Monday, December 25, 2006

CRONICAS SOBRE RUEDAS

CRONICAS SOBRE RUEDAS
Emilio Alberto Restrepo Baena


PICAROS SOBRE RUEDAS


Hemos comentado en otras oportunidades la forma tan variada como se puede hacer uso del automóvil, adecuándolo a cualquier actividad humana, independiente de la intención que la motive. Los aspectos socialmente útiles de los transportes los conocemos de sobra. Hemos discutido también la utilización anómala e ilegal que de los vehículos se hace; hoy hablaremos de aquellos que utilizan los automotores para una suerte de hechos que son de difícil clasificación jurídica, ya que se debaten peligrosamente entre la legalidad y la marginalidad.

En nuestro medio son muy comunes los avivatos, aquellos seres privilegiados por la inteligencia, azuzados por la necesidad, estimulados por la estupidez ajena y bañados en el tibio manantial de la falta de escrúpulos. Es legendaria la astucia y la suspicacia de aquel especimen humano marcado por el sino del nomadismo, de la inmediatez, del hedonismo; sus armas son su mirada penetrante, su verbo poderoso, su intrepidez a toda prueba, sus rápidos reflejos, su sentido de la oportunidad.
Son aves de rápido vuelo y no escatiman cualquier ocasión para desplumar a los incautos.

Uno muy típico es aquel predicador religioso que se dice investido de un soplo divino, que se proclama por encima del bien y del mal y que pregona por todas partes el carácter espiritual de su prédica. Usualmente devuelve con una sola oración la voz a mudos que a duras penas contienen la carcajada; la fuerza en las piernas a paralíticos imposibles, fuertes como bultiadores; exorciza epilépticos, extrae demonios, saca sapos del cerebro y culebras de los hígados; canaliza en forma demasiado sagaz para la imagen que publicita la estupidez y el fanatismo de sus congéneres; luego reparte con sus socios las pingües ganancias y repite la actuación en otro pueblo, mientras las pobres beatas quedan convencidas de haber visto al enviado del señor, el alma pura de los comulgadores se fortifica para seguir luego injuriando a Dios y pisoteando al prójimo y las viejitas miran con pasión las estampitas y recordatorios del santo de marras.

Otro bellaco muy famoso era un enano que transportaba en un camión a tres prostitutas añosas, feas y varicosas pero de mucha chispa. Viajaron por muchos pueblos de Antioquia y de la Costa ofreciendo los servicios en el propio carro, que aunque destartalado, estaba acondicionado. Mucha gente aún los recuerda desde la época del oro, pues además del aspecto tan particular que representaba la caravana, eran ansiosamente esperados por los clientes y por los médicos, pues no fueron pocas las venéreas que diseminaron. Las viejas eran honradas y parranderas y el enano avaro y pendenciero. Todo terminó cuando un cliente, urgido y desplatado quiso disfrutar sin pagar. Aún debe estar el pigmeo pagando cárcel por las 20 puñaladas que le propinó. Después de eso, el negocio nunca prosperó; supe de una de ellas que terminó vendiendo tamales, gorda y desdentada a la salida del estadio de Medellín. El cadáver de otra fue a dar a una facultad de medicina donde fue reconocida por un médico que hizo el año rural en uno de los pueblos del recorrido.

Los vendedores ambulantes de rifas de autos lujosos, apartamentos en la costa y otras fantasías, son otros que se han hecho ricos vendiendo fantasías de pueblo en pueblo. Aún estamos buscando al primer ganador de un premio de esos...

Uno muy común es el cambalachero que carga con su almacén de baratijas a cuestas y que se desengüesa en todas las plazas públicas, de todo cuanto cacharro inútil puede imaginarse uno; le da gusto al campesino: "con tal de que sea barato, no importa que no sea bueno". Armado de parlante, riega en el suelo su mostrario y su parla hace el resto; hemos visto cómo vende brasieres usados, dos botas izquierdas, pantaloncillos de terlete en tierra caliente, almanaques viejos, etc.



Los vendedores de felicidad son también bastante conocidos: venden pócimas para al amor, amuletos y talismanes, echan mal de ojo, leen las manos, la ceniza, el periódico, adivinan la suerte, promocionan un mentol para aumentar la potencia sexual y el tamaño del miembro viril, tienen unos polvillos que administrados a las féminas de nuestra apetencia las excita y nos permite echarles los idem; en todas las poblaciones que visitan tienen público y por lo tanto éxito.

Para no extender más un tema tan conocido por todos, baste recordar que mientras exista gente que compre, habrá quien venda. Siempre habrá quien llene las expectativas que crea la ignorancia, la pobreza y la falta de imaginación. Y eso que hoy no hablamos de los políticos. Suspendemos aquí pues tenemos que salir de correría por varios pueblos.
..



ROMEOS AL VOLANTE

Durante siglos los poetas y juglares inspiraron los versos que componían a sus amadas en situaciones y cosas, palpables o nó, pero de indiscutible tradición romántica: La luna, el arroyo, el atardecer, el canto de un pájaro, e incluso presas anatómicas como el pelo, los ojos, las manos o la piel, pero siempre conservando muy juiciosamente los límites entre lo lírico y lo mundano.

Encontramos hoy una derivación de la poesía moderna que parece haber recibido su formación en las oficinas del INTRA, pues un aspecto de aparición constante en sus sentidos cantos es la presencia de un vehículo.

Estos modernos Romeos motorizados, a quienes uno no sabe ya si pedirles la partitura o la licencia de conducir, gozan de la aceptación popular y sus canciones son bastante conocidas.

Tal vez la primera canción que conocemos que ronda el tema, aunque en una versión bastante arcaica, es aquella del maestro Atahualpa Yupanqui que denota su preocupación nula por la lubricación y que hoy le acarrearía una multa por contribuír al ruido de la ciudad:

..."Por que no engraso los ejes,
me llaman abandonao,
si a mí me gusta que suenen,
pa' que los quiero engrasaos"...

En el extremo opuesto, Roberto Carlos, mientras hace severas advertencias a la amada que lo ignora, hace pública su protesta por lo que considera polución ambiental por estridencia:

..."El ruido enloquecedor de su auto,
será la causa obligada o algo así"...

Pero a Roberto no siempre le ha ido mal con las mujeres y los carros. Al comienzo de su carrera se montaba en los segundos para poder hacer lo mismo con las primeras. Recuerden "Mi cacharrito...".

..."Ustedes me perdonan
pero ahora yo me voy.
Existen mil muchachas
que quieren salir conmigo.
Y todo es por causa
de mi cacharro"...


Otras no han tenido la misma fortuna y sus vehículos han tenido serios desperfectos. Las canciones han plasmado su grito lastimero:

..."Yo le daba manivela...y nada,
le cambiaba batería...y nada"...

O más de malas Lizandro Meza que después de hacer una exhaustiva revisión de su carro, se encuentra conque:

..."Pipiripí, pipiripí,
es el ruido de mi carrito
que suena así"...

Vemos también como se han enriquecido las listas necrológicas de los cementerios, las acciones de las funerarias, los propietarios de los talleres de reparación y los que más han sufrido, además de los cantantes, son los novios, las madres y las compañías de seguros. Esto lo han narrado algunos artistas con la maestría apenas esperada de la crónica roja de un periódico sensacionalista bogotano. Recordemos a Alci Acosta:






..."Yo iba manejando,
iba a más de l00.
Era ya de noche
y no podía ver...
...Había un letrero de desviación,
el cual cruzamos sin precaución"...

En fin, todo termina como suponemos, ella en el cielo con alas y tocando arpa y él presa de remordimiento y del desespero por ciego, bruto, correlón e irresponsable. Y eso que no se le ha hecho la prueba de la bomba para conocer el estado de embriaguez. Creemos que no lo confesó todo. Hablando del pobre Alci, es conocido como el "asesino del piano"... En cada canción mueren trágicamente dos o tres personajes. No nos referimos por supuesto a su forma de tocar aquel instrumento, como podrían pensar algunos malintencionados.

El Caballero Gaucho nos cuenta la historia de un pobre diablo que mientras corre a recoger un juguete que un rico tira de un balcón, perece a manos (a llantas) de un auto fantasma. No se hasta donde, pero me parece ver un cierto aire de lucha de clases. Hasta comunista que será el tal Gaucho. También el maestro Alejo Durán se deja sentir con un canto que no sabemos interpretar, o bien, como la queja por un amor perdido, o como la denuncia de un secuestro:

..."Ay es que me duele,
es que me duele,
válgame Dios.
039, 039, 039
se la llevó"...

Así mismo, Piero utiliza el pretexto de un auto para hacer pública su crítica social y su envidia sexual:

... "Pasa un Mercedes con chapa extranjera, llevando la amante de un tipo cualquiera...
Pasa un Mercedes con chapa oficial,
llevando la amante de un general"...

Por último, está el aspecto contrario. La voz de un frustrado Pablo Abraira que respirando por la herida de proletario, grita a cuatro vientos su pobreza, cuando lo que necesita urgentemente es una cuenta de ahorros en el Banco de Colombia:

... "Yo no tengo carro,
yo no tengo casa,
yo no tengo nada,
pero estoy TRANQUILO"...

Dejemos la cosa aquí. Hay muchas más canciones de románticos motorizados. Para otra ocasión les prometo la letra completa de "Candonga de los Colectiveros", de Les Luthiers, "Bus Urbano", de los Amerindios y el "Blues del Autobús". Se que las disfrutarán.

A PROPOSITO DE LO NACIONAL

Si observamos con detalle algunas características de nuestro particular sistema de transporte, podemos concluír que no tiene nada que envidiarle a los tan promocionados y sofisticados adelantos técnicos que han hecho furor en Europa y USA.

Para demostrar lo anterior, veremos que no es necesario hacer ese derroche económico y tecnológico que hacen las potencias; basta una buena dosis de imaginación y malicia indígena para alcanzar el nivel de perfección del que ellos hacen gala. Incluso podemos afirmar que muchos de los descubrimientos que se ponen al servicio del gremio transportador ya tenían en nuestro medio su versión más precaria y no por ello menos eficiente. Incluso podemos jactarnos de ser precursores y descubridores de artefactos que ellos perfeccionaron y publicitaron. Todo ésto con el fin de demostrarle a los malos patriotas, que se ensañan contra lo nuestro y se dedican a despotricar de lo propio y a ensalzar lo extranjero, que aquí también se avanza en forma paralela a los países que van a la vanguardia.

¿Recuerda Usted amable lector, aquellos buses usados por el sistema Nazi para eliminar judíos? Nosotros tampoco. Pero investigando supimos que las víctimas eran encerradas en los vehículos, se les llevaba a un lugar desolado y allí, luego de cerrar herméticamente las ventanas, eran sometidos a los efectos de unos gases venenosos. Para la pesada broma usaban cianuro y otras dulzuras. Francamente, es propio de un macabro sentido del humor y de pésimo gusto hacer de los buses una cámara de gas ambulante. Pues bien, aquí no nos quedamos atrás. Incluso estando las ventanas abiertas, muchos de nuestros buses podrían competir por el premio "El Rey del Cachupe", en cuanto a la proliferación de pestilencias y hedores se refiere. Si Usted es valiente, arriésguese a montarse sin máscara de oxígeno en un bus urbano a las l2 del día; huele a campamento de gorilas, a carcajada de león, a vueltacanela de cura, a sobaco de cotero. Ni los de Buenos Aires escapan a tal situación. A ello contribuyen además los que encienden muy tranquilos un tabaco en un bus atiborrado de sudorosos pasajeros. O el niño que no controla su esfínter ante la amenaza de una diarrea inminente. O el borracho que vomita sin consideración de nadie.

También se jactan en las películas, de los vehículos que tienen T.V. o pantalla de cine para brindar espectáculo a los usuarios y hacer un viaje menos monótono. Aquí el espectáculo es real, en vivo y en directo, dejando por el suelo a los pretenciosos gringos; diariamente se ven a través de las ventanillas atracos, robos, disparos, puñaladas, a la altura de cualquier programa infantil norteamericano.

No faltan los mendigos con sus inverosímiles historias o con sus enfermedades desgarradoras e impresionantes que reemplazan con creces las telenovelas venezolanas o los programas médicos. Las escenas eróticas también se observan con cierta frecuencia y no son raros los musicales a cargo del talento nacional que diariamente destroza tímpanos en los buses.

Siempre nos han hablado de los casacarros, apartamentos rodantes aptos para el sueño, el descanso, el amor y todos los ingredientes de la vida diaria. Pues aquí también los hay. Recordamos a un paisa que consiguió plata siendo celador de un guardadero de buses, los cuales alquilaba por horas a las prostitutas que conseguían clientes y a las parejas de novios o de homosexuales. Era tan conchudo que les alquilaba incluso el colchón y les vendía trago y gaseosas. Además cobraba por dejar consumir vicio dentro de los buses, por guardar corotos de vendedores ambulantes en ellos, por esconder malandrines y por dejar dormir borrachos. Su buena estrella se extinguió el día que dejó que un tipo metiera unas cajas que contenían 80 gallinas: El plumero, la rila y el olor hicieron el resto y el negocio se derrumbó.

Son comunes en el extranjero las competencias de vehículos pesados. Aquí diariamente y en forma espontánea se organizan carreras de buses o camiones en las calles de la ciudad, con metas volantes en los chequeaderos y con bonificación al que más cristianos mate y más carros destroce.

Se habla mucho de los carros con chofer automático, que funcionan por medio de un mecanismo electrónico y de radar. Aquí los carros de los borrachitos saben el camino de regreso a casa; los de las señoras llegan sanos y salvos a los costureros mientras ellas se cuentan a gritos, de un carro a otro, la última chiva o el capítulo de la novela de la noche anterior; los de los amantes llegan indemnes a su destino mientras ellos cumplen al pie de la letra el precepto bíblico de amarse y multiplicarse.

Los buses de dos pisos, tan típicos de la vieja Inglaterra, tienen aquí su antecesor en el bus de escalera, que monta hasta 300 campesinos y 80 bultos en el capacete. Eso sin contar las "chivas" tan comunes en las costas que hacen proezas no menos impactantes.



En cuanto a lujo no hay por qué sentirnos apocados. Cada bus y cada taxi llevan cerca de 40 kilos de adornos y confituras haciendo de ellos cacharrerías y misceláneas ambulantes en el sentido más lobo del término. Hubo un Pisco que a su camión le adaptó sauna, piscina, gimnasio, pista equina, caballerizas, dormitorios, sala y estadero. El único problema fue que quebró porque no le quedaba espacio donde llevar la mercancía que le encargaban y porque le quedó un poco difícil ponerle ruedas a la finca donde montó el entable. Hoy está en el hospital mental convencido de que es un medicamento para el estreñimiento.

Como vemos, no tenemos por qué sentirnos menos que los demás. Tenemos que ser más conscientes de lo nuestro, apoyarlo, rechazar la penetración tecnológica y cultural del imperialismo extranjero. O.K.? ¡Thank you!.

UN LUCRATIVO NEGOCIO
La mendicidad ha sido a través de la historia de la humanidad un lucrativo negocio. Hay escritos griegos y romanos de siglos antes de Cristo que ya hablan de su existencia; incluso la biblia nos da testimonio de ello. Pero hay una sutil diferencia entre los mendigos de hoy y sus milenarios antecesores. Estos incurrían en el oficio como consecuencia de una clara e invalidante incapacidad física o una miseria libre de toda sospecha. Aquellos hacen parte de un gremio claramente definido al cual lo único que le falta para ser legalmente aceptado es personería jurídica, estatutos y sindicato y cuyos miembros, con honrosas excepciones, no son limitados, sino seres socialmente desadaptados con una irredimible e indomable vocación para la pereza y la improductividad y que han hecho del vicio de pedir, un oficio altamente remunerado.

Y no es que bajo una óptica fachista y carente de sensibilidad pretendamos desconocer lo crítico de la situación económica que actualmente afrontamos. No faltaba más. Sólo censuramos el papel de parásitos sociales que asumen algunas personas, quienes con un poco más de sentido común, espíritu y buena voluntad serían productivas. Pero es que estamos regidos por la ley del menor esfuerzo y nuestras decisiones están determinadas muchas veces, más por la sensiblería que por la razón. Y esto lo saben los profesionales del sablazo y lo aprovechan muy bien. Y cuantas veces sucumbimos ante el chantaje emocional que tan magistralmente nos aplican o ante el melodrama de una situación que sabemos irreal pero que no deja de conmovernos.

Y llega a tal grado su sofisticación que ya existen especializaciones; una de ellas es la de los motorizados. Son aquellos que mediante súplicas, o en un acuerdo con el conductor, o incluso "coliados", abordan a los pasajeros con la más variada gama de argumentos, que fluctúan desde los prolíficos, cuya camada nunca baja de los l5 hijos o hermanitos, según sea el caso, hasta los trágicos, condimentados con el asesinato de 2 o 3 personas allegadas y la infaltable presencia de un familiar en el hospital o en la cárcel en los casos más dramáticos y cuando ya vamos por los 40 gramos de lágrimas y mocos, rematan de tal forma el culebrón de historia con l0 días de hambre obligada y un punzante dolor en el alma tal que don Félix B. Caignet, el famoso autor de novelones, se escondería avergonzado por la sensación de incompetencia.

Son también ampliamente conocidos los cantores, aquellos aprendices de ruiseñores que aprovechando la especial circunstancia de montarse sólo en buses atiborrados y a las l2 del día, golpean inmisericordemente los tímpanos de los indefensos pasajeros que lo único que desean es llegar rápido y en paz a su casa y no escuchar esa algarabía de texto incomprensible.

Un espécimen muy clásico es aquel que parece extraído de un libro de dermatología, que al mismo tiempo que pone una cara de tristeza infinita, muestra con un deleite morboso y con riqueza de detalles hasta el último rincón de su llaga purulenta o de su costra adornada con las más variadas especies de gusanos e insectos, o la cicatriz de una puñalada de hace 40 años o el ojo de vidrio que según él, lo somete a torturantes dolores, al mismo tiempo que muestra una averiada fórmula médica con fecha de hace l0 años.

Otro muy común es el místico camandulero que reparte estampas de santos desconocidos o escapularios a cambio de un voluntario aporte.

Comúnmente se aprecian los que en nombre de ciertas entidades invocan la solidaridad y piden colaboración económica.

En fin, vemos cómo de tantas formas es explotada nuestra alcahuetería y la permisividad de un sistema que deja florecer este tipo de lacras sociales, sin facilitar ninguna solución de orden práctico que les brinde posibilidades, los reubique laboralmente o les dé oportunidad de reestructurar su vida, cosa que estamos seguros, muchos no aceptarían pues implicaría renunciar a su cómoda forma de ganarse el pan de cada día.


ESPANTOS SOBRE RUEDAS

Es bien sabido que algunas ánimas en pena son sometidas a un fatigoso e interminable peregrinar, en forma material o inmaterial, por los senderos de lo humano y lo divino hasta que sus faltas sean purgadas con suficiencia. Claro que no todas las almas de pecadores son sometidas a dicho castigo, pero hoy nos interesa hablar de las andariegas, las errabundas, aquellas que tienen que desandar los desolados y polvorientos caminos de la tierra hasta cuando sus fechorías sean amnistiadas y la paz retorne a su atribulado espíritu.

Y más específicamente nos referiremos a aquellos que han sucumbido ante el embrujo de lo técnico y para sus travesuras metafísicas utilizan el automóvil, demostrando así que las antiguas cadenas, los aullidos, los parajes solitarios y los vetustos caserones sólo hacen parte del pasado y que la tendencia que ahora impera en el más allá es la modernización, que avanza conforme a la civilización terrenal.

Y es que además la polvorienta sábana de antaño es sólo un elemento caduco que ya no les sirve para vestirse sino para desvestirse y acostarse sobre ella. O si no, que lo diga aquella hermosa mujer que suele aparecerse a las l2:00 p.m. en la avenida que pasa por el cementerio Campos de Paz y que deslumbra a los trasnochados conductores a quienes pide un aventón, los enamora con su belleza, les conversa y pasa con ellos una noche inolvidable; luego les pide que la dejen en una dirección determinada pero antes pide prestada la chaqueta al cándido tenorio. Al otro día, éste va a su casa y la madre de ella con extrañeza, enfado y lágrimas le dice que su fugaz dulcinea pereció hace dos años, que está enterrada en Campos de paz y que su vida no fue propiamente un dechado de virtudes (al parecer su muerte tampoco). El pisco se extraña e incrédulo va a la tumba y preciso: allí encuentra la chaqueta. Por lo menos si la castidad no es su fuerte, aún conserva su honradez.

O el del tipo que todas las noches ofrecía una bonita suma de dinero a los taxistas para que lo subieran a la loma de Pajarito a los ll:00 p.m. Muchos se negaban en vista de lo peligroso del lugar, pero otros aceptaban. En plena loma el carro se detenía inexplicablemente, el chofer lo creía averiado, nuestro espanto le decía que tenía deseos de orinar y se perdía por la manga, obviamente sin pagar la tarifa. El chofer, luego de mentarle mil madres y presa del pánico por lo tenebroso del sitio, lograba prender el carro y huir de allí para seguir trabajando... Así lo hizo varias veces hasta que un chofer que conocía la historia recogió al espíritu mión y mala paga, le dió juego, decidió seguir su rastro en la oscuridad hasta que descubrió una luz que después, y para resumir el cuento pues aún tiene mas detalles, resultó un cuantioso entierro.

También están las fondas camineras que deslumbran por su alegría al camionero novato, el cual hace allí un alto y disfruta de una juerga inolvidable. Al despertar, presa de un guayabo atroz, se descubre tirado en una manga con el camión y todas las pertenencias al lado, pero el bailadero escenario de la rumba no se observa por ninguna parte. Lo más extraño es que pierde una semana, es decir, despierta ocho días después del baile todo asustado y confuso, y sin poder explicarle a nadie el por qué de su desaparición. Lo más probable es que haya sido víctima de los llamados espíritus burlones.

Hace algún tiempo hubo un carro último modelo que pasaba pitando y con mucho escándalo a las l2:00 p.m. por Buenos Aires con rumbo hacia Santa Elena. La policía lo seguía y nunca le daba alcance. Sus ocupantes subían muchachas que al otro día despertaban en plena carretera sin saber como habían llegado allí, pero sin ningún signo de abuso físico o atropello sexual que delatara a un malandrín de procedencia terrestre. Alguien dice que es el auto de unos venezolanos que violaron a una joven y que borrachos se mataron en ese paraje, mucha gente cree haberlos visto u oído.


Se comenta de otros espíritus que desvían de su ruta a los camioneros, los guían por caminos desconocidos e interminables y les cambian el rumbo; así, por ejemplo, quien iba originalmente para Cali, termina en los Llanos o en la Guajira.

Algunos camioneros han aparecido muertos en un camión a orilla del camino sin señales de violencia, desnudos, sin evidencia de robo o intoxicación. Se cree que son víctimas de fantasmas que en forma de mujer les piden que las lleve, los seducen y cuando el conductor piensa haber alcanzado la dicha gracias a sus encantos varoniles, la espectral vampiresa se transforma en una horrible bestia, profiriendo blasfemias y alaridos hasta que aquel cae fulminado por el terror. (No sólo en vida dan guerra. Ahora parece que ni después de muertas dejan de producir desasosiego en el hombre).

P.D. En Medellín están floreciendo bandas de "espantos" que hacen que los autos desaparezcan como por arte de magia. Claro que sus métodos son más contundentes, actúan a plena luz del día y al igual que sus colegas del más allá, son un verdadero germen de desconcierto para los choferes.

DEFENSA MINIMA DEL CONDUCTOR
Ser conductor en una ciudad moderna es poco menos que una hazaña. Ciertamente tiene ribetes de odisea sortear con éxito los mil obstáculos que a diario interpone la selva de concreto a los profesionales del volante. Claro que para nosotros, los que estamos al margen de tan ingrata actividad, es muy fácil emprenderla contra ellos haciendo gala de aquella crítica mordaz y destructiva tan característica de nuestro pueblo. Es más sencillo apabullar con un comentario gratuito que entrar a cuestionar el verdadero motivo que determina tal o cual actitud.

Y si muchas veces los choferes han sido víctimas de nuestros improperios, justo es que reconozcamos hoy que en virtud a las vicisitudes propias de su oficio, el comportamiento de muchos ha sido provocado por mil y una causas que atentan permanentemente contra su estabilidad psíquica y emocional.

Recordemos primero la estructura de su trabajo. Parten de su casa muy temprano en la mañana cuando la gran mayoría de sus semejantes duerme plácidamente en la comodidad de sus hogares. Empiezan a recoger unos pasajeros, muy escasos por cierto, que con rostros huraños y gestos hostiles se preparan a cumplir sus obligaciones. Las posibilidades de diálogo son escasas. Las voces de gratitud, una rareza. Y desde este momento empiezan las presiones, los requerimientos sin cortesía, las palabrotas. El vehículo comienza a llenarse y la ruta a cubrirse.

Y éste es otro aspecto. Diariamente hay que hacer un monótomo, repetitivo y rutinario recorrido con una demarcación que no permite variantes ni posibilidades de creación, en carrera permanente contra el reloj y contra la voracidad de los compañeros desleales, en lucha constante contra ese monstruo del tráfico urbano, contra las variaciones climáticas, contra el mal humor de los ciudadanos (que al parecer es ya un mal crónico e incurable).

No hay posibilidades de progreso jerárquico. No hay una factibilidad de ascensos que motiven y fomenten el autoestímulo y el afán de superación. El único aliciente es económico y en escasas ocasiones, vocación de servicio al público.

Y en pleno cumplimiento del deber vienen los agentes de tránsito, muy queridos y responsables unos, ambiciosos, groseros y abusivos otros. En ocasiones entorpecen la labor de un conductor que lo que más desea es prestar un servicio eficiente. En otras circunstancias, aunque la sanción es justa, no deja de ser un factor de indisposición.

También asechan los cacos, aquellos infaltables individuos que quieren vivir a costa del sudor del prójimo y que en todo momento están pendientes para aprovechar el menor descuido y hacer de las suyas con los bienes ajenos. Aquí encasillamos a los "coliados", los cuales no tienen dentro de sus costumbres pagar pasaje ni pedir permiso.

No faltan los dementes que ya son vitales en el paisaje cotidiano de nuestras ciudades y que en medio de una euforia incomprensible y utilizando un lenguaje indescifrable, dan rienda suelta a su pasatiempo favorito: el tiro al blanco contra el parabrisas con los más diversos objetos, desde las piedras hasta los adobes, pasando por las varillas de acero e incluso su dura y amotinada cabeza.

Como en los tiempos antiguos, vemos hoy frecuentemente los duelos entre conductores, confrontaciones armadas de dos o más sujetos que sin padrinos ni reglas se la juegan entusiastamente a las puñaladas o a los machetazos. No importan los motivos: una mirada fea, un insulto, una atravesada en el carro, la guerra sin cuartel por acaparar un pasajero y otras pequeñeces suficientes para engrosar las listas de viudas y huérfanos, además de las de valientes idiotas, muertos en la defensa de un oscuro e incomprensible honor.

Son también víctimas del descaro del pasajero que paga con un billete de 2.000, de quien quiere montar un escaparate o un caballo al bus y se enoja porque se lo impiden o le cobran un recargo; del humo, de la bulla, de los mendigos, de las congestiones, etc.

Como puede desprenderse de lo anterior, es un oficio poco gratificante. No son tampoco unas peras en dulce o unos angelicales querubines. Son seres humanos que con sus defectos y virtudes piden ser comprendidos antes que vituperados, perdonados antes que ofendidos. Ya es mucha gracia mantenerse mínimamente equilibrados ante semejantes desestímulos, que en otras personas menos resistentes, sólo desencadenarían fenómenos neuróticos criminales o tendencias homicidas o suicidas.





SADICOS AL VOLANTE

Es innegable la utilidad del vehículo automotor en el proceso de desarrollo, socialización y expansión del progreso humano. Cuestionarlo sería estúpido además de inútil. Sin embargo, las cosas se evalúan no por su condición sino por el uso que de ellas se haga; es aquí donde irrumpe la tristemente recordada especie de los sádicos, aquellos despreciables pero pintorescos personajes que han utilizado el automóvil para satisfacer los fines más ruines y censurables que caracterizan su retorcida personalidad. Hay para todos los gustos, de todos los matices y de todas las tendencias aberrantes y criminológicas. Desde la banda de atracadores de bancos, mitificada por el cine de gansters y cuya figura más representantiva es la pareja de Bonnie y Clide que nacieron, vivieron, se desarrollaron y murieron para el crimen en un automóvil; hasta los asesinos a sueldo que hacen parte de oscuras organizaciones y que hoy ven desplazado el automóvil por otro artefacto más ágil, rápido y funcional: la moto.

Al margen del crimen organizado, se destaca el individuo de tendencias aberrantes que asecha a las parejas de novios en los parques públicos, los aborda y ejecuta actos de violencia sexual; o el tipo que frecuenta lugares públicos generalmente colegios, con su aspecto insospechable y manejando un auto que pasa desapercibido hasta que se descubre que nuestro hombre de la cintura para abajo está en la más absoluta almendra. Su truco consiste en llamar niños y preguntarles datos, direcciones, etc. Hubo en nuestro medio uno muy conocido en los barrios residenciales, que al parecer se mantenía acosado por el calor, a juzgar por sus escasas vestiduras y que resultó ser un conocido ejecutivo, con hijos y con un hogar aparentemente estable.

En otro nivel encontramos al que usa los vehículos para transportar objetos ocultos que de otra forma sería difícil movilizar, como estupefacientes, contrabando, objetos robados, personas secuestradas, e incluso, con un cierto dejo de humor macabro, cadáveres que estamos seguros se encontrarían más cómodos en un carro mortuorio y que terminan al aire libre en algún paraje desolado.

En términos más apacibles y más cotidianos nos encontramos diariamente con una serie de especímenes, que siendo estrictos, merecerían el calificativo de sádicos pues disfrutan de actos que son declaramente molestos para su prójimo, los cuales ejecutan con un inocultable placer.

Encontramos aquí al conductor que metiendo 350 personas en un bus urbano, coloca el último éxito de salsa a l0 de volúmen, mientras se fuma un cigarrillo tras otro. Sin consideración con nadie, se pasa 3 semáforos en rojo a l20 kms por hora y haciendo gala de lo refinado de sus modales acomete a insultos a los atribulados pasajeros que osan llamarle la atención; no crea que son extraños; aquí se dan en cantidades industriales y por generación espontánea.

También es común el que antes de conducir se toma el "arranque" de 18 cervezas y 25 "guaritos", o el típico hijo de papi que para descrestar a las 8 niñas y amigotes que lleva en el carro, anda a enormes velocidades, le quita el silenciador al carro y pitando le desea los buenos días a sus vecinos a las 3 de la mañana, con una eficiencia tal, que el gallo de las Acevedo se sonrojaría de vergüenza. Lejos de nosotros hacer apología a este tipo de comportamiento. Sólo queremos hacerlo reflexionar a usted amable lector y recordarle que estos indeseables tienen permanentemente a su alrededor una serie de pacientes personas que difícilmente se contienen de apretar sus manos contra su cuello y que de hacerlo, automáticamente subirían al pedestal de los héroes, reivindicadores de la dignidad humana
.

UNA PROPUESTA MUSICAL AL DIAGNOSTICO

Cuando uno como ciudadano corriente, del común, (léase peatón, contribuyente, quejumbroso doliente de la cotidianidad) enfrenta la necesidad diaria de transportarse, está en el riesgo permanente, o de morir en el intento o de perder la paz, el equilibrio y neurotizarse. Realmente el desplazarse genera estrés por múltiples razones de todos conocidas. Cierta responsabilidad en el aporte a esa descompensación la tienen los conductores, los cuales a su vez tienen múltiples razones para ser como son. Son una raza especial, un género humano aparte, con una delineación de carácter, comportamiento y personalidad sui géneris. Mucho han analizado tratadistas citadinos, teóricos sociológicos y antropológicos sobre esta situación y sus sesudos comentarios reposan polvorientos en el anaquel de tesis de grado de las bibliotecas universitarias. Diagnósticos cerebrales se han hecho muchos.

Hay unos filósofos argentinos, camuflados de músico-humoristas, conocidos como Les Luthiers, que han afrontado el fenómeno. Para ello compusieron un híbrido entre candombe y milonga llamado "Candonga de los colectiveros", que es como allí conocen a los conductores de colectivos y aquí se extrapola a ellos y a los choferes de taxi y de bus. Se advierte que cualquier parecido con la realidad es la pura realidad. Veamos:

(CORO). Semos los colectiveros
que cumplimos nuestro deber...

No se puede, yo lo siento
ni bajarse o subir
con el coche en movimiento
no me gusta transigir
salvo cuando son ancianos
los que quieren descender
que se larguen, si son sanos
no me pienso detener.

(CORO)

Plata chica no me queda
cuando tengo que cobrar
o me pagan con monedas
o se bajan, ¡que embromar!
Eso si ante la afrenta
de pagarme con diez mil
en monedas de cincuenta
doy el vuelto muy gentil

(CORO)

Corro siempre, nunca aflojo
con coraje, y con valor
si el semáforo está en rojo
acelero sin temor
Pero yo he metido el freno
yendo a gran velocidad
con el colectivo lleno
¡Doy porrazos de verdad!

(CORO)

Cuando llego a la vereda
me aproximo servicial
salpicando con la rueda
al que espera -¡soy genial!
si el asfalto está mojado
a lo lejos del cordón
nunca falta el apurado
que se ligue el tropezón.

(CORO)


Como ven, ni la situación ni la idiosincrasia cambian, desde el polo sureño, hasta nuestro extremo del continente. La misma impiedad, el mismo irrespeto por el prójimo, las mismas costumbres, igual insatisfacción ciudadana.

Ante tal estado de cosas, sólo queda anteponer el recurso del humor para defenderse de la agresión cotidiana, pues la otra opción, la violencia o el choque han mostrado históricamente resultados no muy satisfactorios; la tercera posibilidad, la concertación, la educación, el replanteamiento y la renegociación no tienen terreno abonado ante un gremio que se niega la posibilidad de la autocrítica y el cambio, en búsqueda del bienestar social.