo la mala fortuna de no poder dominar la situación y el aguacate se le introdujo completamente por el recto. Por la inflamación del esfinter, no fue capaz de sacárselo y consultó al hospital. Inicialmente no le creían. Cuando lo examinaron y vieron que era cierto, se intentó sacarlo directamente, pero ni con anestesia fue posible. El paciente terminó con cirugía, se le realizó colostomía (derivación del intestino grueso a la pared abdominal) y hoy todavía, todos en Urabá recuerdan la "cesárea del aguacate".)

Y hablando de colostomías, una paciente que trabajaba en un bar y ejercía la prostitución, recibió una herida por bala en su abdomen por lo que fue operada. Como el colon estaba comprometido, le fue practicada una colostomía. El programa era citarla nuevamente en 2 meses para operarla, cerrarle la colostomía e introducirle nuevamente el intestino grueso al abdomen; como a los 3 meses no aparecía, la trabajadora social del hospital la llamó para programarla y cual no sería la sorpresa cuando la paciente contestó:

-Doctora, yo le agradezco mucho, pero desde que tengo la colostomía, me gané un huequito más y estoy ganando el doble de plata.

Según supimos, muchos de sus clientes le pagaban más dinero por permitirle tener relaciones por la colostomía. Caso similar fue el de un preso de la Cárcel de Bellavista que tenía la colostomía por la misma causa y un día resultó con una infección de la piel circundante. Cuando se le hizo un cultivo de la pus, resultó ser un gonococo, bacteria de transmisión sexual.

-Yo soy todo un varón, doctor. No piense nada malo de mí, pero con la colostomía gano mucho billete, imagínese, me hacen fila..-Pero a mí lo que me gustan son las hembras, si a veces me toca tocarle las pelotas a un fulano, no quiere decir nada porque yo no miro ni siento nada, por que ¡yo soy todo un varón! Y no se la dejaba cerrar. Se ganó varias enfermedades venéreas, y el hombre tranquilo ¡como todo un varón!

Otra vez realizando una visita domiciliaria a unos pacientes del seguro social, nos tocó atender un joven que tenía una fractura del femur, y que mientras esperaba cirugía como tratamiento se le aplicó una tracción del muslo con un dispositivo de poleas y pesas, que lo mantenía reducido a la cama. Cuando llegamos a su casa de Aranjuez, nos dejaron esperando en la sala casi l0 minutos, al cabo de los cuales salió del cuarto un señor todo agitado y apurado; según supimos luego, el paciente se dedicaba a la prostitución y aún en esa penosa situación de salud no dejaba de atender a su selecta clientela.

Otro caso que viene a cuento, aunque se sale un poco del tema, es el de la paciente a quien realizamos su control de embarazo en Urabá, una indiecita de 30 años, que cursaba su ¡décimocuarto! embarazo y a quien le había fracasado, primero la ligadura de trompas y luego la vasectomía a su esposo; nos pidió el favor de que le escogiéramos el nombre de su hijo. Cuando le preguntamos por los nombres de sus anteriores hijos para tener ideas, nos hizo la lista: -Rosa, Roberto, Rosmira, Rogelio, Roque, Rodrigo, Ronaldo, etc. como ven todos los nombres empezaban por Ro, Ro, Ro,... En ese momento yo, presa de un guayabo atroz y con el mamagallismo puntudo me dio por decirle:

-Yo le tengo el nombre para su hijo; pongámoslo Rocanrolemilio, que es el nombre de moda en Medellín-.

-Hágame el favor y me lo escribe, Dotor pa' que no se me olvide, que mi comadre me lo lee- me respondió mi paciente, una pobre campesina, indígena, del último rincón de Urabá.

A los meses supe que la señora me había creído el cañazo, que en realidad había puesto a
la criatura el nombre (nombre?) de Rocanrolemilio. Pobrecito, todavía me debe estar buscando; con esa chapa, si sobrevivió, debe ser epilético el condenado.




Otras lecturas recomendadas en este blog:

CASOS Y CUENTOS DE AUXILIARES DE ENFERMERIA





Y RESULTA QUE SE MURIÓ MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ



TUESDAY, JANUARY 15, 2013


Coloquio en memoria de Mario Escobar Velásquez

Poco después de su muerte, la emisora cultural de la Universidad de Antioquia reunió a los escritores Emilio Alberto Restrepo, Luis Fernando Macías, Lucía Donadío y Angel Galeano para realizar un coloquio en memoria del escritor Mario Escobar Velásquez y hablar de la profunda influencia que había tenido en ellos y en general en el panorama de las letras en Antioquia y su importancia como gestor de talleres literarios en Medellín. Este archivo es un homenaje a tan entrañable personaje. Se recrea su vida y su obra y se rememora la forma como cada uno lo vislumbró y de qué forma influyó en su formación como amante de las letras.

En este enlace se puede escuchar el programa completo(click en la flecha):


click en:

MONDAY, SEPTEMBER 24, 2012








Y RESULTA QUE SE MURIÓ MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ
Emilio Alberto Restrepo Baena

Y resulta que se murió Mario Escobar Velásquez, el profesor, el amigo, el escritor, el maestro del taller y de la vida. Y lo digo con sorpresa y con asombro, pues los que conocimos su reciedumbre y nos chocamos de frente con su carácter y su ego, llegamos a pesar en algún momento que era posible que esa enorme mole de cuerpo y de cerebro fuera inalcanzable por la vejez, la enfermedad, el deterioro o la muerte. Incluso cinco días antes de la cirugía que tenía programada para extraerle el habitante maligno que lo venía consumiendo, ya tenía programadas las actividades con el taller literario para dentro de unas semanas, ya tenía preparada la selección de escritores de ASMEDAS, había entregado a la Universidad de Antioquia el texto revisado y definitivo de la ANTOLOGÍA COMENTADA DEL CUENTO ANTIOQUEÑO VOL II y hacía revisiones constantes de sus once libros inéditos para enviarlos a concursos o esperando una próxima edición de ellos que no logro obtener en vida.

Y eso que estamos hablando de un hombre joven de 78 años de vida (Támesis, 25 de Noviembre de 1928) que odiaba la vejez y las taras y limitaciones que connaturalmente suelen acompañarle, que nunca perdió la coquetería ni la galanura con el bello género, que cuando asumió en serio el oficio de escribir con sus demonios y compulsiones trató de no estar ocioso sin producir y se condolía cuando le abandonaban temporalmente las musas,(prueba de ello son los 20 libros publicados, con varias reediciones, en una vocación editorial tardía que arrancó cuando tenía cerca de 50 años). Pero de su sólida y formidable trayectoria como escritor ya se han hecho varias semblanzas por algunas respetables plumas del ámbito intelectual (Juan José Hoyos, Luís Fernando Macias, Esteban Carlos Mejía, Nicolás Martínez, Juan Diego Mejía). Hoy rescataremos su otra faceta productiva en la que muchas personas sufrimos y gozamos de su directa influencia y supervisión: Director y guía de los talleres literarios más importantes de la ciudad.

Y llamaba la atención su talante adusto que encubría una gran sensibilidad (le vimos llorar al menos dos veces en el taller, emocionado por un texto vibrante sobre su perra Rufa y otra vez acorralado por la nostalgia incontenible de un viejo amor de juventud) y una enorme generosidad con los alumnos, cosa por lo demás exótica en muchos escritores que sucumben ante la mezquindad y la envidia; la brusquedad con que acometía sus críticas punzantes, en ocasiones interpretadas como hirientes, cuando fustigaba un texto flojo o mal tratado desde el punto de vista de la gramática o del lenguaje, casi nunca desde el estilo, aspecto que trataba siempre de respetar. Porque en este aspecto era insobornable: su obsesión era ser riguroso con la norma gramatical, con el sentido preciso de la palabra, con el uso puntual de las herramientas del lenguaje literario, pues decía que así como un artesano, un artista o un cirujano para ser buenos y competentes en el oficio deben dominar los conocimientos y los instrumentos necesarios para su quehacer cotidiano, un escritor que se precie de serlo debe ser absolutamente comprometido con su arte y debe dominar el instrumento principal: las palabras. Las debe domar y amansar, moldearlas hasta encontrarles el espacio y la forma precisa para darles su verdadero valor, buscar hasta la saciedad la perfección de las figuras que hacen la diferencia entre un texto bueno y uno malo (recuerdo verlo conmovido con una metáfora que lo atropelló: “La tristeza me hizo metástasis”), preservar el estilo y darle una personalidad propia e identificable de autor a las obras; evitar el conformismo, el estancamiento, la pereza, la petulancia, el exhibicionismo que son males crónicos que entorpecen el verdadero sentido del escritor: escribir, independiente de la pantalla y la figuración. ( Se burlaba de los aspirantes a escritores a los que “un poema les alcanzaba para 87 cocteles” o de los que querían ser escritores sin escribir, sin tallarse, sin querer asumir el parto de garrapatear una página en blanco sin aceptar el reto de torcerle el pescuezo a esa fiera burlona que reta a la imaginación).

Era un personaje muy especial. De una cultura general portentosa producto de los cientos de libros de todo tipo que devoró con un sentido crítico sin dar por sentadas sofismas, paradigmas y verdades de a puño que castraban la imaginación. De un rigor conceptual que en ocasiones caía en la obstinación, aunque con la nobleza suficiente para enmendar un error cuando se le demostraba. (No exento de un orgullo burlón que esperaba una pronta revancha con el alumno que le hacía caer en la cuenta de él). Buscador del término exacto en el contexto preciso, interpretándose en ocasiones como “rebuscado” o usuario de arcaísmos en desuso. El lo justificaba diciendo que escribía para él, para su propio deleite, que no era problema suyo si el lector era poco ilustrado o poco dado a resolver las dudas o la ignorancia desentrañando en su inseparable amigo el diccionario de la RAE, en todo esto alumno fiel de su admirado Borges. Usaba con mucha gracia y asombro de sus alumnas, las palabras soeces cuando era preciso y necesario. (Sabía que ninguna palabreja reemplazaba un buen hijueputazo oportunamente escupido.) Odiaba a los deportistas, a los personajes de moda, a los faranduleros en su cuarto de hora; lo desesperaban los lugares comunes, los escritores luminarias fabricantes de bestsellers y de libros de autoayuda. También las reuniones de literatos por considerarlas “unas pasarelas de “besaculos” y una “suciedad de mutuo elogio en las que la sonrisa prefabricada e hipócrita era sólo el preámbulo a la puñalada trapera”. Se burlaba de la fama y hacía un doloroso contraste con el olvido y la ingratitud que son más poderosos y duraderos que cualquier sentimiento de envanecimiento y de gloria que engañan con sus dulces mieles a los desesperados buscadores de reconocimiento y figuración.

Era amante de la poesía amorosa, de los cuentistas clásicos, de los sonetos perfectos, de las canciones populares de factura romántica, de las mujeres bonitas, de las conversaciones inteligentes. Era abierto a los hallazgos de un alumno con un escrito ingenioso; amaba las metáforas eficientes, se derretía con una buena idea, con un tratamiento novedoso para un tema convencional. Se aburría hasta el bostezo irreverente con la falta de talento o de interés y no tenía ningún problema en ubicar con un tono pedagógico, pero que no daba opciones, a un diletante poco dotado para el oficio. Muchos se resintieron por ello con él, pero algunos le agradecieron el haber sido honesto y franco, para evitar seguir perdiendo el tiempo en algo que no era lo suyo. Por el contrario, cuando veía madera en alguien, era el principal entusiasta para apoyarlo, para llevar personalmente artículos para MOMENTO MEDICO, para LA HOJA o para la revista de la U. de A. Acompañaba y hacía personalmente el discurso principal en los lanzamientos de los libros de sus discípulos y era un eficaz multiplicador de sus logros. Y eso para un cachorro de escritor que apenas está empezando no tiene precio, se agradece de por vida y no se olvida nunca. Era uno de los más veteranos directores de talleres literarios del país y posiblemente uno de los más constantes: Cerca de 25 años perseverando en un oficio ingrato en el que empiezan 40 y terminan 5, la mayoría desencantados, en justicia, más por ellos que por él, pues Mario tenía claro que escribir no es para todo el mundo, que se necesita un talento natural que no todo mundo tiene, con un gran sentido del sacrificio y una incansable búsqueda de temas, de correcciones interminables, de trabajo sin descanso. (Retomaba el trillado adagio de “un 5% de inspiración por un 95% de transpiración) Y lo duro es que no todo el mundo lo entiende así, no es fácil aceptarlo sin dolor y por eso cierta fama de brusco, de prepotente, de preferidor, de arrogante, conceptos que en perspectiva no le hacen justicia. Simplemente sabía del arte de escribir y de enseñar a hacerlo y no era muy amigo de lo eufemismos.

Le debemos toda la gratitud, le esculpiremos un perenne espacio en el corazón y en la mente, es mucho lo que lo vamos a extrañar. Finalmente, parafraseando su estilo cuando se refería a los cadáveres exquisitos que le tallaron los recuerdos hasta el punto que se hicieron merecedores de sus crónicas de antología, LOOR A SU MEMORIA, MAESTRO.

P.D. Respetuosamente invitamos a las directivas de ASMEDAS a revivir el último proyecto de Mario, la selección de los mejores cuentos de los talleristas. En esto puso todo el aliento y el entusiasmo de sus días finales. Otra idea bien interesante es sensibilizar a las universidades que lo acogieron, EAFIT y U de A, para publicar póstumamente uno de sus libros inéditos, el de Perfiles Humanos, el poemario o alguna de sus novelas. Ese sí seria un verdadero homenaje a una persona que entregó lo mejor de su talento a nuestra institución gremial.






En esta entrada se recogen algunos de sus conceptos literarios sobre el arte de escribir, recopilados por algunos de sus alumnos:

http://decalogosliterarios.blogspot.com/2015/03/decalogo-de-mario-escobar-v-desde-el.html