Sunday, May 29, 2005

UNA AMARGA DESPEDIDA

UNA AMARGA DESPEDIDA
Emilio Alberto Restrepo Baena
Cuando Jesús Vásquez cumplió su ciclo como Médico en Urabá en junio de l986 y decidió irse para Medellín a especializarse en Cirugía General, fue objeto de varios homenajes y despedidas, pues su gestión fue bastante bien calificada y la gente alcanzó a apreciarlo mucho. Entre los agasajos que recibió, nunca podrá olvidar el que le tributaron los muchachos del grupo de la Cruz Roja del Mar en la playa de Punta de las Vacas, un viernes al caer la tarde.

El grupo de la Cruz Roja del Mar estaba compuesto por 40 jóvenes estudiantes de bachillerato de Turbo y su objetivo era suplir un vacío de paramédicos en la región, formando expertos en primeros auxilios, operaciones de rescate, educación a la comunidad y lucha contra la drogadicción.

Chucho, como se ha llamado siempre al médico, se integró bastante bien con todos los jóvenes del grupo y se sintió muy a gusto cuando ellos le propusieron irse para la playa a bailar, a cantar y a contar anécdotas. Ni siquiera a tomar trago, pues era un pacto que mientras tuvieran el uniforme, nunca lo harían. Todo transcurría normal. En medio de la tristeza por la partida del galeno, se sobreponía la alegría y bullaranga propia del litoral; los muchachos hacían dinámicas y se bañaban en una especie de piscina natural que se formó en la Punta de las Vacas, rodeada por un lado de piedras grandes y por el otro de manglar.

Cuando estaban nadando, uno de ellos, Juan de la Cruz, gritó: ¡Hey, pilas que me ahogo! y diciendo eso, todos vieron como el joven era literalmente hundido hacia el fondo, como si hubiera sido arrastrado, sin ofrecer resistencia.

Era raro lo que estaba pasando, pues Juan de la Cruz era un negro de l6 años, que sobresalía por su color, su fuerza y su tamaño, cercano a los l.90 metros. Era un verdadero yanqui, experto nadador.

-Tuvo que ser un animal-, dijeron los compañeros. Algunos se tiraron a buscarlo con careta de buceo, pero fue inútil, no se veía por ninguna parte.

-Eso fue que un tiburón lo jaló pa' los cantiles- dijo otro, refiriéndose a las cuevas submarinas donde habitan meros y demás escualos.

Ante el desconcierto y la desesperación de todos, y habiendo trascurrido más de media hora, cuando ya todos daban por segura la muerte del negrote, decidieron acudir a todo el que pudiera prestar ayuda: vinieron buzos de Unibán, de la Defensa Civil, de la Marina; bloquearon con barcos la costa, la cercaron con casi 4 Kilómetros de chinchorros, trasmallos, redes y atarrayas. Buscaron en todos los rincones. Ninguno lo encontraba. Cundía ya una angustia generalizada. Todo Turbo se movilizó a la búsqueda o se unió a la expectativa; hubo rezos, llantos, invocaciones, todo un despliegue metafísico y teológico. Fue en este momento cuando Chucho, líder natural del rescate y responsable del grupo, se acordó de Emeterio.

Emeterio era un negro bajito y sombrío, grueso y callado, de piel oscurísima, ojos brotados e inyectados de un rojo permanente, manos enormes, que ahora a sus sesenta años trabajaba como vigilante del hospital. En su juventud, figuraba como mujeriego, rufián, pendenciero, y mal sujeto. Luego de una enfermedad que casi lo mata, se convirtió a los Testigos de Jehová, transformando completamente su vida. Siempre lo persiguió la fama de secretero y medio brujo y de él se decía que tenían extraños poderes; todos le reconocían sus grandes habilidades como pescador; (fue él quien pescó la ballena del Colegio San José de Medellín). Cuando Chucho llegó a su casa, a eso de las 4 de la mañana, el negro lo miró, con sus ojillos brillantes y enrojecidos.

-Te necesito, Emeterio- dijo el médico.

-Ya lo sabía y aquí lo esperaba- contestó.

-¡Vamos!-. El negro decidió irse en su lancha solo y Chucho lo hizo en el carro del hospital.

Las primeras luces del amanecer vieron a Emeterio remar lentamente en la Puntas de las Vacas. En algún momento se paró en su bote, elevó sus brazos al cielo como quien invoca a una fuerza superior, luego con su machete cortó una vara larga y se dirigió remando hacia el manglar. Allí, sumergió la vara y como por arte de magia, el cadáver de Juan de la Cruz flotó en el agua. Todos miraban estupefactos, cansados y aturdidos, pero felices de recuperar el cuerpo. Lo velaron sin amargura, con una resignada tranquilidad.

Nunca se supo qué mató a Juan de la Cruz. Su cuerpo estaba intacto, sin signos de violencia. En su corazón no había evidencia de infarto o enfermedad cardiaca. No se precisó si hubo derrame cerebral o alguna hernia de disco en su columna vertebral. El misterio sigue rondando. Cuando Chucho preguntó a Emeterio cómo había logrado ubicar el cuerpo, éste se encogió de hombros.

-No hay que tratar de entenderlo todo, médico, lo importante fue que el cuerpo apareció y ya su alma puede descansar en paz-.

En silencio Chucho comprendió que no debía preguntar más. Era una amarga despedida. Bajó la mirada y entendió que la vida debía continuar..