Sunday, May 29, 2005

DONMATÍAS EN BUSCA DEL SUEÑO AMERICANO

DONMATÍAS EN BUSCA DEL SUEÑO AMERICANO

Emilio Alberto Restrepo Baena
En busca del sueño americano, los primeros donmatieños emigraron para Estados Unidos a principios de los años setentas. Para entonces Donmatías, un pueblo frío ubicado a cincuenta kilómetros al norte de Medellín, basaba toda su economía en la agricultura y en la primitiva industria lechera. Solo había una fábrica de confecciones.

Se diluye en el olvido, pero llama la atención que nadie recuerda como fue a parar a Boston el primer emigrante del pueblo, y precisamente allí, tan al norte, tan hermético, tan mínimamente latino, tan anglosajón, con esa supuesta coraza cultural e idiomática tan severa e infranqueable. Y para más contraste, venidos de Donmatías, el pueblo clerical de Antioquia ( “el pueblo levítico” , como pomposamente lo reivindica la iglesia ) , uno de los más recalcitrantes conservadores , de esos de godarria fanática , culturalmente primitivo y encerrado en sí mismo.

Al principio fue lo de siempre: oficiar de toderos, hacer los oficios más bajos y humillantes, estar allí clandestinos sin seguridad de ninguna clase, huyendo de los agentes de inmigración, presa de los explotadores y los soplones, dejando la juventud y la salud en dos y tres empleos a cambio de muchos dólares, llorando a solas el cansancio y la soledad, desfogando la desilusión en borracheras llorosas y en sobres atiborrados de billetes y cartas llenas de mentiras e hipérboles piadosas.

Luego arrancaron los del narcotráfico. Tampoco nadie recuerda quién fue el primero, pero un día, alguien empezó a hacer los primeros “cruces”, alguien tiró a la basura los escrúpulos y los principios y rodó la tómbola. Ahí se disparó la locura; las cantidades de dólares eran extravagantes, las fortunas rapidísimas. Recién idos, muchos traían millones en poco tiempo y empezaron a invertir. Floreció en pocos años una desproporcionada industria de la confección con los capitales repatriados. En su máximo esplendor, existieron hasta ciento cincuenta fábricas de todos los tamaños, cinco hoteles, múltiples restaurantes, una cooperativa riquísima modelo en Colombia y una enorme población flotante y con ella todos los vicios de la bonanza: los pillos, el bazuco, las putas, los ladrones, los bares. La prensa exaltaba al municipio como el de más rápido crecimiento del país, casi el segundo después del Envigado de los años dorados de la mafia, sin desempleo, con la industria de la confección más pujante de Colombia.

En Boston se creó un mundo aparte. La Colonia Latina más grande de todas era la Donmatieña. Allí pululaban los recién llegados, la mitad por el hueco, exponiendo su vida y su capital en un peligroso viaje clandestino plagado de riesgos; un cuarto con visa de turista, un cuarto con papeles falsificados ( en ese entonces era más factible ). Los salvadoreños y árabes pensaban que Donmatías era una lejana república bananera del trópico con dictadura y tercermundismo; ignoraban que era un pueblito frío, casi desconocido en una montaña Antioqueña, insignificante en la economía colombiana. Allí la mitad traquetiaba o vivía del narcotráfico con el ejercicio propio de él, como cargar, distribuir, cuidar caletas, traer o camuflar dólares, hacer cobros, etc, y la otra mitad parasitaba alrededor de esa nueva economía, haciendo los oficios domésticos, cuidando niños, llevando cuentas, en fin, sin exponerse directamente a la coca, pero haciendo el trabajo dispendioso y sucio de los que sí lo hacían.

En las noches todos se mezclaban. Con fervor patriótico añoraban el pueblo al son de conciertos aguardientosos de Helenita Vargas y Darío Gómez, lagrimosos, evocando un pedazo de terruño sin oportunidades que nunca les dio nada, del cual casi todos salieron cuando terminaron el bachillerato y no tenían en qué trabajar, hijos de familias agricultoras pobres y resignadas, modelos que ellos no querían perpetuar.

La bonanza duró cerca de diez años, hasta la segunda mitad de los ochentas. Muchos fueron capturados, muchas fortunas se cayeron en el riesgo mismo del oficio, varios murieron. El reflejo se vio en el pueblo. Las fábricas empezaron a quebrar, disminuyó la cantidad de dinero para lavar en ellas, el desempleo aumentó, el globo comenzó a desinflarse, una economía tan soplada artificialmente no toleró el rigor del tiempo y los acontecimientos.

Hoy el pueblo ha recuperado su talante apacible y parroquial. Hay pocas fábricas, un desempleo en porcentaje igual al del país, la cooperativa antes colosal hoy tiene un perfil más bajo, la ilusión del loco sueño americano hoy atormenta con menos pasión a los jóvenes aunque no ha desaparecido del todo: la cárcel y el cementerio aún alcanzan a intimidar al que todavía conserva los escrúpulos.