Sunday, May 29, 2005

NOVELA : "LOS CÍRCULOS PERPETUOS"

NOVELA : "LOS CÍRCULOS PERPETUOS"
FINALISTA EN EL CONCURSO DE NOVELA BREVE "ALVARO CEPEDA SAMUDIO"
ACTUALMENTE CIRCULA LA CUARTA EDICIÓN.
Se puede leer ON-LINE gratis en http://www.ellibrototal.com/ltotal/ficha.jsp?idLibro=195












1  
EN UNA CALLE CUALQUIERA


- ¿Sabe qué compañero? Bájese rápido del carro y no haga escándalo. Quédese quieto y entrégueme las llaves, no me obligue a matarlo.

- Tranquilo hombre, tranquilo; no me haga daño, no me vaya a disparar.

El hombrecito entendió que no tenía opción. Nervioso, a tropezones, con una opresión en su pecho y una voz apenas más temblorosa que sus piernas, se bajó del auto; tratando de esquivar aquella mirada fiera, dueña de sí misma, contundente, entendió que ese hombre moreno, alto y frío era un experto, que estaba ante un profesional.

Entonces, sin quererlo, lo miró a los ojos. Hubiera deseado con todo su corazón no haberlo reconocido, pero desde lo más primitivo de su conciencia se maldijo por haberlo hecho. Se sintió miserable cuando se oyó a sí mismo balbuceando como un imbécil aquellas palabras que torpemente brotaban de una garganta que ya le pesaba a la altura de la vejiga:

- Mendoza, no me reconoce, hombre. Yo soy el doctor Restrepo, el que lo operó cuando usted llegó herido al hospital de San Vicente. Recuérdeme, Mendoza; yo sé que usted es Iván Mendoza, yo lo cuidé, nos hicimos muy amigos cuando usted casi se muere la noche en que lo abalearon. Recuérdeme hombre, yo fui el cirujano que lo operó, el que lo salvó.

- Claro que me acuerdo de usted, médico. Yo estoy vivo gracias a usted, a su cirugía y a sus cuidados. Usted estaba trabajando e hizo muy bien su labor... Ahora yo estoy en mi trabajo y créame que también hago muy bien mi oficio.

No sintió nada. Siempre creyó que los impactos de bala dolían al romper la piel y en sus últimas luces se alegró de que no fuera así. Sólo le pareció un poco duro el suelo y muy triste la forma como se diluyeron en tan pocos segundos los recuerdos, los afectos, los apegos, el orgullo, ese cuerpo que ya casi no estaba, ese líquido caliente que le humillaba la hombría, ese frío que le desgarraba el alma...



AGUSTÍN
El barrio vio crecer toda una fauna de personajes que se gestaron al calor de los muros de las esquinas. Desde los infaltables patos, hasta las inefables carangas resucitadas que se dedicaron al narcotráfico o a los oficios que se derivaban de él. Desde los sopletes o viciosos esquineros hasta los seudo intelectuales o “eruditos de titulares” que posaban de elegidos a pesar de su cacúmen lleno de conocimiento inútil y falsas pretensiones. En forma paralela al crecimiento y desarrollo de una caterva de gañanes que asumía la rufianesca como forma de vida inherente al barrio, hubo otros que como Piolín, Jairo Paquete y Agustín optaron por trabajar en instituciones del estado en supuesta defensa de la ley y el orden, pero rápidamente sucumbieron a las tentaciones del dinero fácil y a las gabelas que colateralmente derivaban del ejercicio de la autoridad y del trasegar por una línea que sin mucho esfuerzo se desviaba de los conceptos éticos y morales, cuando no legales.

Así por ejemplo Jairo Arbeláez, conocido como “Jairo Paquete”, el hermano de Jaime Alberto Arbeláez,”El Perro”, ejerció todos los oficios posibles del rebusque que su precaria formación académica le permitían y terminó como policía raso en los pueblos de Antioquia, recibiendo un pequeño soborno aquí, una mordida por encubrimiento allí, una comisión o una “liga” por hacer de oídos sordos en tal entuerto. Durante un tiempo protegía a los vendedores de marihuana o bazuco a los cuales les cobraba una mesada por su silencio o ayudaba a sacar de líos jurídicos menores en inspecciones a quien se lo solicitara a cambio de algún dinero. Le perdimos la pista un tiempo hasta que supimos de él por las noticias, cuando supuestamente fue muerto en una emboscada de la guerrilla en el municipio de Caicedo, lo cual resultó falso, pues se trataba de un homónimo. Su ingreso a la institución se hizo célebre en el barrio pues cuando estaba haciendo el curso de inducción, un guasón abusando de su legendaria ignorancia le dijo que si quería sobresalir desde el principio en el mundo de los uniformados, pidiera el libro de texto guía del agente ejemplar supuestamente llamado “Manual de agresión Ciudadana, cien formas prácticas de socavar los derechos civiles”. El idiota anotó cuidadosamente el título y cuando estaban en plena conferencia con el director regional ( un típico capitoste de malas pulgas de esos que desayunan alacranes y los pasan con vinagre, que creen ser elegidos de la Providencia y que genuinamente piensan que los civiles son poco menos que un bulto de excrementos sin cerebro y sin derechos), le lanzó el requerimiento poniendo cara de interés y perfil de intelectual, ante el asombro y la estupefacción de la plana mayor de la tombareda. ¡Fue un caos! Estuvo en interrogatorios, lo remitieron al psicólogo del batallón, lo amenazaron con torturas por ser un supuesto subversivo infiltrado. No lo expulsaron porque entendieron que estaban ante una personalidad químicamente bruta, diamantinamente ignorante, angelicalmente tarado. Después de muchas evoluciones y volteretas, fue expulsado de la Policía y terminó nuevamente en el rebusque, sin talento ni formación, viviendo la angustia de resolver de cualquier manera el día a día, en un problema elemental de supervivencia que en el último desespero lo presionó hasta el punto de irse para Estados Unidos por la vía ilegal, lo que se conoce como “irse por el Hueco”, o sea, la frontera mexicana, con todos los riesgos y peligros que eso implica; no estoy seguro, pero las malas lenguas dicen que fue apresado y torturado, o en el peor de los casos muerto, de todas formas nunca se supo a ciencia cierta. De la que era su compañera en ese entonces, Maria Teresa, nunca volvimos a saber. Los chismosos la ubicaban en un rollo de trata de blancas en Japón.

Otro muy típico fue Piolín, quien al terminar el bachillerato por recomendación de un político amigo de su padre, fue a parar a la oficina de rentas departamentales; allí recorrió todos los pueblos del departamento recibiendo sobornos, dejando pasar contrabandos, en general, “haciendo torcidos”, traficando armas y ganando ingentes cantidades de dinero el cual malgastaba a manos llenas con prostitutas de todas las calañas, fumando bazuco como un murciélago y hablando sandeces en las tiendas del barrio en las que contaba mil historias donde siempre era el héroe y pagaba las rondas de licor mientras insinuaba su arma de dotación a través de la pretina de su pantalón. Cuando vio que su puesto estaba en peligro por los rumores sobre su proclividad a la corrupción y por la decadencia de su padrino político, decidió dar el gran golpe de su vida. Se alió con un grupo de contrabandistas e invirtió todo su capital en ingresar un matute por Urabá; hubo un delator, el cargamento cayó, la plata se perdió, fue expulsado del trabajo, milagrosamente se libró de pagar prisión y tuvo que regresar al barrio con el rabo entre las piernas, sin dinero, con las secuelas en el cuerpo de más de diez años de excesos y abusos y en la mente con la nostalgia de la pérdida de su pequeño pero eficaz podercito, viviendo de las glorias pretéritas de los tiempos idos. Nunca más volvió a repuntar ni a levantar cabeza y perdió hasta la gracia de sus múltiples narraciones ya gastadas de tanto repetirlas.

Otro personaje más exitoso fue Agustín. Desde los dieciocho años trabajó en los juzgados y luego en las inspecciones. Dueño de una inteligencia vivaz, un sentido práctico a toda prueba y una astucia natural que le permitían siempre estar en el lugar preciso y a la hora indicada, logró estudiar abogacía en la jornada nocturna mientras oficiaba y aprendía los trucos del quehacer cotidiano y “cogía cancha” en todo tipo de cargos adscritos a la justicia. Fue ascendiendo en la carrera administrativa y llegó a escalar una a una todas las posiciones de la jerarquía, hasta llegar a inspector principal. Bajo de estatura, de aspecto rechoncho y sanguíneo, explosivo y primario, Agustín se volvió el terror de los pelafustanes del barrio. Inicialmente los toleraba en una anuencia indiferente en aras de la convivencia pacífica, hasta el día en que mataron a su hermano menor, un prestigioso médico, cirujano general de la policlínica de Medellín, en un hecho ya cotidiano en la dinámica de la ciudad, por robarle el carro. Haciendo pesquisas descubrió que el asesino era Iván Mendoza, “Malbicho”, miembro de una banda que tenía azotado el sector y que venía de Sopetrán, un pueblo del occidente antioqueño donde ya había sembrado el terror. La obsesión de la venganza se le pegó a la piel, se le enquistó entre ceja y ceja; a partir de su tragedia, su espíritu no tuvo sosiego ni conoció la paz interior. Se tornó irascible, intolerante e irritable. Fue denunciado en varias veces por violación de derechos humanos, por palizas a indigentes y hasta por formar parte de grupos de “limpieza social” o exterminación sistemática y premeditada de personas consideradas como lacras sociales, los coloquialmente llamados “desechables”. Es fama que su diversión favorita antes de acostarse era disparar desde el balcón de su casa a los viciosos que se escondían en el puente de la quebrada de la setenta y cuatro y también que con sus policías amigos se disfrazaban de inocentes transeúntes para fungir como desprevenida carnada, dar posibilidades de que los pillos de ocasión los atracaran y así tener la disculpa perfecta para meterles un balazo o propinarles una suculenta e inolvidable muenda. Eran leyenda sus castigos ejemplares en los calabozos a los detenidos que eran altaneros o que le contestaban en forma grosera o poco comedida: los encerraba en condiciones extremas de hacinamiento y de propina les encimaba a un indígena afectado fatalmente de ese olor putrefacto en los pies que se produce luego de una caminata con botas pantaneras sin utilizar ni talco ni calcetines y que se conoce con el poco garboso nombre de “pecueca trepadora” o “valeriana pútrida” y que en lugares cerrados desespera de tal manera que se pega en forma indeleble al cuerpo y a la ropa del que tiene el infortunio de tener contacto con ella y hace invocar a gritos la muerte en medio de la nausea más asquerosa; sobre todo si es de aquella que reblandece de tal forma las plantas y los talones, los pone de color blanco lamoso y se describe como que “da tajada”. No falta el que piense que la única solución es la quirúrgica y no dudan en recomendar la amputación de los miembros afectados como solución definitiva a tan poco glamoroso olor. También propiciaba nuestro amigo en los mismos calabozos batallas campales con materia fecal o con efusiones gargantiles o bronquiales conocidas médicamente como esputos, pero en la calle llamadas afectivamente “gargajos”, luego de prometerle a un indigente o desechable que lo dejaba salir rápidamente de la inspección si se prodigaba en generosidad con sus secreciones corporales y armaba el zafarrancho coprológico dentro de las cuatro paredes del recinto. Acostumbraba de igual manera los consabidos baños con orines viejos llamados “berrinche” o con agua helada en las madrugadas agitadas donde se excitaba el espíritu irreverente y procaz de los detenidos.

De alguna manera, Agustín era una celebridad y su talante era reconocido y temido por los malandrines del barrio. Los niños lo admiraban y los adultos lo respetaban.

A mí me caía bien, pero me daba la impresión de que yo no le simpatizaba mucho. Claro que también creo que en general no simpatizaba con nadie. Su mundo era hermético y su círculo vital, estrecho y cerrado. Sólo pensaba en trabajar en forma frenética, en estudiar, en hacer obstinadamente su labor, en alcanzar a toda costa las compulsiones y obsesiones que desde siempre nunca le faltaron. Incluso, a pesar de que nunca se casó, siempre le encantó mi hermanita Gladis Tatiana. Era evidente que al mirarla se desbarataba por ella y relajaba su aspecto tosco y de mal carácter. Cuando se graduó de médica, le regaló un televisor a color para que se llevara para el pueblo al momento de hacer la práctica rural. Al final ella nunca le prestó mucha atención; él era de pocas palabras, más bien huraño y ella terminó casada con el peor partido del barrio, el casposo de Jaime Alberto Arbeláez, conocido como “El Perro”.

No era muy frecuentado porque había algo de oscuro en él, algo de doble vida, de métodos discutibles, de cuestionamientos éticos o de procedimiento que intimidaban al interlocutor. De hecho, cuando nadie lo esperaba, cuando parecía tener más que nunca el control de su vida y su carrera iba en ascenso, cuando logró finiquitar el asunto de su venganza personal que ya se le había convertido en una obsesión, tomó la decisión de terminar con todo en un hecho que sacudió la ciudad y nos estremeció profundamente a los que de alguna manera tuvimos que ver con él y llegamos a apreciarlo.


JAIME ALBERTO ARBELÁEZ

El teatro Mariscal era toda una institución en el barrio para los jóvenes de los años 60 y principios de los 70. Ubicado en toda una esquina del parque, la enorme y antigua construcción tenía un extraño encanto que nos convocaba varias veces por semana. Allí fuimos felices hasta que nuestra fábrica de sueños terminó demolida para construir en su lugar una entidad bancaria. Lo arrastró el tiempo, lo mató el gran capital.

Durante todo la época en que frecuentamos el teatro Mariscal como nuestro templo de entretenimiento, trabajaba como portero Jaime Alberto Arbeláez, también conocido en sus años mozos como “El Perro”, por una historia que nunca nos quiso contar, apodo que en todo caso lo violentaba y lo sacaba de quicio.

Jaime Alberto era un hombre de una disponibilidad especial, atento, amable, amigo entusiasta del aguardiente sobre todo si era gratis, motivo por el cual sus amigos le decían “Flaime Albertufo”, por un juego de palabras de su nombre con las siglas de la licorera local llamada FLA (Fábrica de licores de Antioquia) y por el característico olor que expelía su vaho pestífero luego de sus libaciones desbordadas. En su juventud empezó a estudiar ingeniería pero su afición por el etílico, su falta de objetivos en la vida, la sobreprotección materna, la falta de autoridad paterna y la tendencia a la juerga y a la francachela, echaron por la borda siete semestres de universidad. Sus borracheras hacían parte obligada del paisaje en las noches de farra en el barrio; luego de varios tragos dejaba salir el monstruo del delirio de grandeza que habitaba en él y pontificaba sobre lo humano y lo divino, sobre sus capacidades y condiciones, sobre sus proyectos millonarios, mientras declamaba unas muy personales versiones de poesías clásicas como “Nocturno” de Silva, “La Perrilla” de Marroquín, “El brindis del bohemio”, para terminar cantando o mejor rebuznando muy serio y a viva voz “La Marsellesa”, en una entonación que nos hacía desternillar de la risa y que ofendía a su madre por lo que consideraba era una combinación de ridículo, vergüenza ajena y burla grotesca y descarada.

Como decíamos, era el portero del teatro del barrio y ejercía su oficio con una liberalidad y una laxitud que hacía las delicias de los chicos de la gallada. Era especialmente deferente conmigo, pues a pesar de ser tan volantón en cuestión de faldas, estaba detrás de mi hermana Gladis Tatiana que aún estaba estudiando medicina, con la cuál finalmente se casó, en una relación que nadie entendió nunca. Trataba de comprar mi complicidad y mi silencio con exceso de generosidad para mí y mis amigos. Nos dejaba entrar a películas con censura, a escabrosos dobletes de pornografía, se hacía el de la vista gorda cuando nos escondíamos en el baño para repetir filmes especiales, nos permitía fumar siendo apenas menores de edad. Además, administraba con su hermano Jairo “Paquete” la tienda del vestíbulo y es fama que allí vendían (de manera camuflada, por supuesto) al lado de las confituras tradicionales, la ración personal de marihuana y licor que nunca pueden faltar en los buenos teatros de barriada. Tenía una especial apetencia por las muchachas del servicio doméstico que acudían a las funciones. En la ya remota juventud era el mantequero más obsecuente que conocí. Por corretear tras las faldas de una sirvienta, era capaz de jurar amor eterno, de prometerse en matrimonio, de disponer hacerse cargo de los tres hijos de la víctima de turno. Lo vimos entornar grave las cejas y leer las líneas de la mano de la asombrada fámula cual pitoniso en trance, interpretar la ceniza del tabaco con una concentración y una asertividad como si se jugara la vida en ello. Posaba también como profesor de besos de las ingenuas niñas de la cuadra, con énfasis en especialidades como el “lambe-encías”, el “tornillo” o “tirabuzón”, el “chupa-cordales” o “limpia-amígdalas”; experto teórico-práctico según él del milenario arte del Kamasutra, con magíster en las posiciones del “vuelo de ángel”, “el pollo asado” y el “ocho verrugoso”; sobreviviente de las más escabrosas enfermedades vergonzantes, veterano de la “cresta de gallo”, de la “gota militar” y del “chancro pasador”, diligente instructor de bailes enamoradores y “cotizones”como el “raspa hebilla”, el “rompe braguetas” o el “quiebra horquetas”, perito en bebidas espirituosas que conducían irreductiblemente al sexo desenfrenado como el “ron abrechochas”, el “guaro rompeduros”, el “coctel gineco-penetrativo”o “espermatopreñático”. De razón mantenía una agenda con los teléfonos de todas las grasientas guisanderas del barrio, con los horarios precisos que le garantizaban la ausencia de la patrona de marras. Dueña de casa que salía y Romeo en ciernes que entraba en puntillas, gato al acecho, macho irredimible presto a rendir a sus pies a la generosa galana que no dudaba en ofrendar sus redondeces y enormidades a tan dispuesto tenorio. Con su cuñado estudiante de medicina que era compañero de estudio mío y con su hermano Jairo “Paquete”, repartían a seis manos pastillas anticonceptivas, proveían de preservativos de muestra médica o con poco uso a los urgidos contertulios que los solicitaran, trataban con especial desvelo a los que resultaran “premiados” con una enfermedad venérea que exponían con orgullo y sin ninguna vergüenza como un trofeo ante los muchachos de la esquina, que los miraban con una burla y un reproche público, pero con una envidia privada y personal que les mortificaba sus sueños poblados de poluciones nocturnas y onanismo. En fin, era conocido como el playboy de las sirvientas, como el príncipe de las grasas, como el campeón de las guisas. Su obsesión era mantenerse en constante actividad sexual, lo que llamábamos “mantenerse enclochado”, “voliando guasamayeta”, “hundiendo la yuca”, “chuzando riñón”, “repartiendo tomín”, “enchuflando pipisazos”, o “aplicando inyecciones de pipicilina intrapiernosa”. No sabía de respeto por edad, peso corporal, deformidades físicas, grado de acné o tamaño del bigote de las pobres mucamas. Para publicitarse, contaba que su dosis era “tres en ráfaga sin sacarlo”, que su lengua era como un “motor fuera de borda” y que al ver a una chica que le gustaba, se le ponía como un “puñal sevillano”. Como decía, “de cucaracha para arriba, todo es cacería” o “en tiempo de guerra, todo hueco es trinchera”. Cuando se le confrontaba, ripostaba que “el que niega la grasa, niega la madre” y lo veíamos muy puntual los domingos en el parque, a la salida de misa de siete, con los ojos desorbitados y baba en boca, en pos de la resbaladiza colestérica de ocasión que saciara su libido. No fallaba. Se deshacía en simpatía y deferencia cuando alguna de ellas le regalaba un guiño malicioso para entrar sin pagar a cambio de un furtivo y rápido intercambio de caricias que conocíamos como “Tuqui-tuqui-lulú”, “abejorreo” o “maniculeteteo”. Si lograba concretar con la lujuriosa de marras el programa completo, lo que seguía era que lo veíamos pasar por la esquina, con cara de inocente (“haciéndose el loco, el guevón o el manuel”, se decía), comunicándose por señas con la dulcineica fámula de turno y llevando bajo su brazo un grueso plástico para extender en los yerbales de la plaza de mercado y retozar a su gusto con la víctima circunstancial de sus escarceos amatorios. Durante muchos años ejerció su reinado en el portal en donde con mucha camaradería y solidaridad se granjeó la amistad y la gratitud de los muchachos de Belén. Cuando el teatro cerró sus puertas y la fábrica de fantasías se diluyó en la nostalgia de nuestros años maravillosos, no le quedó otra opción que ejercer una forma de subempleo que conocíamos como “El Rebusque”, es decir, estar atento para trabajar en lo que le tocara y se le apuntó a todo tipo de oficios. Fue empacador de mercados en almacenes de cadena, lavó canecas en una bodega de productos químicos, hasta que logró estabilizarse manejando taxi como “Caimán nocturno”, o sea, trabajando en carro ajeno por la noche liquidando según jornada (modalidad conocida como “destajo”), lo cual copó varios años de su vida. Parece que un día tuvo un problema con unos narcotraficantes y tuvo que irse de huida para el Valle del Cauca durante varios meses. Al volver, siguió manejando vehículos de servicio público, pero ya en forma displicente y malhumorada; ya no volvió a ser el mismo.

Al cabo del tiempo por influencias de un familiar suyo que tenía un cargo en la “Sociedad de Mejoras Públicas”, le consiguieron trabajo como rondero o vigilante del cementerio de San Pedro, en el barrio Lovaina de Medellín. Allí, Jaime Alberto “El Perro”, perdió poco a poco el carácter dicharachero que siempre lo distinguió y fue asumiendo paulatinamente ese estigma grave, lúgubre y circunspecto que impregna las personalidades en virtud a la profesión que desempeñan. Su conversación adquirió un tono insufriblemente pontifical y solemne; su proverbial alegría de siempre se volvió cosa del pasado. En su roce cotidiano con la gente de clase alta que acudía a los entierros, acentuado por el traje de riguroso color negro y estricta corbata, empezó a degenerar en una repelente arrogancia típica del arribista de clase media, contumaz y feroz especie quizás peor que el de clase baja, que sin dinero, ni cultura, ni méritos se cree y se siente de mejor familia. Ya decían los viejos que negro con corbata, se pierde el negro y se pierde la corbata y esto se agravó cuando un periodista le hizo un reportaje para televisión en una serie sobre los oficios urbanos y es memorable para los lenguaraces del barrio que hasta su vocabulario se transfiguró dando como resultado un galimatías que haría palidecer de envidia al locuaz cómico Cantinflas. Su actitud lo hacía ver ante el mundo como el portero del chiste de argentinos que se cree dueño del edificio.

En lo que nunca cambió fue en su afición por las damiselas. De soltero fue un reconocido enamorador y ya casado, si bien disminuyó un poco la intensidad, persistió en sus andanzas, dañando su primer matrimonio y mortificando a su segunda esposa Gladis Tatiana, mi hermana médica, la cual figuraba como una santa mujer abnegada y sufrida, que en silencio soportaba sus devaneos y sus desaires. De lo buena nosotros decíamos que era “un alma tominona”. A pesar de ser graduada en medicina y de establecer un contraste tan marcado con una personalidad tan exótica y divagante como la de él, parece que el excesivo amor de ella y la sumisión absoluta y dócil que le profesaba, la hacían ciega y sorda ante sus continuos desafueros y engañifas. Lo quería demasiado y le perdonaba todo. Nadie pudo entender nunca el por qué de esa pareja tan dispareja. Ni siquiera yo como hermano mayor la pude hacer entrar en razón. Jaime Alberto vivió de flor en flor durante mucho tiempo. Su último romance lo sacudió en forma importante pues se implicó afectivamente con una muchacha más joven que él, auxiliar de laboratorio de una importante clínica de la ciudad. Parece que estaba pensando seriamente en abandonar el hogar e irse a vivir con la recién llegada hasta que un día ella mostró su verdadera condición (o “peló el cobre”) y cuentan que armó un escándalo en plena sala de espera de su sitio de trabajo: llegó a medianoche en un estado de ebriedad extravagante, dejando abandonado el laboratorio que estaba a su cargo en ese turno y sin apenas poderse sostener en pies. Fue un duro golpe para Jaime Alberto, pero no pudo sobreponerse a esa pérdida súbita de confianza por su amante; nunca le aceptó tan bochornoso despropósito, jamás la perdonó y finalmente decidió dejarla y retornar con nuevos bríos a su hogar para tratar de recuperarlo. Gladis Tatiana estaba feliz con el regreso de “El Perro”, a pesar de que yo le daba gracias a Dios porque por fin mi hermanita se iba a librar de semejante lastre.

Hasta donde sabemos, con sus desvaríos y contradicciones, nuestro buen amigo persiste nadando en las mansas aguas de la estabilidad de su trabajo, de su hogar y de su ego de genio incomprendido venido a menos. Mi hermana le celebra todo y sigue a su lado muerta de amor por él.

LA ÚLTIMA CORRERÍA DE DARÍO MENDOZA

La vida tiene sus cartas marcadas y es muy claro que las citas con el destino son ineludibles. Casi nada sucede por azar y cuando así parece ser, uno no alcanza a entender cómo la suerte mueve sus fichas. Este trabajo de torear malandrines y de rondar la muerte y el crimen día y noche, me convencen a cada momento más de ello.

Eso fue lo que le pasó a Don Darío Mendoza, un venerable patriarca de Sopetrán, hombre religioso y cumplidor, bastante acucioso y responsable, padre de familia pendiente hasta el último detalle de la crianza de sus hijos, en una clara sintonía de amor y de armonía con su esposa.

Tenía Don Darío un almacén de miscelánea en el pueblo, en donde vendía todo tipo de chécheres y cacharros surtidos. Cada mes viajaba a Medellín con el propósito de proveerse de mercancía para su almacén.

En un día cualquiera, en la rutina de las compras y de los pagos a los proveedores, compró el tiquete del bus en el viaje de las diez de la mañana, para disponerse a regresar al pueblo.

Cuando estaba saliendo de la bodega para aprestarse a cumplir la cita en la terminal del transporte (que en esa época llamaban flota), se encontró con un conocido quién lo invitó a un remate de aduana donde estaban vendiendo un saldo de herramientas muy barato.

Tentado por la oportunidad y la innata provocación que sentía y que no podía resistir hacia los descuentos y las promociones con tal de aumentar un poco más el margen de rentabilidad de su negocio, pensó que en el tiempo que le restaba podía aprovechar una buena ganga. Miró el reloj, calculó el tiempo de gracia y se la jugó. De pronto podría hacer una buena transacción que incrementara sus réditos. Así fue. En la puja final, se apropió de un buen lote. Sus buenas relaciones, su reputación a toda prueba y su excelente nombre en el comercio, le permitieron comprar un bodegón de insumos que sabía iba a revender a muy buen precio con gran margen de ganancia. Bien valía la pena el retardo.

Cuando alcanzó a llegar al centro de acopio de los buses, era demasiado tarde. Hacía dos minutos que el vehículo había salido. Debería ir en ese momento por la glorieta de Carabineros, donde a dos cuadras estaría marcando tarjeta para pedir la planilla que exigía la oficina de tránsito departamental. Aún estaba a tiempo de alcanzarlo y como era su día de suerte, echó restos. Pensó que podía darse el lujo de pagar un taxi que lo alcanzara y no trastocar su rutina para llegar puntual al pueblo. Pero claro, así tenía que ser; casi al arrancar, el carro pinchó una llanta a la salida de Barrio Triste y no pudo lograr la meta. Con resignación Don Darío, sin perder el entusiasmo que lo acompañaba en su día de ganador, regresó caminando a la flota. El próximo carro salía a las 12 del día; era un bus de escalera y ya estaba copado; tenía que esperar el siguiente a las 4 de la tarde. Resignado, pidió un café y compró el periódico del día. Saludó unos cuantos conocidos y compartió sin entusiasmo algunas conversaciones casuales. Sabía que no valdría de nada el amargarse, aunque cualquier cambio en su libreto cotidiano lo angustiaba. Su vida era demasiado dispuesta y predecible, su rutina estaba ya prediseñada y estable y él no luchaba contra ello.

A las 11 y 45 de la mañana, los pasajeros se acomodaron en el exótico transporte. Todos eran campesinos y esperaban sólo que llegara el conductor para arrancar. En eso, una señora que ocupaba una de las bancas, en un estado bastante avanzado de gestación, empezó a expresar agitación e inquietud. Sus gestos presagiaban que había comenzado dolores de parto y aunque no era tiempo cumplido, cada contracción la hacía un ovillo de sí misma. Su esposo así lo entendió y en compañía de otro pasajero la ayudaron a apearse para rápidamente tomar un taxi y llevarla a un hospital. Al cruzarse con Don Darío, tuvo el señor la brillante idea de encomendarle a uno de sus hijos que viajaba hacia el pueblo, cediéndole a su vez el tiquete que le confería el derecho de viajar en ese horario.

- Lléveme al muchachito compadre y aproveche el puesto que la cosa se nos complicó- le dijo. –Si me le da posada al niño le estoy muy agradecido. Si quiere venda su pasaje que yo le regalo el mío – le reafirmó sinceramente el paisano.

Todo parecía encajar perfectamente, incluso no perdería mucho tiempo para estar en su casa con la familia y abrir el negocio.

En su interior sonrió y dio gracias a la Providencia por hacerlo merecedor de tantos beneficios. Todo iba viento en popa. El viaje transcurrió sin ningún tipo de contratiempo.

Normalmente en ese entonces, con la vía sin pavimentar y en ese tipo de vehículo conocido como “Chiva”, “escalera”, “El lechero”, “La línea”, etc., el trayecto se recorría en cerca de cuatro horas . Lo común era parar en un sitio conocido como “La curvita”, luego de Boquerón para almorzar, pues allí le brindaban gratis al conductor una exuberante bandeja con tal de que hiciera parada obligada en el estadero, para que los pasajeros se vieran forzados a consumir. Lo que Don Darío Mendoza no sabía, era que el chofer en el último viaje se había molestado con el administrador del restaurante, ya que no le brindaron almuerzo a su amiguita de ocasión sin costo como él esperaba y se sintió ofendido. Luego de una agria discusión, juró que no volvería, que se llevaría a sus pasajeros a otro sitio más amable y generoso y así lo hizo. Su próxima parada sería más abajo de “El tambito”, donde hacía mucho tiempo el propietario lo tenía tentado con comida sin costo y viandas para el camino.

Cuando la gente en el discurrir predecible del día a día protestó, el ayudante contestó que pararían un poco más abajo, en un sitio mejor, más bien atendido y más barato. Nadie dijo nada, total, de pronto a todos les convenía.

Pocos kilómetros antes de llegar, adormilado por el vaivén de un camino monótono y ondulante, un niño pequeño se mareó y amenazó con vomitar a sus compañeros de asiento. Don Darío que estaba en la orilla, en el primer asiento al lado de la ventana, se ofreció a cambiar de puesto con él y la madre del verdoso querubín. De pronto se conmovió pensando en sus propios hijos y estimulado por esa benevolencia que acompañaba casi todos los actos de su vida.

El carro siguió en su cadencia lenta y monocorde. Antes de la penúltima curva, se detuvo de súbito, brusco, en sacudidas convulsivas. Adelante, un leve derrumbe le obligó a detener la marcha. En el horizonte, se veía el último carro que logró cruzarlo, sorteando con dificultad el cascajo recién formado.

En ese momento la montaña del margen derecho de la vía rugió salvaje. Una lluvia densa y contundente de piedrilla golpeó el techo. El carro se estremeció y un trueno rotundo, avasallante y certero atravesó y rompió el capacete de madera del techo del vehículo. Cuando todos voltearon a mirar, atónitos e incrédulos, vieron a Don Darío Mendoza destrozado por un peñasco irreverente que sin respetar ninguna regla de juego le partió en mil pedazos la crisma y la ilusión.

Nuestro amigo nunca se enteró. Murió como siempre quiso, en gracia de Dios, de repente, sin tan sólo darse cuenta, sin dolor, sin apenas miedo. Nunca se enteró.

Su familia quedó sola, triste, completamente desprotegida.

Su viuda nunca se repuso a lo que consideraba una desigual trampa de la existencia; descreyó de toda deidad, se abandonó a su suerte en una especie de levedad volátil que desdijo de toda obligación, que abandonó toda responsabilidad.

El negocio se derrumbó, los hijos crecieron como mala yerba sin entender nada del cambio radical de su fortuna, resignados y enfrentados a su suerte, sin otros dolientes que les despejaran el camino, que aligeraran sus cargas.

Uno de ellos, Ivancito, el menor, el favorito, el consentido, de tan solo 15 meses cuando su padre murió, sin recuerdos ni apegos, sin nostalgias ni conciencia de su tragedia, con el tiempo se convirtió en “Malbicho”, acaso el malandrín más grande que haya dado nunca el occidente antioqueño, carnicero feroz, asesino despiadado, rufián sin entrañas.

No sé bien si con Don Darío Mendoza vivo y al lado suyo, su hijo Iván, Ivancito, este desalmado sin escrúpulos hubiera sido quien es hoy. No lo sé, es imposible saberlo con certeza. Creo que es una ruin jugarreta de la suerte, que mueve sus fichas como le da la gana sin pensar en lo que arrastra a su paso. Por eso lo estoy buscando para matarlo, para cobrarle lo que me hizo, por haberme dejado sin lo que yo más amé. Juro por mi hermano, por mi madre, que algún día lo tendré a mis pies. Yo si no soy una piedra suelta en el camino y no soy producto del azar, creo que soy esa ave negra que debo cruzarme en su horizonte para cerrar de una maldita vez ese círculo sin lógica que gira y gira en torno a la nada, al absurdo, al sin sentido...

DE TRIPAS CORAZÓN
I
Es verdad que en ocasiones me dan ganas de matarla, maldita, ¿Por qué tuvo que meterse así en mi vida? Y es que los hombres son muy estúpidos, corren detrás de cualquier falda dejándolo todo; y yo sigo aquí sola, pues Jaime Alberto se fue y nos dejó, queriéndolo, extrañándolo pero también odiándolo, tratando de explicarle a los hijos por qué el papá ya no vive con nosotros y por qué no pasamos juntos los fines de semana y por qué él ya no nos quiere como antes.

No alcanzo a entender que fue lo que pasó. Esa vieja no es siquiera bonita, no tiene clase, es pobre y ordinaria y este imbécil lo dejó todo por ella; me dejó tan olímpicamente a mí, que traté por todos los medios de hacerlo feliz y sinceramente no veo cual fue el motivo. No me llega a los talones a mí, que soy mucho más alta y hermosa que ella, que soy profesional y ella no; a mí, que soy toda una señora y ella no pasa de ser una zorra buscona y casquivana.

¡Cómo la detesto, cómo la odio! He pensado en mil formas de matarla. He tratado de hablar con ella por las buenas, con ruegos y tratando de que entienda; con insultos, con silencios, con amenazas; y él, en lugar de apoyarme y comprender, por el contrario la apoya a ella y se enoja conmigo diciéndome celosa, grosera e inmadura; pero yo sé que algún día ella las pagará todas juntas, a una se le devuelve todo lo malo que haga. No soy capaz de matarla, es cierto, pero he pensado en hacerle daño de mil modos, en ridiculizarla, en inventarle chismes, en mancharle la ropa, en tirarle huevos podridos al pelo o dañárselo con pegamento, en atropellarla con el carro, en hacerla aporrear o atracar, en fin, me hace sentir extraña cuando pienso en hacerle maldades, porque de verdad, yo no soy mala, creo que soy incapaz de provocarle ninguna agresión a ninguna persona y me estoy obsesionando con ella; me sé sus teléfonos, el buscapersonas, sus horarios, sus turnos de trabajo en el laboratorio de la clínica, sus rutinas, las cirugías que se ha hecho, los sitios donde pasea, la dirección de su casa, casi todos sus movimientos. Pero tengo que hacer algo porque esta infeliz me está dañando la vida, ya me quitó el marido y la estabilidad, no puedo dejar que me quite también mi paz mental y lo que me queda de felicidad.

II
- ¡Entre rápido al carro reinita, siéntese en el puesto de atrás; no vaya a gritar, no vaya a hacer ningún escándalo reinita, porque no tengo ningún problema en llenarle la barriga de plomo! - Ordenó el hombre, pistola en mano mientras se acomodaba su chaqueta y se apretaba nerviosamente una pústula de acné de su cara grasosa y cicatrizada.

- ¿Qué me va a hacer?, ¡Por Dios! - Preguntó la joven con voz temblorosa y ridículamente tartamuda. –No me hagan daño, no tengo dinero ni tarjetas; miren que voy para el trabajo y me vine sin joyas; sólo tengo este reloj que no vale nada -Dijo atropelladamente ella mientras mostraba la baratija en su muñeca izquierda.

- Tranquila reinita. Si se maneja bien no le vamos a hacer nada. Vamos a dar un paseito y conversamos bien sabroso. Hoy va a llegar un poco tarde al trabajo, sabe, pero le aseguro que no se arrepentirá- Dijo el barroso mientras guardaba la pistola en la chaqueta.

El carro apresuró su marcha y la noche caía ya sobre la ciudad; ella alcanzó a entender que algo extraño se estaba fraguando, que iba más allá de un simple atraco o de un secuestro.

- Muchachos, por favor, tengo que trabajar; tengo que estar en el laboratorio de la clínica a las siete en punto, pues hay varias cirugías pendientes y yo soy la única que respondo, pues tengo que estar al tanto de los exámenes, de los resultados, de las transfusiones sanguíneas -Estaba más tranquila; trataba por todos los medios de ser convincente. El instinto de conservación le hacía furiosos nudos que conectaban su cerebro directamente con su garganta.

- No gaste afán, que la noche aún es joven, mamacita- Dijo el pustuloso tratando de parecer coqueto en medio de su sonrisa sin dos dientes. -Tómese mas bien un aguardientico para que entremos en confianza; viéndolo bien no es tan fea como nos habían dicho- Dijo mientras le acercaba una botella de licor.

Ella asustada apuró rápidamente un trago. El conductor no decía una palabra, apenas miraba por el espejo retrovisor y sonreía; una cicatriz esperpéntica le atravesaba el rostro y sin necesidad de hablar se proyectaba intimidante. Había bastantes carros en la avenida; tomaron una ruta para el oriente de la ciudad. La urbe se diluía en penumbras infectas de ruidos, neones y humos espesos que matizaban ocremente su legendaria maldad.

III
No sé que le pudo haber pasado a Jaime Alberto. No sé en que fallé, ni cual sería mi error tan grave para que él me hiciera el asco en esta forma. Tantas mentiras escudadas en su trabajo, tantos desaires, tanta humillación.

Yo sé que no soy perfecta, claro, pero ¡Cómo se va a comparar esa mal nacida conmigo! Debe ser una gata degenerada llena de experiencia y recorrido; y lo cogió por el lado en que los hombres todos caen, lo volvió un tres y ahora lo tiene bien agarrado. O a lo mejor le hizo alguna artimaña de brujería y lo tiene bien rezado, echando babaza y manejándolo a su voluntad porque realmente no veo otro motivo. El siempre me criticaba que yo era muy dominante, egoísta, mandona y egocéntrica; me sacaba en cara que por ser yo médica y él ni siquiera profesional, se me habían subido los humos a la cabeza y que el se sentía humillado o lo que se dice “pordebajiado”; pero eso no es razón para dejar tirado un hogar como lo hizo. Si cometí errores, creo que ya los pagué con los sufrimientos que he tenido en estos años. O será que él sigue muy celoso porque ve la forma en que me miran los hombres; o pensará que soy demasiado mujer para él o más inteligente o más realizada en la vida y entonces necesita una más mediocre que se deje mandar, que le dé gusto en todos sus caprichos y que lo trate como a un príncipe. Para saber que yo me pude haber casado con el que yo quisiera, pude haber escogido entre muchos. Ahí estaba Chepe, o Agustín, siempre locos por mí. Pero no, yo lo escogí a él, lo preferí a él por encima de todos, aún en contra de mi propia familia. Los hombres son tan incomprensibles y como él dice que a mí no me llena nadie, que le exijo demasiado y que todo se debe hacer como yo digo que se haga; me imagino que la mosquita muerta esa no lo presiona, le dice que sí a todo mientras lo agarra por el pescuezo y lo pone de rodillas a sus pies. Pero algún día las pagará, maldita, yo sé que tendré la revancha.

IV
- Tómese otro aguardientico, reinita, ¡Vea como salió buena para el trago la jovencita!- Dijo divertido mostrando el hueco en sus dientes. El auto seguía caracoleando por las lomas de la ciudad.

- Por favor no me hagan nada. ¡Tengo mucho miedo!- Sollozó con voz aguardientosa la muchacha.

Su acompañante no contestó. Le pasó nuevamente la botella. Con un gesto le indicó que tomara otro trago. Ella no dijo nada. Era inútil. Bebió un largo sorbo. Hizo cara de asco, una mueca con hipo, un eructo involuntario que le devolvió un vaho vinagroso, mientras el mundo giraba a su alrededor con una ebriedad que la perturbaba.

- Nadie te va a hacer nada reinita- Dijo el mueco mientras le revolvía y desordenaba el cabello con una mano ruda que no sabía de caricias ni de ternuras.

El conductor, siempre en silencio, prendió un cigarrillo de marihuana que aspiró complacido y con aire de satisfacción. Se lo pasó a su compañero al asiento de atrás. El humo llenó de nebulosas delirantes el reducido espacio del vehículo. Ella tuvo arcadas pero las contuvo.

- Péguele una fumadita, reinita; verá como se le asienta la borrachera, dijo el pustulento con los ojos pequeños e inyectados. Mientras lo miraba, ella pensó en un lagarto verde y baboso.

- Es que no lo sé aspirar, protestó ella; sin embargo, lo fumó torpemente. Una tos seca y perruna desencadenó un ataque de risa en sus dos acompañantes. El eco hienesco le aturdía los oídos.

- ¡Mire como salió de sana! ¡Páselo con otro traguito! -Le alargó nuevamente la botella.

Al fondo las luces de la ciudad titilaban incontables cual luciérnagas mudas y cómplices. Ella sintió un severo vahído que la sumía en un sueño como ajeno, casi lejano, en otra levedad que le hacía insensible el cuerpo.

- Quítese los pantaloncitos, reinita. -Ordenó el barroso.

Ella no opuso resistencia; obedeció sin reparar la orden, se preparó para lo peor, ya no le importaba. Él los recibió, los olió deleitoso y se los guardó en el bolsillo de la chaqueta. Estaba ya entrada la noche, el rugido de la ciudad había amainado un poco. Cuando se sacudió el sopor de su cabeza, espeso y pesado como una culpa, habían llegado nuevamente a la clínica. Le ordenaron que se bajara. Los pies casi no le respondían, se acomodó como pudo la falda y con dificultad se apeó del carro. Se vio en una ciudad que desconocía, en la puerta de la clínica, donde un portero bastante extrañado la recibió.

- Hasta luego, mamacita, mañana la llamo y de pronto la recojo- Dijo el pustuloso a través de la ventanilla, mientras le enviaba un beso en medio de su sonrisa edéntula -No me olvide reinita- El vehículo arrancó sin prisas.

El portero de la clínica la miraba con sorpresa. Ella aún no salía de su estupor; no atinaba a responder, no lograba hilvanar ni las palabras, ni la historia que necesitaba contar. Todo era tan sórdido, tan brumoso. Solo reaccionó cuando su vómito incontrolable llenó el espacio de la recepción, se sorprendió en el suelo nadando en él y los gritos del vigilante entre energúmeno y sorprendido la hicieron volver a la realidad.



V
No sé por qué, pero la vida es como una tómbola que gira y gira, todo da vueltas, todo se sabe, todo vuelve a ser como al principio. Me parece graciosa la actitud de Jaime Alberto, todo dulzón, todo complaciente conmigo, como tratando de plantear acercamientos, después de todo lo que me hizo.

Es que todo lo que empieza termina y parece que la historia de esa perra tenía que terminar así, ya ve, él se tuvo que dar cuenta que la echaron del trabajo por dejar solo el laboratorio de la clínica en pleno turno y llegar a media noche toda borracha, toda despelucada y enmarihuanada, vomitando como una poseída, cayéndose al suelo y qué escándalo, ¡estaba hasta sin calzones! Parece que llegó casi inconsciente de lo farriada, hablando a los gritos, diciendo que la habían secuestrado, y quién le va a creer a una ebria en ese estado, en esa facha, sin signos de violación, sin robarle ni un peso, ni siquiera el reloj, mandándose besitos en la puerta de la clínica al despedirse de su galán, esa no se la cree nadie, ni la creyó el gerente de la clínica, ni Jaime Alberto, ni siquiera su propia madre, vieja alcahueta que le acolitó siempre todas sus pilatunas. Lo bueno de todo es que parece que al fin Jaime Alberto reaccionó y se dio cuenta de lo que se iba a perder, por que lo que soy yo, sí, lo confieso, en ocasiones me daban ganas de matar la maldita, pero de matarla si no soy capaz, es cierto.
UNA TARDE EN EL INFIERNO DE TERESA

Cuando volví a ver a María Teresa casi se me parte el corazón. Había sido una noviecita de juventud, nos quisimos mucho, vivimos el momento como sólo se hace antes de los veinte años; un día descubrimos que andábamos en otras cosas, que teníamos otros intereses, que ya nada nos unía. Casi pensé que la había olvidado, hasta el día en que la volví a ver.

La encontré demasiado vieja, demasiado triste, demasiado melancólica. Como si hubiera sufrido mucho, como si el destino se hubiera ensañado con ella.

- Me trajeron deportada de los Estados Unidos porque me pillaron sin papeles e inmigración me despachó ahí mismo. Me hicieron venir con el rabo entre las piernas- me dijo con amargura.

- Me fui con Jairo Arbeláez por el hueco a través de la frontera - continuó- Nos gastamos los ahorros de más de cinco años de sacrificio y de trabajo como burros, malviviendo como animales en cuevas de los barrios más pobres y peligrosos de la ciudad. Cuando estábamos en la parte americana de la frontera, uno de los coyotes recibió una información por el celular, se asustó, empezó a hablar bajito con sus compinches y empezaron a disparar; ahí me mataron a Jairo y creo que mataron algo de mí también. Se quedó tirado en un charco, pobrecito, en medio de barro y mugre. Allí se debe estar pudriendo en muerte, pues ya bien podrida que tenía su miserable vida. Ni siquiera tener el derecho a un entierro decente, a una misita por su alma. En eso llegó la guardia, hubo un abaleo, los coyotes huyeron, a los que quedábamos nos apresaron, nos encerraron en jaulas. Allí estuve como cinco días, muerta de hambre, de dolor, de susto, hasta que nos bañaron con mangueras, nos pusieron ropa, nos amenazaron, nos reseñaron y nos mandaron de regreso a casa.

- Con Jairo – continuó diciéndome sin emoción, fría, con una voz monótona y mirándome a la cara sin brillo en sus ojos – hicimos juntos muchos planes. Cuando lo conocí me pareció encantador y noble, pero de malas para todo. Empezando por su apodo, imagínese, Jairo “Paquete”. Así le decían y de frente. Ya en esa época lo habían expulsado de la policía al parecer por una inquina de algún superior y por unos chismes y unos cuentos todos raros, pobrecito, él que era incapaz de matar una mosca. Luego de eso le quedó muy difícil conseguir un trabajo estable. Nada le salía, era un pobre perdedor. Pero estaba loca por él, me gustaba oírle todos sus rollos sobre sus sueños, sus esperanzas y ambiciones. Él trabajaba en ese entonces como empleado en un taller y a raticos su hermano Jaime Alberto le daba aventones para que se ganara un billetico en el taxi. Tenía vocación de peón, pues todos los negocios que montó se quebraron, pero para trabajarle a otros sí era bueno, ahí si rendía. Cuando yo me salí de la casa, empecé a trabajar en un almacén de zapatos; como no pude estudiar, me tuve que conformar con ganarme el salario mínimo. Al principio nos fuimos para un barrio popular de las comunas, pues era más barato el alquiler; pero empezaron las guerras entre las bandas, no se podía entrar o salir después de las siete de la noche, ni la policía se atrevía a entrar a esa hoya. Una noche, un grupo de milicianos entró por la fuerza a la casa y me violaron, se robaron el televisor, la grabadora, hasta la platica que teníamos; a Jairo le tocó ver todo. El pobre no podía con la rabia y la humillación y lo peor fue que él no era un guerrero, no había nacido para la lucha, le tocó tragarse su orgullo y condenarse en silencio con su soberbia; entonces nos tocó irnos, pobres y derrotados a otro barrio peor. Un día, viendo que con los sueldos que ganábamos y con los gastos que teníamos no íbamos a poder ahorrar para viajar a Estados Unidos, decidió que la mejor forma era no pagar arriendo y así vivimos como gitanos en apartamentos desocupados durante casi cuatro años. El procedimiento era simple: uno de los dos nos fijábamos en los edificios que no tuvieran portero; detectábamos cuál de los apartamentos estaba desocupado hacía mucho tiempo, por feo, por oscuro, por helado o por caro. Nos poníamos la mejor ropita, íbamos a la oficina de arrendamientos, pedíamos la llave con la disculpa de que lo queríamos alquilar, le sacábamos la copia y por la noche, cuando nadie nos veía, nos metíamos allí con el maletincito donde teníamos las cobijas, el jabón y la ropa. Al principio nos moríamos de la risa, nos amábamos locamente con esa complicidad de dos pobres diablos, encalambrados de frío y llenos de ilusiones. Al otro día, salíamos muy de madrugada para que nadie nos fuera a descubrir; aprendimos a vivir en la oscuridad y en el silencio, a movernos como gatos con sigilo y cautela. Siempre teníamos dos o tres apartamentos en la mira por si teníamos que cambiar rápidamente de ubicación, por si alguien nos sorprendía o empezaba a sospechar. Para no gastar en alimentación mucho dinero, comíamos en el centro donde usted encuentra almuerzos y comidas completas por centavos. Y en medio de esa vida de estrecheces y limitaciones fuimos reuniendo un capitalcito para poder emigrar. A él se le ocurrió pedir la visa a lo legal, pero por supuesto se la negaron. Se gastó un poco de plata en el intento y quedó muy ofendido y resentido.

- Al final, cansados de ver que estábamos en un círculo vicioso de mediocridad y pobreza, y que ninguno de los dos teníamos las agallas para la delincuencia, decidimos irnos como ilegales para la USA. Ya le conté el resto.

- Me da tristeza verme vieja y pobre, sin estudio, sin Jairo, sin saber para dónde coger. Me da rabia saber que estoy entre las que mi Dios escogió para perdedoras, para estar siempre del otro lado de la suerte, de la otra orilla de la felicidad.

Sintiendo que ya había agotado el tema de su pequeño mundo, de su despreciable existencia, se quedó en silencio. Fumó un cigarrillo y noté que sus manos estaban precozmente viejas, ruinmente demacradas por el sufrimiento y el exceso de privaciones.

Todavía caminaba erguida y tenía un lindo cabello. Me pareció que aún tenía un aire de dignidad que no la dejaba caer en la indigencia o en el suicidio, más allá de la tragedia de su propia vida. Nos despedimos un poco cortantes, sin promesas, sin cortesía, sin falsas nostalgias ni antiguas alegrías. Nunca más volví a saber de ella.


MORDIENDO EL ASFALTO

I.

Agustín nunca pensó que la muerte de su madre llegaría a ser tan dolorosa; al fin y al cabo llegó a creer que después de tan larga agonía ya había elaborado una especie de duelo preliminar que lo preservaría de alguna manera contra el impacto del fallecimiento que tarde o temprano se iba a presentar y que el dolor se podría atenuar un poco. Pero no. Fue brutal. Realmente llegó a sentir que se quedaba sin algo muy importante en su vida, en su cuerpo, en su afecto. Se sentía inmensamente triste y vacío, como nunca pensó que se podría llegar a sentir algún día.

Él, enseñado como estaba a enfrentar con sangre fría y casi sin ningún sentimiento todos los actos de su existencia. Sin embargo, cuando no había acabado aún de recuperarse de ese golpe que lo sacudió de tal manera, llegó el batacazo que nunca pensó, el que casi lo derrumbó completamente, el que talló de forma definitiva el espíritu y amenazó con dar al traste su mundo interior: su hermano menor, su alma gemela, su protegido, el espejo en el cual proyectaba lo mejor de sus propias visiones, fue asesinado en la calle, como un perro, en un lluvioso amanecer cuando regresaba de la Policlínica municipal, luego de ejercer allí su función como cirujano general. Al parecer el motivo fue algo simple y absurdo: un atraco callejero para despojarlo de su carro y al que según las versiones, opuso resistencia.

Luego de sus dos tragedias personales, de perder a las dos personas que le justificaban la existencia y lo reivindicaban con la cara amable del mundo, todo cambió para él.

Al finalizar la liturgia, no quiso conversar con nadie, prefirió estar solo, caminar un poco; al fin de cuentas, qué iba a saber la gente del terrible sentimiento que lo incendiaba por dentro. Tantos recuerdos, tanta nostalgia, tantas cosas que dejó de hacer y de decir, de pronto más intolerancia de la necesaria, más arrogancia de la que realmente se hubiera querido permitir.

Se miró a sí mismo y se descubrió llorando nuevamente mientras recorría sin rumbo las calles de la ciudad. No se sentía bien, quería que todo terminara ya; buscó estar en paz consigo mismo y descansar de tanto sentimentalismo.

Al fondo de la calle vio la iglesia de San José y le pareció buena idea entrar a rezar, dejar reposar su angustia y controlar la confusión.

Al intentar pasar la calle, un hombre andrajoso y sucio vociferaba contra un perro que le ladraba con furia; en ese instante tiró un saco con basura tratando de agredir al canino. El fardo pasó peligrosamente cerca de Agustín y por pocos centímetros no lo golpeó. Por tratar de esquivarlo, nuestro amigo perdió el equilibrio y cayó pesadamente contra el andén y luego sobre un charco del borde de la calle.

Las aguas pestilentes lo mojaron, quedó completamente empapado de un líquido putrefacto que le manchaba la ropa y el cuerpo. No lo podía creer. Después de un día como el que tuvo, ahora le pasaba esto.

- Eso te pasa por metido y por atravesado, hijueputa – Escupió una boca sin dientes, mientras con una fiera actitud blandía una varilla con la que amenazaba golpearlo en el suelo. El perro latía ensordecedor, los curiosos pasaban indiferentes por el lado, los gamines de la calle se reían burlones mientras empezaban a hacer corrillo.

Incrédulo, estupefacto, aturdido, Agustín llevó instintivamente su mano a la correa buscando su revólver. No lo encontró. Con la parafernalia de la ceremonia y del entierro, se distrajo y lo dejó en la casa. Su corazón palpitaba furiosamente. A pesar de su temperamento violento por naturaleza, entendió sin convicción pero con pragmatismo que se debía retirar.

Pensó en su madre. Sintió húmedo todo su cuerpo, la ropa le incomodaba, el olor era insoportable, las risas y los insultos lo apabullaban, la humillación lo poseía.

Mientras tomó el rumbo de la calle hacia su casa, se descubrió nuevamente llorando y con los puños cerrados por la ira. Se sintió extraño y tembloroso al descubrir que en ese momento el recuerdo de su madre y de su hermano había pasado a un segundo plano.

II.

- Llevamos varios días dando vueltas por esta calle, inspector- Dijo el chofer mientras la patrulla esperaba el cambio en el semáforo. ¿Por qué fue que le dio por cambiar de ruta, si por la Avenida Oriental llegamos más rápido? - Preguntó masticando un palillo de dientes que mantenía en la boca. Habían estado demasiado tiempo trabando juntos en muchas misiones peligrosas para permitirse estas preguntas con su jefe sin parecer confianzudo.

- Es que tengo un negocio pendiente y quiero estar bien seguro de todos los detalles – dijo Agustín sabiendo que no sonaba convincente.

Sus ojos vivaces miraban nerviosamente a cada uno de los lados y por el espejo retrovisor.

- Tiene que ser un negocio muy poderoso para que usted le dé tanta importancia, jefe. Yo ya lo conozco. Si quiere me cuenta- Dijo el conductor mientras forzaba una sonrisa que trataba de ser cómplice. Sólo que su mostacho feroz la cubría completamente.

- Todo a su tiempo camarada, todo a su tiempo- Dijo Agustín indiferente con un tono que trataba de indicar que la conversación había terminado.

III.

Luego de dos semanas de persistir en la rutina de estar dando vueltas por la iglesia de San José, al fin una tarde lo pillaron. Iba arrastrando una enorme carreta de rodillos llena de basura y material para reciclaje, con dos perros criollos al lado, llenos de peladuras sus lomos, evidentes los costillares.

El atuendo era el mismo, la ropa más raída y más sucia; sobre ésta un grueso abrigo que sin duda había conocido tiempos mejores, los zapatos eran de tallas y colores diferentes. Cantaba distraído y ensimismado como lo hacen quienes no tienen preocupaciones ni cargos en su conciencia.

El armatoste ocupaba varios metros y tras de él los carros hacían sonar sus bocinas impacientes. Con una indiferencia absoluta reflejada en su rostro, el personaje seguía marcando su paso sin ninguna prisa. Los perros lo seguían al tiempo que recogían sobras de la calle.

Cuando lo vio, Agustín sintió una descarga de adrenalina sobre sus sienes y un brinco alocado en su pecho. Las manos le sudaban copiosamente.

- Ahí está mi negocio pendiente – Dijo mientras señalaba al sujeto de la carreta.

- ¿Y cómo es la cosa jefe?- Dijo el conductor sin entender nada de lo que ocurría.

- Vamos a seguir a este animal hasta que llegue a un sitio menos congestionado- Ordenó Agustín sin dar lugar a cuestionamientos. Tenía las orejas rojas y el sudor le hacía brillar la calva de un modo que al conductor le pareció gracioso.

- Pues usted es el que manda mi doctor, pero ya si va siendo hora de que me cuente de qué se trata todo este rollo- Inquirió el del volante, genuinamente interesado.

Agustín le contó toda la historia.

IV

Cuando estaban amparados por la penumbra de las siete de la noche y aprovechando que en la plazuela de San Ignacio había poca gente, ya espantada por la llovizna incipiente, los pocos transeúntes vieron cómo de una furgoneta policial descendieron varios hombres de civil, armas en la mano y a empellones hicieron subir al vehículo a un reciclador, dejando en media calle su carreta de corotos mientras los perros ladraban con algarabía. Una vez adentro, la emprendieron a golpes y patadas contra él, propinándole una soberana muenda.

El hombre gruñía e insultaba sin entender qué estaba pasando. Rogó, suplicó, gritó que no lo golpearan más, que no comprendía qué había hecho para que lo torturaran de esa forma. Al final, exhausto, perdió el conocimiento.

- ¿Qué hacemos con este despojo de mierda mi doctor?- Preguntó uno de los agentes ya sin aliento.

- Yo creo que lo mejor es despacharlo de una vez- Sentenció el chofer – luego lo botamos por el sector de Las Palmas- Enseñado a tales procedimientos, su voz sonaba natural y segura.

Al girar para coger la ruta hacia el sitio donde pensaban terminar su misión, vieron que había un inmenso trancón vehicular que impedía que los carros fluyeran normalmente.

La lluvia caía pertinaz y agravaba la situación. Por un momento, Agustín y sus hombres se sintieron nerviosos. Llevaban en la parte de atrás del carro a la víctima y el tránsito estaba detenido.

- ¿Ahora, qué hacemos jefe?- Preguntó uno de los policías.

- Espere yo me asomo a ver cuál es el problema- Dijo Agustín, quién por su carácter gustaba de apersonarse de los procedimientos.

Se bajó del vehículo, abrió una sombrilla y avanzó por la fila de carros.

No pudo menos que alegrarse al ver que el obstáculo en la vía era propiciado por un reciclador que arrastraba una carreta enorme, la cual, al tropezar en un hueco, había volcado todos sus cachivaches a la vía pública. Alegaba furioso con dos policías y un agente de tránsito. No entendía razones.

- Este es el que me va a salvar- Se dijo Agustín en voz baja mientras sonreía con satisfacción.

Una vez se identificó, propuso montar al carretillero con todos sus chécheres al camión. Los agentes, encantados, lo hicieron rápidamente; fueron ayudados por un grupo de mendigos que se acomidieron para ver qué podían robar con disimulo, mientras los de la patrulla se hacían los de la vista gorda.

V.

Una vez adentro, el carretillero maldecía y se quejaba contra el abuso de la autoridad. Para acallarlo, con una linterna le alumbraron señalándole el cuerpo del primer hombre que yacía moribundo en el suelo, respirando con dificultad, completamente bañado en sangre, hecho todo un amasijo de huesos rotos y quejidos sordos.

- Y eso que el trancón que hizo este miserable fue más pequeño que el tuyo- Le dijo con malicia Agustín.

- Qué me van a hacer, por favor no me peguen, no me maten, tengo familia- Chilló el vagabundo.

- Hagamos un trato- Dijo Agustín en tono conciliador.- Usted me cayó bien, se ve que es todo un hombre de negocios. – Hablaba con un tono entre irónico y paternalista- Le propongo: monte este deshechable en su carreta, déjelo bien lejos y lo dejamos ir sin problemas. Eso sí, si lo volvemos a ver, a usted o a él, le garantizo que le damos una paliza el doble de fuerte que la que le dimos a éste. ¿Me entendió?- La entonación de la pregunta no admitía ninguna interpelación diferente.

- ¡Claro mi doctorcito, por supuesto que sí mi jefecito!-Dijo el hombre mientras se arrodillaba y trataba de besarle la mano a Agustín, quién la retiró con asco.

- ¡Manos a la obra, antes de que me arrepienta!-Ordenó Agustín.

Entre todos lo ayudaron a bajar la carga del vehículo, incluyendo al aporreado. El hombre huyó despavorido, jalando con una fuerza inusitada la pesada carga.

La noche cayó sobre la urbe, la lluvia amainó un poco. En silencio todos volvieron a su rutina, menos los dos recicladores que nunca volvieron a mostrar sus duras cabezotas por la ciudad.


EL PERRO

Conocí a Jaime Alberto Arbeláez, "El Perro", en el parque de Belén la noche en que me tocó quitárselo de encima a Horacio Zapata, el mayordomo de un amigo mío y evitar que lo destrozara a golpes en uno de los ataques de ira más auténticos y enardecidos que me ha tocado presenciar. Aunque era de toda la vida del barrio, nunca coincidimos en ningún sitio hasta esa noche. Luego supe que había trabajado de portero en el teatro Mariscal, y que al derrumbarlo, le tocó dedicarse a manejar taxi. Como yo en esa época trabajaba de día en los juzgados y estudiaba de noche para poder graduarme de abogado, nunca iba a cine, entonces no tenía por qué encontrarme con él. Años más tarde se casó con esa ricurita de Gladis Tatiana, la médica delicada y tierna que nunca me dio entrada, hermana de ese baboso de Giovanny, pero totalmente opuesto a ella en todo sentido.

Todo comenzó cuando Horacio, contento y extrovertido como siempre, bajó de la finca a mercar y aprovechó que le pagaron un dinero extra por la comisión de la venta de unas bestias, para tomarse unos tragos y divertirse con "La pecosa", una putica barata y cariñosa que siempre le demostró especial afecto. A las l0:30 de la noche cuando salieron del bailadero, Horacio se acercó a Jaime Alberto que estaba comprando cigarrillos aún montado en el taxi de su propiedad y le dijo:
-¡ Oye Jaimito! ¿ Por qué no me haces el favor de llevarme a un motel de la Estrella a ver si termino bien el programa con "La Pecosa"?-

Jaime Alberto, que llevaba más de quince horas de trabajo continuo le dijo:

-Perdóname viejo, pero estoy muerto de cansancio. Ya voy a guardar el carro-.

- ¡Anímate, Jaime, anímate! - insistió Horacio -mira que está difícil encontrar un taxi a esta hora. Colabórame y te doy una buena propina.

-¡Ya te dije que no!- repuntó Jaime Alberto irritado. -¡Hoy no trabajo más!. ¿Entendiste?-.

-¡ Que va hombre! ; este "Perro" si es un picado. ¿Te me vas a hacer el importante?¡“Perro” fastidioso!

¡Y ahí fue Troya!.
Energúmeno, descendió Jaime Alberto del carro, rojo de ira, temblando. Cogió a Horacio de las solapas, lo recostó contra la puerta aún abierta y la emprendió contra él a puños. No le dio tiempo de reaccionar, fue toda una descarga de golpes. Horacio casi sin conocimiento se desmayó; en ese momento los que estábamos allí intervenimos y con mucho trabajo logramos quitarle la víctima; Jaime Alberto respiraba con dificultad.

-¡Aprende a respetar a los varones, mal nacido!-.Masculló trémulo de furor Jaime Alberto-

Teniendo a Horacio bajo nuestra protección, tirado en el suelo, ensangrentado, desubicado, desencajado, logramos que el furioso chofer se retirara. Era un vendaval, una tromba.

Cuando la víctima reaccionó, la Pecosa aún lloraba; lo sentamos en una silla de la parte de afuera de una heladería; respiraba con rapidez, su voz temblaba. Pidió una cerveza. Estuvimos callados unos minutos. La radiola de la cantina molía a un volumen estruendoso canciones mejicanas que hablaban de desventuras amorosas y de hombres traicionados y ofendidos.

-Yo no sabía que ese "Perro" fuera tan arrecho- dijo luego de un largo sorbo de cerveza. -Casi me mata ese animal-. La Pecosa y yo oíamos.

-¿Y por qué esa furia? ¿Por qué le dicen "el Perro?”-, me atreví a preguntar.

-Esa es toda una historia, hermano- Horacio lucía más tranquilo; bebió casi de golpe su cerveza; se limpió el bigote y se lamentó por el dolor de su labio superior que ya lucía hinchado. Escupió en el suelo. Ya el corrillo de curiosos se había disipado. Todos los que quedamos estábamos a la expectativa. Pasaban los últimos taxis. Las rancheras continuaban con sus decires lastimeros.
-Es toda una historia- Repitió.

Luego de sorber ruidosamente un nuevo buche de la amarga bebida, tomó una bocanada de aire e inició su relato.
- Imagínese que hace como l0 años, cuando los primeros narcotraficantes estaban haciendo sus viajes iniciales y ya empezaban a traer billete de Estados Unidos, Jaime Alberto cogió una carrera desde el centro hasta Copacabana. Eran dos tipos borrachos, ordinarios, ostentosos, con ropas estrafalarias, llenos de anillos y cadenas de oro; traían mucho equipaje; llevaron uno hasta Niquía, en Bello y luego siguieron hacia la casa del otro. Cuando llegaron, el Pisco se bajó, el chofer le ayudó con el equipaje y por la oscuridad, no vio que en el piso se le quedó un pequeño maletín.

- Al otro día cuando se levantó a trabajar y comenzó a limpiar el carro, vio la valija. Picado por la curiosidad lo abrió y casi se muere de infarto al descubrir que eran miles de billetes verdes. Puros dólares, ¡un maletón lleno de dólares! El tipo se puso nervioso, no sabía que hacer. Pensó en escapar y perderse con la plata, pero le dio miedo, ya sabía lo que la mafia le hacía a sus enemigos, estaba lleno de dudas y de nervios. No sabía como actuar. Por último se decidió, fue donde Orlando Alcaraz, un viejo amigo suyo, le contó la historia y le dijo que lo acompañara a devolver la maleta. Así evitaba que lo mataran y de pronto se ganaba su buena gratificación.

- Así fue. Llegaron donde el rufián de Copacabana, luego de un saludo nervioso le contaron la historia y le devolvieron el maletín.

- ¿Usted sabe que había en él?- le preguntó el negro dueño del billete. Los ojos rojos y pequeños le brillaban. Aún tenía el apestoso vaho de la resaca feroz de la noche anterior.

- Pues si, no le niego que le abrí la maleta, pero no le toqué ni un dólar, se lo juro-, contestó Jaime Alberto bastante ansioso y turbado pero tratando de parecer sincero y honesto.

- Y pensar que yo no sabía en donde la había dejado. Con esa borrachera y esa juma se me borró la película. Pero sabe qué hermano, tome cien pesos, mírelos con cuidado y piérdase. Y óigame bien, la oportunidad no se le presenta a uno sino una vez en la vida, Perro hijo de puta. Y se me va de aquí, no se le ocurra volver pues le sobra plomo. Y piérdase de una vez Perro hijo de puta-, insistía. –Tuvo toda la oportunidad de ser rico; en la maleta hay millones de pesos en dólares, pero usted no tiene calzones ni agallas para tener plata, Perro lambón; piérdase de una vez, Perro, chupamedias, ¡Perro!-¡Mil veces Perro!.

Muertos de susto, acataron la orden y huyeron como alma que lleva el diablo. Para aliviar la ira y la soberbia se amarraron una borrachera de 3 días donde le contaron a todo el mundo la historia; eso fue mucho llorar y lamentarse. Luego Jaime Alberto se perdió un tiempo, estuvo trabajando en el Valle del Cauca pero después volvió. Desde entonces no se puede mencionar la palabra "Perro" delante de él. Él sabe que todo el mundo lo llama así pero nadie le sostiene. Como hace tanto tiempo no pasaba, no pensé que me iba a reaccionar de esa manera.

- Y ya sabe, amistad- concluyó Horacio mientras se tocaba la quijada con su mano derecha.

– Ese “Perro” siempre ha sido y será un pobre güevón-.

UNA MIRADA DE ADIOS

I
La vida de Jaider Sneider Tangarife no se diferenciaba en nada de la existencia de los miles de jóvenes de su edad que crecieron en los barrios empotrados en las montañas que asientan su miseria a lado y lado del río que atraviesa la ciudad.

Creció con sus cuatro hermanos, todos de padres distintos, pegado a las faldas de su abuela, malviviendo una infancia llena de privaciones e indignidades que le dañaron para siempre la inocencia y le tallaron de forma definitiva el espíritu.

No conoció otro lenguaje que el de la amargura ni otra sensación distinta al resentimiento.

Su núcleo familiar, si se puede llamar así a esa anárquica dispersión de seres convocados únicamente por los vínculos de la sangre, lo componían además de la abuela y los hermanos, dos tíos, la madre y una prima mongólica.

La abuela era conocida como “Tata”, una monumental amalgama de grasa y mugre que ejercía con feroz eficiencia su matriarcado natural en medio de insultos, gritos, palabrotas y coscorrones. Sus dos hijos, Capeto y Luis, no desentonaban en ese marco de infamia que el destino les trazó como hábitat. El primero era un célebre travesti que sin duda había conocido tiempos de celebridad en sus correrías por Aruba, Curazao y el Caribe. Hoy, abrumado por la nostalgia de los tiempos pretéritos y la evocación de una gloria perdida que le atropellaba la memoria en medio de la pobreza, la vejez, la fealdad y el Sida, gemía día y noche como una plañidera que no se resignaba a esa imagen actual con que tan cruelmente el destino lo había condenado. El otro, Luis, era un alcohólico fracasado y solitario que no sabía ganarse la vida, que consumía los minutos rumiando frustraciones y tomando alcohol industrial mientras desplumaba de pesos a sus últimos amigos, fraguaba robos en almacenes de cadena y hurtos de poca monta y menos imaginación. Su pasatiempo favorito era abusar sexualmente de todo menor de edad que se lo permitiera, incluyendo sus sobrinos. Jaider Sneider no fue la excepción y fue víctima de los escarceos furtivos de su invertido tío, siempre protegido por amenazas físicas por si acaso el inocente llegase a contar algo.

La madre de Jaider Sneider fue un fantasma que siempre lo rondó; por tiempos desaparecía para irse a trabajar a los pueblos, detrás de un hombre o ejerciendo una prostitución itinerante en poblaciones mineras o durante la cosecha de café, volviendo siempre en embarazo o con un nuevo hijo que invariablemente le endosaba a la Tata, engordando cada vez más, cada vez más pobre y vieja, cada vez más sumergida en los abismos del vicio y del alcohol, ofreciéndose por centavos al primero que se apareciera, entregándose por la comida o por un trago o por un cigarrillo.

Los niños nunca recibieron de ella un abrazo o una caricia. Cuando pasaba alguna temporada con ellos, nunca se veían, pues ella salía por las noches a trabajar en la calle, y cuando regresaba a media mañana, era para dormir el trasnocho y la borrachera, en medio de un aliento apestoso y un genio de mil demonios.

En estas circunstancias, la niñez de Jaider transcurrió en el marco de un barrio marginal y desarraigado, tatuado perennemente por una profunda falta de afecto y oportunidades, mamando desde temprano en su vida el lenguaje y el ambiente de la calle, la escuela sin escrúpulos de la esquina, el ejemplo directo de los muchachos que ya se movían en el malevaje, que sin moral ni norma alguna, sólo veían en el delito, en el sicariato y en el pillaje la única forma de afrontar la supervivencia en esta urbe que con razón ya se iba conociendo como la ciudad de la furia.

Así se inició en la delincuencia y se integró a una banda. Primero ofició como correo, es decir, haciendo mandados, llevando y trayendo razones, guardando armas, comprando estupefacientes para el consumo de los mayores; luego fue “campanero”, o sea, el que vigilaba en una esquina o seguía víctimas o miraba cuando aparecía la policía, algún extraño o algún enemigo.

Por su persistencia, discreción y empeño en ascender dentro del grupo, un día fue invitado a “probar finura”, que significa demostrar determinación y valentía para matar a alguien y fue allí donde empezó su rápida carrera como sicario, ladrón de autos, asaltante de bancos y hasta secuestrador.

En forma vertiginosa se hizo a un gran prestigio dentro del bajo mundo. Era temido y respetado. Era buscado por los narcotraficantes para trabajos peligrosos y delicados y para “vueltas pesadas”. Le ayudaba a consolidar su imagen una enorme cicatriz de quemadura que le involucraba la frente, la oreja derecha y parte del cuero cabelludo en la cual no crecía pelo. Su ojo derecho no cerraba bien, y lagrimeaba constantemente, como consecuencia de la retracción cutánea. Por este aspecto, era conocido como “care-creisy” y se estaba convirtiendo en una verdadera leyenda.


II.

- Tranquilita mi amor, no se me asuste, no se me ponga nerviosa que conmigo le va bien. - Yo sé que las cosas están duras en la calle, pero si uno se mantiene atento, si se mantiene encomendado a la virgen y con las pupilas bien abiertas, no hay por qué temer.

- Mire que ya he progresado bastante, ya tengo mis buenos ahorritos. Unos cuantos trabajos más y me retiro para que nos vamos a vivir usted y yo solitos, bien lejos; me tiene un hijo que yo siempre he querido conocer mi pinta y yo la trato como a una reina mi amor .

- Claro que irme también tiene sus problemas, ¡cómo dejo a la abuelita Tata solita!, de qué va a vivir, sosteniendo a ese par de maricones de los tíos míos que no hacen sino darle preocupaciones, si no fuera porque la viejita los quiere tanto yo ya hubiera arreglado a ese par de locas, hace rato que estarían bajo tierra, pero qué se le va a hacer, uno tiene que aguantar mucha cosa en esta vida.

- Y también me da tristeza por mi vieja, ¡qué pesar! , mamá es mamá y uno la tiene que querer como sea , es que ha tenido muchas dificultades, pero deje que corone un negocio que tengo entre manos, una vuelta con un congresista, con un billete grande de por medio. Y yo sé que a mi madrecita la saco de esa mala vida que le tocó. Le organizo una casa bonita en un barrio bueno con mis hermanitos, con la loquita y con la Tata, y mando ese par de mariconas de los tíos míos para la mierda.

- Yo le tengo mucha fe a este encargo, es un poquito riesgoso pero yo nací con buena carnadura para el peligro; el martes voy a la iglesia de Sabaneta y le mando una promesa a la Virgen, le echo un poco de agua bendita a las balas y a la manilla para que me afine la puntería y yo sé que esa vuelta me la corono con éxito. Además usted sabe mamacita que al lado de Iván Mendoza a mí me ha ido bien. Ese “Malbicho” es un campeón, me tiene confianza y no le puedo quedar mal en esta vuelta. Yo sé que al lado de él voy para arriba, no me ataja nadie.

- Luego de eso reinita la invito para que nos vamos para la costa unos días para dejar enfriar la cosa y para descansar y nos dedicamos a querernos a ver si me queda rápido en embarazo, mamacita, pues ya me estoy desesperando por conocer la raza y usted sabe que yo la quiero mucho; pero no se me asuste, que falta poco para que todo esto termine, yo ya quiero parar y dedicarme a usted; las cosas en la calle se están poniendo muy pesadas y no quiero terminar con la barriga llena de plomo. ¿ Me da un besito mi amor ? .
III.

- Sí señor periodista. Mi nombre es Jaime Alberto Arbeláez y llevo quince años trabajando aquí en el cementerio de San Pedro como rondero. Y no es la primera vez que me entrevistan. A cada rato vienen periodistas, sicólogos, estudiantes haciendo la tesis de grado y como Medellín se volvió la capital mundial del crimen, la ciudad donde más asesinatos ocurren, pues es natural que lo entrevisten a uno con toda esa experiencia que uno coge con la muerte. Lo más interesante es que la muerte es lo más democrático que hay, no respeta ni a ricos ni a pobres, ya a todos los niveló, a todos los trata por igual.

- Imagínese que éste era antes el cementerio de los ricos. Mire los pabellones, los mausoleos, las capillas, las lápidas en puro mármol, los monumentos y vea los apellidos. Antes esto aquí era únicamente para los blancos. Ahora esto se revolvió del todo y se tornó un problema, una mezcolanza.

- Claro que tampoco es como en el cementerio Universal o en el de San Lorenzo que son los de los pobres, a donde llevan a todos los N.N, a todos los indigentes, desplazados, guerrilleros y mendigos; ellos son una verdadera guarida de ladrones y viciosos. Hay familias enteras que viven allí desde hace varios años, entrando a dormir por la noche. No hay quien los saque. Imagínese que allá entran grupos de adoradores de Satanás para hacer unos rituales diabólicos donde toman vino, comen hongos, fuman marihuana, oyen rock pesado, bailan y terminan en unas orgías que usted no se imagina. O si usted viera a los estudiantes de medicina comprando esqueletos para hacer las prácticas de anatomía. Y gente comprando cuerpos para hacer no sé qué negocios y cobrar seguros para estafar a las aseguradoras. O mentalistas y brujos robando huesos y tierra de las tumbas para elaborar bebedizos y hacer maleficios.

- No hombre, eso allá si es una verdadera feria donde no respetan a los muertos. Aquí en San Pedro es un poquito distinto, hay más clase, más categoría, pero las cosas están cambiando mucho. Es que hasta a uno le da vergüenza de lo que le toca ver y ya es cosa de todos los días. Antes los entierros eran solemnes, callados, tristes y muy religiosos. Los familiares venían, lloraban a sus muertos con discreción, los enterraban y cada cierto tiempo venían a visitarlos y a traerles florecitas o a rezar. Pero esto se volvió un verdadero circo.

- A medida que toda esa gentuza de los barrios populares empezó a conseguir plata con la coca, con el sicariato y con el crimen, empezaron a cambiar el ritual por un carnaval, el respeto por la algarabía.
- Vea por ejemplo: hay una tumba que tiene prendido un equipo de sonido que suena las veinticuatro horas del día con la música que más le gustaba al difunto, y ya lleva varios años de asesinado.

- Cuando el muerto ha sido aficionado a las cabalgatas, se ha presentado que sus amigotes borrachos se obstinan en entrar con los animales al cementerio, oyendo música a todo escándalo con unos parlantes pegados al caballo que se conocen como “burrotecas”. Los hemos tenido que sacar con la policía. Y aún así da lidia.

- Hay otra tumba de un mafioso que tiene contratado un escolta día y noche para garantizar que nadie vaya a profanar su descanso eterno, para darle mantenimiento y para tener siempre flores frescas.

- Había otra tumba de un narcotraficante que fue liquidado por un lío de faldas, lo mandó a matar su propia esposa según dicen; y durante mucho tiempo, la viuda venía a diario, dejaba un condón con semen al pie de la cruz, en venganza por su infidelidad; como quien dice, un clavo saca otro clavo.

- O como una costumbre que estaba cogiendo una banda del centro, de secuestrar mariachis cada que les mataban a uno de sus integrantes; se iban en una camioneta, obligaban a los músicos a venir al cementerio y a cantar gratis e intimidados por los revólveres, las más arrabaleras rancheras que usted se imagine.

- En ocasiones durante el entierro se han presentado enfrentamientos entre grupos enemigos que terminan con muertos de ambos bandos dentro del propio cementerio y al otro día hay cinco o seis entierros más, con la misma francachela y el mismo desorden. Es un círculo vicioso.

- Pero vea por ejemplo el caso de hoy, que es típico. Mataron a un muchacho de la comuna, ¡más malo que Caín! Era el terror en la zona; iba a atentar contra un senador, pero los escoltas lo neutralizaron. Y eso pasa cada que matan a un pillo importante. Primero lo transportaron de la morgue a la capilla. Parece que mientras lo velaban, aparecieron varios tipos de otra banda rival y se encendieron a bala. Hubo varios heridos. Cuando estaba en el ataúd, lo sacaron entre varios de sus amigos y en medio de alaridos, llantos, música a todo volumen y balazos al aire, lo llevaron a recorrer todo el barrio cargado en hombros. Se tomaban fotos con él, lo sentaban en las sillas, lo acostaban en las camas, las muchachas le besaban la cara y la boca, lo hacían tocar las motos y las pistolas con sus manos. ¡Haga de cuenta una peregrinación con un santo! Tuvo que ir la abuelita a suplicar que lo devolvieran a la caja .
- Y el pobre muerto ahí, quieto, sin odios, con esa suavidad y esa tranquilidad en la cara que da la muerte a pesar de una cicatriz que lo desfiguraba.

- En el cementerio, aparecieron varias muchachas jovencitas, algunas embarazadas al parecer de él, a dejarle en el sarcófago fotos y cartas de amor mientras lo lloraban a los gritos. También vi que unos muchachos le dejaron en la caja media botella de aguardiente y un rollo de marihuana. Durante la ceremonia empezaron a disparar al aire y con una grabadora gigante, ponían una y otra vez una canción que ya se volvió un himno, “Nadie es eterno en el mundo”, de un cantante popular llamado Darío Gómez, mientras vociferaban, berreaban y prometían venganza. Después, los mejores amigos, en el desespero y como para demostrar que lo querían demasiado, pretendían meterse con la caja al hueco para enterrarse con él. Los tuvieron que retirar a la fuerza.

- Todo esto que le he contado parece grotesco, pero es cosa de todos los días en esta ciudad de locos. Créame amigo periodista. Esto aquí era muy serio, pero ya se relajó demasiado. Se volvió un verdadero circo.


LA ULTIMA MILONGA DE MENDOZA

Con el cáncer de la venganza carcomiéndole el espíritu, Agustín no tuvo sosiego hasta que por fin pudo saciar el hambre feroz que tenía de ver mordiendo el polvo a Iván Mendoza, “Malbicho”, para cobrarle la muerte de su hermano menor, el cirujano, acaso el único que logró despertar en él algo parecido al afecto y a la bondad.

El afán de retaliación que le enconaba el alma, le llegó a cegar el cerebro, le atosigó el corazón, le llenó de hieles repelentes cada uno de sus sentidos, le hizo más impenetrable la coraza de su carnadura.

Desde la callada oquedad de su mutismo envenenado y tormentoso, maquinó todo tipo de estrategias para acabar con aquella peste de personaje que le robaba el sueño y le mortificaba como una rémora adherida sin atenuantes a la vida sin sentido que lo acosaba.

Diseñó redes urbanas de inteligencia que infiltraban las bandas de maleantes, pero pagó el costo de varios agentes encubiertos que fueron asesinados al ser puestos en evidencia. Llegó a fraguar atentados contratando sicarios ajenos a su círculo pero, o desistían al saber quien era la víctima, o sucumbían al escudo de la artillería del rufián y sus compinches.

Se insistía en el mundo del hampa y en el ámbito policial que Mendoza, “Malbicho”, era un pillo fuera de serie, una encarnación extrema de violencia y maldad. Se decía, y muchos lo creían, que lo del pacto con el diablo era cierto, que su quehacer como malevo trascendía las fronteras de lo normal. Él mismo se encargaba de alimentar su vanidoteca engrosando el calibre de las historias, echando a rodar cuentos que hacían crecer cada vez más su leyenda, alcanzando ribetes casi míticos dentro del bajo mundo y en las comunas de la ciudad. Dueño de una gelidez total en su accionar, su puntería sin yerro y su sangre fría al ejecutar una misión lo hicieron rápidamente conocido y temido. Alto, de complexión delgada tirando a enjuto, de cabeza grande y desproporcionada para su cuerpo, la frente amplia y los dientes enormes, la voz grave y pausada de bajo profundo que no admitía discusiones, le daban una presencia que rápidamente intimidaba, que de súbito impactaba, que nunca pasaba desapercibida. No conocía los escrúpulos ni los límites. No paraba en mientes si le tocaba matar a un amigo, eliminar por encargo a un conocido, atracar y luego liquidar a alguien de confianza. Si le gustaba una chica la tomaba; si un muchacho le atraía, pobre del mancebo si se resistía, pero no escapaba a su insaciable rijosidad y a su sodomía irrefrenable. Fumaba marihuana a toda hora, masticaba chicle compulsivamente.

Y decía que no le entraba la bala. En atracos bancarios, en robos a vehículos, en atentados personales, en enfrentamientos con rivales, contaba que nunca fue herido. Incluso una enorme cicatriz que tenía en el abdomen, que en realidad era consecuencia de una cirugía de urgencia por un balazo, él se la atribuía a una supuesta peritonitis. Tenía las siete vidas del gato. Era resbaloso, escurridizo, malicioso o simplemente liso, como se dice en los barrios. Sus chaquetas, ruanas y gabardinas, daban fe de los múltiples orificios de proyectil evadidos por su cuerpo. De ahí la fama de su alianza con el maligno y con razón. Tampoco nunca pagó condenas, a pesar de haber sido capturado en varias ocasiones. Tenía la suerte de ser siempre atrapado por policías que se vendían por monedas, o los testigos nunca aparecían a declarar o extrañamente resultaban muertos o el equipo de abogados que asesoraba y protegía su banda era brillante y mucho más eficiente y diligente que el de la justicia; no tenían ningún reparo en sobornar a un juez, en intimidar a un fiscal, en llamar a las víctimas para amenazarlas de muerte si no retiraban los cargos contra sus clientes.

Su banda era cada vez más poderosa y temida; tenía “oficinas” en varios barrios de la ciudad y se alquilaban al mejor postor: robaban carros por encargo, asesinaban por contrato para el narcotráfico, para los paramilitares, para los políticos, para todo el que les pudiera pagar. Atracaban bancos y joyerías, furgones que transportaban valores, camiones con mercancía importada, contenedores. Secuestraban víctimas que luego vendían por un precio a la guerrilla, recuperaban facturas incobrables, cheques chimbos, pagarés vencidos. Transportaban armas y drogas, cobraban protección a los negocios comerciales y a las empresas de buses y exterminaban en las barriadas a los que ellos consideraban indeseables. A los territorios que ellos controlaban no entraban sus enemigos, ni aún la policía. Imponían los horarios de llegada y salida, los noviazgos y hasta la forma de vestirse de las muchachas.

Tanto poder sobredimensionó el ego de “Malbicho” y de la banda; pasado un tiempo tuvieron graves problemas por enfrentamientos con algunos capos mafiosos y con comandantes paramilitares, pues ambas contrapartes vieron violentadas sus fronteras y sus negocios; se dieron traiciones, malentendidos, ruptura de pactos, atentados que buscaban la eliminación sistemática del otro bando. Hubo masacres, secuestros masivos con desapariciones y torturas, se presentaron hechos tan osados como el atraco a un edificio entero, bombas en centros comerciales y en parques públicos atestados de gente.

Cuando la tensión se hizo insostenible, el máximo comandante paramilitar de las autodefensas propuso una tregua para delimitar territorios y llegar a un acuerdo que impidiera el exterminio, el desaforado costo económico que implicaba asumir una guerra y el acoso de las autoridades que antes los resguardaban pero ahora los perseguían ante una situación inmanejable de orden ciudadano y de presión de la sociedad y de los medios de comunicación.

Y es aquí donde Agustín comprendió que era la coyuntura perfecta para actuar, cuando por información confidencial se enteró del pacto y del plan del comandante paramilitar.

Por sus antiguos contactos hizo conexiones con mandos medios de la banda para tratar de convencer a “Malbicho”, hombre desconfiado y retrechero por naturaleza, de que era la mejor salida, la negociación más conveniente. Nuestro inspector entendió en este momento que lo que nunca logró con la intervención directa y con el choque frontal, lo iba a lograr con su astucia, con su capacidad de intriga, con su poder de manipulación. A través de amigos infiltrados, de policías corruptos con doble fachada, de amiguitas ocasionales tramadas para el objetivo y hasta con la intervención de unas monjitas que prestaban servicio social y pastoral en un barrio pobre, Agustín jugó un papel muy importante para socavar el muro impenetrable de la desconfianza de Mendoza y lograr que se concertara el encuentro con sus antiguos aliados y ahora enemigos irreconciliables.

Al fin la reunión se realizó en una hacienda sabanera de la costa atlántica y las crónicas periodísticas revelaron el resto: la encerrona de los paracos dio resultado, en la matanza murieron varios de los más importantes jefes de la banda que durante tanto tiempo azotó la ciudad, entre ellos Iván Mendoza, “Malbicho”, el inmatable, el intocable, el más volátil y despiadado de todos.

Después de esto, al fin Agustín pudo conciliar el sueño con serenidad por primera vez en muchos años.

En esa madrugada, en el silencio de su habitación, de rodillas ante la foto de su hermano menor y de su madre, con un enorme cuadro de la Virgen del Carmen a sus espaldas como atalaya de su devoción, Agustín lloró como nunca, de rabia y de alegría, de dolor y de placer. Sentía que descargaba un enorme lastre de su vida, pero se sintió nuevamente confuso, extrañamente cansado y vacío, inmotivadamente triste y deprimido; no lograba entender el por qué, al lograr lo que más anhelaba su corazón por tanto tiempo, no desbordaba en felicidad y reposo, en equilibrio y tranquilidad.

Se secó las lágrimas, se santiguó por última vez, besó la foto de su hermano, se puso la chaqueta más elegante luego de buscar los anteojos deportivos, de marca; pensó que le convendría caminar un poco para aclarar la mente pues era verdad que se venía sintiendo cansado y confundido.

Necesitaba despejarse, necesitaba reencontrarse ahora que había logrado conjurar su mayor obsesión.

Como siempre, enfundó su fiel revolver en el cinto, se miró al espejo antes de salir y, haciendo cara de circunstancias, casi con desgano, salió a la calle.

Le llamaba la atención, pero la avenida, la esquina, la ciudad, no habían cambiado nada desde la vez anterior, como si no supieran nada, como si nada hubiera pasado.

Sin los afanes de diario, como si arrastrara una pesada carga, sin remordimientos y ya casi sin nostalgias, la avasallante y ruidosa rutina de la mole de cemento lo acogió entre sus brazos, con su paso lento e inmotivado, volviéndolo parte de un paisaje brumoso, contaminado y cadencioso que lo envolvía y lo diluía tragándoselo en la entraña de su serpenteante transcurrir.



FUMANDO HE ESPERADO ... DEMASIADO

Las noticias lo decían claramente: el vehículo del gerente del banco había sido robado y el pobre hombre sufrió un colapso nervioso que lo mandó al hospital con un infarto cuando vio que un solo asaltante, elegantemente vestido, de chaqueta fina y gafas de marca lo encañonó con la pistola y le dijo que no se asustara, que si no oponía resistencia todo saldría fácil y que necesitaba el carro para hacer un atentado con una bomba en un centro comercial del Poblado, que haría parecer de juguete la que pocos meses antes pusieron en el otro centro comercial de moda, la bomba del Tesoro.

Eso ya no me impresiona en esta ciudad. Todos los días pasa algo similar y es como si fuera parte del paisaje. Pero uno tiene que seguir saliendo a la calle. Todos tenemos nuestros propios problemas. Y con el trabajo que tengo ya nada me sobresalta, todo me parece normal y posible. A veces el enemigo no está afuera sino adentro de uno, le taladra todo el día y toda la noche el cerebro. Y ese taco en el pecho y esa rabia que uno no puede desahogar.

Ahora me sale el médico con el cuento de que tengo esa manchita en los pulmones, que la radiografía es dudosa, que necesito la biopsia. Como si fuera poco llevar a cuestas esta vida mediocre y miserable que me tocó. Nada me sale bien. Desde muy joven, toda mi vida no ha sido sino una lucha permanente, sin apoyo y sin amor. Cada que quiero a alguien, o me ignora, o se muere. Me enamoro de una muchachita, me vuelvo loco por ella y preciso, se casa con otro. Como mi Gladis Tatiana, que justamente escoge al más pobre y guevón de todos, imagínese, “El perro”, y para mí nada. Le cojo afecto a un policía por bueno y cumplidor y claro, a los pocos días lo desaparecen. Me les consagro a mi hermanito y a mi madre para sacarlos adelante y en veinte días los pierdo a los dos, apenas cuando podemos empezar a disfrutar luego de años de sacrificio y esfuerzos. Sólo soy bueno y útil cuando me necesitan los amigos, cuando en este servilismo torpe les puedo aportar algo y pueden lucrarse de mí. Claro que cuando yo los llamo se ofuscan, no tienen tiempo, están muy ocupados, que mucho trabajo, que muy inoportuno, que muy retacador. Nunca me llaman a saludarme. Pero si necesitan algo y me llaman, siempre me encuentran. Como mi amiga que cuando quiere ir sola al cine me llama para que la acompañe pues teme ir sin compañía pero no me habla y si le propongo algún tema me dice que soy muy insistente y muy cansón. O como el amigo que para celebrar mi grado de abogado me invitó a comer a un restaurante de lujo y yo tuve que pagar la cuenta. O como mi primo que cuando quiere pasear a mi finca, no solamente lo tengo que acompañar y comprarle los víveres y el licor para él y sus amigotes además de transportarlo y después llega a criticarme a mis espaldas por mezquino, descuidado y mal anfitrión. O como la amiga que todos los viernes se siente muy sola pues el esposo sale con la amiguita de turno y me llama para que la acompañe a llevar su soledad y se me duerme en la mesa; la tengo que despertar para que se baje del carro y luego me dice que le encantó la compañía, que se amañó mucho, que la recoja el próximo viernes, si no tiene programa, claro, porque si la llama el cirujano fanfarrón que se cree una belleza, la boba ésta corre y vuela y me deja plantado.

Soy un bueno para nada, pero me da ira sentir autocompasión por mí.

Y manejar a los compañeros de trabajo. Ese miedo permanente a la puñalada por la espalda, al comentario hiriente, a la envidia destructiva.

Siempre deseé que todo cambiara algún día. Pero estoy exhausto de esperar que algo distinto suceda. Y cuando sucede, cuando creo que por fin le di una razón válida a mi vida, es como si no hubiera pasado nada. La misma rutina, el mismo desconsuelo, la misma vida estéril y plana.

Estoy muy solo y abatido. Ya no me siento el buen conversador que antes fui, ni rastros de mi buen humor y he gastado demasiado amor en mujeres que no hicieron sino explotarme, utilizarme y burlarse de mí. Y ahora me sale el médico con el cuento ese de la manchita en el pulmón. Ahora vendrán esos matasanos a ensañarse en la víctima, a experimentar en mí, a picarme en pedacitos, hasta agotar mi cuerpo y mi póliza.

Pero ya estoy cansado. Creo que hay que cambiar. Esto tiene que explotar algún día, no quiero ser estorbo para nadie. Sólo espero llegar rápido al parqueadero en este carro tan aparatoso y difícil de manejar y de meterle los cambios, para sentarme tranquilo y fumarme un cigarrillo como si fuera el último. Me quito la chaqueta, me quito estas gafas de sol, me aflojo la corbata y me siento a pensar que sí, que esto tiene que cambiar, que ya es hora de cambiar….

CERRANDO UN CIRCULO VICIOSO

En realidad uno es el que se busca los problemas cuando no los tiene; por ponerse a jugar con candela termina chamuscado, por ir por lana resulta uno trasquilado, quedando con el pecado y sin el género.

Eso fue lo que me pasó, a pesar de haber jurado mil veces que no me iba a exponer a mis años, a sacrificar mi estabilidad, mi hogar ni mis sentimientos en una búsqueda estúpida que no necesitaba, en un juego equivocado que de antemano sabía que no me conduciría a ninguna parte.

Y es que ya lo decía mi tía, que todos los hombres mueren por ese órgano, que ese apéndice colgante que nos pusieron para ir por el mundo prolongando la especie y generando conflictos, hace perder la sensatez y la cordura cuando asume su posición erguida, obnubila la mente y los pensamientos cuando está alerta, tratando de importunar la húmeda comodidad de la gruta mágica que Dios puso en las mujeres, propias o ajenas, para la perdición de los machos sin criterio ni determinación.

¿ Y a qué edad es que uno madura? ¿En que momento de la vida es que uno aprende a tomar decisiones adecuadas sin jugarse el destino y la felicidad en ello?¿Dónde venden los supositorios de sensatez, las pastillas de la sabiduría?

Yo ya venía de regreso. Era mi segundo matrimonio luego de un fracaso, siempre por mi culpa, en un carrusel de muchos años de licor, promiscuidad, intolerancia y libertinaje. Una mujer buena y varios hijos quedaron arrastrados y vacíos por el manejo de mi mal comprendido ego de varón desaforado. En esta vez me había prometido que todo sería distinto. Ya estaba lo suficientemente viejo para no controlar mis instintos y de alguna manera Gladis Tatiana se merecía un trato diferente, una entrega más comprometida y respetuosa. Ella era callada y digna, cariñosa y puntual. Era la reina del detalle y ejercía un control amable pero total de nuestra relación. Nunca una discusión que nos ofendiera, un contrapunteo que nos pusiera en peligro, una incomprensión que desgastara el amor. Si se han presentado disgustos, ha sido siempre por culpa mía.

Yo dependía mucho de ella, sentía que me equilibraba y me daba paz y a pesar de la diferencia tan marcada de edades, amaba en ella el talante, la determinación y la madurez. Yo ya había loqueado mucho toda la vida, picando aquí, picando allá, con plata y sin ella, con trabajo y en la ruina, y ella siempre me apoyó, a pesar de las críticas, a pesar de que la presionaban por ser ella una profesional y según ellos, yo un bueno para nada.

Y en realidad no necesitaba de nadie más desde que la tenía a ella. Como un guerrero en reposo, a mis años me seguían encantando las mujeres, pero había claudicado en el furor, en la fiebre de la pasión, en la obsesión compulsiva por poseerlas. Extrañamente, su recuerdo me protegía; siempre la tenía a mi lado en pensamiento o de presencia cuando alguna fémina volantona mariposeaba con aire de seducción. Y eso me servía y me resguardaba. El sólo pensar que podría herirla con algún devaneo me intimidaba, o que podría hacerla sufrir con algún desliz, automáticamente me inhibía en los coqueteos con la damisela de turno que me daba juego al cortejo. Ella era demasiado buena para ponerla en riesgo, absolutamente comprometida y querendona para exponerme a perderla, lo suficientemente noble, generosa y fiel para hacerla sufrir de alguna forma. Y me gustaba poder tener para ella esa deferencia, darle el tributo de mi entrega y mi lealtad. Ya había cometido los suficientes errores y a mi edad no era dable ni sensato una nueva equivocación, un nuevo divorcio, una ruptura más. Así duramos varios años.

Pero llegó el momento de caer. La lucha interna fue tenaz, pero el viejo monstruo de la concupiscencia que siempre habitó en mí y que yacía amalgamado en mis fibras y en mi naturaleza rugió de nuevo ante Marietta, una secretaria nueva en el cementerio donde trabajo, que literalmente me desató todas las pasiones y despertó al minotauro que de corazón yo esperaba permaneciera dormido en el laberinto de mi proclividad a la carne. Definitivamente yo estaba hecho para la lascivia y la lujuria; no podía resistirme más ante tal desborde de libido por esa maravilla de mujer.

Pero si tomé la decisión de pecar de nuevo, tendría que tener el control y no dejarme pillar como un imbécil, como siempre me ocurría, cegado por la tentación de unos pechos grandes o un culote enloquecedor. Como pude le di largas al asunto, manejando un como-que-sí-como-que-no que me hacía hervir la sangre, pero no solté las riendas.

Esa Marietta era un churrasco, una provocación que apenas contenía, una maliciosa proporcionalidad de curvas y aromas que me traían loco.

Y llegó el gran día. Mi esposa Gladis Tatiana tenía en el fin de semana la reunión impostergable de cada dos meses con el grupo de compañeros del hospital donde trabajaba, acaso sus único medio-amigos pues ella era muy reservada, como yo le decía, un “cusumbosolo”; tampoco frecuentaba a nadie, ya ni siquiera a mis hermanas, con las que en otra época eran buenas amigas. Ella apenas si sostenía llamadas de trabajo, era hermética con el mundo y me parecía muy justo que fuera a las ocasionales reuniones que convocaba su jefe. Además en esta vez yo lo necesitaba para poder llevar a cabo mi plan ya que casi siempre terminaban en francachela desatrasándose de todos los chismes y noticias y eso me daba el margen perfecto de maniobra para realizar la felonía que tenía enquistada hasta en el último rincón de mi espíritu de macho urgente. Lo planeé todo con precisión de relojero, no quedó nada al azar.

Llegada la hora me despedí de Gladis Tatiana con una tranquila indiferencia, como quien no quiere la cosa, deseándole una feliz velada. La idea era que como yo iba a estar tan solo y para que ella no gastara prisa en venirse del paseo, yo supuestamente me iría a reemplazar en el trabajo a un compañero que estaba incapacitado y luego arrancaría para la casa de campo de mi hermano y pasaría allí el fin de semana. Nuestro hijo se quedaría donde unos primos; además como buen adolescente, ya no le gustaba salir con nosotros. En el fondo yo estaba excitado y vibrante, pero también nervioso y culpable. Sabía lo que tenía que hacer y cómo lo debía hacer, pero un no-sé-qué me intimidaba, algo no precisado me mordía en un punto no definido entre el pecho y el abdomen donde supongo debe quedar el alma y que no aparece en los libros de anatomía.

Cuando Gladis Tatiana hubo salido y era claro que ya estaba en la finca, recogí a Marietta. Estaba preciosa, radiante. Tenía una voluptuosidad que amenazaba desbordarse por su ropa, un olor que invitaba al beso, al mordisco y un brillo perverso en sus ojos que me precipitaron como una bestia desbocada a esos manantiales exquisitos que se me rindieron plenamente y me embriagaron como si hubieran sido míos de toda la vida. ¡Qué hembra, qué locura, qué delirio! Los amigos siempre me han preguntado que si por trabajar con cadáveres y ver y examinar tantos muertos e incluso cuerpos sin vida de mujeres desnudas, no corro el riesgo de perder el gusto carnal por ellas. En esa noche demostré que eso no es más que una falacia. Estuve como un toro salvaje, como una bestia rijosa e insaciable. Lo único que perdí fue la cordura y la templanza.

Era tan profundo y entrañable el placer que me embargó, que rápidamente no tenía espacios para sensaciones de pecado o procesos culposos, como los de la mañana previa. Eso lo arreglaba más tarde, después me encargaría de resarcirle a la pobre de Gladis Tatiana su bondad y su entrega para compensar mi pequeño resbalón.

En esas andábamos, fundidos nuestros cuerpos en el sueño apacible de un abrazo cansado y tierno, cuando empezó la calentura. De súbito, cogido por sorpresa, casi me da un infarto al ver que por la puerta falsa de nuestra cabaña ingresaron dos hombres, uno con pistola y el otro con una metralleta recortada. Desnudos como estábamos, asombrados y asustados, fuimos obligados a meternos a la tina del baño. Nos explicaron con voz tranquila de profesionales curtidos en el oficio, dueños de la situación y con todo el tiempo del mundo, que era un operativo de atraco masivo en el motel. Que habían entrado a todas las habitaciones y que tenían controladas la entrada y la salida, reducido a la guardia de seguridad, sobornado a la patrulla que vigilaba el sector y que se llevarían toda la ropa, las joyas, el dinero, las tarjetas de cajero electrónico y sus respectivas claves (¡Ay del que la diera falsa!) y los documentos. El que saliera antes de dos horas podría darse por muerto. Sólo dejarían las llaves de los autos.

El susto fue mayúsculo, mis piernas apenas me sostenían. Esa sensación de indefensión combinada y agravada con la desnudez lo reducen a uno a la mínima expresión, se siente uno impotente y miserable en medio de ese miedo atroz. Marietta lloraba inconsolable a mi lado, obstinada en abrazarme. Me incomodó su cercanía, de algún modo me irritaba su contacto, en realidad ya no la veía tan hermosa. Sólo rogaba a Dios que todo esto terminara de una buena vez para llegar rápido a la casa, ojalá antes que mi esposa. Juraba y rejuraba que nunca más lo haría, que ahora sí me consagraría en cuerpo y alma a quererla, a cuidarla, a consentirla. Del cementerio para la casa, todo el tiempo para ella y nuestro hijo.

Cuando los pillos se fueron, luego de terminar de desplumar a todos y cada uno de los clientes, nadie acató la orden de quedarse quieto y parece que todos empezamos a llamar al mismo tiempo a la administración del motel para ver en que forma nos ayudaban a salir de tal embrollo.

Unos rogaban, otros presionaban con demandar, alguno alcanzó a amenazar de muerte al dueño del negocio, quien rápidamente se le puso al frente a tan grave problema. No quiso llamar a la policía pues de pronto le cerraban el establecimiento y la noticia podía trascender a los periódicos y el prestigio como motel de lujo se vendría al piso; además, los atracadores podrían tomar represalias.

En forma ágil discurrió un plan de acción. Como un amigo de toda su confianza era propietario de una factoría de ropa industrial, ordenó traer en una camioneta unos overoles que tenía en la bodega y los repartieron entre las víctimas. Eran unos gruesos trajes enterizos de un azul oscuro y unos zapatos tipo bota de los que utilizaban los obreros del sector metal mecánico y eléctrico. No eran los más glamorosos, pero a esa hora, en ese apuro, con esa ansiedad colectiva a punto de estallar, eran la mejor opción. Además, no había en donde más proveerse de ropa y quería a toda costa desocupar rápido el motel para librarse de semejante despelote.

Diligentes, los empleados se encargaron de repartirlos cabaña por cabaña; evidentemente no había ni por qué, ni con qué pagar la cuenta y todos salimos, uno por uno, en orden de numeración de los cuartos del motel. Nos iban abriendo las compuertas que obedecían al control del panel central. Me di por bien servido pues estaba en la número cuatro y no tuve que esperar mucho rato para salir despavorido de allí. Nos veíamos extraños y ridículos vestidos de overoles azules y zapatos cafés sin medias, ella con el pelo vuelto un caos y sin maquillaje, sus formas diluidas en tan poco garboso ropaje. En el camino casi no hablamos y ella me pidió que la llevara a casa de su hermana pues no podía llegar a su hogar así. ¡Que dirían su marido y sus hijos, no lo podría explicar nunca!

Con tal de deshacerme de ella, la llevé a donde quiso Nos despedimos sin palabras, con la frialdad de un beso apresurado, cual de los dos más confuso y encartado.

Yo cruzaba los dedos, recordaba mil plegarias, hacía toda clase de juramentos al creador para que me permitiera llegar a tiempo sin que mi mujer se enterara.

No podía soportar que me sorprendiera, no era capaz de darle la cara y ver reflejado en ella el sufrimiento y el aire humillante que talla en los ojos la traición.

Cuando llegué, todo parecía en orden. El cuarto estaba vacío, Gladis Tatiana aún no había llegado. ¡Gracias Dios mío!, pensé en voz alta, mientras corrí a quitarme la ropa y a deshacerme de ella, a ponerme otra y a servirme un trago mientras hacía las más sinceras promesas de no volver a caer en las tentaciones de la carne, estúpidas a mi edad y en mi situación.

Me senté reposado a tomar deleitoso un escocés en las rocas. Lo paladié como nunca y tuve deseos de fumar. Había pasado dos meses desde la última vez que prendí un cigarrillo, pero hoy valía la pena. Fui a mi alcoba donde guardaba la cajetilla de la tentación, la que me servía para antojarme pero al mismo tiempo contener mis impulsos y sostenerme en mi decisión de dejar el vicio. Para no llenar la pieza de humo, salí al pequeño balcón, prendí el tabaquillo y la primer bocanada me llegó directamente al cerebro. Me sentí contento, mareado pero feliz de haber salido con bien de tanto enredo. Tosí dos veces, la cabeza me dio vueltas y me envolvió una levedad tranquila en una nube de confusión que no sentía desde que era un adolescente fumando a escondidas y la mente se me hacía un ocho del mareo, la ebriedad y la dificultad para organizar mis pensamientos. Sería por eso que me puse tan contento de ver a Gladis Tatiana descender de un taxi en esa madrugada, caminando aparatosamente en su overol azul con sus zapatos cafés sin medias, tratando de mirar a lado y lado para ver si yo ya había llegado.



ÍNDICE DE CAPÍTULOS
Página
EN UNA CALLE CUALQUIERA…………………………………. 1
AGUSTIN…………………………………………………………… 3
JAIME ALBERTO ARBELAEZ……………………………………. 11
LA ÚLTIMA CORRERÍA DE DARIO MENDOZA……………… 19
DE TRIPAS CORAZON.................................................................. 27
UNA TARDE EN EL INFIERNO DE TERESA……………………
MORDIENDO EL ASFALTO……………………………………. 36
EL PERRO………………………………………………………… 47
UNA MIRADA DE ADIOS ................…………………………… 53
LA ULTIMA MILONGA DE MENDOZA………………………. 65
FUMANDO HE ESPERADO ... DEMASIADO………………… 72
CERRANDO UN CIRCULO VICIOSO......................................... 76