Wednesday, December 27, 2006

CRONICA DEL "MARISCAL", EL TEATRO DEL BARRIO

CRÓNICA DEL "MARISCAL", EL TEATRO DEL BARRIO
Emilio Alberto restrepo Baena

El teatro Mariscal fue toda una institución para los jóvenes de Belén de los años 60 y principios de los 70. Ubicado en toda una esquina del parque, la enorme y antigua construcción llena de un extraño encanto nos vio varias veces por semana como bulliciosos testigos de las funciones de cine continuo que sin ningún pudor mezclaban en severos dobles al "8½" de Fellini, con joyas del western spaguety, como “El Bueno, El Malo y El Feo” o “Los cuatro del Ave María”. Allí desfiló una interminable lista de películas de aventuras, empezando por los pistoleros como Dyango, Sabata, Sartana, Trinity, Ringo; inmortales, imbatibles, fumadores, sucios, con una mirada penetrante llena de desprecio y una barba de 8 días, de certera puntería, que cobraban recompensas, amaban con indiferencia a la reina del cabaret de turno y una madrugada partían por la llanura hasta la película siguiente.

Allí vimos todas las películas de chinos, las buenas, las malas; febriles producciones llenas de puños, gritos y brincos inverosímiles, mortales golpes de héroes que derrotaban sin armas a hordas enteras de enemigos quienes en tropel rodeaban al muchacho, el cual en silencio los batía uno a uno, hasta llegar al enemigo principal, a quien invariablemente derrotaba en el sangriento combate final de la película. Era interesante ver como luego de la función salíamos las docenas de niños del teatro voliando pata a lo Tribilín y chillando como condenados en una extraña posesión que nos duraba varios días. Bruce Lee fue un ícono de nuestra generación y sus afiches empapelaban nuestros cuartos mucho antes de que las imágenes de modelos y actrices en cueros o las grandes estrellas del rock lo destronaran de su pedestal

Nunca pudimos olvidar las películas de cantantes. Era emocionante vivir las simplezas de Rocío Durcal, Marisol, Joselito, Angélica María; la superación de Enrique Guzmán que siempre era el muchacho pobre que con sacrificio enfrentaba al destino, los suplicios de Palito Ortega a quien lleno de ritmo y románticas canciones en todas las películas se le moría la mamá, que casi siempre era Libertad Lamarque. ¡Eran una nota! Sabú, Sandro, Leonardo Fabio, Raphael y hasta Julio Iglesias crearon la ilusión de un mundo lleno de canciones y emociones donde el bueno siempre triunfaba y donde todos los problemas se resolvían con música. También pasaban a los mejicanos cantando sus rancheras a grito herido en unos bodrios insufribles y pésimamente dramatizados, pero pegando con mucha fuerza en el gusto popular.

El humor era vital. Por allí desfilaron Viruta, Capulina, Cantinflas, Borolas, Tin Tan, Abott y Costello, Buster Keaton, Chaplin, Los 3 Chiflados y todos los que con gracia nos arrancaban carcajadas. Mirando hacia atrás, hay muchos que hoy no nos provocarían ni una mueca parecida a una sonrisa, pero que en su momento fueron muy graciosos. En especial, hubo varios que nunca volvimos a oír mencionar, como Pili y Mili, Los 3 Supermen, Los Loquitos, Lando Buzanca, Mauricio Garcés. A estas películas íbamos en gallada, y luego nos sentábamos en la esquina a contarnos una y otra vez los tiros, a imitarlos, a sacarles jugo.

Otro estilo que con el tiempo entró en desuso y cayó en un triste olvido, fue el género de los luchadores. Cuántas horas gastamos haciendo fuerza con las aventuras de Santo "El Enmascarado de Plata", Blue Demon, Milmáscaras y varios macancanes mexicanos que se metían en las historias de acción más endiabladas, en unos cuentos todos retorcidos y peor actuados. Crearon una verdadera devoción entre nosotros, teníamos sus afiches, copiábamos el diseño de sus máscaras, coleccionábamos los álbumes de figuritas. El paso del tiempo acabó con ellos. Hoy sólo son un grato recuerdo. Es mejor tenerlas en la memoria, pues es claro que hoy en día no vale la pena ni siquiera intentar verlas.

Era un teatro sano. Rara vez presentaban películas de pornografía. Recuerdo especialmente una, "Las Masajistas", la primera que vi en la vida, a los 8 años, la cual me proporcionó un complejo de culpa que me costó confesión y amenazas de infierno eterno cuando le conté al ingratamente recordado Padre Villegas de la Parroquia. (En una época en que todavía no se desnudaban los vicios de pedofilia y abuso de los prelados de la santa madre iglesia y hablar mal de los curas era un pecado que condenaba irremediablemente al fuego eterno. Satán lo tenga en sus aposentos)

Cuando crecimos, el vacío de cine rojo lo llenó el teatro el Dorado de Envigado, en donde nos dejaban entrar sin pedirnos documentos y donde desfilaron desnudas todas las actrices y los sueños de entonces.

En el Mariscal o "Metropulgas" de nuestros afectos nunca existió la censura; no había ningún criterio de selección de las películas. Invariablemente en el público predominaban los pelados en manadas. Eran ensordecedores los chillidos y silbidos cuando la película se demoraba para empezar, cuando empezaba, cuando se reventaba el rollo, cuando mochaban una escena, cuando el galán besaba a la muchacha o cuando mostraban senos. Era casi un himno cuando en un coro unánime todos gritábamos "-¡Soltá al pelao!"- cuando por alguna falla técnica se interrumpía la película y el pobre proyeccionista pagaba los platos rotos con insultos que infamaban invariablemente a su madre y cuestionaban su hombría. ( A propósito, nunca he terminado de entender por que todos los encargados de las proyecciones en los teatros de barrio, así como los sacristanes de iglesia tienen irredimiblemente fama de homosexuales vergonzantes y muchacheros, y es en todos los barrios). Cuando la luz se apagaba, nos sofocaba el humo que se levantaba en el "gallinero" o parte baja del teatro, más barata y de más mala fama, pues los gañanes prendían los puchos de marihuana y empezaban a tirar objetos, comida, chitos, pedazos de salchichón etc. Las familias o las parejas de novios, o los pelaos sanos, siempre se sentaban en "Platea" en la parte más alta, o en “Balcón”, donde estaban un poco protegidos de los desmanes de atarvanería de los camajanes del gallinero. Era infaltable e irrepetiblemente gracioso cuando en medio del silencio solemne de un duelo de pistoleros, o de un apasionado beso de la pareja de celuloide, un eructo bárbaro, contundente, atronador, rompía la paz, desencadenaba la carcajada histérica del respetable y el consecuente e imparable desorden. Lo mismo cuando el gracioso de turno tiraba una papeleta explosiva en medio de una escena de suspenso que nos crispaba la tensión y los nervios.

Antes de que lo tumbaran para construir un edificio donde ahora figura una entidad bancaria, vimos por última vez "El Mártir del Calvario" con Enrique Rambal, una lacrimosa versión de la Pasión de Cristo. Recuerdo que era en función continua, la daban una y otra vez. Mientras desocupaban el teatro, nos escondíamos en los baños para volverla a ver, para hacerle nuevamente fuerza a Jesús, conservando la esperanza de que en la siguiente versión prevaleciera el bien sobre el mal, pero no, siempre lo crucificaban. Después de 4 o 5 funciones, llegábamos por la noche a la casa, con los ojos hinchados, no sé si de llorar o de ver tanto cine.

En el Mariscal era fácil colarse, pues tenía un vestíbulo muy amplio, en donde era posible turnarse con los amigos para engañar a los porteros. Era muy barata la entrada, casi a la mitad que en los teatros de La América o del Centro. Casi nunca el teatro estaba vacío; por lo que recuerdo, siempre había filas y se veía lleno de gente.

Al Mariscal lo mató el tiempo. Se lo llevó el progreso pues planeación necesitaba el terreno para un ensanche de la calle. Lo mataron los intereses del gran capital. Todos aún lo extrañamos, como en su momento lo lloramos; cuando empezaron a derrumbarlo nos parecía imposible que nuestra fábrica de sueños fuera demolida. Sentíamos que íbamos a quedar vacíos, impotentes ante la desocupación, el tedio y la falta de oficio. El tiempo ha pasado. Cuando lo perdimos valoramos en su real dimensión la importancia de un teatro de barrio. Aún hablamos de él y lo añoramos con nostalgia y gratitud.



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