Wednesday, December 27, 2006

LA EFERVESCENCIA DE LOS AÑOS PUNTUDOS (En poder de los Arrechocitos)

LA EFERVESCENCIA DE LOS AÑOS PUNTUDOS
(EN PODER DE LOS ARRECHOCITOS) a Migüín


Emilio Alberto Restrepo Baena

En esas épocas de juventud vivíamos un despertar sexual bastante interesante, agitado por una información exhaustiva y muy poco decantada, estimulado por las fantasías y alardes de los amigos mayores, exacerbada por las revistas y películas que circulaban de mano en mano. Esa revolución hormonal fue muy templada en todo el sentido de la palabra. Durante cierto tiempo todos los pensamientos, todas las conversaciones, todos los planes giraban en torno a nuestra naciente sexualidad. Recuerdo que Chumbimbo se aplicaba una pócima que combinaba raspadura de casco de burro con extracto de cuerno de rinoceronte y enjundia de gallo viejo en una mezcla de vaselina en su miembro para aumentar el tamaño de éste y emular al de aquel; ignoro los resultados. Las técnicas de los más avezados nos enseñaban que el secreto infalible para que una mujer cayera en los brazos de uno, era acariciarle el seno izquierdo, (si lo permitía, bien; si no, hacerlo con disimulo) ruta inmediata hacia la entrega total; otra forma era acariciarle el cuello, cerca a la oreja izquierda. Los resultados nunca fueron muy halagadores.

En la revista Pimienta aprendimos sobre las lociones y perfumes afrodisíacos que enviaban por correo y que nunca funcionaban. Entre nosotros circulaba el mentol chino, para prolongarse notablemente en los artes amatorios y luchar contra esa tara de los años mozos: la eyaculación precoz. Esta siguió señoreando por encima de nuestro orgullo y fuera de irritación y rasquiña, nada se prolongó.

Un gran descubrimiento fue el Atinka. Todos los mayores hablaban maravillas de él. Se trataba de un polvo blanco de uso veterinario que se le administraba a las vacas para que entraran en celo y se dejaran montar del toro. Al cabo de los años cuando estába estudiando medicina, aprendimos en el libro de medicina forense del Dr. César Giraldo que producía una dilatación de los vasos sanguíneos, un escozor en los genitales con congestión y deseos de rascarse, que de modo indirecto provocaba excitación femenina. Pues bien, fueron cantidades industriales de Atinka las que repartimos entre nuestras amigas y no recuerdo una sola aventura atribuible al famoso invento. La clave era aplicarle en la gaseosa la punta de la navaja del polvillo cuando la pelada se descuidara, para después echarle el ídem, pero nunca funcionó. Una vez se lo aplicamos a Mariatrapos, una sardinita lo más querida, pero cual no sería nuestro achante cuando la Coca Cola empezó a echar espuma, tuvimos que derramarla para disimular. Como pensamos que la cantidad era muy poca, a Claudia Patricia le duplicamos la dosis; pasó tres días con diarrea y nada de demostraciones de desafore pasional como la que nos cañaban los amigos. Estos contaban incluso anécdotas que se hicieron famosas: que una vez un man le dio la dosis a una muchacha y que mientras el fue a saludar unos amigos y ella lo esperaba en el carro, la encontró sentada en la palanca de cambios presa de una desaforada excitación. Como anécdota no estaba mala, pero en la práctica nunca vimos su resultado. Con más pena que gloria, fue la fama de otro producto para idénticos fines, el bórax, que tampoco nos surtió efecto.

En esa época no manteníamos mucho dinero en los bolsillos; casi no había moteles en Medellín; (Solo recuerdo dos, Candó en Girardota y Amaraje en Robledo) No teníamos carro, sólo cuando lográbamos escaparnos sin permiso, lo que era muy raro o cuando luego de mucho rogar nos lo prestaban para hacer alguna vuelta de la familia. Por todo eso, era difícil tener escapaditas amorosas como lo ordena la santa madre iglesia. Estas eran apresuradas, improvisadas, siempre a escondidas y de afán. Siempre con el objetivo de dar rienda suelta a ese desborde de ardor sexual (conocido como arrechera); se insistía mucho en que había que darle alguna salida a esta congestión hormonal interna porque de lo contrario, si ese furor se le subía a uno a la cabeza, en cualquier momento uno se podía enloquecer o le podía dar una meningitis pues las células concentradas (conocidas como arrechocitos), acumuladas por millones se le iban a uno para el cerebro y le impedían concentrarse, pensar, cumplir los deberes etc. Esto siempre me ha intrigado y estoy en mora de consultarlo con algún neurólogo amigo.

Que los padres se fueron para la finca o a pasear, que organizamos un bailecito a media luz, que todos están dormidos en el segundo piso y uno mirando por el reflejo de la pecera que no lo fueran a pillar, etc. Una opción era irnos en gallada para las mangas de la Nubia, cuando aún no había urbanizaciones, pero, o a las peladas no las dejaban salir de noche, o nos daba miedo por lo peligroso del sitio. Allí jugábamos “chucha americana”, “cinco minutos en el cielo”, a las escondidas por parejas, botellita, que sólo eran disculpas para tener contactos cercanos y mal disimulados con el sexo opuesto. Lo común era encomendarnos al santo patrón del juego amoroso conocido como “encarrete” llamado “San Luis Vergón”, para con suerte terminar emparejados y en el mejor de los casos “rastrojiando” en una manga. Cuando alguna amiguita se excedía en licor, corría el riesgo de terminar como víctima de un “carga-montón” o “vaca-muerta”, con todos los aprendices de galanes encima despresándole la anatomía. Cuando algún "quiebre" lograba cuajar, una opción era irse para las residencias del Centro, pero ¡qué problema para entrar! Que la pena, que nos van a descubrir, que nos van a delatar (sapiar o aventar). La más concurrida era Manhattan, que quedaba en la avenida de Greiff, abajo de las Empresas Públicas. Era el sitio preferido de los estudiantes, por barato y por central; claro que amiga que entraba allí una vez, no lo hacía dos veces. Nosotros le decíamos "urgencias" y durante la época de estudiantes fue realmente útil y sirvió para muchas "desvaradas".

Muchas veces antes del programa, uno se iba para los bailaderos del centro para no ponernos en evidencia (o “banderianos”), pues los de Belén no eran lo suficientemente reservados o discretos. Uno de los favoritos era "Rincón 70", enseguida del teatro Sinfonía, otro de los lugares preferidos por los pelaos de esa época. El sitio se conocía como un “cambiadero de aceite” o “el palacio del dedo” por una de esas analogías prosaicas tan comunes de nuestro lenguaje, y se podía aprovechar para pasar gratos momentos de música, trago y sexo a mediacaña. Luego se volvió muy peligroso y cuando crecimos, casi ninguno de nosotros regresó.

El parque de Belén los sábados y domingos por la noche era un hervidero de muchachas del servicio doméstico que salían a tomar trago y hacer levantes. Todos los pelaos salíamos a dar un vueltón y de paso ver que pescábamos, porque eso sí, para "mantequeros", los muchachos de aquellos años. Como dice un amigo, el que niega la grasa, niega la madre, como se empeñan en hacerlo hoy prestigiosos profesionales que en esa época eran voraces sirvienteros. A la heladería La Soraya, le decíamos el Palacio del Colesterol, pues allí se encontraba la mayor concentración de sirvientas por metro cuadrado del mundo. De sólo entrar allí a uno se le subía la mostaza y los triglicéridos. ¡Había que entrar con una docena de limones, para cortar el grasero!. Eso fue mucho bailar, dar bomba y echar carreta. La mayoría eran coquetonas y generosas; nosotros las conocíamos como "grasas", "coimas", "fámulas", "melegas". Había amigos que tenían directorios enteros llenos de nombres y teléfonos. Por supuesto ahora lo niegan, pero en esa época era una de las mejores formas de matar el tiempo y dar rienda suelta a las volcánicas pasiones que nos atormentaron durante la adolescencia.

Otro aspecto muy común de la época era esquivar el acoso de viejos degenerados o cacorrones, conocidos como caquirris, que siendo muy amables, atentos y generosos, pretendían arrastrar a los muchachos a prácticas homosexuales bajo artimañas casi ingenuas, con trucos muy trillados y repetidos. Casi siempre fundaban un equipo de fútbol o eran líderes activos de un grupo juvenil o era el infaltable sacristán de la parroquia, o atendían en la tienda del barrio. Casi nunca eran agresivos y era muy llamativa la forma como se dejaban explotar de los pelados, quienes de frente y burlándose de ellos, les sacaban plata, bebían gratis a su costa, se iban en grandes grupos para paseos de cuenta del pobre viejo maricón; lograban su cometido con jóvenes que sin ser declarados homosexuales, con novia incluso, los escurrían a cambio de dinero o ropa o electrodomésticos; también caían las loquitas o florecitas, pelados que desde chiquitos ya mostraban su inclinación, aunque lucharan contra ella; cuando estaban eufóricos o tomando licor se hacían evidentes y “botaban la pluma”. A manera de chiste se decía de ellos, “Ese desde chiquito es dañado por el chiquito; hay una foto de los tres meses de vida que lo muestra sentado en el chupo del biberón”.

El tiempo pone todo en su sitio. Con el paso de los años casi todos nuestros contemporáneos (ya muy cincuentones) han superado ese desespero de furor genital, y por el contrario hoy la preocupación es en el otro sentido, cuando el Viagra se convirtió en un aliado incondicional.